Para disfrutar de un locus amoenus necesitamos:
A) Vivir en un clima
mediterráneo con veranos de chicharras y calorín durante la siesta. No es
propio el locus amoenus de climas fríos o de países nórdicos en donde se
trasladan estos lugares a un confortable salón con una buena estufa para que no
nos pase lo que al pobre Descartes que acabó muriendo de pulmonía por irse a la
corte de Catalina de Suecia.
B) Un árbol de ancha
copa. El árbol por excelencia para el “locus” es la encina ya que lo bucólico
nace en Sicilia y es en Sicilia en donde, como en nuestra España, hay una gran abundancia de encinas.
C) Un río que no debe
ser muy caudaloso y que, con su murmullo del agua, invite a la reflexión y,
tras ella, al descanso.
D) Que sople un viento
fresco para que las ideas no se nos recalienten.
Obviamente, además de estos ingredientes, es necesario que
aparezcan ovejas, pastores y algunas ninfas que, en ocasiones, también pueden
ser diosas como la casta Ártemis, diosa de la caza.
Con esto ya tendríamos un locus amoenus como Dios
manda.
Sin embargo, os tengo que confesar algo que ya dije en una
presentación de mi muy querido libro Claras aguas del Mondego en el Palacio
de los Serrano de Ávila:
-
No busquéis locos amoenos en
nuestros días porque todos ( o casi) han sido ya convenientemente recalificados
y convertidos en suelo urbanizable.
Y,
con esta triste noticia, os dejo en paz
hasta la siguiente entrada en la que quiero hablaros de Virgilio y don Luís de Camões.
En
la siguiente entrada quiero hablaros de
Virgilio y don Luís de Camões.

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