Había unos montes
coronados por la niebla que la noche había ido recogiendo de arroyo en arroyo,
de río en río, de playa en playa. Aún dormía el viento en sus cuevas, cuando
las tropas romanas al mando de Décimo Junio Bruto llegaron a la orilla de un
río más pequeño que aquel que habían atravesado más hacia el sur tan sólo unos
días antes. Había entre los soldados un temor reverencial en aquellas tierras
que estaban recorriendo pues estaban llegando a la parte más occidental de la
Península Ibérica, Hispania ya para ellos, que era el final del mundo conocido.
No era raro que de pronto, en mitad de la noche, se escucharan gritos en las
tiendas de los soldados ni que de ellas salieran los recios legionarios con las
caras desencajadas porque habían notado una mano helada que les tocaba en la
oscuridad, un viento frío que recorría su cara o una sombra de hielo que vagaba
por las paredes del tentorium y
pensaban que estos prodigios no eran sino avisos del más allá al que se estaban
aproximando a medida que subían hacia el norte y se acercaban a aquel lugar
espantoso del que algún viajero que había llegado hasta él, , contaba, al
volver a Tarraco, que había llegado
hasta un promontorio desde donde se veía hundirse el sol en el océano con
inefables gemidos y con un denso vapor que brotaba al entrar su fuego en las
aguas frías y agitadas del mar tenebroso. Por tanto, según los soldados,
estaban llegando a un lugar en donde las cosas podrían no ser lo que parecen.
El terror creció cuando, al cabo de tres jornadas, llegaron
a un río del que desconocían su nombre y un centurión, que llevaba ya algún
tiempo por aquellos lares, preguntó a un muchacho que miraba lleno de temor
tantas lorigas, tantos cascos, tantas lanzas, tantas espadas y tantos hombres
que, con las águilas al frente, marchaban por el viejo camino que recorría la
comarca. El centurión, que conocía un poco la lengua de los indígenas, se
acercó al muchacho, le preguntó el nombre del río y cuando éste se lo dijo, se
los trasmitió al soldado que estaba más cerca y éste a su prójimo y así se fue
formando una especie de sordo murmullo que se propagó, como una exhalación, de
una punta a la otra de la formación militar. Por el miedo, por el ruido de la
tropa en marcha o por los relinchos de los caballos, habían oído los primeros,
de boca de los soldados más cercanos al centurión, algo así como Litia, palabra
que, al ir pasando de boca en boca, acabó convertida en Lethes para espanto de la tropa que, formando pequeños corros se
abrazaban llenos de miedo, mientras se decían los unos a los otros:
-
¿Habéis oído? Estamos ante el Leteo, ese
río del que lo poetas dicen que el que lo pasa, cuando llega a la otra orilla,
ya no recuerda nada de su pasado. Sí, compañeros, estamos a las mismísimas
puertas del infierno.
Y, en silencio, temblorosos, mirando las mágicas
aguas del río, los soldados estaban petrificados junto a sus orillas.
Iba
Décimo Junio Bruto al paso en blanco caballo y los soldados, al verlo llegar,
se iban apartando. Cuando llegó a la orilla del río, todos estaban a sus
espaldas inmóviles, esperando por lo que su
jefe iba a hacer. El general romano, quizás maliciándose de que sus
soldados tenían miedo a cruzar por alguna razón de magia, se giró muy
lentamente y, luego, clavando en ellos sus ojos, les dijo:
-
soldados, ¡Compañeros, , romanos todos!
No comprendo vuestro miedo y por qué no queréis cruzar este río cuando hace tan
sólo dos días hemos atravesado el que los nativos llaman Durius que es mucho
más ancho y más profundo que éste y cuyo nombre sirve, entre las tribus celtas
que habitan en sus orillas, para nombrar también a un dios que es su
personificación y al que representan con una red de pescar entre las manos. Sé
que algunos, confundiendo la palabra que ha pronunciado ese muchacho indígena,
decía que, situados como estamos en el confín del mundo, cerca de donde el mar
engulle al sol todas las tardes, alejados de Tarraco y de Corduba en donde algo
de civilización nos hace sentirnos casi en Roma, habéis entendido que su nombre
era Leteo, el mismo que lleva ese río
infernal del que dicen las leyendas de viejas y poetas que quita la memoria a
todo aquel que lo cruza. Quizás lo habéis oído nombrar así y vuestro miedo pero
os digo que ha sido vuestro miedo el que os ha hecho oír una palabra distinta;
es más, os diría que habéis escuchado la el nombre que queríais escuchar. Pero,
camaradas, este río no es el Leteo, es tan sólo un pequeño río en una tierra
salvaje a la que nosotros, romanos, los dioses nos han encargado civilizar.
Nunca Roma, desde que fue Remo trazó el pomoerium,
ha dejado de extenderse, de crecer, de cruzar fronteras, en definitiva, de
hacer de nuestra urbe un orbe. ¿Creéis que nuestros abuelos hubieran pasado de
las siete colinas si hubieran tenido miedo a leyendas y cuentos? No, ellos
siempre fueron más allá de aquellos lugares que los lugareños les decían que
eran los límites del mundo. ¡Camaradas, para un romano no hay límites porque
nuestro corazón no los tiene! Y ahora, para que veáis que no es cierto nada de
lo que os habéis figurado, esperadme.
Picó
Décimo Junio Bruto espuelas a su caballo y, con el estandarte en su mano
derecha fue penetrando en el río ante el asombro de los soldados que lo miraban
desde la orilla. Un terror cerval empezó a recorrer los cuerpos de aquellos
bravos guerreros que habían luchado con celtíberos y lusitanos bajo el sol de
fuego de las tierras de Hispania. En silencio, vieron cómo su general llegaba
hasta la otra orilla. Entonces se produjo el prodigio.
Desenvainando su espada
a la que bañó con su oro el sol de la tarde, Décimo Junio Bruto, fue revisando
las tropas. Luego, con voz recia y viril, fue nombrando uno por uno a los
soldados que miraban asombrados y cuyos nombres se sabía de memoria. Cuando pronunció
el último, un silencio denso, roto tan sólo por el correr de las aguas del río,
se posó en las bocas de todos. Tuvo que ser el más joven quien, con voz alegre,
les dijera a sus camaradas que ese no era el río del olvido y quien, espoleando
su caballo, entrar en el río para reunirse con su general que lo esperaba
sonriente al en la otra orilla. El
joven soldado le hizo el saludo reglamentario a su imperator y ambos vieron
cómo, dando grandes voces, los legionarios empezaban a vadear el río. Se
miraron y una sonrisa iluminó sus caras. El joven soldado de Roma volvió a su
puesto en el agmen y el imperator
siguió sonriendo. Cuando volviera a Roma, añadiría a sus tria nomina un cognomen más, el Galaico, y siempre recordaría
aquella tarde en los confines del mundo en la que la razón se impuso a la
superstición en aquellas tierras mágicas del Finis Terrae.

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