jueves, 10 de septiembre de 2026

JOSÉ VELARDE, POETA DE CONIL

 


El viajero se ha regresado a Conil de la Frontera y, paseando por sus calles, ve una dedicada a José Velarde. Se le viene a las mientes que Velarde fue un poeta decimonónico con el que Gabriel Celaya se mete en unos versos. Así dice el guipuzcoano:





Recuerdo a Núñez de Arce y a don José Velarde,

tan retóricos, sabios,

tan poéticos, falsos,

cuando vivía Bécquer, tan inteligente,

tan pobre de adornos,

tan directo (…)

            Tampoco es que los versos de don Gabriel sean un prodigio, pero cree el veredero que es el único poeta que menciona a Velarde que ha caído el pobre en tal olvido que podría decir lo que el título de un apartado del programa de Fernando Argenta y Araceli González Campa: “Si lo llego a saber, compone tu padre”.

         El caminante mira en su teléfono para ver la Wikipedia, algo que cuando viajó de Oporto a Soria era impensable, y en ella lee que Velarde, como su padre, fue médico, pero que le tiraba más la literatura que la medicina hasta el punto de que, tras ser médico de la Beneficencia en Sevilla, lo dejó todo y se marchó a Madrid para hacer carrera que, por aquellos años y hasta hace poco, sólo se podía hacer en Madrid dándose a conocer en las tertulias, en el Ateneo y en círculos poéticos. Su idea era dedicarse al periodismo y a la literatura, pero como la cosa parecía que no le marchaba muy bien, su amigo Campoamor, poeta y Gobernador Civil, maridaje no raro en esta época y hasta bien entrado el siglo XX, le concedió una credencial de seis mil reales. Como parecía que no le llegaba al de Conil, ni más ni menos que don Antonio Cánovas le buscó un puestecillo en Hacienda. Cosas de la España pasada, presente y futura.

         Como el trabajo de funcionario no debía ocuparle mucho tiempo, Velarde tenía ratos para la escritura y ratos para las tertulias. Recuerdo que Paco Umbral decía con sorna: “¿Cómo podían escribir los escritores del XIX si se pasaban el día en las tertulias?” Galdós tuvo tiempo para todo: para escribir obras maravillosas, para acudir a las tertulias y para tener sus amoríos entre los que se cuenta a la mismísima doña Emilia Pardo Bazán. ¡Eso es saber aprovechar el tiempo! – se dice el veredero mientras se toma un café en un bar cercano a la Puerta de la Villa. Y el viajero, que sigue en la Wikipedia,  lee con sorpresa que Velarde no era él solo, no, qué va: tenía seis hijos y santa esposa a los que, como no podía alimentar como se merecían, tuvo que pedir socorro a la duquesa de Almodóvar del Río que, a su vez, le recomendó al mismísimo marqués de Comillas. Como se ve, hemos cambiado muy poco.

                            Pero dejemos que hable el poeta y, en este caso, con el poema A orillas del mar del que el viajero nos va a leer las tres primeras estrofas:

Siempre que me hallo en la tierra

hermosa donde nací,

que aún a los moros aterra,

alzada frente a la sierra

del imperio marroquí,

 

me suele el sol encontrar,

cuando declina y desmaya,

absorto viendo llegar

a la arena de la playa

las roncas olas del mar.

 

Yo sigo la blanca estela

de la bien ceñida nave

que, al dar al viento la vela,

sobre las espumas vuela

rozándolas como un ave.

 

         El viajero cree con razón que no es momento de hablar de moros y mucho menos de que la sierra de Conil los asuste no vaya a hacer el diablo que llegue a oídos del rey alauita Mohamed VI y éste amante de las orgías llame a sus dos primos de Zumosol, Trump y Netanyahu, y nos acabemos metiendo en un lío. Otros tiempos eran los de Velarde en los que España era todavía un país y no una “nación de naciones”. No obstante, sigue embelesado con la lectura del poema velardiano que suena un pelín ripioso, pero no todos vamos a ser Quevedo. Así pues, no molestamos al viajero en su lectura de Velarde que se queda muy tranquilo en la playa de Los Bateles. Luego, se levanta y se sube hasta la puerta de la Villa en donde un señor con sombrero vende higos chumbos. Le compra una bolsita de suculentos higos ya pelados y continúa calle arriba.

         De lo que hizo o no hizo, ya trataremos en otra entrada porque a cada día le basta su afán.

No hay comentarios:

Publicar un comentario