jueves, 15 de enero de 2026

LOS ALUMNOS DISRUPTIVOS EN TIEMPOS DE BACH O LA VIDA DEL VIEJO PELUCA (II)

 

  

 

Estoy en deuda con vosotros porque no os he contado todavía cómo eran los estudiantes de aquella época. Os lo cuento para que veáis que en todas las épocas ha habido alumnos “disruptivos”, pero, a mi modo de ver, estos más que disruptivos eran, con perdón, unos cabroncetes desalmados y a punto ser enviados al reformatorio.

         Os copio la queja que los profesores pusieron ante el Ayuntamiento por el mal comportamiento de esos “angelitos”:

No temen a sus profesores y se pelean incluso en su presencia y les responden de la manera más ofensiva. Llevan sus espadas no sólo en las calles, sino también en el colegio; juegan a la pelota durante los servicios religiosos y también en clase. Y frecuentan lugares de dudosa reputación.

         ¡Madre mía”! Y nos quejábamos en Olmedo de aquel curso de Diver que nos agotó la paciencia como bien sabe mi buen amigo Eduardo Rodríguez – Monsalve, orientador en el Alfonso VI por aquellos años. Aquellos chavales olmedanos eran monjitas de la Caridad en comparación con estos zangolotinos alemanes que insultaban a los profesores, llevaban espada, fastidiaban los cultos religiosos jugando a la pelota y hasta practicaban en la misma clase pases de balón para ser unos Cristianos Ronaldo cualquiera.

         Por lo que se ve, eso de ser disruptivo es tan viejo como el que haya escuelas, profesores y alumnos. Lo malo es lo que tendré a bien contaros en la siguiente entrada porque, según Gardiner, no se sabe a ciencia cierta si el maestro Bach, en su época estudiantil, fue un modelo o, por el contrario, un pandillero de mucho cuidado. Ya ni de Bach te puedes fiar.

EL FINO ESPADÍN DE BACH O LA VIDA DEL "VIEJO PELUCA" (I)

 

Me he terminado de leer el maravilloso libro de John Eliot Gardiner, conocido director de orquesta británico y uno de los mayores especialistas en Bach que en el mundo hay, que lleva por título La música en el castillo del cielo- Un retrato de Johann Sebastian Bach y quiero deciros, en ésta y en posteriores entradas, cómo fue la vida y la obra de mi muy querido Bach. En la página 273 (el mamotreto casi alcanza las novecientas páginas), Gardiner nos cuenta del enfado que Bach tuvo con un fagotista en Leizpig al que llamó zippel Fagottist que Gardiner nos cuenta que significa “pardillo”, “tunante” o, de manera más literal, “fagotista gilipollas”. Como es normal, el fagotista, que se llamaba Johann Heinrich Geyersbach, se cabreó un montón con su director y el 4 de agosto de 1705, le esperó en la plaza del mercado. Le pide explicaciones por su insulto y, finalmente, le sacude un tortazo. Bach, lejos de poner la otra mejilla, sacó su espada. Un grupo de estudiantes puso fin a la pelea y Bach se alejó del lugar sacudiéndose el polvo. Eso sí, denunció al fagotista que, a su vez, enseñó sus chaqueta agujereada por el espadín de Bach. Al final, el consistorio amonestó al tal  Geyersbach, pero también castigó a Bach llevándole a una iglesia “de segunda”. Y es que el maestro Bach no tenía buena fama en lo que respecta a su trato con los estudiantes aunque en la próxima entrada os contaré que los estudiantes eran algo más que “disruptivos”.

         Ya veis, hasta el padre de la música perdió los nervios por un estudiante. ¿Qué no nos va a pasar a los demás?

martes, 13 de enero de 2026

COLEO DE SAMOS

 Os dejo en este blog mío el relato sobre Coleo de Samos tal y como quedará en mi próximo libro que llevará por título EL FUEGO SAGRADO.


COLEO DE SAMOS

[μετὰ δὲ ταῦτα νηῦς Σαμίη, τῆς ναύκληρος ἦν Κωλαῖος, πλέουσα ἐπ᾽ Αἰγύπτου ἀπηνείχθη ἐς τὴν Πλατέαν ταύτην· πυθόμενοι δὲ οἱ Σάμιοι παρὰ τοῦ Κορωβίου τὸν πάντα λόγον, σιτία οἱ ἐνιαυτοῦ καταλείπουσι.  αὐτοὶ δὲ ἀναχθέντες ἐκ τῆς νήσου καὶ γλιχόμενοι Αἰγύπτου ἔπλεον, ἀποφερόμενοι ἀπηλιώτηι ἀνέμωι· καὶ οὐ γὰρ ἀνίει τὸ πνεῦμα, Ἡρακλέας στήλας διεκπερήσαντες ἀπίκοντο ἐς Ταρτησσόν, θείηι πομπῆι χρεώμενοι.

 

Después de esto una nave samia, cuyo capitán era Colaios, navegando con rumbo a Egipto, fue desviada a Platea; enterados los samios por Corobio de toda la historia, le dejaron provisiones para un año; y ellos zarparon de la isla con vivos deseos de llegar a Egipto, pero, desviados por el viento apeliotes, que cesó durante todo el viaje, fueron llevados más allá de las Columnas de Hércules y por providencia divina, llegaron a Tartessos.

 

HeródotoHistorias, IV, 152.

 

         Así me conocían todos los samios y así me llamaban cuando, habiendo dejado mi barco en el puerto, me llagaba despacio hasta mi casa con pasos trabajosos, como si la parte izquierda del camino y de las calles estuviera hundida y mi pie tuviera que descender hasta ese pequeño declive del terreno. Sí, era cojo de la pierna izquierda, pero ¡que me vieran agarrado a los foques en medio de una tempestad o recorriendo la cubierta en medio de un temporal que Poseidón nos enviaba! Recorrían las olas mi barco de proa a popa y de babor a estribor y jugaban los Dióscuros a encender el palo mayor con su luz funeraria y triste; se llevaba el agua las maromas de recios cabos estrellándolas contra las barandillas y allí estaba el cojo de Samos firme como un cedro del Líbano mientras otros marineros, hombres de perfecto caminar, se escondían como niños detrás de las cubas o se encerraban temblorosos en las bodegas. Algunas veces, en medio de estas terribles tempestades, me agarraba al mascarón de proa mientras el barco subía y bajaba con las olas como si el padre Poseidón jugara con una cáscara de nuez en una fuente de aguas oscuras. Sí, cojo, pero mis piernas eran más firmes que las del resto de la tripulación  porque  las de ellos temblaban como los juncos con el viento del otoño y , aunque eran muy recios marineros, se tenían  que agarrar al palo mayor como si las Sirenas estuvieran cantando sus canciones engañosas. Sin embargo, yo seguía agarrado al gobernalle y no perdía el rumbo. Pero no era de mi cojera de la que os quería hablar sino de una expedición que jamás podré olvidar. Habíamos salido de Samos con rumbo a Egipto y seguimos, como siempre, la ruta marítima que toca en Rodas y en Chipre. Desde esta isla, navegando hacia el sur, se llega a Egipto en dos jornadas. Sin embargo, en aquel viaje, comenzó a soplar un viento del este tan potente que el barco era un juguete en medio de las olas. No se paraba aquel viento maldito que levantaba caballos de espuma que galopaban por la llanura vinosa del mar y así nos llegamos, sin querer, hasta la isla de Platea, una isla a la que suelen arribar los pescadores de Tera que van a pescar en las costas de Cirene, en la lejana Libia. En esa pequeña isla, encontramos a un pescador cuyo nombre era Corobio y que  nos explicó que había guiado a unos marineros de Tera que le habían dejado allí con provisiones para unos cuantos meses y que, a continuación, habían partido de nuevo rumbo a su tierra para hacer saber a los tereos que habían alcanzado la isla. Bendijo Corobio nuestra llegada pues apenas le quedaban provisiones y aún nos bendijo más cuando le dijimos dejamos víveres para más de un año. Sin embargo, de nada nos valdrían sus bendiciones generosas pues, de nuevo, desatándose el viento del este durante tantos días que no soy capaz de precisar, nos fuimos alejando de las costas de Libia y acabamos cruzando las columnas de Hércules. El miedo se apoderó de todos mis hombres y también de mí pues poco se sabía de los que había más allá de las columnas que el héroe tebano puso como fin del mundo conocido y tan sólo rumores de taberna decían que había más allá unas islas que llamaban Casitérides, ricas en minerales de hierro, y que había una ruta milenaria que habían recorrido algunos navegantes codiciosos por las riquezas de ese fantasmal archipiélago. Yo les intenté tranquilizar diciéndoles que, si habíamos llegado hasta tan lejos impulsados por ese criminal viento del este, era porque los dioses lo querían y que quizás, al otro lado de las columnas, nos esperaba un nuevo mundo.

         Se calmó el viento de levante al pasar por el estrecho que el Alcida había separado y se calmó también el miedo de todos nosotros y, en su lugar, brotó la esperanza de encontrar una tierra desconocida. No había pasado ni un día cuando el vigilante de proa dio el aviso de que había tierra a la vista. A medida que el barco se acercaba, íbamos viendo una playa de arenas blancas como la harina que salía de nuestros molinos y un río ancho, hermoso,  cuyas aguas el sol poniente enjoyaba de oro. Pusimos proa a aquel río y vimos que era navegable bastantes estadios tierra adentro. De pronto, por la orilla, aparecieron unos jinetes con grandes banderas blancas al viento. Fondeamos el barco y descendimos a tierra. Aquellos hombres nos dijeron que aquella tierra era Tartessos y nos hablaron de su reyes mitológicos como Gerión que pastoreaba sus rebaños a las orillas de ese río ancho y hermoso a cuyas orillas abundaban pastos feraces que sobresalían  de una extensa marisma que se vestía de rosa cada alborada. Nos contaron también que nuestro Hércules se llegó hasta estas tierras para robarle los rebaños a Gerión y que el tebano se los llevó tirando de sus colas para que las huellas quedaran al revés en el suelo; nos hablaron de su nieto Nórax, hijo de Eitea,  que conquistó el sur de Cerdeña y fundó la ciudad de Nora. Nos hablaron de Gárgoris, que inventó la apicultura y que mantuvo relaciones con su hija de la que nació  Habis, el pobre muchacho que tuvo que luchar tres veces por su vida, que fue amamantado por una cierva y que su padre lo acabó reconociendo. Se cuentan tantas cosas de él, y tantas cosas que llenarían un papiro entero, pero tan sólo voy a recordar que descubrió la agricultura al atar una yunta de bueyes a un arado. Sin embargo, no puedo dejar de hablaros de Argantonio y deciros que, cuando lo conocí, era ya un anciano cuya ancianidad era lozana como la de los dioses porque él, sin duda, lo era. Tenía un porte elegante que le conferían sus ricos vestidos recamados de oro que se extraía de sus ricas minas y su larga barba se movía al hablar mientras sus ojos verdes como las esmeraldas, despedían extraños reflejos como sólo se pueden encontrar en seres divinos. Nadie sabía en Tartessos su edad, pero muchos decían que pasaba de los noventa años. Firmé con él un acuerdo para que los barcos de la Fócida pudieran con libertad comerciar en aquellas tierras que parecían sacadas de alguna narración fantástica. En prenda del acuerdo, nos dieron riquezas y con ellas hicimos un buen negocio pues sacamos cada uno seis talentos de plata y con el diezmo de cada uno mandamos construir un caldero de bronce de los que llamamos argólicos alrededor del cual talló el artesano unos grifos en relieve.

         Ahora, en las tardes de la primavera, me distraigo en echar las hojas nuevas al estanque y a cada una le pongo el nombre de una nave; las dejo que el viento las arrastre hasta los bordes e imagino entonces que están llegando de nuevo a Tartessos, en aquellos años en que fuimos tan felices. Luego, cuando el sol se pone, entro en mi humilde morada y acaricio  el caldero de bronce en el que guardo una caracola que me pongo al oído y me parece escuchar el sonido de aquellas voces que nos recibieron en aquel río, grande y hermoso, que se vestía de oro en su desembocadura para unirse, en nupcias sagradas, con el misterioso océano que guardaba en su alma oscura ciudades que nunca conoceremos, pero que ya habitan en el país misterioso y cálido de los sueños.

         Sí, soy Coleo de Samos, el pobre cojo que sueña ahora con aquellas tierras lejanas que un día visitó. Os confieso q ue, algunas tardes, cuando las sombras se van haciendo dueñas de los montes, me parece ver venir a Argantonio con sus luengas barbas blancas y su vestido de oro; me hace señas con la mano para que le siga, pero me da miedo. Sin embargo, algún día lo seguiré y, guiado por él, volveré hasta aquel río ancho y hermoso en cuyas orillas unos hombres con grandes banderas blancas nos recibieron. Quizás eso sea la muerte.

 

domingo, 4 de enero de 2026

A XUSTICIA POLA MAN

 


En ocasiones, cuando no consigo sublimar de manera adecuada mis impulsos tanáticos, me viene a las mientes este poema de Rosalía de castro, la que es para mí la verdadera Rosalía,  que se entiende bien en su gallego original y al que no me peta traducir porque se rompería su ritmo y su musicalidad. Una pobre mujer a la que quitan todo y a la que nadie hace justicia, pero ella se la toma coa fouciña na man. Un día, un día, no sé, ante estos golpes como del odio de Dios, vou coller a fouciña…

A XUSTICIA POLA MAN

Aqués que tén fama d' honrados na vila
roubáronme tanta brancura qu' eu tiña;
botáronme estrume nas galas dun día,
a roupa de cote puñéronma en tiras.
Nin pedra deixaron en dond' eu vivira;
sin lar, sin abrigo, morei nas curtiñas;
ó raso cas lebres dormín nas campías;
meus fillos... ¡meus anxos!... que tant' eu quería,
¡morreron, morreron ca fame que tiñan!
Quedei deshonrada, mucháronm' a vida,
fixéronm' un leito de toxos e silvas;
i en tanto, os raposos de sangre maldita,
tranquilos nun leito de rosas dormían.

―――

Salvádeme ¡ouh, xueces!, berrei... ¡Tolería!
De min se mofaron, vendeum' a xusticia.
Bon Dios, axudaime, berrei, berrei inda...
tan alto qu' estaba, bon Dios non m' oíra.
Estonces, cal loba doente ou ferida,
dun salto con rabia pillei a fouciña,
rondei paseniño... (ne' as herbas sentían)
i a lúa escondíase, i a fera dormía
cos seus compañeiros en cama mullida.

Mireinos con calma, i as mans estendidas,
dun golpe ¡dun soio! deixeinos sin vida.
I ó lado, contenta, senteime das vítimas,
tranquila, esperando pola alba do día.

I estonces... estonces cumpreuse a xusticia:
eu, neles; i as leises, na man qu' os ferira.

Rosalía de Castro (1993). Follas Novas. (Vigo: Galaxia)

 

 

 

 

EL CORRAL DE DONALD TRUMP

 

 


En las casas antiguas de los pueblos había un corral en donde se revolcaban los mulos, se acumulaba la leña, se guardaban aperos y, en aquellos tiempos en que los retretes no estaban en el interior de las casas, servía también para que el propietario defecara en el muladar que era el lugar a donde iba toda la basura de gallinas, conejos, cerdos y también de la limpieza de las cuadras. Era la parte menos noble de la casa, pero era necesaria para la “higiene” de sus habitantes. Desde hace más de un siglo, los EEUU consideran Hispanoamérica como su corral. Cogen la leña que quieren, lo modifican a voluntad y, finalmente, se cagan (con perdón) donde les apetece porque el corral es suyo y “obran” donde les place. Que hay que matar una gallina que cacarea demasiado pues se mata y santas Pascuas, pero no pensando en las otras gallinas, sino por sacar más beneficio al gallinero. Todo lo que hay en el corral es del amo y el amo usa de ello a voluntad. También saca su basura y la echa en el corral y así “coloca” electrodomésticos y coches viejos que ya no usa. Al fin y al cabo, el corral es lo que no se ve, lo que hace que el señor pueda vivir sin trastos molestos. En ocasiones, el amo del corral se mete en fincas privadas y deja también en ellas su estiércol. Sabe que nadie le va a decir nada y mucho menos el Ayuntamiento al que controla y domina con su  derecho de veto. Al fin y al cabo, una gallina de menos o de más viene a ser lo mismo y tampoco interesa que las gallinas tomen conciencia de su estado de dependencia porque, si lo llegan a hacer y se sublevan, el amo les deja sin comida. Hispanoamérica, durante muchos años, ha sido el corral de los EEUU y, sin irnos muy lejos,  las putas y los burdeles poblaban la Cuba de Batista hasta que llegó Fidel y les chafó el negocio. La pena es que el comandante y sus secuaces devinieron más tiranos que los tiranos a los que echaron. No es nada raro lo de Cuba ni los ataques de potencias contra los menos potentes. Es la ley de la calle llevada a las esferas inmundas de la política internacional o la geopolítica como la llaman ahora. El más macarra, el que lleva navaja, el que sacude sin piedad es el jefe de la banda. Y lo terrible es que, si se va el jefe malo, viene otro peor que es más macarra, que sacude más fuerte y que la tiene más larga (la navaja, por supuesto). Nihil novum sub sole. Atenas también hacía “operaciones de castigo” contra los que se marchaban de la Liga de Delos. El mundo, en 2500 años transcurridos,  sigue siendo el mismo.

 

martes, 30 de diciembre de 2025

DE PRESENTES Y DE AUSENTES O LA GRAN NOVELA DE PACO CERDÁ

 


He leído Presentes de Paco Cerdá (del que no había leído nada) y me ha parecido una obra magnífica. Engaña la portada con un niño rubio vestido de falangista, pero el título que dice Presentes y no, Presente (por José Antonio). El libro comienza con el traslado de los restos de José Antonio del que se hizo un mito con muy pocos mimbres pues el líder de la Falange fue apenas votado y sus seguidores no llegaban a los 50.000. ¿Por qué tanta literatura por parte de los Sánchez Mazas, de los Ridruejo, de Serrano Suñer para convertir a José Antonio en el ídolo que  casi fue elevado a los altares? Quizás por su juventus (tenía la misma edad que Cristo), su aspecto de chico bueno que podría ser el novio ideal y el hijo que todas las madres quieren; quizás por su muerte trágica a tan temprana edad (ya sabemos que los preferidos de los dioses mueren jóvenes) y, sobre todo, porque Franco, que odiaba a José Antonio, necesitaba alguien con un carisma futuro,  un personaje para construir y darle al régimen una pátina ideológica del que carecía pues Franco no tenía ideas políticas ni se quería meter en politiqueos. Me he ido del tema. Junto a José Antonio hay muchos presentes que van desde los republicanos en los campos franceses a los batallones de trabajo para “redimir” la culpa;  del pobre alcalde fusilado a la funcionaria valenciana que sufre también represión. El Presente era el Ausente, una paradoja de esas que tanto gustaban a los vencedores de la guerra como, sin ir más lejos,  el ¡Viva la muerte! de Millán Astray   que es otro ejemplo de juego de palabras.  Había que llenar la escena de un régimen que comenzaba y el Caudillo no daba la talla para llenarla porque Franco era bajito y no ocupaba casi espacio, pero era de El Ferrol y más gallego de lo que parecía y, ya que él no la podía llenar solo la Nueva España,  se apropió del hijo del dictador y  construyó una escenografía de bandera, Cara al sol y mano derecha señalando al cielo  con el Ausente Presente. Franco usó a la Falange como el que tiene un perro de presa en la finca y, de vez en cuando o cuando las cosas se ponen feas, desata al perro y se da un paseíto con él para poner las cosas en su sitio. Años después, los falangistas fueron sustituidos por los tecnócratas del Opus Dei y los de la camisa azul y las flechas se fueron quedando enquistados en el Régimen. Al final, acabaron en un búnker porque su tiempo y su estética ya se había pasado y muchos de aquellos intelectuales de la Ballena Alegre habían dejado de seguir al Ausente Presente y hasta se habían vuelto críticos con el régimen siendo Ridruejo el más conspicuo pero no el único. Habían pasado los años de los hachones y de las tinieblas y un claro amanecer iluminaba los campos de España. Franco acabó junto al Ausente Presente y, a día de hoy, ni siquiera eso es así pues el primero descansa en el cementerio de Mingorrubio y el segundo, en una tumba de un cementerio madrileño.

         Paco Cerdá aborda el comienzo de un Régimen; mejor aún, describe cómo se creó la estética de un régimen  cuyo jefe era un militar sin más estética que una cama, un flexo,  un vaso de leche y unas lentejas de añadidura.

         Por acabar, que Paco Cerdá ha escrito un libro magnífico que os  recomiendo encarecidamente.

LOS RIVALES DE LAS RIBERAS

 

El adjetivo rival es muy corriente en nuestra lengua y así hablamos de equipos rivales, rivalidad o, en manida expresión de los deportistas deportivos, “los eternos rivales” para referirse al Real Madrid y al Atlético o al Barça con el Español. Pues veréis, resulta que la etimología de rival es preciosa porque proviene de la palabra latina rivus, -i que significa “arroyo”. Según las reglas de formación de palabras, si a riv- (raíz de rivus) le añadimos el sufijo –alis que nos indica cualidad (ejemplo: forma > formalis: “que tiene forma”) tenemos la palabra rivalis que, en principio, significaba en latín los que viven cercanos al arroyo. Sin embargo, esta palabra experimentó una evolución semántica (en su significado) y acabó significando enemigo. ¿Por qué? Pues por las disputas de los campesinos ribereños por las aguas para el riego. El uso del agua en las zonas de regadío siempre ha sido objeto de polémica porque, condición humana, siempre aparece un “listillo” que se quiere llevar más horas de riego que el resto de los agricultores. Por eso, en Valencia, se creó el Tribunal de las aguas y, sin tenerse que ir más lejos, en Laguna de Duero, surgían, surgen y surgirán agrias disputas por el uso (o el abuso) de las aguas de mi queridísima acequia.

         Todo esto que os he contado viene en ese maravilloso artículo de Jules Marouzeau, afamado lingüista francés, que se llama “Le latín, langue des paysans”, es decir, el latín, lengua de campesinos. Porque los romanos, aunque conquistaron el mundo y crearon un imperio, en el fondo, suspiraban por ser lo que siempre fueron: humildes granjeros. No es raro pues que los tratados de agricultura fueran best sellers en Roma, incluso los tratados de “agricultura de salón” como las Geórgicas de Virgilio. Si os dais cuenta, a los americanos del Norte les pasa algo parecido y, en cuanto se descuidan un poco, les sale el granjero porque granjeros fueron sus ancestros.

         Una vez más, la historia del mundo se repite. Por eso es tan importante conocerla.