viernes, 6 de febrero de 2026

CONSTANTINO MOLINA, UN PANDORINO Y LEO SPITZER

 


 

Me gusta mucho Constantino Molina Monteagudo, tanto si escribe poesía como si escribe prosa. Es alguien que conoce el campo, lo bueno y lo malo, y tiene del mundo rural la visión justa del que lo conoce por experiencia propia, no del que habla de oídas y se cree que el campo es un mundo idílico en donde los agricultores y ganaderos se pasan el día leyendo a Virgilio en sus Geórgicas y en sus Bucólicas. Pero no es de esto de los que quiero hablaros, sino de otra cosa más banal, pero de gran interés.

         El otro día, entré en el Alimerka y descubrí un Pandorino. Yo no lo había visto nunca y lo compré inmediatamente. No resistió mi deseo ni siquiera llegar al coche y, antes de abrir la puerta del conductor, ya le había quitado el celofán y me lo había llevado a la boca. Dios mío, ¿será el Pandorino como dice Constantino Molina? ¡Efectivamente! En ese Pandorino, el chocolate formaba un núcleo dulce casi en el centro. Efectivamente, como dice el poeta en ese libro maravilloso que es Niño parabólico y que, sin duda,  es de lo mejor que leí el pasado año, el Pandorino es “materia gastronómica trasmutada en cosa lírica”.

         Feliz por mi hallazgo, llegué a casa con la alegría de haber comido un Pandorino  e, inocente de mí, se lo ofrecí a  mis hijos que, adolescentes arrebatados por las modernidades de las redes sociales, lo rechazaron. Son paganos, Constantino, que no saben que el mundo sólo se puede interpretar si te has comido alguna vez un Pandorino.

         Constantino, como buen poeta, es también profeta, y en su libro maravilloso Premio cervantes  profetiza sobre el Albacete antes de que le ganara al Madrid. ¿Cómo puede ser esto? Pues porque un poeta es un vate, alguien que recibe de los dioses los sucesos futuros. Y se puede ser poeta en Albacete, en Madrid o en donde Cristo dio la última voz.

         Un día que baje a Madrid me acercaré hasta el Museo Thyssen, lugar de trabajo del poeta, y le daré un abrazo por haberme hecho conocer el mundo a través de un Pandorino y por haber vaticinado que el Albacete tenía sus momentos buenos y malos como toda pareja ya sea de hecho, de deshecho, o tan sólo desechos de pareja. Constantino sabe que practica eso que Leo Spitzer denominó “enumeración caótica”, pero él la usa con la misma tranquilidad que visita una tienda Gucci en la calle Serrano matritense o las uralitas de la Cañada Real; visita el Casa Gala para tomarse un Carlos III o entra en el Carrefour para comprarse un Pandorino.

Espero que el día que nos conozcamos me lleve a ese edificio que es la “proa de Madrid” y que desde la terraza de esa señora que tiene la suerte de habitarlo, nos tomemos unos  Pandorinos con ese  Carlos III que se guarda Salvador, ese nonagenario sabio, dueño de Casa Gala. Puede que sea una mezcla explosiva, pero los anaranjados de la tarde madrileña cobrarán tonalidades insospechadas con tan singular mezcla.

La verdad, Constantino,  el mundo es otro desde que encontré, en el Alimerka, ese bollo con corazón de chocolate que se llama Pandorino y también es otro desde que tengo la suerte de leerte. Como decía mi abuela Patro, que era de  Chamberí: ¡Por muchos años!