miércoles, 23 de septiembre de 2026

EL HABLA TORESANA

 


Al escribiros la anterior entrada, he dicho “fato”, una palabra que decía mucho mi abuela María que era toresana al igual que tenía el ¡to! como exclamación, hablaba de los cermeños y a alguna vecina un tanto presuntuosa la calificaba de fata. También nos decía a los nietos que teníamos berretes, que nos veía mustios y, para alegrarnos, nos atusaba aunque no en exceso para que no nos impláramos. Mi abuela María no se achantaba ni era dada a los aspavientos, pero sí que se le escurría algún plato. Lo que más que le preocupaba era que nos añugáramos y, si lo merecíamos, nos pegaba un sopapo, eso sí, siempre con cariño. Se pasaba el día la mujer entre pucheros y regando los tiestos y no quería que, por nada del mundo, fuéramos fuseros. Tampoco quería que fuéramos morugos y mucho menos, morugos con cascarrias y aún menos que acabáramos convertidos en zocotrones. Después de comer, se echaba una cabezadica en el escaño y jamás fue en piernas. Como las mujeres no fumaban, nunca pidió lumbre. Tanía el poder de detectar a los bausanes tan pronto como los veía y en el corral tenía herradas para  sacar agua del pozo.

         En fin, he intentado recoger algunas palabras que los toresanos tienen como propias. Espero que os hayan agradado y, si no ha sido así, es que sois unos cermeños, unos bausanes y unos zocotrones.

EL BIRUJI, EL RELENTE Y EL FRESCO

 


Cuando yo era pequeño y todavía no había llegado el cambio climático, al llegar la noche, venía de las huertas de Laguna de Duero lo que se llamaba “relente”, palabra que apenas escucho ya teniendo en cuento la zafiedad de vocabulario y de todo lo demás que “disfrutamos” en esta sociedad posmoderna. Relente viene del latín “regelare”, helar, y nos llegó por el francés, es decir, que es un galicismo. Mi tía Carmen Pousa Gulín, natural de Ribadavia y prima de la gran soprano Ángeles Gulín por parte de madre, siempre les ponía una chaquetita a mis primos porque decía ella que el relente de Castilla era muy malo. Es probable que el río Avia o el Arenteiro no tuvieran relente, pero ese es un dato que tendré que investigar.

Por aquellos años en que no había “noches tropicales”, la gente salía a las puertas de sus casas con la “fresca” que no era, como algún indocumentado pueda pensar, una señora un tanto desvergonzada, sino un vientecillo agradable que soplaba ya en la tarde noche. El diccionario de la RAE, en otro contexto, también recoge el de fresco como desvergonzado y el fresco era también el pescado que vendía el fresquero. No me resisto a contar la anécdota de Julio Camba que, al llegar a la fonda de un pueblo de Valladolid que recuerdo pero no quiero nombrar por recato, pidieron “fresco” para cenar y, mientras lo preparaban, se salieron a la calle para tomar el otro “fresco”. Sin embargo, cuando la posadera les avisó de que ya tenían el fresco listo, al haber olido el fato que salía de la cocina al freír el pescado, le dijeron: “Es igual, señora, ya lo estamos tomando aquí fuera”. Hermosa manera de jugar con los sinónimos por parte del escritor gallego.

         Me he ido del tema. Al relente también se le conocía como biruji, palabra ésta que hace años que no escucho. No era raro escuchar en boca de alguien: “Me he puesto la chaqueta porque venía un biruji que, sin querer, te iba dejando helado”. Me gusta esta palabra y animo a que se use sin que a nadie le dé “cringe” que es como ahora llaman algunos jovencitos con fracaso escolar a la vergüenza ajena que, en español, siempre se ha llamado alipori, otra palabra que hace mucho que no escucho.

         También, para referirse a la humedad de la noche, se hablaba del sereno que también era un vigilante nocturno que, por regla general, era asturiano.

         Pero ya no quedan serenos, no viene el biruji, ni nos reunimos con la fresca ni nos tenemos que poner la chaqueta porque llega el relente de las huertas de Laguna. El cambio climático nos ha cambiado la vida. ¡Qué le vamos a hacer!

LAS ALMADRABAS DE CONIL Y ZAHARA

 


Cuando llega el verano abrasador al centro de esta vieja piel de toro, se ven numerosos coches que alegres enfilan el camino del sur para llegarse hasta la costa atlántica de Cádiz por el aquel de refrescarse en las playas de Barbate, Conil o Zahara. Sin embargo, muchos serán de esos viajeros los que desconozcan que, hace quinientos años, también los caminos reales se llenaban de gente que acudían a trabajar a las almadrabas de los pueblos citados cuya concesión tenía el señor duque de Medina Sidonia. Si el grueso de los viajeros actuales lo componen familias, por el contrario, los que acudían a las almadrabas del duque eran la hez de España: pícaros, rapabolsas, bribones, granujas, golfos, tunantes, pillos y un largo etcétera de personajes de los que nos habla Miguel de Cervantes en su novela ejemplar La ilustre fregona, nos habla de un pícaro toledano, una tal Carriazo, que decidió tomar el camino de Cádiz para apuntarse a las Almadrabas.

         Cuando esta gente llegaba a la corta gaditana, se establecián en poblados anejos a las instalaciones pesqueras en los que no había más ley que la de Monipodio y sus secuaces. No faltaban prostíbulos para “consolar” a la flord e la canalla y eran aquellos campamentos un compendio de pecados veniales, capitales y mortales pues , armados como iban, no eran raras las pendencias y, siendo todos de parecido oficio, tampoco eran ajenos los robos. Si esta era la vida, os podéis imaginar que el lenguaje que allí se hablaba no era un ejemplo de “delicatessen” y que la germanía y la blasfemia eran lo más habitual. Por un quítame esas pajas, allí salían a relucir Dios y su santa corte celestial.

         No quiero ponerme pesado con esto, pero, hasta tal punto de envilecimiento llegó la vida en aquellos poblados que los jesuitas de Sevilla mandaban misioneros a las almadrabas para intentar “purificar” un poco el ambiente pútrido que en ellas se respiraba. El mismísimo San Francisco de Borja estuvo de misión en ellas y, según encontramos en la Historia de la Provincia de Andalucía de la Compañía de Jesús que mucho cita el padre Pablo Antón Solé S. I.  del que hemos sacado la información que os cuento, las personas que trabajan en las almadrabas eran de dos tipos:

a)    Los de Poniente: Armadores y dueños de las barcas con su legión de ayudantes.

b)    Los levantiscos: Eran murcianos, valencianos y aragoneses cuya misión era remendar las redes

¡Que trabajo el de aquella gente y  el de aquellos jesuitas sermoneando, confesando, haciendo exposiciones del Santísimo entre aquella “turba de nocturnas aves, gimiendo tristes y volando graves” (don Luis de Góngora dixit)

         Algo consiguieron los padres de la Compañía pues lograron que aquellas gentes recibieran los Sacramentos. Arrepentidos los quiere Dios.

         Pero no penséis que el resto de España era un monasterio en el que la gente orabat et laborabat. Para nada. El padre Santibáñez, en el tomo dedicado a la Historia de la Provincia de Andalucía, nos cuenta una historia que quiero que conozcáis:

         Llevado parece o arrastrado de fuerte inclinación a esta manera de vida tan poco apetecible, frecuentaba entre otros esta estación, no más a ver que a trabajar, como cualquiera de los de la xavega, un hijo de un señor y título de estos reinos.

         Ya veis, el hijo de un noble que se llegaba hasta las jábegas para trabajar en ellas. Os sigo copiando:

         Seguido de los suios por el rastro, le avían buscado por dos veces y vuelto a casa de sus padres. Mas no aprovechando para detenerlo guardas y más guardas sobre estas diligencias; no persuasiones, no castigos, se volvió por la primavera a este puesto y al infame ejercicio de tirar de las redes y sacar a ombros los atunes.

         O sea que el muchacho noble era reincidente. Veamos lo que pasó cuando se quiso confesar:

         Llegando este hijo pródigo a confesar con uno de los padres, no le quiso oír de penitencia, si primero no aseguraba que dejaría ocupación tan ajena de su persona i nobleza, reduciéndose a estar a obediencia y disposición de sus padres.

         Pero ahí aparece el santo padre jesuita Pedro de León que le escucha y el muchacho le dice:

         Padre, qué le va a su compañero en que yo no sea pícaro, que no quiere confesarme? Yo no quiero ser caballero, sino xaveguero. (…) si vuestra reverencia quiere confesarme, en buenora. Y si no, io no devo más que buscar confesor que me absuelva de mis pecados.

         Tras convencer el padre de León al padre del muchacho, le confesó al final el padre jesuita que refiere los siguiente (¡ojo a los que voy a escribir!)

         Dice el padre de León refiriendo este caso que halló una buenísima conciencia debajo de aquella mala ropa. Y que antes por evitar ocasiones i ofensas a Dios, que sobran en los palacios de los príncipes, se retirava este mozo a vida tan encontrada con las obligaciones de su nacimiento.

         ¡Toma ya, Carrasco! El chaval se iba a las almadrabas porque había menos pecado en ellas que en los palacios de los príncipes. El padre de León, al ver que con esta confesión dejaba en evidencia la moral de la nobleza hispana, añade:

         Como no es de espantar que entre tanta rotura de vicios y perdición de costumbres sepa la Divina Providencia asegurar o mejorar las de un joven de tan ilustre prosapia, así no es de aconsejar que a los que quieren aventureros salvarse que se recojan en el iermo de las almadrabas, donde ninguno de estos anacoretas se halla canonizado, siendo el trezno (¿) de estas gentes tan sin Dios, como sin ley y sin rey.

         Vamos que un grano no hace granero ni una golondrina verano por lo que el padre de León se esfuerza en no recomendar el camino de este muchacho pues, si cierto es que el Espíritu sopla donde quiere, mucho arriesgar era el marcharse a una jábega por mor de purificar los pecados.

         En fin, ya lo veis. Los pecados de la nobleza hicieron que este chavalillo se marchara a las almadrabas de Barbate, Conil y Zahara. por lo que se ve, toda España era en el siglo XVII, una jábega de vicio, corrupción y pecado. Vamos, como ahora.

jueves, 17 de septiembre de 2026

LAS ORQUÍDEAS Y LOS TESTÍCULOS

 


Me dice mi buen amigo y culto profesor Eduardo Rodríguez – Monsalve y Pastor que, si bien siempre había visto la relación entre orgía y la forma ὄρχις que en griego significa “testículo”, no encontraba esta relación con la flor llamada orquídea. Voy a darle una explicación que me pagará con un vino en la ciudad del Pisuerga.

Tanto orgía (por razones obvias) como orquídea vienen de la misma palabra griega que se usa para designar a los testículos.  Sin embargo, en el caso de la muy bonita flor, además de ὄρχις tenemos la palabra griega ἰδέα que significa “forma”. Es decir, que a la  orquídea se la llama orquídea porque, literalmente, tiene “forma de testículos”. Me he puesto a mirar orquídeas y, o bien un servidor está miope, o bien hay mucho pervertido entre los botánicos, porque no me parece que ninguna de estas flores tenga la forma de unos testículos. Sin embargo, al revisar a Teofrasto, filósofo griego que escribió el De causis plantarum (en latίn en los manuscritos medievales de botánica, pero en el griego original titulada Περὶ φυτικῶν αἱτιῶν), veo que la razón está en los tubérculos de la planta tal y como podemos ver en el grabado de botánica de Carl Axel Magnus Lindman con el que me atrevo a ilustrar esta entrada. En ese grabado, se puede ver el parecido entre estos tubérculos y los testículos.

         Espero que mi buen amigo se quede satisfecho con esta explicación aunque le recomendaría ese lema que aparece en algunas camisetas de jóvenes filólogos:

ΜΗ ΜΟΥ ΤΟΥΣ ΟΡΧΕΙΣ ΤΑΡΑΤΤΕ

Es decir ( dicho sea con perdón):

NO ME TOQUES LOS COJONES.

         La verdad, como dice mi otro, buen amigo (ya no tengo más) Paco Hernández, esta expresión es lo que constituye el segundo principio de Arquímedes. Y tiene razón porque no es de buena crianza andar por el mundo tocándole las gónadas a la gente.

lunes, 14 de septiembre de 2026

EL PUTEAL DE LA MONCLOA

 


Que nadie se me alarme ni vea segundas intenciones en esta entrada. Llamamos el Puteal de la Moncloa a un brocal que perteneció a Cristina de Suecia y que, por causa de numerosos avatares, acabó apareciendo semienterrado en los jardines de La Moncloa. Su descubridor fue Juan de Dios de la Rada que era conservador del Museo Arqueológico en donde reposa desde el feliz hallazgo de Juan de Dios.

         Este Puteal (por cierto, no os he explicado que la palabra en cuestión viene de puteus que significa pozo en latín) tiene una gran importancia por la relación que guardan sus figuras con las del Partenón. Es más, en un momento dado, se recurrió al Puteal para reconstruir el grupo oriental del frontón oriental. Al igual que el original de Atenas, se cuentan dos mitos: el nacimiento de Atenea en el Olimpo y el de las Moiras o Parcas que se encargan de tejer el destino de los seres humanos.

         Sin embargo, que nadie piense que la obra escultórica que recoge este Puteal salió de las manos de Fidias porque su realización se data hacia el siglo I d. C, es decir, cinco siglos después de los frontones originales del escultor de la Acrópolis. Como curiosidad, deciros que es más que probable que el Puteal fuera usado como florero antes de ser hallado por el bueno de Juan de Dios.

         Escribiendo esta entrada me he preguntado si algún presidente de los que han pasado por La Moncloa ha conocido esta historia. ¿La conocerá Pedro Sánchez o su santa, doña Begoña Gómez que tanto ha tenido que ver, por línea paterna,  en asuntos de “puteales”? El calor me hace contar chistes malos y voy a estropear tan hermosa entrada. Por cierto, en la Villa Romana de Almenara-Puras, en el parque para los niños, hay una reproducción que, siempre que voy, aprovecho para explicarla a mis queridos alumnos.

         Que disfrutéis del Puteal de la Moncloa.

viernes, 11 de septiembre de 2026

LA VIAJERA EGERIA

 


LA VIAJERA EGERIA

Estoy viendo estas montañas nevadas desde mi ventana. Los árboles sin hojas reciben a los pájaros en cuyas ramas se posan. Un viento frío barre el valle y anuncia la nieve, la que tanto me gustaba de joven y que ahora me parece una triste mortaja. Por la tarde, antes de que el sol se oculte tras los montes y el aire se convierta en un helado cristal, me gusta reunirme con mis dominae sorores y recordar con ellas, al amor de una lumbre que arde y que es una lengua del Espíritu Santo alentando nuestros corazones, aquel viaje que hice hasta Tierra Santa. ¡Qué lejana estaba Gallaecia de aquellos parajes apenas sin vegetación! ¡Qué diferentes estos valles ubérrimos en donde está nuestra querida Vallisbona a aquellas pobres tierras en las que tan sólo una pobre higuera se dibuja solitaria en el horizonte!¡Qué feliz hubiera sido in nostro horto sin tener que mendigar nunca la lluvia acompañada por las viejas higueras, frondosas y anchas, que nos regalan  los frutos que guardan en sus entrañas su gotita dulce y cariñosa que alivia los rigores del estío! Mas no puedo ni debo demorarme con las higueras y quiero seguir contándoos, por medio de esta carta, mi viaje a Tierra Santa. Pues me conocéis de muchos años, bien sabéis que siempre he sido muy curiosa y que siempre quise ver con mis propios ojos aquellos Santos Lugares que la Biblia describe. También sabéis que siempre quise  hacer oración en ellos pues me parecía que era la mejor manera que podíamos tener de vivir las Sagradas Escrituras. Hasta me pensaba que, al caer de la tarre, podría ver a Cristo con sus discípulos camino de una aldea, de un pozo o de un huerto con humildes sicómoros. Soñaba – bien lo conocéis- con retirarme, sí, como el propio Cristo, a un lugar desértico y hablar con el Padre mientras la noche cubre aquellos montes resecos. Por eso un día partí de esta tierra y puse rumbo al lejano puerto de Tarraco. ¡Qué largas jornadas entre el frío de los montes y las nieblas del Ebro y qué alegría al ver el Mediterráneo, nuestro mar, abrirse ante mí como un espejo! Ya en el barco que me llevaba a Alejandría, recordé el viaje de Melania, una viuda también hispana como yo, que viajó hasta Jerusalén para fundar un monasterio. También lo había hecho la italiana Paula. Las mujeres, pese a lo que dicen los Santos Padres, estamos tan capacitadas como los hombres para estos larguísimos viajes y no tenemos ninguna razón para tener que permanecer siempre en casa dedicadas a hilar lana o a tejer mientras la tarde es pura brasa en los montes y bajan los rebaños a sus tenadas.

         Cuando llegué a Alejandría, el sol del ocaso se derramaba por la desembocadura del Nilo y un olor dulce y embriagador venía de la ciudad. No quise demorarme en ella pues, aunque lugar de sabiduría, lo era también de pecado y seguí mi viaje a los lugares que tenía en el corazón.

         En mi librito, que voy escribiendo y que remataré en nuestra tierra galaica, aparece el monte Sinaí a donde fui, como siempre, guiada por las escrituras. ¡Qué alegría estar en donde Moisés, tras descalzarse de sus sandalias al entrar en territorio sagrado, recibió del mismo Yahvé las tablas de la ley! ¡Qué alegría visitar en Belén el lugar donde nació Nuestro Señor Jesucristo y llegarme hasta el Calvario en donde fue crucificado! ¡Qué alegría llegarme hasta el Monte Carmelo lleno de pequeñas ermitas en donde ermitaños de luengas barbas dan culto a la Virgen! No me faltaba la mano amiga de algún monje que, en un remoto monasterio, aliviaba mi sed con una manzana que yo me comía a la sombra de los sicómoros que habían plantado antiguos patriarcas para obtener de ellos los remedios a tantas enfermedades.

         Pero no quisiera engañaros y deciros que todo fue fácil. Ni lo fue por los caminos, ni por los bandidos, ni por las montañas. Os confieso que nunca pasé miedo aunque no son caminos fáciles para una mujer sola con sus criados. No, nunca llegué a pasar miedo y eso que, a lo lejos, divisábamos a las tribus del desierto y a que algunos árabes se llegaban hasta nosotros con sus cimitarras en la mano. Como bien sabéis, yo llevaba en mis alforjas un cursus publicus, una especie de salvo conducto que me proporcionaba alojamiento, víveres, carros o escolta militar. ¡Qué generoso  fue el emperador conmigo!

         Lo más difícil de todo mi viaje fue mi cumplir mi deseo de alcanzar la cima del monte Sinaí porque su subida fue terrible y porque no se podía alcanzar en la silla de manos en la que yo viajaba y tuve que bajarme de ella y continuar a pie haciendo zigzags como si estuviéramos haciendo bordaduras en la montaña. Aquellos bordados que hacíamos en la Gallaecia a la sombra de la higuera, sombra en ocasiones siniestra por fría y peligrosa y de la que muchos sabios dicen que no es bueno permanecer mucho tiempo. Nosotras la experimentamos in horto nostro muchas tardes cuando el relente nos hacía levantarnos por una estola. Era entonces cuando las hojas de la higuera se agitaban y algunas de vosotras, dominae meae, repetíais las palabras leídas o escuchadas de ancianos patriarcas: Numquam bona est umbra ficorum. Por eso, nos cambíabamos a la sombra de los carballos bajo la cual hemos pasado ( ¡bien lo recordaréis!) muchas tardes. A lo lejos, veíase el Paraño y unas nubes que acababan de dejar el mar y que se iban metiendo en el valle. Entonces, las ramas del carballo de nuestro vecino Iulianus, que lo había plantado cuando se llegó a Vallisbona desde las tierras que en los años antiguos habitaban los vacceos por encima del camino que lleva hasta el viejo castro celta que corona los montes de nuestros humilde pagos,  temblaban como pequeñas corderas en busca del calor de su madre. ¡Qué hermosos recuerdos me llevé en mi viaje! Pero debo seguir con esta historia mía y contaros el final de mi subida al Sinaí.  Para hacer más breve mi relato, os diré tan sólo que,  al llegar arriba, la hermosura de las vistas alivió mi cansancio y en la cima me quedé varias horas haciendo oración.

                   También recuerdo, dominae sorores, que el obispo de Batana me dijo: “Porque veo, hija mía, que por causa de la religión te has propuesto y conseguido llegar a estas tierras remotas, te mostraremos estos lugares que siempre son agradables de ver a los cristianos”. ¡Qué diferentes sus palabras a las de Gregorio de Nisa que desconfía de las mujeres y que piensa que nos entregamos, sin decoro y sin miramientos, al primer hombre con el que topamos! ¿Cómo se puede pensar así de las mujeres? ¿Hubiera pensado eso mismo Gregorio de su propia madre? ¿Acaso no viajó hasta Jerusalén Flavia Julia Elena, madre de Constantino I, y allí encontró veram crucem Iesu Christi, los restos de los Reyes Magos y los de San Matías? ¿Acaso no tuvo los redaños y el rejo suficiente para mandar derribar e incluso quitar ella misma las piedras de un templo que los paganos habían dedicado a Venus en el Monte Calvario? Por mucho humo que haya, Gregorio, los ojos no tienen por qué llorar si están limpios de pecado. Quizás tus ojos, cuando escribiste esas terribles palabras no estaban limpios. Rezaré por ti y por tus malhadadas palabras.

         Más os contaría, pero el rezo de Completas me hace retirarme a mis aposentos. Ahora repetiré esas hermosas palabras del viejo Simeón:

Nunc dimittis servum tuum, Domine, secundum verbum tuum in pace:

Quia viderunt oculi mei salutare tuum

Quod parasti ante faciem omnium populorum:

Lumen ad revelationem gentium, et gloriam plebis tuae Israel.

         No se lo digáis a nadie, pero hay días en que me tomo una pequeña licencia poética y cambio un poco el texto:

Quia viderunt oculi mei salutare tuum  terram sanctam tuam

         Espero que el Señor, de quien tan cerca de sus lugares natales estuve, no me lo tenga en cuenta y vosotros tampoco los que me leéis.

         Tan sólo soy una mujer muy curiosa que lleva en su corazón la palabra viva de la que brota el agua que salta hasta la vida eterna.

 

DÉCIMO JUNIO BRUTO, EL ROMANO QUE CRUZÓ EL LETEO

 


Había unos montes coronados por la niebla que la noche había ido recogiendo de arroyo en arroyo, de río en río, de playa en playa. Aún dormía el viento en sus cuevas, cuando las tropas romanas al mando de Décimo Junio Bruto llegaron a la orilla de un río más pequeño que aquel que habían atravesado más hacia el sur tan sólo unos días antes. Había entre los soldados un temor reverencial en aquellas tierras que estaban recorriendo pues estaban llegando a la parte más occidental de la Península Ibérica, Hispania ya para ellos, que era el final del mundo conocido. No era raro que de pronto, en mitad de la noche, se escucharan gritos en las tiendas de los soldados ni que de ellas salieran los recios legionarios con las caras desencajadas porque habían notado una mano helada que les tocaba en la oscuridad, un viento frío que recorría su cara o una sombra de hielo que vagaba por las paredes del tentorium y pensaban que estos prodigios no eran sino avisos del más allá al que se estaban aproximando a medida que subían hacia el norte y se acercaban a aquel lugar espantoso del que algún viajero que había llegado hasta él, , contaba, al volver a Tarraco,  que había llegado hasta un promontorio desde donde se veía hundirse el sol en el océano con inefables gemidos y con un denso vapor que brotaba al entrar su fuego en las aguas frías y agitadas del mar tenebroso. Por tanto, según los soldados, estaban llegando a un lugar en donde las cosas podrían no ser lo que parecen.

         El terror creció cuando, al cabo de tres jornadas, llegaron a un río del que desconocían su nombre y un centurión, que llevaba ya algún tiempo por aquellos lares, preguntó a un muchacho que miraba lleno de temor tantas lorigas, tantos cascos, tantas lanzas, tantas espadas y tantos hombres que, con las águilas al frente, marchaban por el viejo camino que recorría la comarca. El centurión, que conocía un poco la lengua de los indígenas, se acercó al muchacho, le preguntó el nombre del río y cuando éste se lo dijo, se los trasmitió al soldado que estaba más cerca y éste a su prójimo y así se fue formando una especie de sordo murmullo que se propagó, como una exhalación, de una punta a la otra de la formación militar. Por el miedo, por el ruido de la tropa en marcha o por los relinchos de los caballos, habían oído los primeros, de boca de los soldados más cercanos al centurión, algo así como Litia, palabra que, al ir pasando de boca en boca, acabó convertida en Lethes para espanto de la tropa que, formando pequeños corros se abrazaban llenos de miedo, mientras se decían los unos a los otros:

-         ¿Habéis oído? Estamos ante el Leteo, ese río del que lo poetas dicen que el que lo pasa, cuando llega a la otra orilla, ya no recuerda nada de su pasado. Sí, compañeros, estamos a las mismísimas puertas del infierno.

Y, en silencio, temblorosos, mirando las mágicas aguas del río, los soldados estaban petrificados junto a sus orillas.

Iba Décimo Junio Bruto al paso en blanco caballo y los soldados, al verlo llegar, se iban apartando. Cuando llegó a la orilla del río, todos estaban a sus espaldas inmóviles, esperando por lo que su  jefe iba a hacer. El general romano, quizás maliciándose de que sus soldados tenían miedo a cruzar por alguna razón de magia, se giró muy lentamente y, luego, clavando en ellos sus ojos, les dijo:

-         soldados, ¡Compañeros, , romanos todos! No comprendo vuestro miedo y por qué no queréis cruzar este río cuando hace tan sólo dos días hemos atravesado el que los nativos llaman Durius que es mucho más ancho y más profundo que éste y cuyo nombre sirve, entre las tribus celtas que habitan en sus orillas, para nombrar también a un dios que es su personificación y al que representan con una red de pescar entre las manos. Sé que algunos, confundiendo la palabra que ha pronunciado ese muchacho indígena, decía que, situados como estamos en el confín del mundo, cerca de donde el mar engulle al sol todas las tardes, alejados de Tarraco y de Corduba en donde algo de civilización nos hace sentirnos casi en Roma, habéis entendido que su nombre era  Leteo, el mismo que lleva ese río infernal del que dicen las leyendas de viejas y poetas que quita la memoria a todo aquel que lo cruza. Quizás lo habéis oído nombrar así y vuestro miedo pero os digo que ha sido vuestro miedo el que os ha hecho oír una palabra distinta; es más, os diría que habéis escuchado la el nombre que queríais escuchar. Pero, camaradas, este río no es el Leteo, es tan sólo un pequeño río en una tierra salvaje a la que nosotros, romanos, los dioses nos han encargado civilizar. Nunca Roma, desde que fue Remo trazó el pomoerium, ha dejado de extenderse, de crecer, de cruzar fronteras, en definitiva, de hacer de nuestra urbe un orbe. ¿Creéis que nuestros abuelos hubieran pasado de las siete colinas si hubieran tenido miedo a leyendas y cuentos? No, ellos siempre fueron más allá de aquellos lugares que los lugareños les decían que eran los límites del mundo. ¡Camaradas, para un romano no hay límites porque nuestro corazón no los tiene! Y ahora, para que veáis que no es cierto nada de lo que os habéis figurado, esperadme.

 

Picó Décimo Junio Bruto espuelas a su caballo y, con el estandarte en su mano derecha fue penetrando en el río ante el asombro de los soldados que lo miraban desde la orilla. Un terror cerval empezó a recorrer los cuerpos de aquellos bravos guerreros que habían luchado con celtíberos y lusitanos bajo el sol de fuego de las tierras de Hispania. En silencio, vieron cómo su general llegaba hasta la otra orilla. Entonces se produjo el prodigio.

Desenvainando su espada a la que bañó con su oro el sol de la tarde, Décimo Junio Bruto, fue revisando las tropas. Luego, con voz recia y viril, fue nombrando uno por uno a los soldados que miraban asombrados y cuyos nombres se sabía de memoria. Cuando pronunció el último, un silencio denso, roto tan sólo por el correr de las aguas del río, se posó en las bocas de todos. Tuvo que ser el más joven quien, con voz alegre, les dijera a sus camaradas que ese no era el río del olvido y quien, espoleando su caballo, entrar en el río para reunirse con su general que lo esperaba sonriente al en la otra orilla.    El joven soldado le hizo el saludo reglamentario a su imperator y ambos vieron cómo, dando grandes voces, los legionarios empezaban a vadear el río. Se miraron y una sonrisa iluminó sus caras. El joven soldado de Roma volvió a su puesto en el agmen y el imperator siguió sonriendo. Cuando volviera a Roma, añadiría a sus tria nomina un cognomen más, el Galaico, y siempre recordaría aquella tarde en los confines del mundo en la que la razón se impuso a la superstición en aquellas tierras mágicas del Finis Terrae.