En
lo más crudo de este verano de fuego, me releí esa maravilla que se llama Cien
años de soledad. Recuerdo que mi buen amigo Pablo Perera me decía que a una
novela se la reconoce por el comienzo. En unos casos sí y en otro no, pero con
este libro inmortal de García Marrquez ocurre eso con creces pues nadie que lea
el espléndido comienzo puede no seguir leyendo si es que es un lector de raza y
no de best sellers:
Muchos años después,
frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de
recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Con estas líneas, don Gabriel nos ha introducido en ese
mundo mágico de su novela: un coronel, un pelotón de fusilamiento y el hielo en
medio del calor tropical de Macondo. Yo también recuerdo la fábrica de hielo de
Marín y cómo, antes de ir a la playa de Lapamán, iba con mi padre y con Paco Mateos
por el hielo para las neveras, las de la playa y la de casa porque, en aquellos
años remotos, todavía quedaban neveras que enfriaban con una barra de hielo. Recuerdo
que en Lapamán, en el bar de Lino, no había más cámara frigorífica que una pila
en donde Agustín, el tío de Carmen, la mujer de Lino, que había regresado de
Cuba cuando Fidel dijo aquello de “blanco que no corte caña, “pa” España” tenía
las botellas sumergidas en el agua límpida que bajaba de Pastoriza. También mi
abuelo Luis, cuando yo era pequeño, les decía a los que picaban el hielo en el
Hotel Emperatriz que no hicieran mucho ruido porque me despertaban. No sé si
las nuevas generaciones han conocido aquellas barras de hielo tan perfectas,
como sacadas del algún igloo fantástico del Madrid de los sesenta y los
setenta, pero lo considero esencial ese conocimiento para entender el arranque
fabuloso de esta novela. Si estas nuevas generaciones el único hielo que
conocen es el de la Hieloneta, considero que no están capacitados para
entender en su plenitud ese comienzo.
Si alguien no ha leído esta novela, que vaya por favor a la
librería más próxima (si es que quedan librerías en su ciudad), que se la
compre y que se ponga a leerla incluso por la calle. Cien años de soledad
tiene como una corriente eléctrica desde la primera palabra a la última y no se
puede dejar de leer porque su mundo mágico nos envuelve como un emparrado que
refresca la torridez del verano.
Eso es lo que diferencia una obra maestra de la literatura
de una novela de Megan Maxwell o del Juan del Val. Sic vita est.





