lunes, 30 de noviembre de 2020

LAS ENTRADAS NATURALES DE LA LIÉBANA

 


Si hace unos días hablábamos del desfiladero de la Hoz, toca ahora de hablar de otra Hoz, el collado de la Hoz que es el paso natural entre la Liébana y el valle del Nansa. Antes de que la dinamita abriera el “esófago del mundo”, es decir, el desfiladero de la Hermida según don Benito Pérez Galdós, los lebaniegos que querían bajar al mar lo tenían que hacer por este collado y, una vez remontado, llegarse hasta Puente Nansa. Bellísimo camino para el que tenga el tiempo de hacerlo y el buen gusto de caminar por esos lugares merece a pena llegarse desde la Liébana hasta el valle del Nansa. Después de esto que os acabo de contar, veis que la Liébana no tenía, en el siglo XIX,  más que tres accesos: el camino desde Casavegas hasta Caloca, el puerto de San Glorio y este collado de la Hoz que es parte de El Camino de Santo Toribio y que forma parte de los itinera lebaniensia ( así se escribe, señor Revilla, y no itinera lebaniensis que no concierta tal y como he repetido muchas veces en este blog). No estaría mal, si podemos salir de casa algún día, entrar en la Liébana por sus entradas y salidas naturales. Os lo propongo.

domingo, 22 de noviembre de 2020

LOS PASTELILLOS DE HERMA


 

Era, más o menos, por esta época, cuando mis abuelos, Julio y María, venían a casa para pasar las ya no muy lejanas fiestas de Navidad. El belén se tardaba mucho en poner y no se colocaba hasta el día del sorteo de lotería y la Navidad duraba lo justo para disfrutar con ella, es decir, liberada de Black Friday y ese vómito consumista en grandes superficies.  De la  llegada de mis abuelos,  recuerdo el olor a los membrillos que abuelo había recogido en los árboles de El pico del águila y que en su bicicleta había llevado hasta el cuarto de las gaseosas. Luego, abuela los envolvía en papel de periódico y así viajaban en el coche de línea que les unía con la ciudad en donde vivíamos; el olor a las rosquillas de palo con su poquito de anís que hacía con mano maestra Jani, tal como ahora es su hija Ana Luisa la que me hace recuperar aquel sabor de la infancia y el olor de unas cajas azules y rojas con los pastelillos de Herma. Yo, la verdad, de pequeño no era muy chocolatero y prefería los de mantequilla, pero ahora, con los años, me he ido aficionando a los pastelillos de chocolate. Hubo una época incluso – los ya veteranos lo recordarán -, que los pastelillos de Herma eran también de yema y de mermelada salvo que esté un servidor confundido y todo haya sido una visión como aquellas que contaba don Álvaro Cunqueiro que tenía Simbad cuando veía las islas de más allá de la Trapobana. Cuando los abuelos se habían terminado de aposentar, abuelo Julio se marchaba a buscar por todos los estancos del barrio sus puros Farias de los que, de manera homérica, en épocas de regadío, podía llegar a fumarse catorce. Él distinguía a la perfección los de las distintas fábricas que había en España y consideraba los mejores a los de la fábrica de La Coruña  que, según decía él, no salían del ámbito gallego. La llegada de mis abuelos a casa era el comienzo de aquellas fiestas navideñas llenas de alegría en las que el día 24, que era laborable por la mañana, los obreros salían con la paga en el sobre y llenaban los bares para pedirse unas gambas porque entonces el marisco era cosa de ricos y los pobres tan sólo lo catábamos en Navidad. No importaba la oscuridad de los días porque la luz de aquellas fiestas lo llenaba todo y, entre villancicos de Manolo Escobar y de Miguel de los Reyes o canciones navideñas de Raphael, el eterno que también conocen mis hijos, y niños con pandereta, con Franco o sin Franco, con Rey o sin Rey, éramos los más felices del mundo. Todo esto ha venido porque hoy, al ir a comprar el pan, he comprado también una caja de los pastelillos de Herma, ya sabéis, esos que van en una caja roja y azul con un pastelero y su bandeja. Lo mismos que traían mis abuelos entre rosquillas de la Jani y membrillos del El pico del águila. Los mismos, que sin que los Herma, sus elaboradores en Laguna lo sepan, son una de las puertas secretas de mi infancia.

 

EL DESFILADERO DE LA HOZ EN CAMASOBRES


Cuando viajando desde Herrera de Pisuerga nos vamos acercando a Cervera, el paisaje cambia y nos vamos encontrando lentamente con rebollos y prados que anticipan los paisajes que encontraremos por La Pernía, allá donde el Pisuerga “da sus primeros vagidos minerales” en la Fuente del Cobre. Si,  tras haber parado en Cervera, esa capital de la Montaña Palentina en la que tuvo su feudo Piedad Isla, la eximia fotógrafa que dedicó su vida a aquellas tierras y cuyo museo tuve la fortuna de visitar, nos subimos por Polentinos (nombre con resonancia en Doña Perfecta de Galdós), nos vamos llegando ya a un hermoso paisaje de montañas, ganados y chopos que van escoltando la carretera. A partir de ese punto, cada pueblo es para mí un nombre mágico, un conjuro contra el dolor y la muerte: San Salvador de Cantamuda, Camasobres, la abadía de Lebanza. En Camasobres, con su  la Venta Campa, ese lugar que en que el tiempo se detiene para tomarse un café mientras la nieve es una mañana de infancia en el paraíso, el paisaje es cada vez más montaraz y, de pronto, un desfiladero nos cierra el paso: el desfiladero de la Hoz que,  si no tan conocido como el de La Hermida o el de los Bellos, tiene una belleza que para mí resulta sobrecogedora por su estrechez, una angustura que nos aprieta el alma mientras queremos escapar montaña arriba.

         Sin embargo, viajeros curiosos que esa ruta hagáis, es menester deciros que hasta finales del siglo XIX, los que querían pasar a Cantabria, entonces conocida como La Montaña pues la Montaña de Castilla era, no utilizaban este desfiladero que, por su angostura, no dejaba pasar las diligencias ni casi tampoco los animales y marchaban monte arriba por el pueblo de Casavegas desde donde se dirigían a Caloca,  que era lugar más seguro y que los habitantes de la zona utilizaron como paso desde tiempos inmemoriales.

         Desde finales del siglo XIX y por la dinamita que venció aquellas rocas calizas que llegan a saludarnos desde la Cotera, ningún caminante usa este camino para llegarse hasta La Liébana y todos pasamos por el puerto de Piedrasluengas y el pueblo homónimo para llegarnos hasta la Venta Pepín y tomarnos un cocidito lebaniego bien servido por Federico y su familia. Más adelante están Valdeprado o Cabezón de Liébana, ya cerca de Potes la capital comarcal que tiene como salida al mar el desfiladero de la Hermida aunque, durante muchos siglos, el paso era por los montes hasta llegar a Puente Nansa. Pero esto ya es otra historia que la que hablaremos otro día.

         Por ahora, quiero que os quedéis con el desfiladero de la Hoz, más modesto, más íntimo, más “casero” que el de la Hermida, sin un Galdós que dijera de él que era “el esófago de la tierra”. Yo siempre le recuerdo, hace ya muchos años, con unos perros asilvestrados por la carretera y con ese hayedo que mira al norte y que resguarda la nieve como un tesoro de invierno. Pero de todo esto habla  mi poemario “Antifonario de la Liébana” y a él os remito si queréis contemplar con los ojos de un poeta estos mis paisajes del alma.

( La maravillosa foto que ilustra esta humilde entrada procede de este buen blog: https://origeness.blogspot.com/2016/04/el-persianazo-de-la-venta-campa.html. En él, podréis enteraros de una triste noticia que ocurrió hace cuatro años: la Venta Campa cerró. Se me va la infancia monte arriba sin remedio).

A FELIZ IDADE DE OLGA NOVO




Era por mayo, era por mayo, cuando os hablaba de ese gran poeta gallego que es Paco Rivas que me alegró todo ese mes y el verano que vino. De nuevo es una poeta venida de Lugo, más en concreto de A Pobra de Brollón, la que me ha hecho alcanzar altitudes poéticas estratosféricas pues hacía muchos tiempo que no gozaba con una poesía de tan alto grado de belleza, pureza y sensibilidad. Olga Novo, que así se llama la escritora, en su libro Feliz idade consigue que la muerte de su padre y la venida al mundo de su hija sean dos acontecimientos ligados por el amor. Pero no sólo es eso, sino que tan sólo una lectura de Olga Novo os puede llegar a comprender el calado de su poesía.

A chuvia imita á miña forma de quererte

é como unha amante

que desexo para ti

que te faga feliz

a tódalas horas.

Oxalá non durmas só

mentres eu durmo sen ti.

Ámala porque amas

coma min

as cousas belas.

CLARISSA DE STEFAN ZWEIG


 Creo que Clarissa era la única novela de Stefan Szweig que me faltaba por leer y, al terminarla hace unos días, he sentido de nuevo esa plenitud que me ha producido desde que la conocí la literatura del autor austríaco que, es necesario decir, era despreciado por la intelectualidad hasta que los de Acantilado lo publicaron y lo sacaron de los quioscos en donde compartía escaparate con Marcial Lafuente Estefanía o El Coyote. La profundidad en la descripción de esta muchacha, cuyo padre es un militar del Imperio que ya estaba a punto de desaparecer dejando a tanta gente en orfandad y desamparo, es asombrosa como asombrosa es la profundidad en la descripción de la personalidad del padre, del francés del que se enamora Clarissa o de ese pobre soldado austriaco que tiene miedo en el frente.

         Mi amor es tan grande por este autor austríaco que, durante muchos años, tenía una foto suya colgada en mi habitación y mucha gente pensaba que era un abuelo o algún antepasado. Algunos de sus libros los llevo encarnados en lo más profundo de mí y, tal y como dije al principio, su lectura nunca me ha defraudado. Incluso hasta me puse a leer Carta de una desconocida en alemán porque la prosa de Zweig, en su lengua original,  tiene un ritmo y unos recursos literarios que se pierden, en su mayoría, en la traducción aunque ésta sea fruto de grandes traductores (a las mientes


 

sábado, 21 de noviembre de 2020

JORGE LLOPIS Y SU REBELIÓN DE LAS MUSAS

 

Seguro que en esta época tan mala que estamos pasando os apetece reíros un poco con un humor inteligente aunque no es necesario definir al humor como inteligente pues no existe el humor que no sea inteligente y, si alguno lo es, no es humor, sino algo zafio, burdo y vulgar. Os recomiendo la lectura de La rebelión de las Musas del gran Jorge Llopis que con este libro de poemas dio continuidad a su hilarante obra Los mil peores versos de la lengua castellana. Nada como sumergirse en la lectura de Llopis si queremos pasar un buen rato y olvidarnos de la toxicidad de la televisión y del puto virus que  nos está amargando la existencia. Creo que es una recomendación que me vais a agradecer cuando, por fin, la risa aflore en vuestros labios (de vez en cuando, hay que permitirse una cursilada).

lunes, 9 de noviembre de 2020

HENRIK NORDBRANDT O NUESTRO AMOR ES COMO BIZANCIO

 


De nada conocía a Henrik Nordbrandt, poeta danés que compré hace un tiempo y que tenía en casa sin leer. Salvo Andersen o Kiergegaard no sabría decir nada de la literatura danesa. En fin, omnes non omnia possumus. De este poeta he leído una antología, prologada y traducida por Francisco Uriz, que recibe el muy hermoso nombre de Nuestro amor es como Bizancio. Este nórdico se encuentra muy a gusto entre palmerales y me lo imagino tan feliz en Egipto mientras se fuma un nargil o esos pitillos cuasi divinos que se fumaba Alfonso XIII. Voy a copiaros algunos versos sueltos:

Sólo los que quieren pasar al otro lado

los que se hacen constructores de puentes.

 

¡Qué corta es la distancia entre amante y verdugo!

Qué bellas son las cartas que nunca mandamos.

 

El otoño como un túnel blanco a través de la noche

vuelve a sumergirme.

 

Todos los poemas son poemas de amor

pero sólo algunos se paran a leerlos.

 

         Espero y deseo que os hayan gustado.