De
sobra nos son conocidos los primeros versos de la Ilíada, aquellos en los que
Homero le pide a la musa que cante la cólera del Pelida Aquiles, pero ¿alguien
nos ha hablado de los últimos? Desde pequeño, he sentido curiosidad y afecto
por los que se quedan los últimos (que serán los primeros en el Reino de Dios)
en numerosas facetas de la vida: el último del Tour de Francia, de la Vuelta a España o del Giro; el último en
una carrera de atletismo; el último en unas oposiciones que, aunque se quede sin
plaza, trabajará ese curso en la capital de la provincia mientras el número uno
de la convocatoria se tendrá que ir a donde Cristo perdió la alpargata; el
último del Mundial de fútbol que debería haber sido Argentina, - si no hubiera
contado con la ayuda del Infantino y de la “mano de Dios” desde la Pampa- , y
así un largo etcétera. Ser el último, ser el farolillo rojo del tren que tanto
le gustaba a mi muy querido Azorín tiene también su encanto aunque no soy
partidario de la bondad del bando de los perdedores (que Humphrey Bogart me
perdone) porque en ocasiones o, casi siempre,
suelen ser unos resentidos. Pero vamos a
los que vamos: a los cuatro últimos versos de la Ilíada.
χεύαντες δὲ τὸ σῆμα πάλιν κίον·
αὐτὰρ ἔπειτα
εὖ συναγειρόμενοι δαίνυντ᾽ ἐρικυδέα
δαῖτα
δώμασιν ἐν Πριάμοιο διοτρεφέος
βασιλῆος.
ὣς οἵ γ᾽ ἀμφίεπον τάφον Ἕκτορος ἱπποδάμοιο.
Así dicen los hexámetros de griego
homérico y así os los he traducido aunque ya la máquina de las traducciones
homéricas estuviera un poco oxidada y le haya tenido que aplicar “tres en uno”.
Formando el
montón del túmulo, de nuevo se marcharon; después
se juntaron y
participaron del eximio banquete fúnebre
en las moradas
de Príamo, el rey al que Zeus crio.
Así celebraron
los funerales de Héctor, domador de caballos.
Ahí os lo dejo. Espero que os gusten.





