LA
VIAJERA EGERIA
Estoy
viendo estas montañas nevadas desde mi ventana. Los árboles sin hojas reciben a
los pájaros en cuyas ramas se posan. Un viento frío barre el valle y anuncia la
nieve, la que tanto me gustaba de joven y que ahora me parece una triste
mortaja. Por la tarde, antes de que el sol se oculte tras los montes y el aire
se convierta en un helado cristal, me gusta reunirme con mis dominae sorores y recordar con ellas, al
amor de una lumbre que arde y que es una lengua del Espíritu Santo alentando
nuestros corazones, aquel viaje que hice hasta Tierra Santa. ¡Qué lejana estaba
Gallaecia de aquellos parajes apenas sin vegetación! ¡Qué diferentes estos
valles ubérrimos en donde está nuestra querida Vallisbona a aquellas pobres
tierras en las que tan sólo una pobre higuera se dibuja solitaria en el
horizonte!¡Qué feliz hubiera sido in
nostro horto sin tener que mendigar nunca la lluvia acompañada por las
viejas higueras, frondosas y anchas, que nos regalan los frutos que guardan en sus entrañas su
gotita dulce y cariñosa que alivia los rigores del estío! Mas no puedo ni debo
demorarme con las higueras y quiero seguir contándoos, por medio de esta carta,
mi viaje a Tierra Santa. Pues me conocéis de muchos años, bien sabéis que
siempre he sido muy curiosa y que siempre quise ver con mis propios ojos
aquellos Santos Lugares que la Biblia describe. También sabéis que siempre
quise hacer oración en ellos pues me
parecía que era la mejor manera que podíamos tener de vivir las Sagradas Escrituras.
Hasta me pensaba que, al caer de la tarre, podría ver a Cristo con sus
discípulos camino de una aldea, de un pozo o de un huerto con humildes
sicómoros. Soñaba – bien lo conocéis- con retirarme, sí, como el propio Cristo,
a un lugar desértico y hablar con el Padre mientras la noche cubre aquellos
montes resecos. Por eso un día partí de esta tierra y puse rumbo al lejano
puerto de Tarraco. ¡Qué largas jornadas entre el frío de los montes y las
nieblas del Ebro y qué alegría al ver el Mediterráneo, nuestro mar, abrirse
ante mí como un espejo! Ya en el barco que me llevaba a Alejandría, recordé el
viaje de Melania, una viuda también hispana como yo, que viajó hasta Jerusalén
para fundar un monasterio. También lo había hecho la italiana Paula. Las mujeres,
pese a lo que dicen los Santos Padres, estamos tan capacitadas como los hombres
para estos larguísimos viajes y no tenemos ninguna razón para tener que
permanecer siempre en casa dedicadas a hilar lana o a tejer mientras la tarde
es pura brasa en los montes y bajan los rebaños a sus tenadas.
Cuando llegué a Alejandría, el sol del ocaso se derramaba
por la desembocadura del Nilo y un olor dulce y embriagador venía de la ciudad.
No quise demorarme en ella pues, aunque lugar de sabiduría, lo era también de
pecado y seguí mi viaje a los lugares que tenía en el corazón.
En mi librito, que voy escribiendo y que remataré en nuestra
tierra galaica, aparece el monte Sinaí a donde fui, como siempre, guiada por
las escrituras. ¡Qué alegría estar en donde Moisés, tras descalzarse de sus
sandalias al entrar en territorio sagrado, recibió del mismo Yahvé las tablas
de la ley! ¡Qué alegría visitar en Belén el lugar donde nació Nuestro Señor
Jesucristo y llegarme hasta el Calvario en donde fue crucificado! ¡Qué alegría
llegarme hasta el Monte Carmelo lleno de pequeñas ermitas en donde ermitaños de
luengas barbas dan culto a la Virgen! No me faltaba la mano amiga de algún
monje que, en un remoto monasterio, aliviaba mi sed con una manzana que yo me
comía a la sombra de los sicómoros que habían plantado antiguos patriarcas para
obtener de ellos los remedios a tantas enfermedades.
Pero no quisiera engañaros y deciros que todo fue fácil. Ni
lo fue por los caminos, ni por los bandidos, ni por las montañas. Os confieso
que nunca pasé miedo aunque no son caminos fáciles para una mujer sola con sus
criados. No, nunca llegué a pasar miedo y eso que, a lo lejos, divisábamos a
las tribus del desierto y a que algunos árabes se llegaban hasta nosotros con
sus cimitarras en la mano. Como bien sabéis, yo llevaba en mis alforjas un cursus publicus, una especie de salvo
conducto que me proporcionaba alojamiento, víveres, carros o escolta militar.
¡Qué generoso fue el emperador conmigo!
Lo
más difícil de todo mi viaje fue mi cumplir mi deseo de alcanzar la cima del
monte Sinaí porque su subida fue terrible y porque no se podía alcanzar en la
silla de manos en la que yo viajaba y tuve que bajarme de ella y continuar a
pie haciendo zigzags como si estuviéramos haciendo bordaduras en la montaña.
Aquellos bordados que hacíamos en la Gallaecia a la sombra de la higuera,
sombra en ocasiones siniestra por fría y peligrosa y de la que muchos sabios
dicen que no es bueno permanecer mucho tiempo. Nosotras la experimentamos in horto nostro muchas tardes cuando el
relente nos hacía levantarnos por una estola. Era entonces cuando las hojas de
la higuera se agitaban y algunas de vosotras, dominae meae, repetíais las palabras leídas o escuchadas de
ancianos patriarcas: Numquam bona est
umbra ficorum. Por eso, nos cambíabamos a la sombra de los carballos bajo
la cual hemos pasado ( ¡bien lo recordaréis!) muchas tardes. A lo lejos, veíase
el Paraño y unas nubes que acababan de dejar el mar y que se iban metiendo en
el valle. Entonces, las ramas del carballo de nuestro vecino Iulianus, que lo
había plantado cuando se llegó a Vallisbona desde las tierras que en los años
antiguos habitaban los vacceos por encima del camino que lleva hasta el viejo
castro celta que corona los montes de nuestros humilde pagos, temblaban como pequeñas corderas en busca del
calor de su madre. ¡Qué hermosos recuerdos me llevé en mi viaje! Pero debo
seguir con esta historia mía y contaros el final de mi subida al Sinaí. Para hacer más breve mi relato, os diré tan
sólo que, al llegar arriba, la hermosura
de las vistas alivió mi cansancio y en la cima me quedé varias horas haciendo
oración.
También recuerdo, dominae sorores, que el obispo de Batana me dijo: “Porque veo, hija
mía, que por causa de la religión te has propuesto y conseguido llegar a estas
tierras remotas, te mostraremos estos lugares que siempre son agradables de ver
a los cristianos”. ¡Qué diferentes sus palabras a las de Gregorio de Nisa que
desconfía de las mujeres y que piensa que nos entregamos, sin decoro y sin
miramientos, al primer hombre con el que topamos! ¿Cómo se puede pensar así de
las mujeres? ¿Hubiera pensado eso mismo Gregorio de su propia madre? ¿Acaso no
viajó hasta Jerusalén Flavia Julia Elena, madre de Constantino I, y allí
encontró veram crucem Iesu Christi,
los restos de los Reyes Magos y los de San Matías? ¿Acaso no tuvo los redaños y
el rejo suficiente para mandar derribar e incluso quitar ella misma las piedras
de un templo que los paganos habían dedicado a Venus en el Monte Calvario? Por
mucho humo que haya, Gregorio, los ojos no tienen por qué llorar si están
limpios de pecado. Quizás tus ojos, cuando escribiste esas terribles palabras
no estaban limpios. Rezaré por ti y por tus malhadadas palabras.
Más os contaría, pero el rezo de Completas me hace retirarme
a mis aposentos. Ahora repetiré esas hermosas palabras del viejo Simeón:
Nunc
dimittis servum tuum, Domine, secundum verbum tuum in pace:
Quia
viderunt oculi mei salutare tuum
Quod
parasti ante faciem omnium populorum:
Lumen
ad revelationem gentium, et gloriam plebis tuae Israel.
No se lo digáis a nadie, pero hay días en que me tomo una
pequeña licencia poética y cambio un poco el texto:
Quia
viderunt oculi mei salutare tuum terram
sanctam tuam
Espero que el Señor, de quien tan cerca de sus lugares
natales estuve, no me lo tenga en cuenta y vosotros tampoco los que me leéis.
Tan sólo soy una mujer muy curiosa que lleva en su corazón
la palabra viva de la que brota el agua que salta hasta la vida eterna.

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