martes, 30 de diciembre de 2025

DE PRESENTES Y DE AUSENTES O LA GRAN NOVELA DE PACO CERDÁ

 


He leído Presentes de Paco Cerdá (del que no había leído nada) y me ha parecido una obra magnífica. Engaña la portada con un niño rubio vestido de falangista, pero el título que dice Presentes y no, Presente (por José Antonio). El libro comienza con el traslado de los restos de José Antonio del que se hizo un mito con muy pocos mimbres pues el líder de la Falange fue apenas votado y sus seguidores no llegaban a los 50.000. ¿Por qué tanta literatura por parte de los Sánchez Mazas, de los Ridruejo, de Serrano Suñer para convertir a José Antonio en el ídolo que  casi fue elevado a los altares? Quizás por su juventus (tenía la misma edad que Cristo), su aspecto de chico bueno que podría ser el novio ideal y el hijo que todas las madres quieren; quizás por su muerte trágica a tan temprana edad (ya sabemos que los preferidos de los dioses mueren jóvenes) y, sobre todo, porque Franco, que odiaba a José Antonio, necesitaba alguien con un carisma futuro,  un personaje para construir y darle al régimen una pátina ideológica del que carecía pues Franco no tenía ideas políticas ni se quería meter en politiqueos. Me he ido del tema. Junto a José Antonio hay muchos presentes que van desde los republicanos en los campos franceses a los batallones de trabajo para “redimir” la culpa;  del pobre alcalde fusilado a la funcionaria valenciana que sufre también represión. El Presente era el Ausente, una paradoja de esas que tanto gustaban a los vencedores de la guerra como, sin ir más lejos,  el ¡Viva la muerte! de Millán Astray   que es otro ejemplo de juego de palabras.  Había que llenar la escena de un régimen que comenzaba y el Caudillo no daba la talla para llenarla porque Franco era bajito y no ocupaba casi espacio, pero era de El Ferrol y más gallego de lo que parecía y, ya que él no la podía llenar solo la Nueva España,  se apropió del hijo del dictador y  construyó una escenografía de bandera, Cara al sol y mano derecha señalando al cielo  con el Ausente Presente. Franco usó a la Falange como el que tiene un perro de presa en la finca y, de vez en cuando o cuando las cosas se ponen feas, desata al perro y se da un paseíto con él para poner las cosas en su sitio. Años después, los falangistas fueron sustituidos por los tecnócratas del Opus Dei y los de la camisa azul y las flechas se fueron quedando enquistados en el Régimen. Al final, acabaron en un búnker porque su tiempo y su estética ya se había pasado y muchos de aquellos intelectuales de la Ballena Alegre habían dejado de seguir al Ausente Presente y hasta se habían vuelto críticos con el régimen siendo Ridruejo el más conspicuo pero no el único. Habían pasado los años de los hachones y de las tinieblas y un claro amanecer iluminaba los campos de España. Franco acabó junto al Ausente Presente y, a día de hoy, ni siquiera eso es así pues el primero descansa en el cementerio de Mingorrubio y el segundo, en una tumba de un cementerio madrileño.

         Paco Cerdá aborda el comienzo de un Régimen; mejor aún, describe cómo se creó la estética de un régimen  cuyo jefe era un militar sin más estética que una cama, un flexo,  un vaso de leche y unas lentejas de añadidura.

         Por acabar, que Paco Cerdá ha escrito un libro magnífico que os  recomiendo encarecidamente.

LOS RIVALES DE LAS RIBERAS

 

El adjetivo rival es muy corriente en nuestra lengua y así hablamos de equipos rivales, rivalidad o, en manida expresión de los deportistas deportivos, “los eternos rivales” para referirse al Real Madrid y al Atlético o al Barça con el Español. Pues veréis, resulta que la etimología de rival es preciosa porque proviene de la palabra latina rivus, -i que significa “arroyo”. Según las reglas de formación de palabras, si a riv- (raíz de rivus) le añadimos el sufijo –alis que nos indica cualidad (ejemplo: forma > formalis: “que tiene forma”) tenemos la palabra rivalis que, en principio, significaba en latín los que viven cercanos al arroyo. Sin embargo, esta palabra experimentó una evolución semántica (en su significado) y acabó significando enemigo. ¿Por qué? Pues por las disputas de los campesinos ribereños por las aguas para el riego. El uso del agua en las zonas de regadío siempre ha sido objeto de polémica porque, condición humana, siempre aparece un “listillo” que se quiere llevar más horas de riego que el resto de los agricultores. Por eso, en Valencia, se creó el Tribunal de las aguas y, sin tenerse que ir más lejos, en Laguna de Duero, surgían, surgen y surgirán agrias disputas por el uso (o el abuso) de las aguas de mi queridísima acequia.

         Todo esto que os he contado viene en ese maravilloso artículo de Jules Marouzeau, afamado lingüista francés, que se llama “Le latín, langue des paysans”, es decir, el latín, lengua de campesinos. Porque los romanos, aunque conquistaron el mundo y crearon un imperio, en el fondo, suspiraban por ser lo que siempre fueron: humildes granjeros. No es raro pues que los tratados de agricultura fueran best sellers en Roma, incluso los tratados de “agricultura de salón” como las Geórgicas de Virgilio. Si os dais cuenta, a los americanos del Norte les pasa algo parecido y, en cuanto se descuidan un poco, les sale el granjero porque granjeros fueron sus ancestros.

         Una vez más, la historia del mundo se repite. Por eso es tan importante conocerla.

lunes, 22 de diciembre de 2025

EL SORTEO DE NAVIDAD

 


 

Mientras escribo esta entrada, estoy oyendo la cantinela de los niños de San Ildefonso que cantan los números de la Lotería de Navidad y un río de recuerdos se llega hasta la vieja ensenada en donde mi vida de hombre maduro va viendo – con horror_ pasar el tiempo. Oigo la puerta de casa que se abre y es mi abuelo Luis que llega desde la carbonera con la caja del belén oliendo a musgo y a serrín; oigo a mis abuelos paternos que llegan con una caja llena de rosquillas de la Jani y contando cómo la nieve cubría los puertos; me llega , desde la cocina, el olor al café de puchero de abuela Patro y de una fuente de suizos, con su azúcar por encima formando una costra de gozo inefable. Veo a un niño que, en un lejano 1979, mira, por primera vez, en color los bombos del sorteo que, hasta tan histórica fecha, habían sido siempre en blanco y negro. Y ese niño supone los Reyes en la lejanía mientras coloca unos Reyes de plástico pequeñitos que su abuela le compró en la juguetería de Eloy Gonzalo esquina a Cardenal Cisneros, justo enfrente de donde paran el 16 y el 61, los autobuses que llevan a casa. Eses niño recuerda el armario con cristales en donde estaban los Reyes y cómo, unos pasos antes de llegar a la juguetería estaba la vieja Cacharrería Azul con la niña que miraba el mundo con sus ojos achinados pues era subnormal, la manera un tano cruel que teníamos entonces para nombrar a los afectados por el síndrome de Down. Han pasado demasiados años y el niño –adulto que ve la vida desde cerca de la desembocadura lleva en su alma la nostalgia de un paraíso perdido y comprende el dolor de Adán cuando un ángel disfrazado de alguacil (Sabina dixit) lo expulsó del paraíso. Ahora debería sonar una escolanía o el mismísimo Manolo Escobar cantando Los peces en el río, en ese río que ha llegado a la ensenada que va preparando el final, que va preparando el encuentro con ese mar que es el morir como dijo ya hace tantos años Jorge Manrique.

         He dejado de escribir porque mi hijo Alonso me avisa d que ha salido el “gordo” que, por supuesto, no nos ha tocado. Nunca nos ha tocado nada en la vida; al contrario, lo poco que hemos hecho ha sido a base de trabajo y de un plus de sufrimiento. Recuerda el niño triste desde la ensenada que a su abuelo le regalaban una caja de botellas de Fundador en la que venía el famoso disco del “Fundador”. Al final de ese disco, un vinilo de 45 r.pm., con canciones de Miguel de los Reyes,  una voz te podía avisar de que te había tocado una nevera o una lavadora y el niño recuerda  que  pedía por lo “bajinis” que no les tocara porque, si así fuera, tendrían que desprenderse de aquella vieja lavadora que había en casa. El niño se da cuenta de que lo sensible le ha jugado en la vida malas pasadas y , por eso, deja de escribir y se va a ver el sorteo de nuevo, justo en el momento en que los agraciados salen la administración afortunada descorchando una botella de sidra “El Gaitero”, famosa en el mundo entero, que ya no es lo que era porque le han quitado al pobre gaitero de Libardón que era el logo de la marca de Villaviciosa. Sin gaitero, sin gordo, sin lavadora, el niño – adulto ve cómo el río lo va llevando a la mar. Pero ya ni siquiera siente miedo. Al fin y al cabo, aquel  mundo ya se ha perdido y éste de ahora no conoce el niño. La vida que, para el año próximo, le hará apostarse con un cuaderno para tomar “al oído” los números que luego abuelo Luis comprobará en la lista que, por la tarde, publicará el “Pueblo”. Ya no hace falta el “pueblo” porque las listas se ven en Internet y, con tan sólo meter el número en tu móvil, sabes que no te ha tocado. Así es la vida a la que hay que dar gracias porque, un año más, hemos visto meter los números y los premios, hemos visto a los que han pasado la noche en la calle para “pillar “ sitio en el Real y a los que lo  celebran en una cafetería cercana al mítico teatro madrileño. Y también hay que dar gracias porque veremos la alegría de los afortunados mientras nos deseamos salud. Para celebrad tantas cosas, oigo en Spotify, ya no en el viejo tocadiscos Philips de pilas, el “Gracias a la vida” de Joan Báez. Todo cambia, pero todo permanece a un tiempo y hay un eterno retorno que nos lleva de nuevo a escuchar a abuelo Luis entrar por la puerta con la caja del belén y ver llegar a los abuelitos Julio y María con su caja de rosquillas de donde la Jani. Quizás siguen con nosotros sin nosotros saberlo y en este círculo vital volverán a lo largo de la mañana. De ilusión también se vive.