Me
gusta mucho Constantino Molina Monteagudo, tanto si escribe poesía como si
escribe prosa. Es alguien que conoce el campo, lo bueno y lo malo, y tiene del
mundo rural la visión justa del que lo conoce por experiencia propia, no del
que habla de oídas y se cree que el campo es un mundo idílico en donde los
agricultores y ganaderos se pasan el día leyendo a Virgilio en sus Geórgicas y
en sus Bucólicas. Pero no es de esto de los que quiero hablaros, sino de otra
cosa más banal, pero de gran interés.
El otro día, entré en el Alimerka y
descubrí un Pandorino. Yo no lo había visto nunca y lo compré inmediatamente.
No resistió mi deseo ni siquiera llegar al coche y, antes de abrir la puerta
del conductor, ya le había quitado el celofán y me lo había llevado a la boca.
Dios mío, ¿será el Pandorino como dice Constantino Molina? ¡Efectivamente! En
ese Pandorino, el chocolate formaba un núcleo dulce casi en el centro.
Efectivamente, como dice el poeta en ese libro maravilloso que es Niño parabólico y que, sin duda, es
de lo mejor que leí el pasado año, el Pandorino es “materia gastronómica trasmutada
en cosa lírica”.
Feliz por mi hallazgo, llegué a casa
con la alegría de haber comido un Pandorino e, inocente de mí, se lo ofrecí a mis hijos que, adolescentes arrebatados por
las modernidades de las redes sociales, lo rechazaron. Son paganos,
Constantino, que no saben que el mundo sólo se puede interpretar si te has
comido alguna vez un Pandorino.
Constantino, como buen poeta, es
también profeta, y en su libro maravilloso Premio
cervantes profetiza sobre el Albacete
antes de que le ganara al Madrid. ¿Cómo puede ser esto? Pues porque un poeta es
un vate, alguien que recibe de los dioses los sucesos futuros. Y se puede ser
poeta en Albacete, en Madrid o en donde Cristo dio la última voz.
Un día que baje a Madrid me acercaré
hasta el Museo Thyssen, lugar de trabajo del poeta, y le daré un abrazo por
haberme hecho conocer el mundo a través de un Pandorino y por haber vaticinado
que el Albacete tenía sus momentos buenos y malos como toda pareja ya sea de
hecho, de deshecho, o tan sólo desechos de pareja. Constantino sabe que
practica eso que Leo Spitzer denominó “enumeración caótica”, pero él la usa con
la misma tranquilidad que visita una tienda Gucci en la calle Serrano
matritense o las uralitas de la Cañada Real; visita el Casa Gala para tomarse
un Carlos III o entra en el Carrefour para comprarse un Pandorino.
Espero
que el día que nos conozcamos me lleve a ese edificio que es la “proa de Madrid”
y que desde la terraza de esa señora que tiene la suerte de habitarlo, nos tomemos
unos Pandorinos con ese Carlos III que se guarda Salvador, ese
nonagenario sabio, dueño de Casa Gala. Puede que sea una mezcla explosiva, pero
los anaranjados de la tarde madrileña cobrarán tonalidades insospechadas con
tan singular mezcla.
La
verdad, Constantino, el mundo es otro
desde que encontré, en el Alimerka, ese bollo con corazón de chocolate que se llama
Pandorino y también es otro desde que tengo la suerte de leerte. Como decía mi
abuela Patro, que era de Chamberí: ¡Por
muchos años!

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