El viajero se ha regresado a Conil de la Frontera y, paseando por sus calles, ve una dedicada a José Velarde. Se le viene a las mientes que Velarde fue un poeta decimonónico con el que Gabriel Celaya se mete en unos versos. Así dice el guipuzcoano:
Recuerdo a Núñez de
Arce y a don José Velarde,
tan retóricos,
sabios,
tan poéticos,
falsos,
cuando vivía
Bécquer, tan inteligente,
tan pobre de
adornos,
tan directo (…)
Tampoco es que los
versos de don Gabriel sean un prodigio, pero cree el veredero que es el único
poeta que menciona a Velarde que ha caído el pobre en tal olvido que podría
decir lo que el título de un apartado del programa de Fernando Argenta y Araceli
González Campa: “Si lo llego a saber, compone tu padre”.
El caminante mira en su teléfono para ver la Wikipedia, algo
que cuando viajó de Oporto a Soria era impensable, y en ella lee que Velarde,
como su padre, fue médico, pero que le tiraba más la literatura que la medicina
hasta el punto de que, tras ser médico de la Beneficencia en Sevilla, lo dejó
todo y se marchó a Madrid para hacer carrera que, por aquellos años y hasta
hace poco, sólo se podía hacer en Madrid dándose a conocer en las tertulias, en
el Ateneo y en círculos poéticos. Su idea era dedicarse al periodismo y a la
literatura, pero como la cosa parecía que no le marchaba muy bien, su amigo
Campoamor, poeta y Gobernador Civil, maridaje no raro en esta época y hasta
bien entrado el siglo XX, le concedió una credencial de seis mil reales. Como
parecía que no le llegaba al de Conil, ni más ni menos que don Antonio Cánovas
le buscó un puestecillo en Hacienda. Cosas de la España pasada, presente y futura.
Como el trabajo de funcionario no debía ocuparle mucho
tiempo, Velarde tenía ratos para la escritura y ratos para las tertulias. Recuerdo
que Paco Umbral decía con sorna: “¿Cómo podían escribir los escritores del XIX
si se pasaban el día en las tertulias?” Galdós tuvo tiempo para todo: para
escribir obras maravillosas, para acudir a las tertulias y para tener sus
amoríos entre los que se cuenta a la mismísima doña Emilia Pardo Bazán. ¡Eso es
saber aprovechar el tiempo! – se dice el veredero mientras se toma un café en un
bar cercano a la Puerta de la Villa. Y el viajero, que sigue en la Wikipedia, lee con sorpresa que Velarde no era él solo,
no, qué va: tenía seis hijos y santa esposa a los que, como no podía alimentar
como se merecían, tuvo que pedir socorro a la duquesa de Almodóvar del Río que,
a su vez, le recomendó al mismísimo marqués de Comillas. Como se ve, hemos
cambiado muy poco.
Pero dejemos que hable el poeta y, en
este caso, con el poema A orillas del mar del que el viajero nos va a
leer las tres primeras estrofas:
Siempre que me
hallo en la tierra
hermosa donde nací,
que aún a los moros
aterra,
alzada frente a la
sierra
del imperio
marroquí,
me suele el sol
encontrar,
cuando declina y
desmaya,
absorto viendo
llegar
a la arena de la
playa
las roncas olas del
mar.
Yo sigo la blanca
estela
de la bien ceñida
nave
que, al dar al
viento la vela,
sobre las espumas
vuela
rozándolas como un
ave.
El viajero cree con razón que no es momento de hablar de
moros y mucho menos de que la sierra de Conil los asuste no vaya a hacer el
diablo que llegue a oídos del rey alauita Mohamed VI y éste amante de las
orgías llame a sus dos primos de Zumosol, Trump y Netanyahu, y nos acabemos
metiendo en un lío. Otros tiempos eran los de Velarde en los que España era
todavía un país y no una “nación de naciones”. No obstante, sigue embelesado
con la lectura del poema velardiano que suena un pelín ripioso, pero no todos
vamos a ser Quevedo. Así pues, no molestamos al viajero en su lectura de
Velarde que se queda muy tranquilo en la playa de Los Bateles. Luego, se
levanta y se sube hasta la puerta de la Villa en donde un señor con sombrero
vende higos chumbos. Le compra una bolsita de suculentos higos ya pelados y
continúa calle arriba.
De lo que hizo o no hizo, ya trataremos en otra entrada
porque a cada día le basta su afán.






