El
viajero, que regresa a Cádiz tras dos años de ausencia, al introducir en Google
el nombre de Pastelería del Pópulo, en la calle Pelota 16, se encuentra con la
desagradable sorpresa de que está cerrada desde febrero de este año. ¿qué
tragedia ha podido ocurrir para que tan ilustre y antigua pastelería haya
echado el cierre? La verdad, porque ya está en San Fernando que, si no, no se
hubiera llegado hasta la Tacita de Plata. No obstante, decide ir para ver el
monumento a su Perla de Cádiz que está al principio de la calle Plocia, pero,
todo hay que decirlo, con los ánimos muy menguados. Su idea era haber comprado
pan de Cádiz en tan noble lugar, pero, al haber cerrado esa histórica
pastelería, lo encuentra casi imposible.
Nada más llegar, va a ver a la Perla de Cádiz por el aquel
de darle los buenos días y decirle que nadie la ha superado como cantaora
aunque muchas y muy buenas han surgido desde el aciago día de su muerte; sigue por la calle Plocia adelante hasta la
plaza de San Juan de Dios con su monumento a Moret. Continúa luego a la
catedral, pero le parece que hasta sus cúpulas doradas, que siempre fueron el gozo y exultación del veredero, están como
descoloridas. Tampoco se ve el mar igual y ni hace intenciones de llegarse a La
Caleta para darse un baño acordándose de don Isaac Albéniz. Cádiz sin el Pópulo
ya no es Cádiz, es una ciudad sin gracia, sin arte, una chirigota desangelada.
En su deambular triste por la Tacita, entra en una de esas horribles
franquicias que dicen algo del sabor de España. Ahí tienen pan de Cádiz, pero
está hecho en Sonseca, Toledo, y es el mismo que venden en el Mercadona.
¡Pecado, abominación, sacrilegio al pie de la Santa Catedral! En turrones
Vicens, la chica le dice que está agotado y el viajero no sabe si preguntarle
que si lo dice por él o por el pan. No le sabe decir si lo van a sacar de ese
estado de agotamiento porque la chica es muy probable que ni sepa lo que es el
pan de Cádiz aunque tenga Tik-Tok en su móvil y hasta se haya conseguido un
novio con una aplicación que sustituye las antiguas rejas en donde los
gaditanos pelaban la pava con las gaditanas. Harto de su quête que casi
es la del Santo Grial, el viajero entra en una tienda a tomarse un refresco y
allí recibe el más terrible apocalipsis que le podría haber hecho entrega ese
amable joven gaditano vestido de tendero: han quitado la pastelería del Pópulo
para hacer pisos turísticos. ¡Horror! La cólera de Aquiles era nada en
comparación con el cabreo que se agarra el viajero. Si hubiera podido llegarse
hasta el dueño de esos pisos, le hubiera dicho algo más que “cara de perro”
(kinópida) como le llama Aquiles a Agamenón; y tampoco, mire usted por dónde, “corazón
de ciervo” o “borracho”, otros insultos que “el d ellos pies ligeros” le
regaloa al pastor de hombres. No, no hubiera recurrido a la Ilíada y sí al
lenguaje castizo de Chamberí para poner de chupa de dómine a tan canalla
individuo. El comerciante le dice que se
están cargando Cádiz y así consigue que el viajero se cargue aún más y que
maldiga los pisos turísticos que están destrozando media Europa, la ausencia de
paz de Cádiz y hasta la plata quieta de la Caleta como cantaba el maestro Carlos Cano.
Por todas partes se ve a gentes con maletas que llegan a Cádiz como un lugar
más en el que hacerse unas fotos estúpidas que se irán acumulando en su móvil
hasta que la nube diga basta. Sale con el refresco como una furia por la calle
Plocia, ve la peluquería del Virogas, un uruguayo que vino a Cádiz hace
cuarenta años y se quedó para cortar el pelo y seguro que para comer pan de
Cádiz; vuelve a despedirse de su Perla a la que casi increpa por haber
permitido tamaño sacrilegio y sale de Cádiz maldiciendo el turismo y su
desmadrado crecimiento. El comerciante, al verlo tan alterado, le ha
recomendado La Gloria, pero el viajero no está para “glorias” y deja Cádiz
camino de El Puerto de Santa María por mor de llegarse a su plaza y sacarse una
foto en donde, no ha muchos días, había toreado Morante de la Puebla, el diestro
cigarrero que hace las delicias de la España taurina. Del Puerto se va a Sanlúcar en
donde ve un anuncio del coñac Lustau que le hace recordar lo mucho que lo
ponderaba su abuelo Luis que decía que superaba incluso al Martel. (No era de
Cádiz, sino castellano de Boecillo, pero algo exagerado sí que era, sí) El
recuerdo del Lustau, el atardecer y una
carrera de caballos por la playa le sacan de su mal humor. Entonces, piensa que
le debe una visita a Cádiz porque, entre otras cosas, el chico de la tienda le
ha dicho que los dueños del Pópulo están buscando otro local en donde
establecerse. También es cierto que le queda La Gloria, pero ¿harán el mismo
pan de Cádiz que en la otra confitería, aquella en la que hace dos años cometió
el tremendo error de no compra el pan de sus sueños? Al viajero le escuece de
manera terrible el no haber comprado en aquella ocasión una cajita, pero, a lo
hecho, pecho.
Mientras el sol se hunde en el océano y la gente aplaude (el
viajero no entiende por qué, pero aplaude) como si la puesta del sol la hubiera
puesto Pedro Sánchez para disfrute y gozo del turista y no llevara millones de
años sucediendo sin necesidad de que miles de turistas, móvil en ristre,
sacaran sus fotos para subirlas a las redes, el viajero se vuelve a Conil de la
Frontera, tierra de almadrabas y mundo de mil terrazas, que le recuerdan a aquella azotea de la que
disfrutaba cuando era niño- Dios en la calle Hermanos Bécquer con los geranios
y los claveles que tenía abuelo Luis como en una pequeña Babilonia.
Volverá a Cádiz en mejor ocasión. Mientras, siempre nos
quedará Albéniz con su Iberia interpretada por Esteban Sánchez, ese pianista
que fue uno de los grandes, pero que, por razones que no puedo revelar, acabó
de profesor en Badajoz. (¡Anda, mira, como el hermano de Sánchez!). Don Esteban fue un genio del piano del que algún día os
hablaré in extenso. Mientras tanto, a seguir con el deseo del pan de
Cádiz hasta que el Marcadona, como otrora el economato del INI, que fue donde
lo conoció el viajero, lo coloque en sus estantes para adelantar, aun con el bochorno del puto calor que nos domina, la
Navidad. Así sea.






