Cuando
el viajero se llega hasta Medina del Campo, Medina por antonomasia como la del
norte es Rioseco para no confundir al caminante, cruza el puente sobre el
Zapardiel al que nunca ha visto con agua, pero que los medinenses, por si las
moscas, le han rodeado y guarnecido con un cauce primorosamente labrado porque
ya se sabe que estos ríos pequeñitos tienen sus prontos, se salen de madre y dan
un disgusto cuando menos te lo esperas. El viajero, que es filólogo clásico de
profesión, recuerda a su profesor de la carrera, Eugenio Bustos Gisbert, hijo
de Bustos Tovar, y, con su recuerdo, le viene aquellos que le decía en sus
clases: estas terminaciones en -iel/-el son evoluciones, influidas por el
mozárabe, de la forma latina -elus cuya e breve evoluciona en castellano al diptongo
“ie”. Veamos un ejemplo – nos dice el veredero que, como buen profesor, es algo
pesado.
Tienen ustedes, un suponer, la palabra latina, del latín
vulgar para ser más exactos, morcellam
que evoluciona de la siguiente manera:
morcellam> morcella> morciella> morcilla
Buenos pues en estas tierras de mudejarillos y mozárabes, ese
sufijo del diminutivo latino , en lugar de dar la forma -illo/illa (morcilla,
sin ir más lejos), acabó evolucionando en la forma -iel/-el. Como lo oyen. Y el
veredero pone ejemplos para que se vea que es profesor:
Cardiel que debería haber dado “cardillo”
Zapardiel cuyo nombre debería haber sido Zapardillo*
Carabanchel (Alto y Bajo) cuya forma debería haber sido
carabanchillo*
El
viajero, tras recordar sus años mozos de la Facultad, entra en un bar de sonada
fama en la villa del castillo de la Mota. Va buscando lo que despachaban
siempre: cañas frescas de cerveza, chopitos, calamares, bravas y croquetas,
pero los tiempos han cambiado y los mejillones llevan salsa thai, abunda el
guacamole y la carne enchilada, la panceta es koreana (sic) y hay un mayo
chipotle que mala puñalada le den.
Con esta carta en las manos, el veredero se da cuenta de que
aquello ya no es los que era y acaba tomando unas croquetas. Sin embargo, le
pregunta al camarero por aquellos chopitos divinos y el camarero, un muchacho
joven, le dice que sí, que los tienen, pero que llevan un ali oli de mango. El
viajero se pregunta que leches hace el ali oli
con el sacrilegio del mango, pero lo pide. No está mal porque al menos
la salsa viene aparte y los chopitos se pueden comer como se han comido toda la
vida de Dios. Al pedir la “dolorosa”, el caminante comprueba que también ha
pasado el tiempo para la factura y que la de ahora es casi, como decía Andrés
Espinosa, gran escritor murciano, “el sueldo de un obrero”.
Sin embargo sale del bar alegre y con resolución y se coge el camino de
La Seca, de Serrada y de Villanueva de Duero, tierras de buen vino y de buen
queso. Eso sí, va rezando a los dioses para que nadie haya tenido la mala idea
de echarle guacamole al vino o hacer queso con cochinita pibil. Ut Deus nolit.




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