BRUTO
Μάρκου δὲ Βρούτου πρόγονος ἦν Ἰούνιος Βροῦτος, ὃν
ἀνέστησαν ἐν Καπιτωλίῳ χαλκοῦν οἱ πάλαι Ῥωμαῖοι μέσον τῶν βασιλέων ἐσπασμένον
ξίφος, ὡς βεβαιότατα καταλύσαντα Ταρκυνίους.
El progenitor de Marco Bruto era Junio Bruto,
cuya estatua de bronce pusieron los antiguos Romanos en el Capitolio, en medio
de las de los reyes, con espada desenvainada, para dar a entender que fue quien
tuvo el valor de arrojar de Roma a los Tarquinios.
Plutarco – Vidas Paralelas- Bruto
Ha
llovido toda la noche y el frío en estas tierras del norte de Grecia va
llegando con su anuncio de escarcha y de muerte. No nos dejó la lluvia desde
que llegamos a Filipos y, aún antes, desde que cruzamos por Sesto y Abido,
aquel famoso lugar que cruzaba Leandro lleno de ánimo para ver a su Hero, la
lluvia no nos ha abandonado ni una sola jornada. Negras nubes se agolpan en el
cielo como un negro presagio de derrota. Hace tres días que Casio se suicidó y
tres días que decidí venirme con lo que me quedaba del ejército e intentar
resistir. No creo que pueda aguantar mucho a ese ejército victorioso de Marco
Antonio, aquel hombre que creímos de nuestra parte, pero que tan sólo estaba de
la suya.
Yo sé que César me estimaba y que respetaba profundamente
mis opiniones pese a que mi vida no fue nunca modélica. ¿De qué hombre la vida
puede servir de modelo? ¿Acaso no vamos dando bandazos de un lado al otro de
nuestro camino movidos por intereses u opiniones equivocadas? Siendo yo aún un
jovencito ambicioso, me alié con mi tío Catón y fui su asistente mientras
estuvo en Chipre. Es cierto que me enriquecí prestando dinero a altos
intereses, pero ¿no se enriqueció Verres también en Sicilia hasta el punto de
que las gentes decían que “Verres estuvo en Sicilia hasta que Sicilia estuvo en
Verres?” Sí, me enriquecí y me uní a los optimates frente al primer
triunvirato, el de Craso, Pompeyo y Julio César. Pompeyo, el Magno, había
asesinado a mi padre durante las proscripciones de Sila en el año 77, pero eso
no impidió que, cuando estalló la guerra civil entre él y César, me uniera yo a
sus tropas y luchara a su lado. No cumplía con la memoria de mi padre, pero
cumplía con mi patria. Luché por el Magno hasta el final y, cuando la derrota
llegó en Farsalia, escribí a César para
pedirle clemencia. No tenía muchas esperanzas, pero César me perdonó al
instante y me hizo gobernador de la Galia cuando él se marchó a África persiguiendo
a Catón y a Metelo Escipión. Al año siguiente, me designó para el cargo de
pretor. ¿Cómo entonces – me preguntaréis- me uní a la conjura para asesinarlo?
Porque yo amaba más a la República que a César y César se estaba convirtiendo
en un tirano: se había nombrado dictador perpetuo y ya era un rumor por toda
Roma que, más tarde o más temprano, se acabaría coronando rey. Rey, la palabra
que un romano odia desde la cuna; rey, como aquel Tarquinio, conocido en la
historia como el Soberbio; rey, como los monarcas orientales, como la ramera de
Cleopatra con la que había tenido un hijo, Cesarión. Porque vi que la monarquía
podía volver a Roma, me uní a mi cuñado y buen amigo Cayo Casio Longino y,
junto a otros senadores, decidimos matarlo en los idus de marzo. Lo asesinamos
además ante la estatua de Pompeyo en el teatro que lleva su nombre.
Las masas de plebeyos corrían alegres por Roma porque la
República estaba a salvo, nos llamaban los salvadores de la patria romana, nos
jaleaban cuando pasábamos, pero llegó el más canalla de los canallas y habló a
la multitud. Su verbo ampuloso les iba ganando, sus palabras de miel les iban
atrayendo, sus mentiras les acabaron convenciendo y las mismas masas que nos
alababan empezaron a llamarnos
traidores, cuando el único traidor había sido Antonio que nos había jurado que
seríamos amnistiados si confirmábamos los acta
Caesaris, es decir, la legislación y los magistrados nombrados por César.
Antonio se quedó con el tesoro de César y, como había querido desde un
principio, se apropió del poder. Pero faltaba ese muchachito enclenque y rudo,
que gustaba de decir “venemos” y “semos” y “pescao” porque así creía que se
ganaba al pueblo. Antonio marchó para la Galia, pero yo me negue a entregarle
el poder. El Senado le declaró enemigo público y le encargó su muerte al
jovencito enclenque que se decía heredero de César por vínculos familiares. Fue
derrotado en la Módena, pero recibió ayuda de otro cesariano, Lépido, y pudo
rehacerse. ¡Y tanto que se rehízo! Él y Lépido pactaron con el jovencito tímido
e imberbe y formaron el segundo triunvirato. Entraron en Roma e hicieron una
proscripción más terrible aún que la de Sila. Todo su esfuerzo fue quitarnos de
en medio a nosotros, a los verdaderos salvadores de la patria. En aquella
proscripción murieron más de dos mil caballeros y ciento setenta senadores
fueron ajusticiados. Cicerón, que había apoyado al jovencito imberbe, fue
perseguido, capturado, asesinado y Antonio y su Fulvia le cortaron las manos y
la cabeza que fue llevada a los Rostra y expuesta para escarnio público con la
lengua travesada por las horquillas de esa zorra. Así le hacía pagar Antonio a
tan noble y distinguido ciudadano sus Filípicas.
Nosotros huimos hacia oriente. Yo me dediqué a recaudar
dinero en Atenas para nuestra lucha, que no era sino la lucha por Roma, por la
República. El muchacho imberbe y ese canalla se dirigieron contra Casio y
contra mí. El 3 de octubre, ese canalla
se enfrentó contra mi cuñado y lo derrotó. Fiel a su carácter falaz, le dijo
que yo me había suicidado y el pobre Casio se suicidó. Yo reuní las tropas
suyas con las mías y nos retiramos al campamento y hoy, 22 de octubre del año
42, estamos esperando a esos dos impostores que no luchan más que por su
ambición.
Sigue lloviendo en esta noche de octubre en esta lejana
tierra de Macedonia. Pronto llegarán las nieves, pero antes habremos derrotado
a esos dos canallas. Es posible que mañana nos enfrentemos en batalla y es
posible que yo muera. Si eso fuera sí quiero que sepáis que nada tuvo que ver
mi madre en la conjura contra César. Cierto es que lo amó y hasta hay
deslenguados que dicen que César me apreciaba tanto porque era su hijo. No los
creáis.
Ya sé que cuentan que,
cuando César cayó acribillado a puñaladas, dijo: Tu quoque, Brute, fili mi o Et
tu Brute; es más, otros cuentan que César lo dijo en griego: Καἱ σύ, τέκνον, tú también, hijo .
Os lo repito: n o les creáis porque la verdad pura es que se cubrió el rostro
con la toga y murió en silencio. Así mantuvo su dignidad.
Tengo preparada mi espada porque, si esos dos
me vencieran, no iba a dejar que mi cuerpo sirviera de befa y escarnio como el
de Cicerón y me arrojaré sobre su filo desnudo. Si eso ocurriere, sabed
romanos, que nunca nadie amó tanto a Roma y a su república como yo; que antes
prefiero la muerte que verla mancillada por arribistas sin escrúpulos; que vivo
no me cogerán. Sabed, romanos, que si fracaso, mi cuerpo quedará atravesado por
mi espada gritando a los cuatro vientos que nunca, desde Rómulo, hubo un romano
que más quisiera a su patria que yo; que más la quisiera libre que yo; que más
la amara como República que yo . Os lo dice el hijo de Sulpicia, el sobrino de
Catón el Joven, descendiente de aquel vir
bonus et dicendi peritus, os lo dice el hombre que defendió la República
hasta el último aliento de su vida. Os lo dice Marco Junio Bruto.

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