lunes, 19 de octubre de 2026

CARLOS DEZA FONTÁN, EL POETA DE LALÍN

 


Carlos Deza Fontán es un poeta galego cuya lectura me ha gustado desde que Juan y Merce tenían aquel estanco- librería en el Marín de los ochenta. Según entrabas, a mano derecha, había unos anaqueles con libros en los que yo me quedaba mientras que abuelo Luis compraba su paquete de BN y La Voz de Galicia. En esos anaqueles, conocí a Ramón Cabanillas, a Neira Vilas, a Curros Enríquez y, sin querer aburriros, también me compró mi abuelo algunos libros del gran Otero Pedrayo. Entre aquellos libros, recuerdo hoy una antología de un poeta popular, nacido en las tierras hermosas de Lalín, que se llamaba Carlos Deza Fontán. Poeta popular, lleno de musicalidad, Deza me hizo pasar muy buenas tardes en Lapamán. Os dejo un poema suyo que, de seguro, os va a encantar. Leedlo dejándoos arrastrar por su ritmo y, a diferencia de la novia castellana de la que habla el poeta, acabaréis abalando. Os lo juro.

A NOIVA CASTELÁ

 

Teño una noiva que veu de Castela,

teño miña noiva que é castelá,

teño unha noiva que pensa que os niños

son os cativos que queren xogar.

 

Non sabe de rulas, non sabe de xoubas,

non entende de dornas, xamais viu o mar.

Non baila a muiñeira, nin toca o pandeiro

e pensa que o polvo o ten que limpar.

 

Non sabe galego, nin canta  cantigas,

nin canta foliadas que é ledo cantar;

non sabe de luares, nin fai o magosto

nin sabe do vento co seu doce cantar.

 

De ferro parecen as súas duras palabras;

non canta como nós si me ven a falar;

é lanzal a rapaza e de ollos verdiños,

mais xamais nas festas viuna abalar.

 

Se un día con ela, con ela me caso

¡ay, niña rula, cómo imos disfrutar

pois ten “calidades” que debo decilas,

pois ten “calidades” que vos debo contar.

 

E son que no inverno, no tempo da lume,

xa non me sinto a beira do lar

que prefiro as suas mans apretadas nas miñas

que prefiro, sin duda, o seu corpo lanzal.

 

¡Qué me dá que non saiba de rulas,

qué me dá que non saiba cantar,

qué me dá que non abale a muiñeira

se xunto dela  síntome queimar!

 

Teño unha noiva que veu de Castela,

teño unha noiva que é castelá,

teño unha noiva que moito a quero

coa que cedo, cediño, me queiro casar.

 

 


miércoles, 7 de octubre de 2026

DE CÓMO EL VIAJERO REGRESA A CUÉLLAR Y DE LAS COSAS QUE VIO EN ELLA, EN ESPECIAL, UNOS MIGUELITOS DE LA RODA, PROVINCIA DE ALBACETE

 

Cuando el viajero llega a la Villa, ésta duerme agotada por sus fiestas patronales en las que no han faltado los toros, las dulzainas, las limonadas y los bailables de otras épocas. Por esa razón, porque la Villa, aun siendo la Villa, también se agota, está todo el comercio cerrado y, cosa insólita, hasta los bares. El viajero se mete en el primero que pilla y se toma un café con leche. Luego bajará por su calle en cuesta a la que llaman de la Morería (por algo será) y verá esa fuentecica - que mana y corre aun sin ser de noche siempre que se la accione en el grifo - a la derecha según se baja hacia la plaza Mayor. El viajero cruza la solitaria plaza y sigue por la calle de Santa Cruz allí donde sigue mirando al mundo el palacio de don Pedro I, el Cruel, porque en estas villas castellanas los reyes de Castilla tenían sus palacios y hasta venían al mundo cuando esta tierra daba capitanes y no tristes ganapanes (Machado dixit). En este palacio, que es en realidad el palacio de los Velázquez de Cuéllar, celebró don Pedro su boda con doña Juana de Castro en 1374. La tal doña Juana da para una entrada que, tan pronto como el viajero, ya en su morada, deje de tocar a Chopin, os escribirá. Ha dicho el veredero que da para una entrada y se ha quedado corto pues Juana era medio hermana de doña Inés de Castro, la Inês colo de garça de nuestros hermanos pοrtugueses, la que tuvo amores con Pedro de Portugal y a la que canta don Luis de Camões en Os Lusiadas, la magna obra del poeta de Coimbra. Parece que la desgracia recorría esta familia pues Juana  acabó sus días en el castillo de Dueñas, eso sí, proclamándose siempre reina de Castilla y Léon. La boda – se le había olvidado al veredero que se enrolla con sus amigos portugueses recordando aquel viaje que hizo hace ya unos años - se había oficiado en la iglesia de San Martín de Cuéllar. Ya os contará el senderista (así se le puede llamar ahora sin temor a ruborizarse aunque para serlo entiende el caminante que debe llevar unas botas de un precio superior a los doscientos euros, cosa que no es el caso), cuando deje el piano,  cómo y con cuántos “trabajos” llegaron Juana y Pedro a la boda.

El viajero va a pasar por alto- porque ya lo ha dicho muchas veces- que su tía Julita vivió en la calle Carchena esquina a la calle de santa Cruz y sigue hasta que le llama la atención una tienda que no había visto hacía unos meses cuando anduvo por la Villa y que tiene lleno el escaparate de Miguelitos de La Roda, pueblo de Albacete. ¿Qué hacen los Miguelitos en la Villa? – se pregunta el viajero. Para saber algo más penetra en la tienda en donde comprueba que el señor o es búlgaro o de algún otro país, pero que de ninguna manera es albaceteño. También comprueba que tiene todas las variedades de Miguelitos, pero ni los compra ni pregunta por la razón de esa afición desmedida del dueño por los dulces manchegos. ¿Será que llegó a España por el sur, se llegó a La Roda, los probó, le gustaron y decidió convertirse en embajador de los pastelillos en castellanas tierras?  El viajero, aunque había entrado a la tienda lleno de curiosidad,  no lo quiere saber porque, como Azorín con sus tres pastillas, prefiere que su imaginación fabule una posible razón para esa proliferación exagerada de pastelería albaceteña a saber la verdad que, en ocasiones, defrauda. ¿Por qué no fabular que el extranjero tiene una novia en aquel pueblo manchego? ¿Por qué no imaginar que como Tristán andaba buscando una Iseo y la encontró en la Roda como contaba don Álvaro Cunqueiro de aquel soldado gallego que encontró a su Isolda en la estación de Venta de Baños? ¿Acaso hay alguna ley o decreto que prohíba el amor  con una rodeña? Pensando en esto, el viajero coge fuerzas para subir la Morería, pasa por la fuente y las Paneras del rey y cruza el arco. A su espalda queda la Villa, la hermosa Villa que a un palacio renacentista llama castillo al igual que nuestros vecinos franceses - que tienen una expresión para formular proyectos ilusorios y que, si no mal recuerdo, dice así: bâtir des châteaux en Espagne. Sí, porque un castillo para un francés es un palacio para nosotros, salvo en Cuéllar en donde al palacio también los llaman castillo. Cosas de los cuellaranos que son hijos de tan hermosa Villa.

El viajero, prometiendo volver a Cuéllar por las fiestas próximas del Henar, se despide de La Villa y de su Tierra divida en sexmos, sexmos que se reparten entre Segovia y Valladolid pues el muy hermoso pueblo de Montemayor de Pililla pertenece a la Villa y se honran sus habitantes cuando los visitan los señores de Cuéllar. De Montemayor de Pililla hablará el viajero otro día cuando, tras una mañana buscando níscalos, se llegue a donde La Martina para deleitarse con las setas que preparan. Pero dejemos que cada día tenga su historia y no adelantemos los acontecimientos.

viernes, 2 de octubre de 2026

LAS MUJERES EN HOMERO

 


Espero y deseo que todos los que me lean hayan leído la Ilíada y la Odisea, al menos, una vez en su vida. Si no es así, veo difícil que se aclaren con lo que les voy a contar.

         De todas formas, llevo muchos años intentando explicar a mis alumnos estas historias “griegas” y creo que se me va a entender.

         En la Ilíada, las mujeres tienen papeles secundarios. Así Andrómaca, Hécuba y hasta la mismísima Helena no son protagonistas y sus personajes apenas están dibujados. Sin embargo, en la Odisea, las mujeres cobran un gran protagonismo y en ella encontramos mujeres que son casi tan protagonistas como Odiseo. Os recuerdo algunas: Penélope (coprotagonista), Circe, Calipso, Euriclea y algunas otras que se me quedan en el tintero sin olvidarnos de las cantarinas Sirenas.

         Esta presencia de mujeres le llevó a Samuel Butler, traductor de Homero al inglés y muy admirado por Jorge Luis Borges, a decir que  la Odisea la había escrito una mujer.  Butler era un victoriano que tampoco tiene una obra muy amplia y , que yo sepa, ninguna entidad de corte feminista le pagó o le sugirió esta idea. Vamos, que se le ocurrió a él solito.  En fin, el tema es tan curioso que os lo cuento en otra entrada.

viernes, 25 de septiembre de 2026

E LUCEVAN LE STELLE

 


Aunque soy casi un analfabeto musical, voy a intentar analizar esta partitura del muy conocido “Adiós a la vida” ( E lucevan le stelle) de la ópera Tosca de Puccini. Lo hago para aquellos malos aficionados que desprecian al maestro de Lucca, ciudad de la que también era Luigi Boccherini, el madrileño de Lucca, y Alfredo Catalani, el de la ópera La Wally, y dicen que era un músico barato. Hay una anécdota al respecto que contaron en Radio Clásica (Who else?) que relata cómo un compositor de tres al cuarto despreció la música del italiano en presencia de Ravel, uno de los más grandes orquestadores de la historia de la música, y el maestro de Ciboure le llevó a su casa y le tocó al piano la Tosca al completo para enseñarle a ese personajillo que de músico barato nada. Me gusta la anécdota y por eso os la cuento, pero podría decir que Puccini “adelantó” la música de cine al basar su música en las necesidades dramáticas. Si os parece, vamos con esta partitura.

Lo primero es lo primero así que miramos la armadura de tonalidad y vemos dos sostenidos que se corresponden a un Re mayor o, como en el la partitura que nos ocupa, su correspondiente relativo menor: Si menor. Esta tonalidad es una tonalidad tristona y lo es porque Cavaradosi se está despidiendo del mundo justo cuando más le gustaba vivir al lado de su Tosca. Como ya hemos visto,  Puccini adaptaba su música al contenido de la obra y no pegaría un pasodoble en momento tan trascendente. En el primer compás, vemos que el piano toca una melodía que, en la orquesta, toca el clarinete bajo. Esa melodía se extiende varias líneas incluso después de la entrada del tenor (compás 5) en donde, si os fijáis bien, no canta, hace una especie de recitativo o un parlato con un fa# que se repite siete veces y que, en el compás 7, se ve sustituido por otra nota repetida (en este caso, un si) que sigue en el compas 8 y que en el 9 pasa a un do#. Puccini, habilísimamente, ya nos ha seducido con la melodía que todos conocemos al presentárnosla con el clarinete bajo. Un golpe maestro.

        


Sigue el si en los compases 10 y 11 y, en el 12, sigue el tenor con esa  especie de parlato anteriormente aludido, pero, en esta ocasión, con un sol. Remata el tenor, en el 14 y en el 15, con ese mismo parlato que en esta ocasión es un fa#.

         Pero fijaos porque ahora el tenor comienza a cantar la misma melodía que había interpretado el clarinete bajo al comienzo de la partitura: Fa#-Do#-Re- Mi – Fa# - Mi- Re – Do #- Fa#-Si-Si. La orquesta lo acompaña y así llegamos al final con ese La que podemos leer en la penúltima línea del tenor.

        



Sin embargo, hay algo más. Por dos veces, la música quiere huir del si menor de la armadura tonal, pero no lo consigue porque el pobre Cavaradosi, protagonista junto con Tosca y el malvado Scarpia de la genial obra de Puccini, morirá fusilado aunque Tosca creía que lo podía impedir por medio de una treta que no voy a revelar para que podáis escuchar la ópera con aprovechamiento.

         Perdonad por este análisis musical que he hecho, como hago todo, con mis zapatillas de cuadros y que sale de un músico aficionado que siempre quiso vivir con la música, pero no de la música.

        

Que os aproveche. Os voy a poner, además de la partitura, la magistral interpretación de mi muy admirado José Carreras https://www.youtube.com/watch?v=F_eDI5vPi0Y o,  en su defecto, la de Plácido Domingo https://www.youtube.com/watch?v=5-AF1T4OehM&list=RD5-AF1T4OehM&start_radio=1.

jueves, 24 de septiembre de 2026

JACQUELINE DE ROMILLY

 


Soy consciente de que os he hablado mucho de Jacqueline de Romilly, pero también lo soy de que nunca le he dedicado una entrada completa a tan alta dama de la filología. No ha habido un solo libro de doña Jacqueline que me haya defraudado ni como filóloga, ni como escritora. Os cuento su vida muy por encima.

         Su nombre real era Jacqueline David ( no hace falta que os diga que el padre era judío) y nació en Chartres, un 26 de marzo de 1913. Poco conoció a su padre pues murió cuando ella tenía tan sólo un año, pero quedó al cuidado de su madre, la escritora Jeanne Malvoisin que la llevó a su devoción por Tucídides del que más tarde sería editora en Belles Letres y traductora. Jacqueline David se casó en 1943 con Michel Worms de Romilly de quien tomaría el apellido como era costumbre en las mujeres casadas. El matrimonio empezó mal pues ella era de padre judío y él, aunque católico, era judío de familia. Tanto judío no casaban bien con las leyes de Vichy y Jacqueline fue expulsada de la enseñanza y el matrimonio se tuvo que refugiar en Aix-en-Provence.

         Pasa la guerra y Jacqueline lee su tesis sobre Tucídides en la Sorbona y, a partir de ahí, una vida en la que se dedicó al estudio de los clásicos hasta su muerte en el 2010 cuando contaba con 97 años de edad.

         Los que la hemos leído mucho la recordamos no sólo como una gran filóloga (que, sin duda, lo fue), sino también como una buena escritora. Recuerdo que en el año 2006 publicó un libro maravilloso: Les Roses de la solitude. En este libro, Romilly nos cuenta cómo era la vida de una señora de noventa y tres años y, en un rasgo de humor inolvidable, nos pregunta a los lectores que si merecía la pena o no cambiar las cortinas de su apartamento. Sus libros sobre Alcibíades, sobre Héctor, sobre Homero o sobre la tragedia griega son libros de un hermoso francés, culto y preciso. Romilly era una gran lectora de los clásicos franceses y todos sus libros están trufados de citas de Racine o Corneille sin olvidar a los grandes del siglo XX como Giraudoux o Cocteau.

         Merece la pena su lectura porque, con cada libro, somos más libres, más humanos, más griegos. Como con Stefan Zweig, guardo su foto como si fuera alguien de mi familia. Ahora, mientras escribo estas líneas, la veo sonreír en blanco y negro desde la pared derecha de mi leonera.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

EL HABLA TORESANA

 


Al escribiros la anterior entrada, he dicho “fato”, una palabra que decía mucho mi abuela María que era toresana al igual que tenía el ¡to! como exclamación, hablaba de los cermeños y a alguna vecina un tanto presuntuosa la calificaba de fata. También nos decía a los nietos que teníamos berretes, que nos veía mustios y, para alegrarnos, nos atusaba aunque no en exceso para que no nos impláramos. Mi abuela María no se achantaba ni era dada a los aspavientos, pero sí que se le escurría algún plato. Lo que más que le preocupaba era que nos añugáramos y, si lo merecíamos, nos pegaba un sopapo, eso sí, siempre con cariño. Se pasaba el día la mujer entre pucheros y regando los tiestos y no quería que, por nada del mundo, fuéramos fuseros. Tampoco quería que fuéramos morugos y mucho menos, morugos con cascarrias y aún menos que acabáramos convertidos en zocotrones. Después de comer, se echaba una cabezadica en el escaño y jamás fue en piernas. Como las mujeres no fumaban, nunca pidió lumbre. Tanía el poder de detectar a los bausanes tan pronto como los veía y en el corral tenía herradas para  sacar agua del pozo.

         En fin, he intentado recoger algunas palabras que los toresanos tienen como propias. Espero que os hayan agradado y, si no ha sido así, es que sois unos cermeños, unos bausanes y unos zocotrones.

EL BIRUJI, EL RELENTE Y EL FRESCO

 


Cuando yo era pequeño y todavía no había llegado el cambio climático, al llegar la noche, venía de las huertas de Laguna de Duero lo que se llamaba “relente”, palabra que apenas escucho ya teniendo en cuento la zafiedad de vocabulario y de todo lo demás que “disfrutamos” en esta sociedad posmoderna. Relente viene del latín “regelare”, helar, y nos llegó por el francés, es decir, que es un galicismo. Mi tía Carmen Pousa Gulín, natural de Ribadavia y prima de la gran soprano Ángeles Gulín por parte de madre, siempre les ponía una chaquetita a mis primos porque decía ella que el relente de Castilla era muy malo. Es probable que el río Avia o el Arenteiro no tuvieran relente, pero ese es un dato que tendré que investigar.

Por aquellos años en que no había “noches tropicales”, la gente salía a las puertas de sus casas con la “fresca” que no era, como algún indocumentado pueda pensar, una señora un tanto desvergonzada, sino un vientecillo agradable que soplaba ya en la tarde noche. El diccionario de la RAE, en otro contexto, también recoge el de fresco como desvergonzado y el fresco era también el pescado que vendía el fresquero. No me resisto a contar la anécdota de Julio Camba que, al llegar a la fonda de un pueblo de Valladolid que recuerdo pero no quiero nombrar por recato, pidieron “fresco” para cenar y, mientras lo preparaban, se salieron a la calle para tomar el otro “fresco”. Sin embargo, cuando la posadera les avisó de que ya tenían el fresco listo, al haber olido el fato que salía de la cocina al freír el pescado, le dijeron: “Es igual, señora, ya lo estamos tomando aquí fuera”. Hermosa manera de jugar con los sinónimos por parte del escritor gallego.

         Me he ido del tema. Al relente también se le conocía como biruji, palabra ésta que hace años que no escucho. No era raro escuchar en boca de alguien: “Me he puesto la chaqueta porque venía un biruji que, sin querer, te iba dejando helado”. Me gusta esta palabra y animo a que se use sin que a nadie le dé “cringe” que es como ahora llaman algunos jovencitos con fracaso escolar a la vergüenza ajena que, en español, siempre se ha llamado alipori, otra palabra que hace mucho que no escucho.

         También, para referirse a la humedad de la noche, se hablaba del sereno que también era un vigilante nocturno que, por regla general, era asturiano.

         Pero ya no quedan serenos, no viene el biruji, ni nos reunimos con la fresca ni nos tenemos que poner la chaqueta porque llega el relente de las huertas de Laguna. El cambio climático nos ha cambiado la vida. ¡Qué le vamos a hacer!