viernes, 2 de noviembre de 2012


MACTE, MAGISTER, SIC ITUR AD ASTRA

         El maestro Agustín García Calvo falleció ayer en su Zamora natal. No puedo porque es imposible en cuatro líneas glosar su inmensa producción literaria y filológica. Fue uno de los grandes latinistas españoles del siglo XX a la altura de los grandes: Mariner, Bassols de Climent, Ruiz de Elvira o Fontán. Su conocimiento de la métrica latina era fabuloso y yo, como mal alumno, no puedo por menos que recordar aquellas clases en el cuarto piso de la Complutense. Un día, grabé una de aquellas clases para tener la voz de Agustín, esa voz genial que recreaba los metros de griegos y latinos. Como poeta, jamás he comprendido por qué se le negó figurar en cualquier antología en la que se recogiera a los poetas españoles de 1950 en adelante. Los críticos, esos señores que saben tanto de tantas cosas, sabrán por qué y algún día tendrán la valentía de decir por qué actuaron así. Ser libre en un país de esclavos acarrea sus riesgos y Agustín fue un hombre libre que no sirvió al capital que ahora nos oprime con esta crisis inventada por los mercados para poder seguir con un sistema que habría que subvertir desde la raíz a la copa. Los que te conocimos no te olvidamos y guardamos en nuestra memoria y en nuestro corazón tus poemas lírico ferroviarios, tus Canciones y Soliloquios o, por citar alguna obra más entre tu ingente producción, tus traducciones de poesía antigua. Hasta siempre, Agustín. Seguro que andas ahora por tu bosque de Valorio, allá en tu Zamora, escribiendo alguna letra para tus amigos musicales. Que la muerte te haya hecho tan libre como querías tú que fueran los que amaste y te amaron.

VALE, MAGISTER.
DON BENITO PÉREZ GALDÓS
         He terminado de leer el episodio nacional que lleva por título El 19 de marzo y el 2 de mayo y, como todo lo que he leído del escritor canario, me ha parecido una lectura fantástica, para recordar durante muchos años y para seguir en esa empresa ardua que es la lectura de tanta obra del escritor canario. Y con todo, la extensión tan enorme de la obra de don Benito casi podríamos decir que es una bendición porque, por mucho que se lea de él, siempre queda, por suerte, algo nuevo por leer. Me llama la atención que a Francisco Umbral, cuyas páginas también he leído con mucho deleite - salvo cuando se “atranca” con su obsesivo sexo -, diga que “Galdós se repite” y lo acuse de ser un autor poco dado a bellezas prosísticas y de practicar un tipo de escritura, por decirlo de alguna manera, poco sensible. De este episodio nacional os copio algunos pasajes que me han llamado la atención.
         Así describe Galdós el comienzo de la primavera en Aranjuez:
         Dime por convencido y callé. Durante un rato bastante largo no se oyó más que el sordo murmullo de diálogos sostenidos en voz baja, algunos sordos ronquidos, sofocadas toses y a los lejos el canto de las discutidores cantos y el rumor de leves movimientos del aire sacudiendo las ramas  de los olmos, que empezaban a reverdecer. La noche era tranquila, triste, impregnada de ese perfume extraño que exhalan las primeras germinaciones primaverales. El cielo estaba tachonado de estrellas, a cuya pálida se dibujaban los espesos y negros árboles, la silueta cortada del Real Palacio, y más allá la figura de Anteo de mármol, levantado del suelo por Hércules, en el grupo de la fuente monumental que limita el llamado Parterre.
            Unas páginas después, Galdós describe así una parte de la tienda de los Requejo:
         Un mostrador negro y muy semejante a las mesillas en que piden limosna para los ajusticiados los hermanos de la Paz y la Caridad, indicaba que allí estaba el cadalso de la miseria y el altar de la usura.
            Como se puede ver, no faltan los detalles irónicos en Galdós.
         Finalmente y para ya cerrar esta entrada, no puedo dejar de copiar la “idea de España” que pone en boca del sacerdote Don celestino:
 
         ¿Vosotras sabéis lo que es España? Pues es nuestra tierra, nuestros hijos, los sepulcros de nuestros padres, nuestras casas, nuestros reyes, nuestros ejércitos, nuestra riqueza, nuestra historia, nuestra grandeza, nuestro nombre, nuestra religión. Pues todo esto nos lo quieren quitar. ¡Muera Napoleón!
                        Pues ya veis, así de bien escribía el bueno de don Benito. Por cierto, qué lástima que en estos momentos nadie pronuncie unas palabras como las de don Celestino.
Boecillo, a 30 de octubre de 2012

viernes, 26 de octubre de 2012

LA VIEJECITA DE LA BIBLIOTECA
         Hace unos días os hablaba de una viejecita que leía en la biblioteca de Nueva York  a la que Truman Capote tuvo la suerte de conocer y tratar. También os colocaba en mi blog una fotografía. Ahora, vuelvo a poneros la fotografía y os digo algo que muchos ya sabíais: que esa mujer era la gran escritora Willa Cather. Para los que no la conocéis, tan sólo os puedo decir que la leáis, que la disfrutéis y que la gocéis. Tiene mucho escrito y de toda su obra es muy difícil deciros por qué obra empezar. Quizás os recomendaría empezar con Mi Ántonia, la vida de esa emigrante checa en el medio oeste norteamericano. En sus libros hay muchas gentes buenas, sencillas, de esas que te puedes encontrar todos los días al salir de casa. No busquéis grandes héroes. La cantante de ópera que protagoniza otra de sus grandes novelas, El canto de la alondra, llevaba siempre en su corazón, como vara de medir, la torre del agua de su pueblo y con ella medía los edificios de las ciudades que visitaba. Nunca, pese a su éxito, había olvidado quién era y de dónde venía. Hace unos días, he terminado sus cuentos y, entre ellos, me gustaría destacaros uno: El vecino Rosicky. Este relato breve es la vida de un hombre bueno, de un vir bonus quizás no dicendi peritus, pero sí diligendi peritus Para que os hagáis una idea os copio un fragmento de este cuento sensacional:
         Era como si Rosicky tuviera un don especial para amar a la gente, como quien tiene oído para la música o vista para el color. Era algo tranquilo, discreto, algo que simplemente estaba allí.
            Me gustaría tenerlo por vecino, saludarlo, encontrarlo por las calles y, una tarde de otoño,  al cabo de mucho, mucho tiempo, llevarle unas flores a ese cementerio que tanto le gustaba:
         Era un cementerio bonito, pensó Rosicky, cómodo y hogareño; ni apartado ni luctuoso, con una gran extensión a su alrededor. Un hombre podía descansar entre las hierbas altas y ver el arco completo del cielo por encima de su cabeza, oír pasar los carros y, en verano, el traqueteo de la segadora hasta la alambrada. Y estaba tan cerca de casa.
            También me gustaría ver caer la nieve desde la ventana de su casa:
         En fin, era una bonita nevada; un hermoso espectáculo ver la nieve caer tan serena y gratamente sobre el ancho campo abierto. Caía ligera, delicada y misteriosa sobre el sombrero y los hombros, sobre el lomo y las crines de los caballos, y liberaba en el aire una seca y fresca fragancia.
            Cuando uno termina de leer estos cuentos, se siente, como ocurre cuando lees a otro gran maestro, a Chejov, mejor persona. Y tenemos mucha necesidad de buenas personas en este mundo de hoy.
LA ESQUINA ROTA
         Para noviembre, Deo volente, aparecerá mi libro de poemas que lleva por título el de este blog. (O viceversa). Como adelanto, os regalo este poema del libro que ya está en primeras pruebas.

 

Calle arriba venía la luz

buscando la raíz antigua de los siglos;
abajo quedaba el molino,
la dorada aceña de la tarde,
el puente que guarda el aliento helado
de tantos inviernos.

Calle arriba el amor nos buscaba,
nos abría las puertas,
el postigo por donde entraba junio
con su respirar ardiente de amapolas.

 Nosotros recorríamos solitarios
la ciudad que soñaba primaveras en enero
y nuestro amor se acomodaba en las camillas
con el rescoldo infantil de los braseros.

Vimos que en los soportales se encendía una lágrima
para abrir un camino en la niebla
y en la noche una campana solitaria
nos descubrió la sorpresa de una habitación vacía
con el frío acampado en cada esquina,
con el dolor acuchillando los colchones.


miércoles, 24 de octubre de 2012


HISTORIA DE UN OTOÑO

         Hace pocos días, he terminado de releer Historia de un otoño de mi muy admirado José Jiménez Lozano. La leí por primera vez, hace casi diez años, entre Ávila y Medina de Rioseco. Recuerdo que la terminé sentado junto a una fuente que hay en el Arco de San Sebastián de la que fue la ciudad de los almirantes de Castilla. Entonces me gustó mucho y, en la relectura, ese gusto ha aumentado quizás. La resistencia de unas monjas contra el poder absoluto de Luis XIV es el argumento principal de esta novela, pero en ella hay numerosas reflexiones sobre el hombre, sobre el poder y sobre Dios. Don José recrea con su pluma sensible (tengo escrito por ahí que, para mí, lo más perdurable del autor de Langa es su poesía) ese otoño de tonos ocres y cielos cárdenos.  Es una novela para reflexionar, para leer despacio, para disfrutar. Que nadie acostumbrado a literatura de “pilares de la tierra” se acerque a ella porque, posiblemente, la acabe dejando. Sin embargo, el que ama la literatura de calidad, la que nos hace más humanos, ése disfrutará de momentos como este que tengo a bien copiaros en este humilde mi blog:

Llegó a Blois, una tarde de aquel otoño. Una de esas tardes, tristes y dulces, en que la naturaleza entera parece querer provocar nuestra compasión y melancolía. El sol amarillea como una enamorada y el cielo produce unos coloridos cárdenos y verdosos, sobre fondo de oro, que participan del misterio del fuego y de la carne humana. Y, por la noche, la luna, al caer sobre la mesa de trabajo o el cubrecamas, parece implorar un refugio amoroso y caliente.

        

ALBA DE GRORIA

Os copio el conocido discurso de Castelao "Alba de groria". Es de una gran belleza literaria y merce la pena que lo leáis con detenimiento y con mucho cariño a Galicia. Si alguien no lo entiende bien en gallego, puede buscar la versión en castellano en www. galiciaespallada.com

ALFONSO R. CASTELAO

DISCURSO ALBA DE GRORIA



CENTRO GALLEGO DE BUENOS AIRES

Miñas donas e meus señores:

SI NO ABRANTE d-este día poidéramos voar sobor da nosa terra e percorrela en todas direicións, asistiríamos á maravilla d-unha mañán única. Dende as planuras de Lugo, inzadas de bidueiros, té as rías de Pontevedra, oureladas de piñeraes; dende as serras nutricias do Miño o a gorxa montañosa do Sil, até a ponte de Ourense, onde se peitean as augas d-entrambos ríos; ou dende os cabos da costa brava da Cruña, onde o mar tece encaixes de Camariñas, até o curuto do monte de Santa Tegra, que vence coa súa sombra os montes de Portugal, por todas partes xurde unha alborada de groria. O día de festa comenza en Sant-Iago. A torre do reló tanxe o seu grave sino de bronce para anunciar un novo día, e de seguida comeza unha muiñeira de campás, repinicada nas torres do Obradoiro, que se comunica a todol-os campanarios da cibdade. Pero hoxe as campás de Compostela anuncian algo máis que unha festa litúrxica no interior da Catedral, con dinidades mitradas e ornamentos maravillosos, de brocados e ouros, con chirimías e botafumeiro, capaz de dar envexa á mesma Basílica de Roma. Hoxe as campás de Compostela anuncian unha festa étnica, filla, tal vez, d-un culto panteista, anterior ao cristianismo, que ten por altar a terra nai, alzada simbólicamente no Pico Sagro; por cobertura o fanal inmenso do universo; e por lámpara votiva, o sol ardente de xullo, o sol que madura o pan e o viño eucarísticos. Por eso a muiñeira de campás, iniciada en Compostela, vai rolando por toda Galiza, de val en val e de coto en coto, dende os campanarios pimpantes da veiramar até as homildes espadañas da montaña. E o badaleo rítmico das campás -de todal-as campás de Galiza en leda algarabía- semella o troupeleo dos cabalos astrales, que veñen pol-a vouta celeste, turrando co carro de Apolo, que trai luz e calor ao mundo en sombras. Hoxe é o Día de Galiza, e así comenza.

Así dá comenzo a solemnidade d-este día; a Festa maor de Galiza, a Festa de todol-os galegos. Pero ninguén pode sentila, coma nós, os emigrados, porque en tal día coma este revivien as lembranzas acuguladas, e coa moita destancia agrándase o prodixio da patria. Hoxe a nosa imaxinación anda por alá, en festa de saudades, escoitando as cántigas montañesas e mariñeiras que van para Compostela, vendo o noso país embandeirado de azul e branco, con músicas, gaitas, pandeiros, aturuxos e foguetes... E dispóis de evocar o repique matutino das campás -mal ou ben, ao xeito de Otero Pedrayo-, eu podía evocar igoalmente, todol-os lances xubilosos d-este día, hora a hora, minuto a minuto. Pero ¡cómo se tornan tristes as alegrías evocadas lonxe da patria! ¡Cómo doen as ledicias arrincadas do recordo da nosa mocedade! E cómo para min é certo o que dixo o mellor poeta da nosa estirpe:

Sen tí perpétuamente estou pasando
Nas maores alegrías, maor tristeza


Non; é moito mellor evocar algo irreal, algo puramente imaxinario, algo que co seu simbolismo nos deixe ver o pasado para proveito de futuro, como unha boa esperiencia. Podemos imaxinar, por exemplo, unha Santa Compaña de inmortaes galegos, en interminabel procesión. Alí veremos as nobres dinidades e os fortes caraiteres que dou Galiza no decorrer da súa Hestoria. Verémolos camiñar en silenzo, coa faciana en sombras e o mirar caído na terra dos seus pecados ou dos seus amores, agachando ideias tan vellas que hoxe nin tansiquera seríamos capaces de comprender, e sentimentos tan perennes que son os mesmos que agora bulen no noso corazón. Algúns verémolos revestidos con ricos panos e faiscantes armaduras; pero os máis d-eles van descalzos e nús, cos osos prateados pol-o fulgor astral.

Ao frente de todos vai Prisciliano, o heresiarca decapitado, levando a súa propia caveira n-unha arqueta de marfin e afincándose n-un longo caxato, que remata coa fouce dos druidas, a modo de báculo episcopal. Siguen a Prisciliano moitos adeptos, varóns e mulleres. Detrás veñen dous magnates, que cicáis sexan: Teodosio, o grande Emperador de Roma, e San Dámaso, o Sumo Pontífice da cristiandade, seguidos ambos por unha hoste de soldados i ecresiásticos. Ollamos dispóis unha ringleira de mortos escrarecidos, que portan os atributos da súa dinidade ou da súa profesión. Alí distinguimos á virxe Eteria, a escritora pelengrina, con túnica de branco liño e camiñando con arfado compás. Ao hestoriador Paulo Orosio, discípulo de San Agostiño, que marcha pensatibre, c-un rolo de pergameos na man. Ao bispo e cronista dos tempos suevos, a Idacio, que alumea o camiño c-unha lámpara de bronce. A San Pedro de Mezonzo, o autor da Salve Regina Mater -o cántico e oración máis fermosa da Eirexa-, c-unha fragante azucena nos beizos. Ao fundador San Rosendo, que sostén litúrxicamente a custodia do noso escudo tradicional. E moitos, e moitos máis, que é dificultoso recoñecer. Logo vemos ao primeiro Arzobispo de Compostela, o gran Xelmírez, revestido de pontificial, con aurifulxente cortexo de mitrados e coengos. Após do perlado ven Alfonso VII, o Emperador, con cetro na destra, espada na sinistra e coroa de ouro e pedraría nas sens. Siguen ao Emperador: o Conde de Traba, seu aio, e demáis bultos da soberba feudal de Galiza. Ollamos dispóis aos monxes letrados, en longa fileira, con velas acesas e libros abertos. Ven detrás o mestre Mateo, o Santo dos Croques, co Apocalipsis debaixo do brazo, encabezando unha grea de arquiteitos e imaxineiros, que portan as ferramentas das súas artes. De seguida aparece unha moitedume de xograres e trovadores, en mistura de tipos e atavíos. Algúns semellan ter sido monxes; outros calzan esporas de ouro, en sinal de que foron cabaleiros; pero os máis d-eles van esfarrapados, con vellas cítaras, laúdes e zanfoñas ao lombo. Alí recoñecemos a Bernaldo de Bonaval, a Airas Nunes, a Eanes do Cotón, a Pero da Ponte, a Pero Meogo, a Xohán de Guillalde, a Meendiño, a Xohán Airas, a Martín Codax, a Paio Gómez Charino, a Macías, a Padrón, e moitos máis, todos con lume no peito. Non tardan en aparecer as dúas belidas e infortunadas irmáns, Inés e Xohana de Castro, a que reinou en Portugal dispóis de morta e a que foi raiña de Castela n-unha soia noite morna de vran, como dúas rosas de prata as coroas do seu efímero reinado. Veñen de seguida os moitos varóns altaneiros de Galiza, os señores feudales, que non souperon vivir en paz nin consigo mesmos, todos eles montados en bestas negras, dende Andrade, o Bó, seguido por un porco montés -símbolo totémico da súa casa-, até o valente Pedro Madruga, que leva o puñal da traición espetado nas costas. Como grupo singular destácase o Mariscal Pardo de Cela, xunto cos seus compañeiros de martirio inxustamente decapitado, que sosteñen con entrambas mans as propias cabezas, aínda frescas, que deitan sangue e piden xusticia. Tamén ollamos unha boa representación do feudalismo ecresiástico, e n-él distinguimos aos tres Arzobispos Fonseca, pai, fillo e neto, seguidos por unha mula cangada coas obras de Erasmo. E detrás de tanto señorío feudal ven a pé o seu mellor cronista, Vasco da Ponte. De seguida recoñecemos a impoñente tropa dos irmandiños, que arrastran cadéas, con bisarmas e fouces mangadas en paus, levando por abandeirado a Rui Xordo, que sostén en outo un facho de palla acesa e fumeante.

Eiquí comeza a decaer a categoría do fúnebre cortexo, como decae Galiza ao trocarse en povo vencido e subordinado. Pero sigue dando individualidades, como Sarmiento de Gamboa e os Nodales, que camiñan xuntos, portando astrolabios, atlas e cunchas estranas; o filósofo escéptico, Francisco Sánchez, con muceta de Doutor; os Virreis de Nápoles e das Indias, Conde de Lemos e Conde de Monterrei, que serviron lealmente a quen non merecía ser servido por ningún galego; os tres grandes Embaixadores filipescoz, Zuñiga, de Castro e Gondomar, que inútilmente derrocharon talento, sabiduría e artes diplomáticas; os escultores Moure e Ferreiro, xunto cos arquiteitos Andrade e Casas e Nóvoa, que ceibaron de cadeas a nosa orixinalidade oprimida; o P. Sarmiento e o P. Feixóo, que remediaron o retraso cultural de España coa súa poderosa erudición e o seu xenio enciclopédico. Ven axiña Nicomedes Pastor Díaz, coa súa lira de nacra, abrindo a renascencia literaria de Galiza e seguido pol-os poetas Añón, Rosalía, Curros, Pondal, Ferreiro, Lamas, Amado Carballo, Manoel Antonio e tantos outros, todos con estrelas sobor das súas frentes; os hestoriadores Vicetto, Murguía e López Ferreiro, os patriotas Faraldo e Brañas, a pensadora Concepción Arenal, a escritora Pardo Bazán, e por fin o gran Don Ramón, ainda non ben descarnado...

Acabo de citar uns cantos bultos da Santa Compaña de inmortaes galegos, uns cantos nada máis, porque nos dous mil anos da nosa hestoria, os bultos cóntanse por milleiros.

Dí Oliveira Martíns que ha Hestoria non hai máis que mortos e que a crítica hestórica non é un debate, senón unha setencia. Pero todos sabemos que os mortos da Hestoria reviven e mandan sobor dos vivos -moitas veces desgraciadamente-, como todos sabemos que a mellor sentencia é a que se da dispóis d-un debate. Por eso eu gosto de poñer a debate a nosa Hestoria, non a nosa Tradición, porque si ben é certo que se pode compor unha grande Hestoria de Galiza con soio recoller as crónicas dos seus grandes homes, tamén é certo que ningún d-eles, nin todos xuntos, foron capaces de erguer a intransferibel automomía moral de Galiza á categoría de feito indiscutibel e garantizado. Afortunadamente, Galiza conta, para a súa eternidade, con algo máis que unha Hestoria fanada, conta c-unha Tradición de valor imponderabel, que eso é o que importa para gañar o futuro.

Cando a Santa Compaña de inmortaes galegos, que acaba de pasar por diante da nosa imaxinación, se perde espesura d-unha foresta lonxana, con esa mesma imaxinación veremos xurdir do Humos da terra-nai, da terra, da nosa terra, saturada de cinzas humáns, unha infinida moitedume de luciñas e vagalumes, que son os seres innominados que ninguén recorda xa, e que todos xuntos forman o substractum insobornabel da patria galega. Esas ánimas sen nome son as que crearon o idioma que en que eu vos estou falando, a nosa cultura, as nosas artes, os nosos usos e costumes, i en fín, o feito diferencial de Galiza. Elas son as que, en longas centurias de traballo, humanizaron o noso territorio patrio, infundíndolle a todal-as cousas que na paisaxe se amostran o seu propio esprito, co que pode dialogar o noso corazón antigo e panteita. Elas son as que gardan e custodian, no seo da terra-nai, os legados múltiples da nosa tradición, os xerms incorruptibeis, da nosa futura hestoria, as fontes enxebres e purísimas do noso xenio racial. Esa moitedume de luciñas representa o pobo, que nunca nos traicionou, a enerxía coleitiva, que nunca perece, i en fín, a espranza celta, que nunca se cansa. Esa infínda moitedume de luciñas e vagalumes representa o que nós fomos, o que nós somos e o que nós seremos sempre, sempre, sempre.

Velahí o que eu quería dicir n-este Día de Galiza, en loubor da nosa Tradición, por riba da nosa Hestoria, a todo-los galegos que residen n-esta terra que para nós é a segunda patria. E nada máis, amigos e irmáns.

Que a fogueira do esprito siga quentando as vosas vidas e que a fogueira do lume nunca deixe de quentar os vosos fogares.

 

viernes, 19 de octubre de 2012

UN ARTÍCULO QUE WERT NO HA LEÍDO

EL CATALÁN: UN VASO DE AGUA CLARA
Por José María Pemán


      .- Venir a Madrid, de cuando en cuando, es un modo de encontrar los problemas socio-políticos ya planteados ; ya en su período emocional y confuso. Es como llegar a una comedia en el segundo acto : cuando el desenlace se vislumbra cercano, y las fuerzas dramáticas presionan para que ese desenlace sea de este modo o del contrario.
En esta ocasión me encuentro - ¡otra vez !- el problema del idioma catalán revivido con ocasión de la enseñanza en las escuelas. Pienso que el primer problema del catalán como idioma es este de calificarlo como "problema". En este caso, como en otros muchos, el problema es el modo de manipular una cosa que en sí misma no lo es. El catalán, en sí, no es un problema : es una evidencia. Lo que ocurre es que las evidencias cobran fisonomía contorsionada de problema cuando son manejadas por los políticos, ¡que ésos sí son problema !.
Ahora el tema hecha chispas, porque en las Cortes, con ocasión de discutirse la Ley de Enseñanza se ha dicho que se tuviera cuidado con el catalán, que podía ser portador de virus políticos. Es otra vez la suspicacia renacida. Desde el día siguiente de la liberación de Cataluña se vio el camino que iban a emprender algunos, reincidiendo en pasados errores. Estuve en Barcelona en los primeros días. Aparecieron calles y esquinas empapeladas de tiras o rótulos inoficiales con este texto : "No hables catalán, habla la lengua del Imperio". Se iniciaba esa fórmula que había de emplearse en muchas cosas : contestar a los hechos con los vocabularios. A mí me invitaron poco después para ser mantenedor de los " Jos Florals", que iban a reanudar la vieja tradición provenzal. La invitación iba acompañada de unas notas en las que se me adelantaba que no admitirían poemas escritos en catalán. También confidencialmente se me rogaba que no hiciera la exaltación de Joan Boscán, el primer poeta catalán que , a finales del siglo XV, escribió versos en castellano. Contesté excusándome, porque vi claramente que se organizaba un acto "separatista" : que de una raya o frontera tanto puede uno separarse de un lado como de otro ; y por una ley dinámica social el tirón hacia dentro es correlativo e inseparable del empujón hacia fuera.
Estaba claro que algunos estaban dispuestos a reincidir en la viciosa distribución arbitraria de buenos y malos. Por aquellos días en el orden cultural se armó revuelo cuando D’Ors publicó una "lista de las cosas que los griegos no tenían", en la que enumeraba, al lado de las gafas o la bufanda, la confesión vocal. Ahora se redactaba la nueva lista de cosas malas con igual convencionalismo : los partidos, el parlamento, la Prensa... el idioma catalán. Clasificadas así las cosas se les aplicaban soluciones absolutistas : enmendándole la plana a Dios ; que , por ejemplo, prohíbe el adulterio, pero no prohíbe, curándose en salud, que salgan las mujeres a la calle, que las puertas tengan llavines, que los hombres se suban el cuello del abrigo, y otra porción de cosas que indudablemente facilitan la consumación del pecado. Guillotinando el enfermo se cura evidentemente su dolor de cabeza. Prohibiendo aprender a hablar el catalán, es seguro que en catalán no se dirá ninguna cosa desagradable o contraria al pensamiento del que hace la prohibición.
Para darse cuenta de que el catalán es una realidad evidente y biológica, basta observar el actual episodio. Plantean el tema restrictivamente los políticos, y le replican a coro la cultura, la antropología, el romanticismo. Se cita la Pacem in Terris, de Juan XIII, donde dice que hay que "promover el desarrollo humano de las minorías, con medidas eficaces en favor de su lengua, su cultura o sus costumbres". Se citan también parecidas consignas de la UNESCO. Está bien claro que el tema tiene raíces trascendentales muy por encima de la pura política. Es bien claro que si se anuncia un proyecto de ley económico, mercantil, financiero, acuden a opinar ; convocados o espontáneamente, las cámaras profesionales, las empresas, los sindicatos. Pero cuando lo que se plantea, como ahora, es el tema de la lengua catalana, acuden con una ensordecedora espontaneidad los ateneos, los clubs de fútbol, los catedráticos, los teatros de aficionados, las parroquias, los grandes almacenes... Está bien claro : es la "vida" en su totalidad espiritual y física la que se ha sentido convocada.
Todas estas realidades vivas se sienten dolidas al ver que como se propone cachear a los viajeros de las líneas de aviación, previendo la piratería aérea, se propongan algunos cachear al catalán por si lleva por si lleva virus escondidos. No se comprende que estamos ante hechos biológicos que se escapan de las manos. El día en que Menéndez Pelayo fue mantenedor de unos "Jocs Florals", pronunciando en catalán parte de su discurso ; y en que el poeta premiado con la "englatina de oro" era Jacinto Verdaguer, que declamó parte de su "Atlántida" ; desde ese día había un hecho irreversible, que la política no podía desconocer : porque no era de la familia de las leyes o los decretos, sino de la familia de la biología y la física como la montaña de Montserrat, el Llobregat o el Mediterráneo.
Todavía son muchos los que escriben preguntando si el catalán o el gallego son lenguas o dialectos. Creen que ésta es una jerarquía administrativa que se dictamina desde fuera. Se es lengua cuando se tiene alojada en sus palabras una gran literatura. Nadie puede votar a Curros Enríquez, Rosalía de Castro, Verdaguer, Maragall o Sagarra. Hay pueblos bilingües, eso es todo. Son muchos los catalanes que aunque hablen perfectamente el castellano piensan en catalán. No vale dar distinto valor al hecho de pensar en una lengua cuando hay dos, según el enfoque polémico del tema. En Puerto Rico, cada día más, se habla el inglés por personas que piensan en español. Le puede salir el tiro por la culata y herir la Hispanidad al que no valora en el pleito del catalán lo que es la lengua del pensamiento.
Hay que superar esa tendencia muy española a enfocar las cosas en un sentido positivo y resignado, en vez de creador y activo. Es el caso de los beatos y escrupulosos que cuando el Papa decretó el permiso de beber agua, sin límite de tiempo, antes de la Comunión, encaraban el hecho como una condescendencia melancólica a la que había llegado el Papa porque no tenía más remedio. Sin entender que el episodio tenía un valor positivo ; y lo que el Papa hacía era ensanchar las posibilidades de los comulgantes contra las dificultades y limitaciones de la antigua regla del ayuno : que es a lo que el Papa quería poner remedio. Lo que nos asombra no es que lo hiciera así, sino que durante tantos años y siglos se mantuviera esa suspicacia de impureza, frente a una criatura tan limpia y transparente como el agua.
Del mismo modo, el catalán no es un hecho que se "conlleva" o al que se resigna uno. Es un hecho, no pasivo, sino activo, que significa enriquecimiento y aumento para España. Transparente el contenido y el cristalino continente, nada hay en este tema que sea resignación o componenda. Hablar o leer o aprender el catalán es un hecho simplicísimo. Se trata de beber un vaso de agua clara.