Cuando
llega el verano abrasador al centro de esta vieja piel de toro, se ven
numerosos coches que alegres enfilan el camino del sur para llegarse hasta la
costa atlántica de Cádiz por el aquel de refrescarse en las playas de Barbate,
Conil o Zahara. Sin embargo, muchos serán de esos viajeros los que desconozcan
que, hace quinientos años, también los caminos reales se llenaban de gente que
acudían a trabajar a las almadrabas de los pueblos citados cuya concesión tenía
el señor duque de Medina Sidonia. Si el grueso de los viajeros actuales lo
componen familias, por el contrario, los que acudían a las almadrabas del duque
eran la hez de España: pícaros, rapabolsas, bribones, granujas, golfos,
tunantes, pillos y un largo etcétera de personajes de los que nos habla Miguel
de Cervantes en su novela ejemplar La ilustre fregona, nos habla de un
pícaro toledano, una tal Carriazo, que decidió tomar el camino de Cádiz para
apuntarse a las Almadrabas.
Cuando esta gente llegaba a la corta gaditana, se
establecián en poblados anejos a las instalaciones pesqueras en los que no
había más ley que la de Monipodio y sus secuaces. No faltaban prostíbulos para
“consolar” a la flord e la canalla y eran aquellos campamentos un compendio de
pecados veniales, capitales y mortales pues , armados como iban, no eran raras
las pendencias y, siendo todos de parecido oficio, tampoco eran ajenos los
robos. Si esta era la vida, os podéis imaginar que el lenguaje que allí se
hablaba no era un ejemplo de “delicatessen” y que la germanía y la blasfemia
eran lo más habitual. Por un quítame esas pajas, allí salían a relucir Dios y
su santa corte celestial.
No quiero ponerme pesado con esto, pero, hasta tal punto de
envilecimiento llegó la vida en aquellos poblados que los jesuitas de Sevilla
mandaban misioneros a las almadrabas para intentar “purificar” un poco el
ambiente pútrido que en ellas se respiraba. El mismísimo San Francisco de Borja
estuvo de misión en ellas y, según encontramos en la Historia de la Provincia
de Andalucía de la Compañía de Jesús que mucho cita el padre Pablo Antón Solé
S. I. del que hemos sacado la
información que os cuento, las personas que trabajan en las almadrabas eran de
dos tipos:
a)
Los de Poniente: Armadores y dueños de
las barcas con su legión de ayudantes.
b)
Los levantiscos: Eran murcianos,
valencianos y aragoneses cuya misión era remendar las redes
¡Que trabajo el de
aquella gente y el de aquellos jesuitas
sermoneando, confesando, haciendo exposiciones del Santísimo entre aquella
“turba de nocturnas aves, gimiendo tristes y volando graves” (don Luis de
Góngora dixit)
Algo consiguieron los padres de la Compañía pues lograron
que aquellas gentes recibieran los Sacramentos. Arrepentidos los quiere Dios.
Pero no penséis que el resto de España era un monasterio en
el que la gente orabat et laborabat. Para nada. El padre Santibáñez, en
el tomo dedicado a la Historia de la Provincia de Andalucía, nos cuenta una
historia que quiero que conozcáis:
Llevado parece o arrastrado de fuerte inclinación a esta
manera de vida tan poco apetecible, frecuentaba entre otros esta estación, no
más a ver que a trabajar, como cualquiera de los de la xavega, un hijo de un
señor y título de estos reinos.
Ya veis, el hijo de un noble que se llegaba hasta las
jábegas para trabajar en ellas. Os sigo copiando:
Seguido
de los suios por el rastro, le avían buscado por dos veces y vuelto a casa de
sus padres. Mas no aprovechando para detenerlo guardas y más guardas sobre
estas diligencias; no persuasiones, no castigos, se volvió por la primavera a
este puesto y al infame ejercicio de tirar de las redes y sacar a ombros los
atunes.
O sea que el muchacho noble era reincidente. Veamos lo que
pasó cuando se quiso confesar:
Llegando
este hijo pródigo a confesar con uno de los padres, no le quiso oír de
penitencia, si primero no aseguraba que dejaría ocupación tan ajena de su
persona i nobleza, reduciéndose a estar a obediencia y disposición de sus
padres.
Pero ahí aparece el santo padre jesuita Pedro de León que le
escucha y el muchacho le dice:
Padre,
qué le va a su compañero en que yo no sea pícaro, que no quiere confesarme? Yo
no quiero ser caballero, sino xaveguero. (…) si vuestra reverencia quiere
confesarme, en buenora. Y si no, io no devo más que buscar confesor que me
absuelva de mis pecados.
Tras convencer el padre de León al padre
del muchacho, le confesó al final el padre jesuita que refiere los siguiente
(¡ojo a los que voy a escribir!)
Dice
el padre de León refiriendo este caso que halló una buenísima conciencia debajo
de aquella mala ropa. Y que antes por evitar ocasiones i ofensas a Dios, que sobran
en los palacios de los príncipes, se retirava este mozo a vida tan encontrada
con las obligaciones de su nacimiento.
¡Toma ya, Carrasco! El chaval se iba a las almadrabas porque
había menos pecado en ellas que en los palacios de los príncipes. El padre de
León, al ver que con esta confesión dejaba en evidencia la moral de la nobleza
hispana, añade:
Como
no es de espantar que entre tanta rotura de vicios y perdición de costumbres
sepa la Divina Providencia asegurar o mejorar las de un joven de tan ilustre
prosapia, así no es de aconsejar que a los que quieren aventureros salvarse que
se recojan en el iermo de las almadrabas, donde ninguno de estos anacoretas se
halla canonizado, siendo el trezno (¿) de estas gentes tan sin Dios, como sin
ley y sin rey.
Vamos que un grano no hace granero ni una golondrina verano
por lo que el padre de León se esfuerza en no recomendar el camino de este
muchacho pues, si cierto es que el Espíritu sopla donde quiere, mucho arriesgar
era el marcharse a una jábega por mor de purificar los pecados.
En fin, ya lo veis. Los pecados de la nobleza hicieron que
este chavalillo se marchara a las almadrabas de Barbate, Conil y Zahara. por lo
que se ve, toda España era en el siglo XVII, una jábega de vicio, corrupción y
pecado. Vamos, como ahora.