viernes, 4 de septiembre de 2026

CIEN AÑOS DE SOLEDAD

 


En lo más crudo de este verano de fuego, me releí esa maravilla que se llama Cien años de soledad. Recuerdo que mi buen amigo Pablo Perera me decía que a una novela se la reconoce por el comienzo. En unos casos sí y en otro no, pero con este libro inmortal de García Marrquez ocurre eso con creces pues nadie que lea el espléndido comienzo puede no seguir leyendo si es que es un lector de raza y no de best sellers:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

         Con estas líneas, don Gabriel nos ha introducido en ese mundo mágico de su novela: un coronel, un pelotón de fusilamiento y el hielo en medio del calor tropical de Macondo. Yo también recuerdo la fábrica de hielo de Marín y cómo, antes de ir a la playa de Lapamán, iba con mi padre y con Paco Mateos por el hielo para las neveras, las de la playa y la de casa porque, en aquellos años remotos, todavía quedaban neveras que enfriaban con una barra de hielo. Recuerdo que en Lapamán, en el bar de Lino, no había más cámara frigorífica que una pila en donde Agustín, el tío de Carmen, la mujer de Lino, que había regresado de Cuba cuando Fidel dijo aquello de “blanco que no corte caña, “pa” España” tenía las botellas sumergidas en el agua límpida que bajaba de Pastoriza. También mi abuelo Luis, cuando yo era pequeño, les decía a los que picaban el hielo en el Hotel Emperatriz que no hicieran mucho ruido porque me despertaban. No sé si las nuevas generaciones han conocido aquellas barras de hielo tan perfectas, como sacadas del algún igloo fantástico del Madrid de los sesenta y los setenta, pero lo considero esencial ese conocimiento para entender el arranque fabuloso de esta novela. Si estas nuevas generaciones el único hielo que conocen es el de la Hieloneta, considero que no están capacitados para entender en su plenitud ese comienzo.

         Si alguien no ha leído esta novela, que vaya por favor a la librería más próxima (si es que quedan librerías en su ciudad), que se la compre y que se ponga a leerla incluso por la calle. Cien años de soledad tiene como una corriente eléctrica desde la primera palabra a la última y no se puede dejar de leer porque su mundo mágico nos envuelve como un emparrado que refresca la torridez del verano.

         Eso es lo que diferencia una obra maestra de la literatura de una novela de Megan Maxwell o del Juan del Val. Sic vita est.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA

 

Acabo de terminar de leer El coronel no tiene quién le escriba de Gabo y, aunque no me ha causado el impacto de la relectura de Cien años de Soledad, considero que es una gran novela. A mi modo de ver, la mujer y el coronel son como un Sancho y un Quijote: ella con los pies en el suelo y él soñador empedernido con la pensión que no llega y con el galo que les sacará de pobres. La novela no tiene la magia de la anterior, pero es una gran obra. Como ocurre en todos los matrimonios, la mujer es la que pone un punto de cordura y de realidad y el marido, el pobre hombre que vive de sueños. Recuerdo una anécdota que me contaba Esther, la dueña de la Librería Aurea y que os voy a contar.


         Resulta que don José María Blázquez, catedrático de Historia Antigua en la Complutense, que me dio a mí clase en la carrera (es un decir porque vino tres días y se marchó a las diversas excavaciones que dirigía dejándonos con el obesus etruscus como nosotros, jóvenes impertinentes, “bautizamos” a su sustituto) iba alguna mañana por Áurea y cargaba una bolsa de libros que le dejaba a Esther. Por la tarde, la “santa” de Blázquez se pasaba por la librería y reducía aquel pedido a la mínima expresión. El eterno femenino de Goethe.

         Pero vamos a seguir con Gabo y su novela. El pobre coronel, que no tiene quién le escriba, acaba pronunciando (perdón por la grosería) la palabra MIERDA. Lo vemos:

-         Dime, qué comemos.

         El coronel necesitó sesenta y cinco años de su vida- los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto - para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

-        - 
 
Mierda

En ese momento, al pronunciar esa palabra, el viejo coronel había puesto los pies en el suelo.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

EL VINO TINTA FEMIA DE CELA

 


Voy a hablaros de un vino que para mí tiene un carácter especial porque por aquellas tierras pasé muchos años disfrutando de sus paisajes y de sus gentes. Me estoy refiriendo al Tinta Femia de la parroquia buenense de Cela.  Lo primero que hay que decir es que este vino se elabora con una uva que proviene, a su vez, del Caíño tinto, una cepa autóctona de Galicia que en Portugal, en la zona del Miño, recibe el nombre de Borraçal. Yo no puedo ser objetivo con este vino porque recuerdo su sangre en las cuncas, su punto ácido en la boca, su baja graduación alcohólica y me convierto de nuevo en un niño que llegaba a Lapamán con un colchón hinchable y que, desde el camino que bordeaba el aparcamiento de Lola, escuchaba las roncas olas en aquella playa que pisó el pie de don Tristán en su busca de su Iseo. No puedo ser objetivo porque se me viene a las mentes a Agustín Entenza, que tanto había navegado, abriendo una botella de aquel vino que guardaba en su casa como una joya granate. Aquel vino era la “sangre de un gigante”, el regalo de unas cepas que reciben cada día el arrullo del mar, de una tierra cuyas aldeas se construían en lo alto para poder defenderse de los normandos.

            Sin embargo, había una cosa que no sabía de este vino: su etimología. ¡Ya veis, un servidor, filólogo de profesión y de afición, no sabía por qué el Tinta Femia se llamaba así!

            Por eso – y tras haber leído un interesante artículo en la La Voz de Galicia en donde se me da luz sobre su etimología- me atrevo a contaros la razón de su nombre. Y lo hago como un homenaje a tantos colleiteiros de Cela que, tras dejar la mar, trabajaban, como Laertes, el padre de Ulises, en la viña que habían plantado para el vino de casa, ése que se bebía en la comidas con aquellas sardiñas que el ya mencionado Agustín Entenza asaba con maestría . Siempre fue un vino del pueblo, das xentes da aldea; nunca estuvo en las mesas de los ricos, pero se disfrutaba en las casas y en los furanchos. Perdonad. Vamos a la etimología.

            Me dicen que Femia viene del latín femina, “mujer” porque eran las mujeres las que, mientras los hombres estaban en  la mar, cuidaban de aquellas viñas centenarias que recibían cada atardecer la luz del poniente que las iba pintando al tiempo que el gigante les iba dando su sangre. Desde aquellas viñas se ve el mar y el mar mira las viñas y es así como ambos acaban unidos en ese matrimonio secular que otorga a este vino del Morrazo la frescura del mar y la fuerza de las laderas que suben desde las playas hasta los montes de Pastoriza. ¡Ay, mi Tinta Femia, ese vino que miman manos de mujeres como Elvira, la mujer de Agustín! Aquellas mujeres llevaban as hortas, cuidaban de las viñas y del ganado. Aquellas mujeres no eran feministas, pero elevaron el ser mujer a una categoría insuperable.

            Polos colleiteiros, polas mulleres de Cela, vou descorchar unha botella que me regalou Agustín Entenza “fillo” e brindarei polos seus pais e pola sua irmá, Carmen, muller, nai e aboa coraxe. ¡Vai por eles!

miércoles, 12 de agosto de 2026

LAS HERMOSAS PALABRAS DE ALCÍNOO A ULISES

Alaba el maestro García Gual estas palabras de Alcínoo a Odiseo Y nos dice el profesor Gual que merece la pena recordarlas por el cordial afecto con el que el rey de los feacios alaba su modo de contar y su sinceridad. Copio la magnífica traducción de García Gual sin tocar ni una coma. Non dignus sum.

 


δυσε, τ μν ο τ σ ἐίσκομεν εσορωντες,

περοπά τ μεν κα πκλοπον, οἷά τε πολλος

βσκει γαα μλαινα πολυσπερας νθρπους,

ψεδε τ ρτνοντας θεν κ τις οδ δοιτο·

σο δ πι μν μορφ πων, νι δ φρνες σθλα.

μθον δ ς τ οιδς πισταμνως κατλεξας,

πντων τ ργεων σο τ ατο κδεα λυγρ.

 

"Odiseo, de ningún modo al verte te imaginamos como un charlatán o un farsante, como hay tantos criados por la negra tierra, vagabundos enredadores y forjadores de patrañas que nadie podría constatar. Hay belleza en tus palabras y noble es tu pensar y, en cuanto a tu relato, has narrado de modo tan experto como un aedo las desdichas funestas de todos los argivos y las tuyas".

No se puede traducir mejor. No en vano, Gual ha sido premio de traducción Fray Luis de León. Who else?
 

lunes, 27 de julio de 2026

DE LOS FAROLILLOS ROJOS Y DE LOS CUATRO ÚLTIMOS VERSOS DE LA ILÍADA

 


De sobra nos son conocidos los primeros versos de la Ilíada, aquellos en los que Homero le pide a la musa que cante la cólera del Pelida Aquiles, pero ¿alguien nos ha hablado de los últimos? Desde pequeño, he sentido curiosidad y afecto por los que se quedan los últimos (que serán los primeros en el Reino de Dios) en numerosas facetas de la vida: el último del Tour de Francia,  de la Vuelta a España o del Giro; el último en una carrera de atletismo; el último en unas oposiciones que, aunque se quede sin plaza, trabajará ese curso en la capital de la provincia mientras el número uno de la convocatoria se tendrá que ir a donde Cristo perdió la alpargata; el último del Mundial de fútbol que debería haber sido Argentina, - si no hubiera contado con la ayuda del Infantino y de la “mano de Dios” desde la Pampa- , y así un largo etcétera. Ser el último, ser el farolillo rojo del tren que tanto le gustaba a mi muy querido Azorín tiene también su encanto aunque no soy partidario de la bondad del bando de los perdedores (que Humphrey Bogart me perdone) porque en ocasiones o,  casi siempre,  suelen ser unos resentidos. Pero vamos a los que vamos: a los cuatro últimos versos de la Ilíada.

χεύαντες δὲ τὸ σῆμα πάλιν κίον· αὐτὰρ ἔπειτα

εὖ συναγειρόμενοι δαίνυντ᾽ ἐρικυδέα δαῖτα

δώμασιν ἐν Πριάμοιο διοτρεφέος βασιλῆος.

ὣς οἵ γ᾽ ἀμφίεπον τάφον Ἕκτορος ἱπποδάμοιο.

Así dicen  los hexámetros de griego homérico y así os los he traducido aunque ya la máquina de las traducciones homéricas estuviera un poco oxidada y le haya tenido que aplicar “tres en uno”.

 

Formando el montón del túmulo, de nuevo se marcharon; después

se juntaron y participaron del eximio banquete fúnebre

en las moradas de Príamo, el rey al que Zeus crio.

Así celebraron los funerales de Héctor, domador de caballos.

 

Ahí os lo dejo. Espero que os gusten.

jueves, 2 de julio de 2026

OTRA VEZ A VUELTAS CON LA SIESTA Y CON MI ABUELO LUIS

 


Creo que ya os he contado en alguna ocasión que mi abuelo Luis decía que la siesta era sagrada y cómo el final de la Guerra Civil lo pilló echándose la siesta en la trinchera de la Ciudad Universitaria. Sin embargo, él nunca decía (o pocas veces) que se iba a echar la siesta, sino que utilizaba otras curiosas expresiones que no eran, sino eufemismos. Veámoslas:

a) Echar una camorrada. La palabra “camorrada” no es palabra que aparezca en el diccionario de la RAE, pero parece ser que se hace referencia con ella , en algunas zonas de España, en especial en Castilla y León, a una siesta breve que puede durar entre 10 o 20 minutos. Ya veremos más adelante qué ocurre cuando nos pasamos de ese tiempo.

b) Echar o dar una cabezada: La RAE sí que recoge, en la acepción segunda de cabezada, esta expresión como “sueño corto y ligero”.

c)Quedarse traspuesto: También la recoge la RAE en su Diccionario en la sexta acepción de Trasponer < transponere: poner al otro lado. Vemos cómo el grupo consonántico “ns” aquí pasa a “s” cosa que no ocurre, por ejemplo, con transporte. Con razón este grupo “ns” vuelve locos a los estudiantes.

d)Fijarse. En ocasiones, mi abuelo decía “voy a fijarme un poco” para decir que iba a dormir un rato.

En fin, ya veis que el tema de la siesta da para mucho.

Sin embargo, dejadme que añada algo más. Dice mi gran amigo y lector Eduardo Rodríguez-Monsalve, psicólogo de Valladolid-Valladolid y hombre culto, que los americanos poco pueden saber de siesta. Le doy la razón porque, para saber de algo, hay que practicarlo; sin embargo, a veces, desde fuera, las cosas se ven de manera que no podemos apreciar los que vivimos desde pequeño en el mundo del siesteo. Verbi gratia, las monjas de clausura, en contra de lo que se podría pensar, tienen una visión maravillosamente lúcida del mundo actual tal y como compruebo cuando visito a mis monjitas de San Andrés de Arroyo en Palencia. Y es que la distancia, casi siempre, nos da la justa medida para apreciar el paisaje y el paisanaje. Además, caro Eduardo, que la Clínica Mayo neoyorquina le dedique estudios a la siesta me parece todo un honor.

A ver si Trump se echa una buena siesta con la Melania y gasta sus escasas fuerzas otoñales  jodiendo en casa y no jodiendo a todo bicho viviente. Otro tanto le recomiendo al genocida de Israel ( poner su nombre mancha este escrito) y a todos los tiranos que por el mundo ha habido. Como dijo un chaval en el un Instituto donde trabajé: “Regañáis mucho porque folláis poco”. Amén.

miércoles, 1 de julio de 2026

ACTEÓN EN CÁDIZ

 


Un servidor, después de un viaje a la luz de Cádiz, también escribió un soneto de parecido tema al de la entrada anterior. Uno se llega a la playa gaditana y una moza fermosa se mete en el agua del Atlántico, sino corita, al menos con sus globos de nata al viento de la bahía. ¿Estará uno libre de ser convertido en ciervo y devorado por tus propios perros? Pues en el soneto os lo cuento:


ACTEÓN EN CÁDIZ       

Tiernos globos de nieve recogida

llegáronse hasta el mar en derechura,

cortando de bañistas la espesura,

dejando aquella playa estremecida.

 

Y toda aquella nieve que escondida

moraba en los sostenes con presura

soltose ante Acteón en nata pura,

en astas de muy recia acometida.

 

Quedose aquel pastor muy atribulado

no fuera por desgracia la bañista

la diosa cazadora por mal hado.

 

Y, con gozo de globos en su vista,

se vuelve hacia la playa entusiasmado

sabiendo que su diosa era turista.