viernes, 11 de septiembre de 2026

LA HISTORIA DE MARCO BRUTO

 


BRUTO

                            Μάρκου δὲ Βρούτου πρόγονος ἦν Ἰούνιος Βροῦτος, ὃν ἀνέστησαν ἐν Καπιτωλίῳ χαλκοῦν οἱ πάλαι Ῥωμαῖοι μέσον τῶν βασιλέων ἐσπασμένον ξίφος, ὡς βεβαιότατα καταλύσαντα Ταρκυνίους.

                             El progenitor de Marco Bruto era Junio Bruto, cuya estatua de bronce pusieron los antiguos Romanos en el Capitolio, en medio de las de los reyes, con espada desenvainada, para dar a entender que fue quien tuvo el valor de arrojar de Roma a los Tarquinios.

                                                                       Plutarco – Vidas Paralelas- Bruto

 

Ha llovido toda la noche y el frío en estas tierras del norte de Grecia va llegando con su anuncio de escarcha y de muerte. No nos dejó la lluvia desde que llegamos a Filipos y, aún antes, desde que cruzamos por Sesto y Abido, aquel famoso lugar que cruzaba Leandro lleno de ánimo para ver a su Hero, la lluvia no nos ha abandonado ni una sola jornada. Negras nubes se agolpan en el cielo como un negro presagio de derrota. Hace tres días que Casio se suicidó y tres días que decidí venirme con lo que me quedaba del ejército e intentar resistir. No creo que pueda aguantar mucho a ese ejército victorioso de Marco Antonio, aquel hombre que creímos de nuestra parte, pero que tan sólo estaba de la suya.

         Yo sé que César me estimaba y que respetaba profundamente mis opiniones pese a que mi vida no fue nunca modélica. ¿De qué hombre la vida puede servir de modelo? ¿Acaso no vamos dando bandazos de un lado al otro de nuestro camino movidos por intereses u opiniones equivocadas? Siendo yo aún un jovencito ambicioso, me alié con mi tío Catón y fui su asistente mientras estuvo en Chipre. Es cierto que me enriquecí prestando dinero a altos intereses, pero ¿no se enriqueció Verres también en Sicilia hasta el punto de que las gentes decían que “Verres estuvo en Sicilia hasta que Sicilia estuvo en Verres?” Sí, me enriquecí y me uní a los optimates frente al primer triunvirato, el de Craso, Pompeyo y Julio César. Pompeyo, el Magno, había asesinado a mi padre durante las proscripciones de Sila en el año 77, pero eso no impidió que, cuando estalló la guerra civil entre él y César, me uniera yo a sus tropas y luchara a su lado. No cumplía con la memoria de mi padre, pero cumplía con mi patria. Luché por el Magno hasta el final y, cuando la derrota llegó en Farsalia, escribí a  César para pedirle clemencia. No tenía muchas esperanzas, pero César me perdonó al instante y me hizo gobernador de la Galia cuando él se marchó a África persiguiendo a Catón y a Metelo Escipión. Al año siguiente, me designó para el cargo de pretor. ¿Cómo entonces – me preguntaréis- me uní a la conjura para asesinarlo? Porque yo amaba más a la República que a César y César se estaba convirtiendo en un tirano: se había nombrado dictador perpetuo y ya era un rumor por toda Roma que, más tarde o más temprano, se acabaría coronando rey. Rey, la palabra que un romano odia desde la cuna; rey, como aquel Tarquinio, conocido en la historia como el Soberbio; rey, como los monarcas orientales, como la ramera de Cleopatra con la que había tenido un hijo, Cesarión. Porque vi que la monarquía podía volver a Roma, me uní a mi cuñado y buen amigo Cayo Casio Longino y, junto a otros senadores, decidimos matarlo en los idus de marzo. Lo asesinamos además ante la estatua de Pompeyo en el teatro que lleva su nombre.

         Las masas de plebeyos corrían alegres por Roma porque la República estaba a salvo, nos llamaban los salvadores de la patria romana, nos jaleaban cuando pasábamos, pero llegó el más canalla de los canallas y habló a la multitud. Su verbo ampuloso les iba ganando, sus palabras de miel les iban atrayendo, sus mentiras les acabaron convenciendo y las mismas masas que nos alababan empezaron a  llamarnos traidores, cuando el único traidor había sido Antonio que nos había jurado que seríamos amnistiados si confirmábamos los acta Caesaris, es decir, la legislación y los magistrados nombrados por César. Antonio se quedó con el tesoro de César y, como había querido desde un principio, se apropió del poder. Pero faltaba ese muchachito enclenque y rudo, que gustaba de decir “venemos” y “semos” y “pescao” porque así creía que se ganaba al pueblo. Antonio marchó para la Galia, pero yo me negue a entregarle el poder. El Senado le declaró enemigo público y le encargó su muerte al jovencito enclenque que se decía heredero de César por vínculos familiares. Fue derrotado en la Módena, pero recibió ayuda de otro cesariano, Lépido, y pudo rehacerse. ¡Y tanto que se rehízo! Él y Lépido pactaron con el jovencito tímido e imberbe y formaron el segundo triunvirato. Entraron en Roma e hicieron una proscripción más terrible aún que la de Sila. Todo su esfuerzo fue quitarnos de en medio a nosotros, a los verdaderos salvadores de la patria. En aquella proscripción murieron más de dos mil caballeros y ciento setenta senadores fueron ajusticiados. Cicerón, que había apoyado al jovencito imberbe, fue perseguido, capturado, asesinado y Antonio y su Fulvia le cortaron las manos y la cabeza que fue llevada a los Rostra y expuesta para escarnio público con la lengua travesada por las horquillas de esa zorra. Así le hacía pagar Antonio a tan noble y distinguido ciudadano sus Filípicas.

         Nosotros huimos hacia oriente. Yo me dediqué a recaudar dinero en Atenas para nuestra lucha, que no era sino la lucha por Roma, por la República. El muchacho imberbe y ese canalla se dirigieron contra Casio y contra mí.  El 3 de octubre, ese canalla se enfrentó contra mi cuñado y lo derrotó. Fiel a su carácter falaz, le dijo que yo me había suicidado y el pobre Casio se suicidó. Yo reuní las tropas suyas con las mías y nos retiramos al campamento y hoy, 22 de octubre del año 42, estamos esperando a esos dos impostores que no luchan más que por su ambición.

         Sigue lloviendo en esta noche de octubre en esta lejana tierra de Macedonia. Pronto llegarán las nieves, pero antes habremos derrotado a esos dos canallas. Es posible que mañana nos enfrentemos en batalla y es posible que yo muera. Si eso fuera sí quiero que sepáis que nada tuvo que ver mi madre en la conjura contra César. Cierto es que lo amó y hasta hay deslenguados que dicen que César me apreciaba tanto porque era su hijo. No los creáis.

Ya sé que cuentan que, cuando César cayó acribillado a puñaladas, dijo: Tu quoque, Brute, fili mi o Et tu Brute; es más, otros cuentan que César lo dijo en griego: Καἱ σύ, τέκνον, tú también, hijo . Os lo repito: n o les creáis porque la verdad pura es que se cubrió el rostro con la toga y murió en silencio. Así mantuvo su dignidad.

 Tengo preparada mi espada porque, si esos dos me vencieran, no iba a dejar que mi cuerpo sirviera de befa y escarnio como el de Cicerón y me arrojaré sobre su filo desnudo. Si eso ocurriere, sabed romanos, que nunca nadie amó tanto a Roma y a su república como yo; que antes prefiero la muerte que verla mancillada por arribistas sin escrúpulos; que vivo no me cogerán. Sabed, romanos, que si fracaso, mi cuerpo quedará atravesado por mi espada gritando a los cuatro vientos que nunca, desde Rómulo, hubo un romano que más quisiera a su patria que yo; que más la quisiera libre que yo; que más la amara como República que yo . Os lo dice el hijo de Sulpicia, el sobrino de Catón el Joven, descendiente de aquel vir bonus et dicendi peritus, os lo dice el hombre que defendió la República hasta el último aliento de su vida. Os lo dice Marco Junio Bruto.

 

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