viernes, 25 de septiembre de 2026

E LUCEVAN LE STELLE

 


Aunque soy casi un analfabeto musical, voy a intentar analizar esta partitura del muy conocido “Adiós a la vida” ( E lucevan le stelle) de la ópera Tosca de Puccini. Lo hago para aquellos malos aficionados que desprecian al maestro de Lucca, ciudad de la que también era Luigi Boccherini, el madrileño de Lucca, y Alfredo Catalani, el de la ópera La Wally, y dicen que era un músico barato. Hay una anécdota al respecto que contaron en Radio Clásica (Who else?) que relata cómo un compositor de tres al cuarto despreció la música del italiano en presencia de Ravel, uno de los más grandes orquestadores de la historia de la música, y el maestro de Ciboure le llevó a su casa y le tocó al piano la Tosca al completo para enseñarle a ese personajillo que de músico barato nada. Me gusta la anécdota y por eso os la cuento, pero podría decir que Puccini “adelantó” la música de cine al basar su música en las necesidades dramáticas. Si os parece, vamos con esta partitura.

Lo primero es lo primero así que miramos la armadura de tonalidad y vemos dos sostenidos que se corresponden a un Re mayor o, como en el la partitura que nos ocupa, su correspondiente relativo menor: Si menor. Esta tonalidad es una tonalidad tristona y lo es porque Cavaradosi se está despidiendo del mundo justo cuando más le gustaba vivir al lado de su Tosca. Como ya hemos visto,  Puccini adaptaba su música al contenido de la obra y no pegaría un pasodoble en momento tan trascendente. En el primer compás, vemos que el piano toca una melodía que, en la orquesta, toca el clarinete bajo. Esa melodía se extiende varias líneas incluso después de la entrada del tenor (compás 5) en donde, si os fijáis bien, no canta, hace una especie de recitativo o un parlato con un fa# que se repite siete veces y que, en el compás 7, se ve sustituido por otra nota repetida (en este caso, un si) que sigue en el compas 8 y que en el 9 pasa a un do#. Puccini, habilísimamente, ya nos ha seducido con la melodía que todos conocemos al presentárnosla con el clarinete bajo. Un golpe maestro.

        


Sigue el si en los compases 10 y 11 y, en el 12, sigue el tenor con esa  especie de parlato anteriormente aludido, pero, en esta ocasión, con un sol. Remata el tenor, en el 14 y en el 15, con ese mismo parlato que en esta ocasión es un fa#.

         Pero fijaos porque ahora el tenor comienza a cantar la misma melodía que había interpretado el clarinete bajo al comienzo de la partitura: Fa#-Do#-Re- Mi – Fa# - Mi- Re – Do #- Fa#-Si-Si. La orquesta lo acompaña y así llegamos al final con ese La que podemos leer en la penúltima línea del tenor.

        



Sin embargo, hay algo más. Por dos veces, la música quiere huir del si menor de la armadura tonal, pero no lo consigue porque el pobre Cavaradosi, protagonista junto con Tosca y el malvado Scarpia de la genial obra de Puccini, morirá fusilado aunque Tosca creía que lo podía impedir por medio de una treta que no voy a revelar para que podáis escuchar la ópera con aprovechamiento.

         Perdonad por este análisis musical que he hecho, como hago todo, con mis zapatillas de cuadros y que sale de un músico aficionado que siempre quiso vivir con la música, pero no de la música.

        

Que os aproveche. Os voy a poner, además de la partitura, la magistral interpretación de mi muy admirado José Carreras https://www.youtube.com/watch?v=F_eDI5vPi0Y o,  en su defecto, la de Plácido Domingo https://www.youtube.com/watch?v=5-AF1T4OehM&list=RD5-AF1T4OehM&start_radio=1.

jueves, 24 de septiembre de 2026

JACQUELINE DE ROMILLY

 


Soy consciente de que os he hablado mucho de Jacqueline de Romilly, pero también lo soy de que nunca le he dedicado una entrada completa a tan alta dama de la filología. No ha habido un solo libro de doña Jacqueline que me haya defraudado ni como filóloga, ni como escritora. Os cuento su vida muy por encima.

         Su nombre real era Jacqueline David ( no hace falta que os diga que el padre era judío) y nació en Chartres, un 26 de marzo de 1913. Poco conoció a su padre pues murió cuando ella tenía tan sólo un año, pero quedó al cuidado de su madre, la escritora Jeanne Malvoisin que la llevó a su devoción por Tucídides del que más tarde sería editora en Belles Letres y traductora. Jacqueline David se casó en 1943 con Michel Worms de Romilly de quien tomaría el apellido como era costumbre en las mujeres casadas. El matrimonio empezó mal pues ella era de padre judío y él, aunque católico, era judío de familia. Tanto judío no casaban bien con las leyes de Vichy y Jacqueline fue expulsada de la enseñanza y el matrimonio se tuvo que refugiar en Aix-en-Provence.

         Pasa la guerra y Jacqueline lee su tesis sobre Tucídides en la Sorbona y, a partir de ahí, una vida en la que se dedicó al estudio de los clásicos hasta su muerte en el 2010 cuando contaba con 97 años de edad.

         Los que la hemos leído mucho la recordamos no sólo como una gran filóloga (que, sin duda, lo fue), sino también como una buena escritora. Recuerdo que en el año 2006 publicó un libro maravilloso: Les Roses de la solitude. En este libro, Romilly nos cuenta cómo era la vida de una señora de noventa y tres años y, en un rasgo de humor inolvidable, nos pregunta a los lectores que si merecía la pena o no cambiar las cortinas de su apartamento. Sus libros sobre Alcibíades, sobre Héctor, sobre Homero o sobre la tragedia griega son libros de un hermoso francés, culto y preciso. Romilly era una gran lectora de los clásicos franceses y todos sus libros están trufados de citas de Racine o Corneille sin olvidar a los grandes del siglo XX como Giraudoux o Cocteau.

         Merece la pena su lectura porque, con cada libro, somos más libres, más humanos, más griegos. Como con Stefan Zweig, guardo su foto como si fuera alguien de mi familia. Ahora, mientras escribo estas líneas, la veo sonreír en blanco y negro desde la pared derecha de mi leonera.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

EL HABLA TORESANA

 


Al escribiros la anterior entrada, he dicho “fato”, una palabra que decía mucho mi abuela María que era toresana al igual que tenía el ¡to! como exclamación, hablaba de los cermeños y a alguna vecina un tanto presuntuosa la calificaba de fata. También nos decía a los nietos que teníamos berretes, que nos veía mustios y, para alegrarnos, nos atusaba aunque no en exceso para que no nos impláramos. Mi abuela María no se achantaba ni era dada a los aspavientos, pero sí que se le escurría algún plato. Lo que más que le preocupaba era que nos añugáramos y, si lo merecíamos, nos pegaba un sopapo, eso sí, siempre con cariño. Se pasaba el día la mujer entre pucheros y regando los tiestos y no quería que, por nada del mundo, fuéramos fuseros. Tampoco quería que fuéramos morugos y mucho menos, morugos con cascarrias y aún menos que acabáramos convertidos en zocotrones. Después de comer, se echaba una cabezadica en el escaño y jamás fue en piernas. Como las mujeres no fumaban, nunca pidió lumbre. Tanía el poder de detectar a los bausanes tan pronto como los veía y en el corral tenía herradas para  sacar agua del pozo.

         En fin, he intentado recoger algunas palabras que los toresanos tienen como propias. Espero que os hayan agradado y, si no ha sido así, es que sois unos cermeños, unos bausanes y unos zocotrones.

EL BIRUJI, EL RELENTE Y EL FRESCO

 


Cuando yo era pequeño y todavía no había llegado el cambio climático, al llegar la noche, venía de las huertas de Laguna de Duero lo que se llamaba “relente”, palabra que apenas escucho ya teniendo en cuento la zafiedad de vocabulario y de todo lo demás que “disfrutamos” en esta sociedad posmoderna. Relente viene del latín “regelare”, helar, y nos llegó por el francés, es decir, que es un galicismo. Mi tía Carmen Pousa Gulín, natural de Ribadavia y prima de la gran soprano Ángeles Gulín por parte de madre, siempre les ponía una chaquetita a mis primos porque decía ella que el relente de Castilla era muy malo. Es probable que el río Avia o el Arenteiro no tuvieran relente, pero ese es un dato que tendré que investigar.

Por aquellos años en que no había “noches tropicales”, la gente salía a las puertas de sus casas con la “fresca” que no era, como algún indocumentado pueda pensar, una señora un tanto desvergonzada, sino un vientecillo agradable que soplaba ya en la tarde noche. El diccionario de la RAE, en otro contexto, también recoge el de fresco como desvergonzado y el fresco era también el pescado que vendía el fresquero. No me resisto a contar la anécdota de Julio Camba que, al llegar a la fonda de un pueblo de Valladolid que recuerdo pero no quiero nombrar por recato, pidieron “fresco” para cenar y, mientras lo preparaban, se salieron a la calle para tomar el otro “fresco”. Sin embargo, cuando la posadera les avisó de que ya tenían el fresco listo, al haber olido el fato que salía de la cocina al freír el pescado, le dijeron: “Es igual, señora, ya lo estamos tomando aquí fuera”. Hermosa manera de jugar con los sinónimos por parte del escritor gallego.

         Me he ido del tema. Al relente también se le conocía como biruji, palabra ésta que hace años que no escucho. No era raro escuchar en boca de alguien: “Me he puesto la chaqueta porque venía un biruji que, sin querer, te iba dejando helado”. Me gusta esta palabra y animo a que se use sin que a nadie le dé “cringe” que es como ahora llaman algunos jovencitos con fracaso escolar a la vergüenza ajena que, en español, siempre se ha llamado alipori, otra palabra que hace mucho que no escucho.

         También, para referirse a la humedad de la noche, se hablaba del sereno que también era un vigilante nocturno que, por regla general, era asturiano.

         Pero ya no quedan serenos, no viene el biruji, ni nos reunimos con la fresca ni nos tenemos que poner la chaqueta porque llega el relente de las huertas de Laguna. El cambio climático nos ha cambiado la vida. ¡Qué le vamos a hacer!

LAS ALMADRABAS DE CONIL Y ZAHARA

 


Cuando llega el verano abrasador al centro de esta vieja piel de toro, se ven numerosos coches que alegres enfilan el camino del sur para llegarse hasta la costa atlántica de Cádiz por el aquel de refrescarse en las playas de Barbate, Conil o Zahara. Sin embargo, muchos serán de esos viajeros los que desconozcan que, hace quinientos años, también los caminos reales se llenaban de gente que acudían a trabajar a las almadrabas de los pueblos citados cuya concesión tenía el señor duque de Medina Sidonia. Si el grueso de los viajeros actuales lo componen familias, por el contrario, los que acudían a las almadrabas del duque eran la hez de España: pícaros, rapabolsas, bribones, granujas, golfos, tunantes, pillos y un largo etcétera de personajes de los que nos habla Miguel de Cervantes en su novela ejemplar La ilustre fregona, nos habla de un pícaro toledano, una tal Carriazo, que decidió tomar el camino de Cádiz para apuntarse a las Almadrabas.

         Cuando esta gente llegaba a la corta gaditana, se establecián en poblados anejos a las instalaciones pesqueras en los que no había más ley que la de Monipodio y sus secuaces. No faltaban prostíbulos para “consolar” a la flord e la canalla y eran aquellos campamentos un compendio de pecados veniales, capitales y mortales pues , armados como iban, no eran raras las pendencias y, siendo todos de parecido oficio, tampoco eran ajenos los robos. Si esta era la vida, os podéis imaginar que el lenguaje que allí se hablaba no era un ejemplo de “delicatessen” y que la germanía y la blasfemia eran lo más habitual. Por un quítame esas pajas, allí salían a relucir Dios y su santa corte celestial.

         No quiero ponerme pesado con esto, pero, hasta tal punto de envilecimiento llegó la vida en aquellos poblados que los jesuitas de Sevilla mandaban misioneros a las almadrabas para intentar “purificar” un poco el ambiente pútrido que en ellas se respiraba. El mismísimo San Francisco de Borja estuvo de misión en ellas y, según encontramos en la Historia de la Provincia de Andalucía de la Compañía de Jesús que mucho cita el padre Pablo Antón Solé S. I.  del que hemos sacado la información que os cuento, las personas que trabajan en las almadrabas eran de dos tipos:

a)    Los de Poniente: Armadores y dueños de las barcas con su legión de ayudantes.

b)    Los levantiscos: Eran murcianos, valencianos y aragoneses cuya misión era remendar las redes

¡Que trabajo el de aquella gente y  el de aquellos jesuitas sermoneando, confesando, haciendo exposiciones del Santísimo entre aquella “turba de nocturnas aves, gimiendo tristes y volando graves” (don Luis de Góngora dixit)

         Algo consiguieron los padres de la Compañía pues lograron que aquellas gentes recibieran los Sacramentos. Arrepentidos los quiere Dios.

         Pero no penséis que el resto de España era un monasterio en el que la gente orabat et laborabat. Para nada. El padre Santibáñez, en el tomo dedicado a la Historia de la Provincia de Andalucía, nos cuenta una historia que quiero que conozcáis:

         Llevado parece o arrastrado de fuerte inclinación a esta manera de vida tan poco apetecible, frecuentaba entre otros esta estación, no más a ver que a trabajar, como cualquiera de los de la xavega, un hijo de un señor y título de estos reinos.

         Ya veis, el hijo de un noble que se llegaba hasta las jábegas para trabajar en ellas. Os sigo copiando:

         Seguido de los suios por el rastro, le avían buscado por dos veces y vuelto a casa de sus padres. Mas no aprovechando para detenerlo guardas y más guardas sobre estas diligencias; no persuasiones, no castigos, se volvió por la primavera a este puesto y al infame ejercicio de tirar de las redes y sacar a ombros los atunes.

         O sea que el muchacho noble era reincidente. Veamos lo que pasó cuando se quiso confesar:

         Llegando este hijo pródigo a confesar con uno de los padres, no le quiso oír de penitencia, si primero no aseguraba que dejaría ocupación tan ajena de su persona i nobleza, reduciéndose a estar a obediencia y disposición de sus padres.

         Pero ahí aparece el santo padre jesuita Pedro de León que le escucha y el muchacho le dice:

         Padre, qué le va a su compañero en que yo no sea pícaro, que no quiere confesarme? Yo no quiero ser caballero, sino xaveguero. (…) si vuestra reverencia quiere confesarme, en buenora. Y si no, io no devo más que buscar confesor que me absuelva de mis pecados.

         Tras convencer el padre de León al padre del muchacho, le confesó al final el padre jesuita que refiere los siguiente (¡ojo a los que voy a escribir!)

         Dice el padre de León refiriendo este caso que halló una buenísima conciencia debajo de aquella mala ropa. Y que antes por evitar ocasiones i ofensas a Dios, que sobran en los palacios de los príncipes, se retirava este mozo a vida tan encontrada con las obligaciones de su nacimiento.

         ¡Toma ya, Carrasco! El chaval se iba a las almadrabas porque había menos pecado en ellas que en los palacios de los príncipes. El padre de León, al ver que con esta confesión dejaba en evidencia la moral de la nobleza hispana, añade:

         Como no es de espantar que entre tanta rotura de vicios y perdición de costumbres sepa la Divina Providencia asegurar o mejorar las de un joven de tan ilustre prosapia, así no es de aconsejar que a los que quieren aventureros salvarse que se recojan en el iermo de las almadrabas, donde ninguno de estos anacoretas se halla canonizado, siendo el trezno (¿) de estas gentes tan sin Dios, como sin ley y sin rey.

         Vamos que un grano no hace granero ni una golondrina verano por lo que el padre de León se esfuerza en no recomendar el camino de este muchacho pues, si cierto es que el Espíritu sopla donde quiere, mucho arriesgar era el marcharse a una jábega por mor de purificar los pecados.

         En fin, ya lo veis. Los pecados de la nobleza hicieron que este chavalillo se marchara a las almadrabas de Barbate, Conil y Zahara. por lo que se ve, toda España era en el siglo XVII, una jábega de vicio, corrupción y pecado. Vamos, como ahora.

jueves, 17 de septiembre de 2026

LAS ORQUÍDEAS Y LOS TESTÍCULOS

 


Me dice mi buen amigo y culto profesor Eduardo Rodríguez – Monsalve y Pastor que, si bien siempre había visto la relación entre orgía y la forma ὄρχις que en griego significa “testículo”, no encontraba esta relación con la flor llamada orquídea. Voy a darle una explicación que me pagará con un vino en la ciudad del Pisuerga.

Tanto orgía (por razones obvias) como orquídea vienen de la misma palabra griega que se usa para designar a los testículos.  Sin embargo, en el caso de la muy bonita flor, además de ὄρχις tenemos la palabra griega ἰδέα que significa “forma”. Es decir, que a la  orquídea se la llama orquídea porque, literalmente, tiene “forma de testículos”. Me he puesto a mirar orquídeas y, o bien un servidor está miope, o bien hay mucho pervertido entre los botánicos, porque no me parece que ninguna de estas flores tenga la forma de unos testículos. Sin embargo, al revisar a Teofrasto, filósofo griego que escribió el De causis plantarum (en latίn en los manuscritos medievales de botánica, pero en el griego original titulada Περὶ φυτικῶν αἱτιῶν), veo que la razón está en los tubérculos de la planta tal y como podemos ver en el grabado de botánica de Carl Axel Magnus Lindman con el que me atrevo a ilustrar esta entrada. En ese grabado, se puede ver el parecido entre estos tubérculos y los testículos.

         Espero que mi buen amigo se quede satisfecho con esta explicación aunque le recomendaría ese lema que aparece en algunas camisetas de jóvenes filólogos:

ΜΗ ΜΟΥ ΤΟΥΣ ΟΡΧΕΙΣ ΤΑΡΑΤΤΕ

Es decir ( dicho sea con perdón):

NO ME TOQUES LOS COJONES.

         La verdad, como dice mi otro, buen amigo (ya no tengo más) Paco Hernández, esta expresión es lo que constituye el segundo principio de Arquímedes. Y tiene razón porque no es de buena crianza andar por el mundo tocándole las gónadas a la gente.

lunes, 14 de septiembre de 2026

EL PUTEAL DE LA MONCLOA

 


Que nadie se me alarme ni vea segundas intenciones en esta entrada. Llamamos el Puteal de la Moncloa a un brocal que perteneció a Cristina de Suecia y que, por causa de numerosos avatares, acabó apareciendo semienterrado en los jardines de La Moncloa. Su descubridor fue Juan de Dios de la Rada que era conservador del Museo Arqueológico en donde reposa desde el feliz hallazgo de Juan de Dios.

         Este Puteal (por cierto, no os he explicado que la palabra en cuestión viene de puteus que significa pozo en latín) tiene una gran importancia por la relación que guardan sus figuras con las del Partenón. Es más, en un momento dado, se recurrió al Puteal para reconstruir el grupo oriental del frontón oriental. Al igual que el original de Atenas, se cuentan dos mitos: el nacimiento de Atenea en el Olimpo y el de las Moiras o Parcas que se encargan de tejer el destino de los seres humanos.

         Sin embargo, que nadie piense que la obra escultórica que recoge este Puteal salió de las manos de Fidias porque su realización se data hacia el siglo I d. C, es decir, cinco siglos después de los frontones originales del escultor de la Acrópolis. Como curiosidad, deciros que es más que probable que el Puteal fuera usado como florero antes de ser hallado por el bueno de Juan de Dios.

         Escribiendo esta entrada me he preguntado si algún presidente de los que han pasado por La Moncloa ha conocido esta historia. ¿La conocerá Pedro Sánchez o su santa, doña Begoña Gómez que tanto ha tenido que ver, por línea paterna,  en asuntos de “puteales”? El calor me hace contar chistes malos y voy a estropear tan hermosa entrada. Por cierto, en la Villa Romana de Almenara-Puras, en el parque para los niños, hay una reproducción que, siempre que voy, aprovecho para explicarla a mis queridos alumnos.

         Que disfrutéis del Puteal de la Moncloa.