Era maravillosamente
joven, tan joven que la muerte en él era una intrusa, una huésped impensable, un horizonte lejano, pero el 26
de marzo de 2015, su vida dio un vuelco cuando le diagnosticaron una leucemia
mieloblástica aguda. Hasta ese momento, había sido un joven deportista y ahora,
su sentido atlético se iba a dirigir para ganar la carrera a la muerte. Sin
embargo, en esa carrera, no corría solo: con catorce años, Pablo se había
dirigido a su párroco, don José Solórzano, para pedirle el bautismo y se quedó
en la parroquia en donde ayudaba de monaguillo. Don Pepe se convirtió en un
amigo que le fue preparando para la Comunión y para la Confirmación y ahora, en
este difícil momento, se pusieron a correr con él sus muchos amigos, sus
trescientos mil seguidores en Facebook y twitter para conseguir que la muerte
no le ganara. Sin embargo, la muerte le ganó la carrera y Pablo, el deportista,
moría el pasado sábado 25 de febrero. ¿Pero había ganado la muerte? No, Pablo
lo dejó claro el 25 de enero de este año: “La muerte forma parte de la vida por
lo que no hay que temerla sino amarla”. Con su gesto de “mucha fuerza”
consiguió que las donaciones de médula se dispararan y consiguió que mucha
gente supiera lo que es “morir en cristiano”. Don José, su amigo y su párroco
nos lo dice: “Le había
escuchado a Pablo “dar las gracias a la leucemia. A mí eso me estremece. Da
las gracias a su enfermedad porque gracias a ella él ha descubierto muchas
cosas y las ha integrado en su vida. Es un buen alumno en esto, aprende de la
vida pues hay muchas veces que en la vida nos pasan cosas y no aprendemos. Él
no, él va aprendiendo cada día de lo que le está ocurriendo”. Y él mismo nos lo sigue diciendo: “La vida está llena de sorpresas. La
leucemia me está enseñando más de lo que me ha quitado. Lo que
me hace funcionar cada día es saber que formo parte de la vida. Por eso la
sonrío y la abrazo”. "Ha despertado en mí grandes dosis de solidaridad.
Cada revés, cada retroceso en la enfermedad, me hace más fuerte en lugar de
rendirme”, afirmaba. “Hay
que disfrutar el día a día y cada momento porque es único, cada día es único e
irrepetible”. Cada revés, cada retroceso en la
enfermedad, me hace más fuerte en lugar de rendirme”.
Gracias, pablo, deportista de Cristo que has muerto amando a la muerte y al
dolor algo que tan sólo hacen los locos y los santos. Gracias por tu ejemplo de
reciedumbre en estos tiempos de filosofías blandengues; gracias porque nos has
señalado el camino, porque nos das fuerza cada día con tu gesto. ¡Afortunado
tú, que con tu casa bendita por el dolor, has podido decir como el poeta Pepe
Hierro: “He llegado por el dolor a la alegría”! Sí, Pablo, ya estás en la
alegría, en el gozo que, como dice San Juan, nadie te podrá arrebatar.
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