Voy a hablaros de un vino que
para mí tiene un carácter especial porque por aquellas tierras pasé muchos años
disfrutando de sus paisajes y de sus gentes. Me estoy refiriendo al Tinta Femia
de la parroquia buenense de Cela. Lo
primero que hay que decir es que este vino se elabora con una uva que proviene,
a su vez, del Caíño tinto, una cepa autóctona de Galicia que en Portugal, en la
zona del Miño, recibe el nombre de Borraçal. Yo no puedo ser objetivo con este
vino porque recuerdo su sangre en las cuncas, su punto ácido en la boca, su
baja graduación alcohólica y me convierto de nuevo en un niño que llegaba a
Lapamán con un colchón hinchable y que, desde el camino que bordeaba el aparcamiento
de Lola, escuchaba las roncas olas en aquella playa que pisó el pie de don Tristán
en su busca de su Iseo. No puedo ser objetivo porque se me viene a las mentes a
Agustín Entenza, que tanto había navegado, abriendo una botella de aquel vino
que guardaba en su casa como una joya granate. Aquel vino era la “sangre de un
gigante”, el regalo de unas cepas que reciben cada día el arrullo del mar, de una
tierra cuyas aldeas se construían en lo alto para poder defenderse de los
normandos.
Sin embargo, había una cosa que no
sabía de este vino: su etimología. ¡Ya veis, un servidor, filólogo de profesión
y de afición, no sabía por qué el Tinta Femia se llamaba así!
Por eso – y tras haber leído un interesante
artículo en la La Voz de Galicia en donde se me da luz sobre su etimología- me atrevo
a contaros la razón de su nombre. Y lo hago como un homenaje a tantos colleiteiros
de Cela que, tras dejar la mar, trabajaban, como Laertes, el padre de Ulises,
en la viña que habían plantado para el vino de casa, ése que se bebía en la
comidas con aquellas sardiñas que el ya mencionado Agustín Entenza asaba
con maestría . Siempre fue un vino del pueblo, das xentes da aldea; nunca
estuvo en las mesas de los ricos, pero se disfrutaba en las casas y en los furanchos.
Perdonad. Vamos a la etimología.
Me dicen que Femia viene del latín femina,
“mujer” porque eran las mujeres las que, mientras los hombres estaban en la mar, cuidaban de aquellas viñas centenarias
que recibían cada atardecer la luz del poniente que las iba pintando al tiempo
que el gigante les iba dando su sangre. Desde aquellas viñas se ve el mar y el
mar mira las viñas y es así como ambos acaban unidos en ese matrimonio secular
que otorga a este vino del Morrazo la frescura del mar y la fuerza de las
laderas que suben desde las playas hasta los montes de Pastoriza. ¡Ay, mi Tinta
Femia, ese vino que miman manos de mujeres como Elvira, la mujer de Agustín!
Aquellas mujeres llevaban as hortas, cuidaban de las viñas y del ganado.
Aquellas mujeres no eran feministas, pero elevaron el ser mujer a una categoría
insuperable.
Polos colleiteiros, polas mulleres
de Cela, vou descorchar unha botella que me regalou Agustín Entenza “fillo” e
brindarei polos seus pais e pola sua irmá, Carmen, muller, nai e aboa coraxe.
¡Vai por eles!





