viernes, 11 de septiembre de 2026

LA VIAJERA EGERIA

 


LA VIAJERA EGERIA

Estoy viendo estas montañas nevadas desde mi ventana. Los árboles sin hojas reciben a los pájaros en cuyas ramas se posan. Un viento frío barre el valle y anuncia la nieve, la que tanto me gustaba de joven y que ahora me parece una triste mortaja. Por la tarde, antes de que el sol se oculte tras los montes y el aire se convierta en un helado cristal, me gusta reunirme con mis dominae sorores y recordar con ellas, al amor de una lumbre que arde y que es una lengua del Espíritu Santo alentando nuestros corazones, aquel viaje que hice hasta Tierra Santa. ¡Qué lejana estaba Gallaecia de aquellos parajes apenas sin vegetación! ¡Qué diferentes estos valles ubérrimos en donde está nuestra querida Vallisbona a aquellas pobres tierras en las que tan sólo una pobre higuera se dibuja solitaria en el horizonte!¡Qué feliz hubiera sido in nostro horto sin tener que mendigar nunca la lluvia acompañada por las viejas higueras, frondosas y anchas, que nos regalan  los frutos que guardan en sus entrañas su gotita dulce y cariñosa que alivia los rigores del estío! Mas no puedo ni debo demorarme con las higueras y quiero seguir contándoos, por medio de esta carta, mi viaje a Tierra Santa. Pues me conocéis de muchos años, bien sabéis que siempre he sido muy curiosa y que siempre quise ver con mis propios ojos aquellos Santos Lugares que la Biblia describe. También sabéis que siempre quise  hacer oración en ellos pues me parecía que era la mejor manera que podíamos tener de vivir las Sagradas Escrituras. Hasta me pensaba que, al caer de la tarre, podría ver a Cristo con sus discípulos camino de una aldea, de un pozo o de un huerto con humildes sicómoros. Soñaba – bien lo conocéis- con retirarme, sí, como el propio Cristo, a un lugar desértico y hablar con el Padre mientras la noche cubre aquellos montes resecos. Por eso un día partí de esta tierra y puse rumbo al lejano puerto de Tarraco. ¡Qué largas jornadas entre el frío de los montes y las nieblas del Ebro y qué alegría al ver el Mediterráneo, nuestro mar, abrirse ante mí como un espejo! Ya en el barco que me llevaba a Alejandría, recordé el viaje de Melania, una viuda también hispana como yo, que viajó hasta Jerusalén para fundar un monasterio. También lo había hecho la italiana Paula. Las mujeres, pese a lo que dicen los Santos Padres, estamos tan capacitadas como los hombres para estos larguísimos viajes y no tenemos ninguna razón para tener que permanecer siempre en casa dedicadas a hilar lana o a tejer mientras la tarde es pura brasa en los montes y bajan los rebaños a sus tenadas.

         Cuando llegué a Alejandría, el sol del ocaso se derramaba por la desembocadura del Nilo y un olor dulce y embriagador venía de la ciudad. No quise demorarme en ella pues, aunque lugar de sabiduría, lo era también de pecado y seguí mi viaje a los lugares que tenía en el corazón.

         En mi librito, que voy escribiendo y que remataré en nuestra tierra galaica, aparece el monte Sinaí a donde fui, como siempre, guiada por las escrituras. ¡Qué alegría estar en donde Moisés, tras descalzarse de sus sandalias al entrar en territorio sagrado, recibió del mismo Yahvé las tablas de la ley! ¡Qué alegría visitar en Belén el lugar donde nació Nuestro Señor Jesucristo y llegarme hasta el Calvario en donde fue crucificado! ¡Qué alegría llegarme hasta el Monte Carmelo lleno de pequeñas ermitas en donde ermitaños de luengas barbas dan culto a la Virgen! No me faltaba la mano amiga de algún monje que, en un remoto monasterio, aliviaba mi sed con una manzana que yo me comía a la sombra de los sicómoros que habían plantado antiguos patriarcas para obtener de ellos los remedios a tantas enfermedades.

         Pero no quisiera engañaros y deciros que todo fue fácil. Ni lo fue por los caminos, ni por los bandidos, ni por las montañas. Os confieso que nunca pasé miedo aunque no son caminos fáciles para una mujer sola con sus criados. No, nunca llegué a pasar miedo y eso que, a lo lejos, divisábamos a las tribus del desierto y a que algunos árabes se llegaban hasta nosotros con sus cimitarras en la mano. Como bien sabéis, yo llevaba en mis alforjas un cursus publicus, una especie de salvo conducto que me proporcionaba alojamiento, víveres, carros o escolta militar. ¡Qué generoso  fue el emperador conmigo!

         Lo más difícil de todo mi viaje fue mi cumplir mi deseo de alcanzar la cima del monte Sinaí porque su subida fue terrible y porque no se podía alcanzar en la silla de manos en la que yo viajaba y tuve que bajarme de ella y continuar a pie haciendo zigzags como si estuviéramos haciendo bordaduras en la montaña. Aquellos bordados que hacíamos en la Gallaecia a la sombra de la higuera, sombra en ocasiones siniestra por fría y peligrosa y de la que muchos sabios dicen que no es bueno permanecer mucho tiempo. Nosotras la experimentamos in horto nostro muchas tardes cuando el relente nos hacía levantarnos por una estola. Era entonces cuando las hojas de la higuera se agitaban y algunas de vosotras, dominae meae, repetíais las palabras leídas o escuchadas de ancianos patriarcas: Numquam bona est umbra ficorum. Por eso, nos cambíabamos a la sombra de los carballos bajo la cual hemos pasado ( ¡bien lo recordaréis!) muchas tardes. A lo lejos, veíase el Paraño y unas nubes que acababan de dejar el mar y que se iban metiendo en el valle. Entonces, las ramas del carballo de nuestro vecino Iulianus, que lo había plantado cuando se llegó a Vallisbona desde las tierras que en los años antiguos habitaban los vacceos por encima del camino que lleva hasta el viejo castro celta que corona los montes de nuestros humilde pagos,  temblaban como pequeñas corderas en busca del calor de su madre. ¡Qué hermosos recuerdos me llevé en mi viaje! Pero debo seguir con esta historia mía y contaros el final de mi subida al Sinaí.  Para hacer más breve mi relato, os diré tan sólo que,  al llegar arriba, la hermosura de las vistas alivió mi cansancio y en la cima me quedé varias horas haciendo oración.

                   También recuerdo, dominae sorores, que el obispo de Batana me dijo: “Porque veo, hija mía, que por causa de la religión te has propuesto y conseguido llegar a estas tierras remotas, te mostraremos estos lugares que siempre son agradables de ver a los cristianos”. ¡Qué diferentes sus palabras a las de Gregorio de Nisa que desconfía de las mujeres y que piensa que nos entregamos, sin decoro y sin miramientos, al primer hombre con el que topamos! ¿Cómo se puede pensar así de las mujeres? ¿Hubiera pensado eso mismo Gregorio de su propia madre? ¿Acaso no viajó hasta Jerusalén Flavia Julia Elena, madre de Constantino I, y allí encontró veram crucem Iesu Christi, los restos de los Reyes Magos y los de San Matías? ¿Acaso no tuvo los redaños y el rejo suficiente para mandar derribar e incluso quitar ella misma las piedras de un templo que los paganos habían dedicado a Venus en el Monte Calvario? Por mucho humo que haya, Gregorio, los ojos no tienen por qué llorar si están limpios de pecado. Quizás tus ojos, cuando escribiste esas terribles palabras no estaban limpios. Rezaré por ti y por tus malhadadas palabras.

         Más os contaría, pero el rezo de Completas me hace retirarme a mis aposentos. Ahora repetiré esas hermosas palabras del viejo Simeón:

Nunc dimittis servum tuum, Domine, secundum verbum tuum in pace:

Quia viderunt oculi mei salutare tuum

Quod parasti ante faciem omnium populorum:

Lumen ad revelationem gentium, et gloriam plebis tuae Israel.

         No se lo digáis a nadie, pero hay días en que me tomo una pequeña licencia poética y cambio un poco el texto:

Quia viderunt oculi mei salutare tuum  terram sanctam tuam

         Espero que el Señor, de quien tan cerca de sus lugares natales estuve, no me lo tenga en cuenta y vosotros tampoco los que me leéis.

         Tan sólo soy una mujer muy curiosa que lleva en su corazón la palabra viva de la que brota el agua que salta hasta la vida eterna.

 

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