miércoles, 28 de octubre de 2026

DE CÓMO EL VEREDERO SE LLEGÓ HASTA MEDINA DEL CAMPO Y DE LAS COSAS CURIOSAS QUE LE PASARON CON UNOS CHOPITOS Y UNA COCHINITA PIBIL QUE MALA PUÑALADA LE DEN

 


Cuando el viajero se llega hasta Medina del Campo, Medina por antonomasia como la del norte es Rioseco para no confundir al caminante, cruza el puente sobre el Zapardiel al que nunca ha visto con agua, pero que los medinenses, por si las moscas, le han rodeado y guarnecido con un cauce primorosamente labrado porque ya se sabe que estos ríos pequeñitos tienen sus prontos, se salen de madre y dan un disgusto cuando menos te lo esperas. El viajero, que es filólogo clásico de profesión, recuerda a su profesor de la carrera, Eugenio Bustos Gisbert, hijo de Bustos Tovar, y, con su recuerdo, le viene aquellos que le decía en sus clases: estas terminaciones en -iel/-el son evoluciones, influidas por el mozárabe, de la forma latina -elus cuya e breve evoluciona en castellano al diptongo “ie”. Veamos un ejemplo – nos dice el veredero que, como buen profesor, es algo pesado.

         Tienen ustedes, un suponer, la palabra latina, del latín vulgar para ser más exactos,  morcellam que evoluciona de la siguiente manera:

         morcellam> morcella> morciella> morcilla

         Buenos pues en estas tierras de mudejarillos y mozárabes, ese sufijo del diminutivo latino , en lugar de dar la forma -illo/illa (morcilla, sin ir más lejos), acabó evolucionando en la forma -iel/-el. Como lo oyen. Y el veredero pone ejemplos para que se vea que es profesor:

         Cardiel que debería haber dado “cardillo”

         Zapardiel cuyo nombre debería haber sido Zapardillo*

         Carabanchel (Alto y Bajo) cuya forma debería haber sido carabanchillo*

El viajero, tras recordar sus años mozos de la Facultad, entra en un bar de sonada fama en la villa del castillo de la Mota. Va buscando lo que despachaban siempre: cañas frescas de cerveza, chopitos, calamares, bravas y croquetas, pero los tiempos han cambiado y los mejillones llevan salsa thai, abunda el guacamole y la carne enchilada, la panceta es koreana (sic) y hay un mayo chipotle que mala puñalada le den.

         Con esta carta en las manos, el veredero se da cuenta de que aquello ya no es los que era y acaba tomando unas croquetas. Sin embargo, le pregunta al camarero por aquellos chopitos divinos y el camarero, un muchacho joven, le dice que sí, que los tienen, pero que llevan un ali oli de mango. El viajero se pregunta que leches hace el ali oli  con el sacrilegio del mango, pero lo pide. No está mal porque al menos la salsa viene aparte y los chopitos se pueden comer como se han comido toda la vida de Dios. Al pedir la “dolorosa”, el caminante comprueba que también ha pasado el tiempo para la factura y que la de ahora es casi, como decía Andrés Espinosa, gran escritor murciano, “el sueldo de un obrero”.

         Sin embargo sale del bar  alegre y con resolución y se coge el camino de La Seca, de Serrada y de Villanueva de Duero, tierras de buen vino y de buen queso. Eso sí, va rezando a los dioses para que nadie haya tenido la mala idea de echarle guacamole al vino o hacer queso con cochinita pibil. Ut Deus nolit.

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