viernes, 11 de septiembre de 2026

LA VIAJERA EGERIA

 


LA VIAJERA EGERIA

Estoy viendo estas montañas nevadas desde mi ventana. Los árboles sin hojas reciben a los pájaros en cuyas ramas se posan. Un viento frío barre el valle y anuncia la nieve, la que tanto me gustaba de joven y que ahora me parece una triste mortaja. Por la tarde, antes de que el sol se oculte tras los montes y el aire se convierta en un helado cristal, me gusta reunirme con mis dominae sorores y recordar con ellas, al amor de una lumbre que arde y que es una lengua del Espíritu Santo alentando nuestros corazones, aquel viaje que hice hasta Tierra Santa. ¡Qué lejana estaba Gallaecia de aquellos parajes apenas sin vegetación! ¡Qué diferentes estos valles ubérrimos en donde está nuestra querida Vallisbona a aquellas pobres tierras en las que tan sólo una pobre higuera se dibuja solitaria en el horizonte!¡Qué feliz hubiera sido in nostro horto sin tener que mendigar nunca la lluvia acompañada por las viejas higueras, frondosas y anchas, que nos regalan  los frutos que guardan en sus entrañas su gotita dulce y cariñosa que alivia los rigores del estío! Mas no puedo ni debo demorarme con las higueras y quiero seguir contándoos, por medio de esta carta, mi viaje a Tierra Santa. Pues me conocéis de muchos años, bien sabéis que siempre he sido muy curiosa y que siempre quise ver con mis propios ojos aquellos Santos Lugares que la Biblia describe. También sabéis que siempre quise  hacer oración en ellos pues me parecía que era la mejor manera que podíamos tener de vivir las Sagradas Escrituras. Hasta me pensaba que, al caer de la tarre, podría ver a Cristo con sus discípulos camino de una aldea, de un pozo o de un huerto con humildes sicómoros. Soñaba – bien lo conocéis- con retirarme, sí, como el propio Cristo, a un lugar desértico y hablar con el Padre mientras la noche cubre aquellos montes resecos. Por eso un día partí de esta tierra y puse rumbo al lejano puerto de Tarraco. ¡Qué largas jornadas entre el frío de los montes y las nieblas del Ebro y qué alegría al ver el Mediterráneo, nuestro mar, abrirse ante mí como un espejo! Ya en el barco que me llevaba a Alejandría, recordé el viaje de Melania, una viuda también hispana como yo, que viajó hasta Jerusalén para fundar un monasterio. También lo había hecho la italiana Paula. Las mujeres, pese a lo que dicen los Santos Padres, estamos tan capacitadas como los hombres para estos larguísimos viajes y no tenemos ninguna razón para tener que permanecer siempre en casa dedicadas a hilar lana o a tejer mientras la tarde es pura brasa en los montes y bajan los rebaños a sus tenadas.

         Cuando llegué a Alejandría, el sol del ocaso se derramaba por la desembocadura del Nilo y un olor dulce y embriagador venía de la ciudad. No quise demorarme en ella pues, aunque lugar de sabiduría, lo era también de pecado y seguí mi viaje a los lugares que tenía en el corazón.

         En mi librito, que voy escribiendo y que remataré en nuestra tierra galaica, aparece el monte Sinaí a donde fui, como siempre, guiada por las escrituras. ¡Qué alegría estar en donde Moisés, tras descalzarse de sus sandalias al entrar en territorio sagrado, recibió del mismo Yahvé las tablas de la ley! ¡Qué alegría visitar en Belén el lugar donde nació Nuestro Señor Jesucristo y llegarme hasta el Calvario en donde fue crucificado! ¡Qué alegría llegarme hasta el Monte Carmelo lleno de pequeñas ermitas en donde ermitaños de luengas barbas dan culto a la Virgen! No me faltaba la mano amiga de algún monje que, en un remoto monasterio, aliviaba mi sed con una manzana que yo me comía a la sombra de los sicómoros que habían plantado antiguos patriarcas para obtener de ellos los remedios a tantas enfermedades.

         Pero no quisiera engañaros y deciros que todo fue fácil. Ni lo fue por los caminos, ni por los bandidos, ni por las montañas. Os confieso que nunca pasé miedo aunque no son caminos fáciles para una mujer sola con sus criados. No, nunca llegué a pasar miedo y eso que, a lo lejos, divisábamos a las tribus del desierto y a que algunos árabes se llegaban hasta nosotros con sus cimitarras en la mano. Como bien sabéis, yo llevaba en mis alforjas un cursus publicus, una especie de salvo conducto que me proporcionaba alojamiento, víveres, carros o escolta militar. ¡Qué generoso  fue el emperador conmigo!

         Lo más difícil de todo mi viaje fue mi cumplir mi deseo de alcanzar la cima del monte Sinaí porque su subida fue terrible y porque no se podía alcanzar en la silla de manos en la que yo viajaba y tuve que bajarme de ella y continuar a pie haciendo zigzags como si estuviéramos haciendo bordaduras en la montaña. Aquellos bordados que hacíamos en la Gallaecia a la sombra de la higuera, sombra en ocasiones siniestra por fría y peligrosa y de la que muchos sabios dicen que no es bueno permanecer mucho tiempo. Nosotras la experimentamos in horto nostro muchas tardes cuando el relente nos hacía levantarnos por una estola. Era entonces cuando las hojas de la higuera se agitaban y algunas de vosotras, dominae meae, repetíais las palabras leídas o escuchadas de ancianos patriarcas: Numquam bona est umbra ficorum. Por eso, nos cambíabamos a la sombra de los carballos bajo la cual hemos pasado ( ¡bien lo recordaréis!) muchas tardes. A lo lejos, veíase el Paraño y unas nubes que acababan de dejar el mar y que se iban metiendo en el valle. Entonces, las ramas del carballo de nuestro vecino Iulianus, que lo había plantado cuando se llegó a Vallisbona desde las tierras que en los años antiguos habitaban los vacceos por encima del camino que lleva hasta el viejo castro celta que corona los montes de nuestros humilde pagos,  temblaban como pequeñas corderas en busca del calor de su madre. ¡Qué hermosos recuerdos me llevé en mi viaje! Pero debo seguir con esta historia mía y contaros el final de mi subida al Sinaí.  Para hacer más breve mi relato, os diré tan sólo que,  al llegar arriba, la hermosura de las vistas alivió mi cansancio y en la cima me quedé varias horas haciendo oración.

                   También recuerdo, dominae sorores, que el obispo de Batana me dijo: “Porque veo, hija mía, que por causa de la religión te has propuesto y conseguido llegar a estas tierras remotas, te mostraremos estos lugares que siempre son agradables de ver a los cristianos”. ¡Qué diferentes sus palabras a las de Gregorio de Nisa que desconfía de las mujeres y que piensa que nos entregamos, sin decoro y sin miramientos, al primer hombre con el que topamos! ¿Cómo se puede pensar así de las mujeres? ¿Hubiera pensado eso mismo Gregorio de su propia madre? ¿Acaso no viajó hasta Jerusalén Flavia Julia Elena, madre de Constantino I, y allí encontró veram crucem Iesu Christi, los restos de los Reyes Magos y los de San Matías? ¿Acaso no tuvo los redaños y el rejo suficiente para mandar derribar e incluso quitar ella misma las piedras de un templo que los paganos habían dedicado a Venus en el Monte Calvario? Por mucho humo que haya, Gregorio, los ojos no tienen por qué llorar si están limpios de pecado. Quizás tus ojos, cuando escribiste esas terribles palabras no estaban limpios. Rezaré por ti y por tus malhadadas palabras.

         Más os contaría, pero el rezo de Completas me hace retirarme a mis aposentos. Ahora repetiré esas hermosas palabras del viejo Simeón:

Nunc dimittis servum tuum, Domine, secundum verbum tuum in pace:

Quia viderunt oculi mei salutare tuum

Quod parasti ante faciem omnium populorum:

Lumen ad revelationem gentium, et gloriam plebis tuae Israel.

         No se lo digáis a nadie, pero hay días en que me tomo una pequeña licencia poética y cambio un poco el texto:

Quia viderunt oculi mei salutare tuum  terram sanctam tuam

         Espero que el Señor, de quien tan cerca de sus lugares natales estuve, no me lo tenga en cuenta y vosotros tampoco los que me leéis.

         Tan sólo soy una mujer muy curiosa que lleva en su corazón la palabra viva de la que brota el agua que salta hasta la vida eterna.

 

DÉCIMO JUNIO BRUTO, EL ROMANO QUE CRUZÓ EL LETEO

 


Había unos montes coronados por la niebla que la noche había ido recogiendo de arroyo en arroyo, de río en río, de playa en playa. Aún dormía el viento en sus cuevas, cuando las tropas romanas al mando de Décimo Junio Bruto llegaron a la orilla de un río más pequeño que aquel que habían atravesado más hacia el sur tan sólo unos días antes. Había entre los soldados un temor reverencial en aquellas tierras que estaban recorriendo pues estaban llegando a la parte más occidental de la Península Ibérica, Hispania ya para ellos, que era el final del mundo conocido. No era raro que de pronto, en mitad de la noche, se escucharan gritos en las tiendas de los soldados ni que de ellas salieran los recios legionarios con las caras desencajadas porque habían notado una mano helada que les tocaba en la oscuridad, un viento frío que recorría su cara o una sombra de hielo que vagaba por las paredes del tentorium y pensaban que estos prodigios no eran sino avisos del más allá al que se estaban aproximando a medida que subían hacia el norte y se acercaban a aquel lugar espantoso del que algún viajero que había llegado hasta él, , contaba, al volver a Tarraco,  que había llegado hasta un promontorio desde donde se veía hundirse el sol en el océano con inefables gemidos y con un denso vapor que brotaba al entrar su fuego en las aguas frías y agitadas del mar tenebroso. Por tanto, según los soldados, estaban llegando a un lugar en donde las cosas podrían no ser lo que parecen.

         El terror creció cuando, al cabo de tres jornadas, llegaron a un río del que desconocían su nombre y un centurión, que llevaba ya algún tiempo por aquellos lares, preguntó a un muchacho que miraba lleno de temor tantas lorigas, tantos cascos, tantas lanzas, tantas espadas y tantos hombres que, con las águilas al frente, marchaban por el viejo camino que recorría la comarca. El centurión, que conocía un poco la lengua de los indígenas, se acercó al muchacho, le preguntó el nombre del río y cuando éste se lo dijo, se los trasmitió al soldado que estaba más cerca y éste a su prójimo y así se fue formando una especie de sordo murmullo que se propagó, como una exhalación, de una punta a la otra de la formación militar. Por el miedo, por el ruido de la tropa en marcha o por los relinchos de los caballos, habían oído los primeros, de boca de los soldados más cercanos al centurión, algo así como Litia, palabra que, al ir pasando de boca en boca, acabó convertida en Lethes para espanto de la tropa que, formando pequeños corros se abrazaban llenos de miedo, mientras se decían los unos a los otros:

-         ¿Habéis oído? Estamos ante el Leteo, ese río del que lo poetas dicen que el que lo pasa, cuando llega a la otra orilla, ya no recuerda nada de su pasado. Sí, compañeros, estamos a las mismísimas puertas del infierno.

Y, en silencio, temblorosos, mirando las mágicas aguas del río, los soldados estaban petrificados junto a sus orillas.

Iba Décimo Junio Bruto al paso en blanco caballo y los soldados, al verlo llegar, se iban apartando. Cuando llegó a la orilla del río, todos estaban a sus espaldas inmóviles, esperando por lo que su  jefe iba a hacer. El general romano, quizás maliciándose de que sus soldados tenían miedo a cruzar por alguna razón de magia, se giró muy lentamente y, luego, clavando en ellos sus ojos, les dijo:

-         soldados, ¡Compañeros, , romanos todos! No comprendo vuestro miedo y por qué no queréis cruzar este río cuando hace tan sólo dos días hemos atravesado el que los nativos llaman Durius que es mucho más ancho y más profundo que éste y cuyo nombre sirve, entre las tribus celtas que habitan en sus orillas, para nombrar también a un dios que es su personificación y al que representan con una red de pescar entre las manos. Sé que algunos, confundiendo la palabra que ha pronunciado ese muchacho indígena, decía que, situados como estamos en el confín del mundo, cerca de donde el mar engulle al sol todas las tardes, alejados de Tarraco y de Corduba en donde algo de civilización nos hace sentirnos casi en Roma, habéis entendido que su nombre era  Leteo, el mismo que lleva ese río infernal del que dicen las leyendas de viejas y poetas que quita la memoria a todo aquel que lo cruza. Quizás lo habéis oído nombrar así y vuestro miedo pero os digo que ha sido vuestro miedo el que os ha hecho oír una palabra distinta; es más, os diría que habéis escuchado la el nombre que queríais escuchar. Pero, camaradas, este río no es el Leteo, es tan sólo un pequeño río en una tierra salvaje a la que nosotros, romanos, los dioses nos han encargado civilizar. Nunca Roma, desde que fue Remo trazó el pomoerium, ha dejado de extenderse, de crecer, de cruzar fronteras, en definitiva, de hacer de nuestra urbe un orbe. ¿Creéis que nuestros abuelos hubieran pasado de las siete colinas si hubieran tenido miedo a leyendas y cuentos? No, ellos siempre fueron más allá de aquellos lugares que los lugareños les decían que eran los límites del mundo. ¡Camaradas, para un romano no hay límites porque nuestro corazón no los tiene! Y ahora, para que veáis que no es cierto nada de lo que os habéis figurado, esperadme.

 

Picó Décimo Junio Bruto espuelas a su caballo y, con el estandarte en su mano derecha fue penetrando en el río ante el asombro de los soldados que lo miraban desde la orilla. Un terror cerval empezó a recorrer los cuerpos de aquellos bravos guerreros que habían luchado con celtíberos y lusitanos bajo el sol de fuego de las tierras de Hispania. En silencio, vieron cómo su general llegaba hasta la otra orilla. Entonces se produjo el prodigio.

Desenvainando su espada a la que bañó con su oro el sol de la tarde, Décimo Junio Bruto, fue revisando las tropas. Luego, con voz recia y viril, fue nombrando uno por uno a los soldados que miraban asombrados y cuyos nombres se sabía de memoria. Cuando pronunció el último, un silencio denso, roto tan sólo por el correr de las aguas del río, se posó en las bocas de todos. Tuvo que ser el más joven quien, con voz alegre, les dijera a sus camaradas que ese no era el río del olvido y quien, espoleando su caballo, entrar en el río para reunirse con su general que lo esperaba sonriente al en la otra orilla.    El joven soldado le hizo el saludo reglamentario a su imperator y ambos vieron cómo, dando grandes voces, los legionarios empezaban a vadear el río. Se miraron y una sonrisa iluminó sus caras. El joven soldado de Roma volvió a su puesto en el agmen y el imperator siguió sonriendo. Cuando volviera a Roma, añadiría a sus tria nomina un cognomen más, el Galaico, y siempre recordaría aquella tarde en los confines del mundo en la que la razón se impuso a la superstición en aquellas tierras mágicas del Finis Terrae.


 

 

LA HISTORIA DE MARCO BRUTO

 


BRUTO

                            Μάρκου δὲ Βρούτου πρόγονος ἦν Ἰούνιος Βροῦτος, ὃν ἀνέστησαν ἐν Καπιτωλίῳ χαλκοῦν οἱ πάλαι Ῥωμαῖοι μέσον τῶν βασιλέων ἐσπασμένον ξίφος, ὡς βεβαιότατα καταλύσαντα Ταρκυνίους.

                             El progenitor de Marco Bruto era Junio Bruto, cuya estatua de bronce pusieron los antiguos Romanos en el Capitolio, en medio de las de los reyes, con espada desenvainada, para dar a entender que fue quien tuvo el valor de arrojar de Roma a los Tarquinios.

                                                                       Plutarco – Vidas Paralelas- Bruto

 

Ha llovido toda la noche y el frío en estas tierras del norte de Grecia va llegando con su anuncio de escarcha y de muerte. No nos dejó la lluvia desde que llegamos a Filipos y, aún antes, desde que cruzamos por Sesto y Abido, aquel famoso lugar que cruzaba Leandro lleno de ánimo para ver a su Hero, la lluvia no nos ha abandonado ni una sola jornada. Negras nubes se agolpan en el cielo como un negro presagio de derrota. Hace tres días que Casio se suicidó y tres días que decidí venirme con lo que me quedaba del ejército e intentar resistir. No creo que pueda aguantar mucho a ese ejército victorioso de Marco Antonio, aquel hombre que creímos de nuestra parte, pero que tan sólo estaba de la suya.

         Yo sé que César me estimaba y que respetaba profundamente mis opiniones pese a que mi vida no fue nunca modélica. ¿De qué hombre la vida puede servir de modelo? ¿Acaso no vamos dando bandazos de un lado al otro de nuestro camino movidos por intereses u opiniones equivocadas? Siendo yo aún un jovencito ambicioso, me alié con mi tío Catón y fui su asistente mientras estuvo en Chipre. Es cierto que me enriquecí prestando dinero a altos intereses, pero ¿no se enriqueció Verres también en Sicilia hasta el punto de que las gentes decían que “Verres estuvo en Sicilia hasta que Sicilia estuvo en Verres?” Sí, me enriquecí y me uní a los optimates frente al primer triunvirato, el de Craso, Pompeyo y Julio César. Pompeyo, el Magno, había asesinado a mi padre durante las proscripciones de Sila en el año 77, pero eso no impidió que, cuando estalló la guerra civil entre él y César, me uniera yo a sus tropas y luchara a su lado. No cumplía con la memoria de mi padre, pero cumplía con mi patria. Luché por el Magno hasta el final y, cuando la derrota llegó en Farsalia, escribí a  César para pedirle clemencia. No tenía muchas esperanzas, pero César me perdonó al instante y me hizo gobernador de la Galia cuando él se marchó a África persiguiendo a Catón y a Metelo Escipión. Al año siguiente, me designó para el cargo de pretor. ¿Cómo entonces – me preguntaréis- me uní a la conjura para asesinarlo? Porque yo amaba más a la República que a César y César se estaba convirtiendo en un tirano: se había nombrado dictador perpetuo y ya era un rumor por toda Roma que, más tarde o más temprano, se acabaría coronando rey. Rey, la palabra que un romano odia desde la cuna; rey, como aquel Tarquinio, conocido en la historia como el Soberbio; rey, como los monarcas orientales, como la ramera de Cleopatra con la que había tenido un hijo, Cesarión. Porque vi que la monarquía podía volver a Roma, me uní a mi cuñado y buen amigo Cayo Casio Longino y, junto a otros senadores, decidimos matarlo en los idus de marzo. Lo asesinamos además ante la estatua de Pompeyo en el teatro que lleva su nombre.

         Las masas de plebeyos corrían alegres por Roma porque la República estaba a salvo, nos llamaban los salvadores de la patria romana, nos jaleaban cuando pasábamos, pero llegó el más canalla de los canallas y habló a la multitud. Su verbo ampuloso les iba ganando, sus palabras de miel les iban atrayendo, sus mentiras les acabaron convenciendo y las mismas masas que nos alababan empezaron a  llamarnos traidores, cuando el único traidor había sido Antonio que nos había jurado que seríamos amnistiados si confirmábamos los acta Caesaris, es decir, la legislación y los magistrados nombrados por César. Antonio se quedó con el tesoro de César y, como había querido desde un principio, se apropió del poder. Pero faltaba ese muchachito enclenque y rudo, que gustaba de decir “venemos” y “semos” y “pescao” porque así creía que se ganaba al pueblo. Antonio marchó para la Galia, pero yo me negue a entregarle el poder. El Senado le declaró enemigo público y le encargó su muerte al jovencito enclenque que se decía heredero de César por vínculos familiares. Fue derrotado en la Módena, pero recibió ayuda de otro cesariano, Lépido, y pudo rehacerse. ¡Y tanto que se rehízo! Él y Lépido pactaron con el jovencito tímido e imberbe y formaron el segundo triunvirato. Entraron en Roma e hicieron una proscripción más terrible aún que la de Sila. Todo su esfuerzo fue quitarnos de en medio a nosotros, a los verdaderos salvadores de la patria. En aquella proscripción murieron más de dos mil caballeros y ciento setenta senadores fueron ajusticiados. Cicerón, que había apoyado al jovencito imberbe, fue perseguido, capturado, asesinado y Antonio y su Fulvia le cortaron las manos y la cabeza que fue llevada a los Rostra y expuesta para escarnio público con la lengua travesada por las horquillas de esa zorra. Así le hacía pagar Antonio a tan noble y distinguido ciudadano sus Filípicas.

         Nosotros huimos hacia oriente. Yo me dediqué a recaudar dinero en Atenas para nuestra lucha, que no era sino la lucha por Roma, por la República. El muchacho imberbe y ese canalla se dirigieron contra Casio y contra mí.  El 3 de octubre, ese canalla se enfrentó contra mi cuñado y lo derrotó. Fiel a su carácter falaz, le dijo que yo me había suicidado y el pobre Casio se suicidó. Yo reuní las tropas suyas con las mías y nos retiramos al campamento y hoy, 22 de octubre del año 42, estamos esperando a esos dos impostores que no luchan más que por su ambición.

         Sigue lloviendo en esta noche de octubre en esta lejana tierra de Macedonia. Pronto llegarán las nieves, pero antes habremos derrotado a esos dos canallas. Es posible que mañana nos enfrentemos en batalla y es posible que yo muera. Si eso fuera sí quiero que sepáis que nada tuvo que ver mi madre en la conjura contra César. Cierto es que lo amó y hasta hay deslenguados que dicen que César me apreciaba tanto porque era su hijo. No los creáis.

Ya sé que cuentan que, cuando César cayó acribillado a puñaladas, dijo: Tu quoque, Brute, fili mi o Et tu Brute; es más, otros cuentan que César lo dijo en griego: Καἱ σύ, τέκνον, tú también, hijo . Os lo repito: n o les creáis porque la verdad pura es que se cubrió el rostro con la toga y murió en silencio. Así mantuvo su dignidad.

 Tengo preparada mi espada porque, si esos dos me vencieran, no iba a dejar que mi cuerpo sirviera de befa y escarnio como el de Cicerón y me arrojaré sobre su filo desnudo. Si eso ocurriere, sabed romanos, que nunca nadie amó tanto a Roma y a su república como yo; que antes prefiero la muerte que verla mancillada por arribistas sin escrúpulos; que vivo no me cogerán. Sabed, romanos, que si fracaso, mi cuerpo quedará atravesado por mi espada gritando a los cuatro vientos que nunca, desde Rómulo, hubo un romano que más quisiera a su patria que yo; que más la quisiera libre que yo; que más la amara como República que yo . Os lo dice el hijo de Sulpicia, el sobrino de Catón el Joven, descendiente de aquel vir bonus et dicendi peritus, os lo dice el hombre que defendió la República hasta el último aliento de su vida. Os lo dice Marco Junio Bruto.

 

jueves, 10 de septiembre de 2026

JOSÉ VELARDE, POETA DE CONIL

 


El viajero se ha regresado a Conil de la Frontera y, paseando por sus calles, ve una dedicada a José Velarde. Se le viene a las mientes que Velarde fue un poeta decimonónico con el que Gabriel Celaya se mete en unos versos. Así dice el guipuzcoano:





Recuerdo a Núñez de Arce y a don José Velarde,

tan retóricos, sabios,

tan poéticos, falsos,

cuando vivía Bécquer, tan inteligente,

tan pobre de adornos,

tan directo (…)

            Tampoco es que los versos de don Gabriel sean un prodigio, pero cree el veredero que es el único poeta que menciona a Velarde que ha caído el pobre en tal olvido que podría decir lo que el título de un apartado del programa de Fernando Argenta y Araceli González Campa: “Si lo llego a saber, compone tu padre”.

         El caminante mira en su teléfono para ver la Wikipedia, algo que cuando viajó de Oporto a Soria era impensable, y en ella lee que Velarde, como su padre, fue médico, pero que le tiraba más la literatura que la medicina hasta el punto de que, tras ser médico de la Beneficencia en Sevilla, lo dejó todo y se marchó a Madrid para hacer carrera que, por aquellos años y hasta hace poco, sólo se podía hacer en Madrid dándose a conocer en las tertulias, en el Ateneo y en círculos poéticos. Su idea era dedicarse al periodismo y a la literatura, pero como la cosa parecía que no le marchaba muy bien, su amigo Campoamor, poeta y Gobernador Civil, maridaje no raro en esta época y hasta bien entrado el siglo XX, le concedió una credencial de seis mil reales. Como parecía que no le llegaba al de Conil, ni más ni menos que don Antonio Cánovas le buscó un puestecillo en Hacienda. Cosas de la España pasada, presente y futura.

         Como el trabajo de funcionario no debía ocuparle mucho tiempo, Velarde tenía ratos para la escritura y ratos para las tertulias. Recuerdo que Paco Umbral decía con sorna: “¿Cómo podían escribir los escritores del XIX si se pasaban el día en las tertulias?” Galdós tuvo tiempo para todo: para escribir obras maravillosas, para acudir a las tertulias y para tener sus amoríos entre los que se cuenta a la mismísima doña Emilia Pardo Bazán. ¡Eso es saber aprovechar el tiempo! – se dice el veredero mientras se toma un café en un bar cercano a la Puerta de la Villa. Y el viajero, que sigue en la Wikipedia,  lee con sorpresa que Velarde no era él solo, no, qué va: tenía seis hijos y santa esposa a los que, como no podía alimentar como se merecían, tuvo que pedir socorro a la duquesa de Almodóvar del Río que, a su vez, le recomendó al mismísimo marqués de Comillas. Como se ve, hemos cambiado muy poco.

                            Pero dejemos que hable el poeta y, en este caso, con el poema A orillas del mar del que el viajero nos va a leer las tres primeras estrofas:

Siempre que me hallo en la tierra

hermosa donde nací,

que aún a los moros aterra,

alzada frente a la sierra

del imperio marroquí,

 

me suele el sol encontrar,

cuando declina y desmaya,

absorto viendo llegar

a la arena de la playa

las roncas olas del mar.

 

Yo sigo la blanca estela

de la bien ceñida nave

que, al dar al viento la vela,

sobre las espumas vuela

rozándolas como un ave.

 

         El viajero cree con razón que no es momento de hablar de moros y mucho menos de que la sierra de Conil los asuste no vaya a hacer el diablo que llegue a oídos del rey alauita Mohamed VI y éste amante de las orgías llame a sus dos primos de Zumosol, Trump y Netanyahu, y nos acabemos metiendo en un lío. Otros tiempos eran los de Velarde en los que España era todavía un país y no una “nación de naciones”. No obstante, sigue embelesado con la lectura del poema velardiano que suena un pelín ripioso, pero no todos vamos a ser Quevedo. Así pues, no molestamos al viajero en su lectura de Velarde que se queda muy tranquilo en la playa de Los Bateles. Luego, se levanta y se sube hasta la puerta de la Villa en donde un señor con sombrero vende higos chumbos. Le compra una bolsita de suculentos higos ya pelados y continúa calle arriba.

         De lo que hizo o no hizo, ya trataremos en otra entrada porque a cada día le basta su afán.

lunes, 7 de septiembre de 2026

EL PAN DE CÁDIZ EN CÁDIZ O RELATO DE UN CABREO HOMÉRICO

 


El viajero, que regresa a Cádiz tras dos años de ausencia, al introducir en Google el nombre de Pastelería del Pópulo, en la calle Pelota 16, se encuentra con la desagradable sorpresa de que está cerrada desde febrero de este año. ¿qué tragedia ha podido ocurrir para que tan ilustre y antigua pastelería haya echado el cierre? La verdad, porque ya está en San Fernando que, si no, no se hubiera llegado hasta la Tacita de Plata. No obstante, decide ir para ver el monumento a su Perla de Cádiz que está al principio de la calle Plocia, pero, todo hay que decirlo, con los ánimos muy menguados. Su idea era haber comprado pan de Cádiz en tan noble lugar, pero, al haber cerrado esa histórica pastelería, lo encuentra casi imposible.

         Nada más llegar, va a ver a la Perla de Cádiz por el aquel de darle los buenos días y decirle que nadie la ha superado como cantaora aunque muchas y muy buenas han surgido desde el aciago día de su muerte;  sigue por la calle Plocia adelante hasta la plaza de San Juan de Dios con su monumento a Moret. Continúa luego a la catedral, pero le parece que hasta sus cúpulas doradas, que siempre fueron el  gozo y exultación del veredero, están como descoloridas. Tampoco se ve el mar igual y ni hace intenciones de llegarse a La Caleta para darse un baño acordándose de don Isaac Albéniz. Cádiz sin el Pópulo ya no es Cádiz, es una ciudad sin gracia, sin arte, una chirigota desangelada. En su deambular triste por la Tacita, entra en una de esas horribles franquicias que dicen algo del sabor de España. Ahí tienen pan de Cádiz, pero está hecho en Sonseca, Toledo, y es el mismo que venden en el Mercadona. ¡Pecado, abominación, sacrilegio al pie de la Santa Catedral! En turrones Vicens, la chica le dice que está agotado y el viajero no sabe si preguntarle que si lo dice por él o por el pan. No le sabe decir si lo van a sacar de ese estado de agotamiento porque la chica es muy probable que ni sepa lo que es el pan de Cádiz aunque tenga Tik-Tok en su móvil y hasta se haya conseguido un novio con una aplicación que sustituye las antiguas rejas en donde los gaditanos pelaban la pava con las gaditanas. Harto de su quête que casi es la del Santo Grial, el viajero entra en una tienda a tomarse un refresco y allí recibe el más terrible apocalipsis que le podría haber hecho entrega ese amable joven gaditano vestido de tendero: han quitado la pastelería del Pópulo para hacer pisos turísticos. ¡Horror! La cólera de Aquiles era nada en comparación con el cabreo que se agarra el viajero. Si hubiera podido llegarse hasta el dueño de esos pisos, le hubiera dicho algo más que “cara de perro” (kinópida) como le llama Aquiles a Agamenón; y tampoco, mire usted por dónde, “corazón de ciervo” o “borracho”, otros insultos que “el d ellos pies ligeros” le regaloa al pastor de hombres. No, no hubiera recurrido a la Ilíada y sí al lenguaje castizo de Chamberí para poner de chupa de dómine a tan canalla individuo.  El comerciante le dice que se están cargando Cádiz y así consigue que el viajero se cargue aún más y que maldiga los pisos turísticos que están destrozando media Europa, la ausencia de paz de Cádiz y hasta la plata quieta de  la Caleta como cantaba el maestro Carlos Cano. Por todas partes se ve a gentes con maletas que llegan a Cádiz como un lugar más en el que hacerse unas fotos estúpidas que se irán acumulando en su móvil hasta que la nube diga basta. Sale con el refresco como una furia por la calle Plocia, ve la peluquería del Virogas, un uruguayo que vino a Cádiz hace cuarenta años y se quedó para cortar el pelo y seguro que para comer pan de Cádiz; vuelve a despedirse de su Perla a la que casi increpa por haber permitido tamaño sacrilegio y sale de Cádiz maldiciendo el turismo y su desmadrado crecimiento. El comerciante, al verlo tan alterado, le ha recomendado La Gloria, pero el viajero no está para “glorias” y deja Cádiz camino de El Puerto de Santa María por mor de llegarse a su plaza y sacarse una foto en donde, no ha muchos días, había toreado Morante de la Puebla, el diestro cigarrero que hace las delicias de la  España taurina. Del Puerto se va a Sanlúcar en donde ve un anuncio del coñac Lustau que le hace recordar lo mucho que lo ponderaba su abuelo Luis que decía que superaba incluso al Martel. (No era de Cádiz, sino castellano de Boecillo, pero algo exagerado sí que era, sí) El recuerdo del Lustau,  el atardecer y una carrera de caballos por la playa le sacan de su mal humor. Entonces, piensa que le debe una visita a Cádiz porque, entre otras cosas, el chico de la tienda le ha dicho que los dueños del Pópulo están buscando otro local en donde establecerse. También es cierto que le queda La Gloria, pero ¿harán el mismo pan de Cádiz que en la otra confitería, aquella en la que hace dos años cometió el tremendo error de no compra el pan de sus sueños? Al viajero le escuece de manera terrible el no haber comprado en aquella ocasión una cajita, pero, a lo hecho, pecho.

         Mientras el sol se hunde en el océano y la gente aplaude (el viajero no entiende por qué, pero aplaude) como si la puesta del sol la hubiera puesto Pedro Sánchez para disfrute y gozo del turista y no llevara millones de años sucediendo sin necesidad de que miles de turistas, móvil en ristre, sacaran sus fotos para subirlas a las redes, el viajero se vuelve a Conil de la Frontera, tierra de almadrabas y mundo de mil terrazas,  que le recuerdan a aquella azotea de la que disfrutaba cuando era niño- Dios en la calle Hermanos Bécquer con los geranios y los claveles que tenía abuelo Luis como en una pequeña Babilonia.

         Volverá a Cádiz en mejor ocasión. Mientras, siempre nos quedará Albéniz con su Iberia interpretada por Esteban Sánchez, ese pianista que fue uno de los grandes, pero que, por razones que no puedo revelar, acabó de profesor en Badajoz. (¡Anda, mira, como el hermano de Sánchez!).  Don Esteban  fue un genio del piano del que algún día os hablaré in extenso. Mientras tanto, a seguir con el deseo del pan de Cádiz hasta que el Marcadona, como otrora el economato del INI, que fue donde lo conoció el viajero, lo coloque en sus estantes para adelantar, aun con el  bochorno del puto calor que nos domina, la Navidad. Así sea.

viernes, 4 de septiembre de 2026

CIEN AÑOS DE SOLEDAD

 


En lo más crudo de este verano de fuego, me releí esa maravilla que se llama Cien años de soledad. Recuerdo que mi buen amigo Pablo Perera me decía que a una novela se la reconoce por el comienzo. En unos casos sí y en otro no, pero con este libro inmortal de García Marrquez ocurre eso con creces pues nadie que lea el espléndido comienzo puede no seguir leyendo si es que es un lector de raza y no de best sellers:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.

         Con estas líneas, don Gabriel nos ha introducido en ese mundo mágico de su novela: un coronel, un pelotón de fusilamiento y el hielo en medio del calor tropical de Macondo. Yo también recuerdo la fábrica de hielo de Marín y cómo, antes de ir a la playa de Lapamán, iba con mi padre y con Paco Mateos por el hielo para las neveras, las de la playa y la de casa porque, en aquellos años remotos, todavía quedaban neveras que enfriaban con una barra de hielo. Recuerdo que en Lapamán, en el bar de Lino, no había más cámara frigorífica que una pila en donde Agustín, el tío de Carmen, la mujer de Lino, que había regresado de Cuba cuando Fidel dijo aquello de “blanco que no corte caña, “pa” España” tenía las botellas sumergidas en el agua límpida que bajaba de Pastoriza. También mi abuelo Luis, cuando yo era pequeño, les decía a los que picaban el hielo en el Hotel Emperatriz que no hicieran mucho ruido porque me despertaban. No sé si las nuevas generaciones han conocido aquellas barras de hielo tan perfectas, como sacadas del algún igloo fantástico del Madrid de los sesenta y los setenta, pero lo considero esencial ese conocimiento para entender el arranque fabuloso de esta novela. Si estas nuevas generaciones el único hielo que conocen es el de la Hieloneta, considero que no están capacitados para entender en su plenitud ese comienzo.

         Si alguien no ha leído esta novela, que vaya por favor a la librería más próxima (si es que quedan librerías en su ciudad), que se la compre y que se ponga a leerla incluso por la calle. Cien años de soledad tiene como una corriente eléctrica desde la primera palabra a la última y no se puede dejar de leer porque su mundo mágico nos envuelve como un emparrado que refresca la torridez del verano.

         Eso es lo que diferencia una obra maestra de la literatura de una novela de Megan Maxwell o del Juan del Val. Sic vita est.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA

 

Acabo de terminar de leer El coronel no tiene quién le escriba de Gabo y, aunque no me ha causado el impacto de la relectura de Cien años de Soledad, considero que es una gran novela. A mi modo de ver, la mujer y el coronel son como un Sancho y un Quijote: ella con los pies en el suelo y él soñador empedernido con la pensión que no llega y con el galo que les sacará de pobres. La novela no tiene la magia de la anterior, pero es una gran obra. Como ocurre en todos los matrimonios, la mujer es la que pone un punto de cordura y de realidad y el marido, el pobre hombre que vive de sueños. Recuerdo una anécdota que me contaba Esther, la dueña de la Librería Aurea y que os voy a contar.


         Resulta que don José María Blázquez, catedrático de Historia Antigua en la Complutense, que me dio a mí clase en la carrera (es un decir porque vino tres días y se marchó a las diversas excavaciones que dirigía dejándonos con el obesus etruscus como nosotros, jóvenes impertinentes, “bautizamos” a su sustituto) iba alguna mañana por Áurea y cargaba una bolsa de libros que le dejaba a Esther. Por la tarde, la “santa” de Blázquez se pasaba por la librería y reducía aquel pedido a la mínima expresión. El eterno femenino de Goethe.

         Pero vamos a seguir con Gabo y su novela. El pobre coronel, que no tiene quién le escriba, acaba pronunciando (perdón por la grosería) la palabra MIERDA. Lo vemos:

-         Dime, qué comemos.

         El coronel necesitó sesenta y cinco años de su vida- los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto - para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

-        - 
 
Mierda

En ese momento, al pronunciar esa palabra, el viejo coronel había puesto los pies en el suelo.