Acabo
de terminar de leer El coronel no tiene quién le escriba de Gabo y,
aunque no me ha causado el impacto de la relectura de Cien años de Soledad,
considero que es una gran novela. A mi modo de ver, la mujer y el coronel son
como un Sancho y un Quijote: ella con los pies en el suelo y él soñador
empedernido con la pensión que no llega y con el galo que les sacará de pobres.
La novela no tiene la magia de la anterior, pero es una gran obra. Como ocurre
en todos los matrimonios, la mujer es la que pone un punto de cordura y de
realidad y el marido, el pobre hombre que vive de sueños. Recuerdo una anécdota
que me contaba Esther, la dueña de la Librería Aurea y que os voy a contar.
Resulta que don José María Blázquez, catedrático de Historia
Antigua en la Complutense, que me dio a mí clase en la carrera (es un decir
porque vino tres días y se marchó a las diversas excavaciones que dirigía
dejándonos con el obesus etruscus como nosotros, jóvenes impertinentes,
“bautizamos” a su sustituto) iba alguna mañana por Áurea y cargaba una bolsa de
libros que le dejaba a Esther. Por la tarde, la “santa” de Blázquez se pasaba
por la librería y reducía aquel pedido a la mínima expresión. El eterno
femenino de Goethe.
Pero vamos a seguir con Gabo y su novela. El pobre coronel,
que no tiene quién le escriba, acaba pronunciando (perdón por la grosería) la
palabra MIERDA. Lo vemos:
-
Dime, qué comemos.
El coronel necesitó sesenta y cinco años de su vida- los
setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto - para llegar a ese instante.
Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:
- -
Mierda
En
ese momento, al pronunciar esa palabra, el viejo coronel había puesto los pies
en el suelo.

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