lunes, 7 de mayo de 2018

MARTE INVICTO



MARTE  INVICTO

         Apenas era una sombra el caballero que cruzaba embozado la plazuela del Conde de Barajas en una noche de otoño. Allá por el final de la calle de San Justo aún se veía la silueta malva de la Sierra de Guadarrama. El viento se distraía en hacer sonar las ventanas que se habían quedado abiertas, en husmear por los callejones oscuros, en bajar por las chimeneas buscando las cenizas aún ardientes de los hogares. Ese mismo viento agitaba la capa del caballero, le hacía arrimarse a las paredes del convento de San José del que, como en un sueño, escapaban las monótonas letanías de las monjas. Los hachones de las esquinas, agitados por el vendaval, le negaban su luz. La luz que tanto necesitaba en estos momentos de confusión; la luz que buscaba anhelante entre tantas sombras. Sólo su sombra vacilante se reflejaba en las casas cerradas. Había salido del Alcázar sin rumbo fijo y sólo quería pensar, poner orden en su conciencia. Al revolver de una esquina se topó con el olor acre de una taberna Porque los lugares y las ciudades, como los animales, emiten olores. Un rectángulo de luz se proyectaba en la calle y por la puerta entreabierta se oían los cantos desafinados y absurdos de los borrachos.

 Penetró el caballero y se sentó. Al fondo, un grupo brindaba a la salud del rey. ¿Qué sabían ellos del rey? ¿Qué sabían de aquel hombre que le había llevado a esa situación en la que se encontraba? Si tuviera la libertad de aquellos mendigos que pedían vino, más vino, vino para adormecer el dolor, el hambre, la miseria, la inteligencia, la conciencia; para hacer callar al hombre que había en ellos. Más vino para que todo siguiera igual: los nobles en sus palacios, el rey en su Alcázar, los pobres en sus tabernas y él ¿dónde estaba él? ¿no había nacido pueblo y pueblo se había criado? Recordaba las calles de su ciudad en las que se mezclaban el olor de las especias que llegaban a su puerto con el de los naranjos que florecían en primavera. Allí había sido un buen pintor, había pintado para los mejores conventos. ¡Cómo recordaba a aquella chiquilla, casi una niña que le había servido de modelo para la Inmaculada que le habían encargado las Carmelitas Descalzas!  Nadie lo supo nunca pero se enamoró de ella y, cuando dejó aquella ciudad buscando su suerte en la corte, lloró ante aquel cuadro, ante aquella Virgen niña que le miraba con toda la belleza del mundo. Pero qué importaba eso ahora. Él estaba allí, en aquella taberna, bebiendo un vino tan espeso y turbio como su conciencia. ¿Dónde estaban aquellas gentes que poblaban antes sus cuadros? ¿Dónde estaban los mendigos, las viejas friendo huevos, los aguadores. De su paleta ya sólo salían reyes, valiosas rendiciones. Era el pintor de cámara, debía de cumplir con sus obligaciones pero sentía que no estaba con los suyos, que en sus delirios de grandeza – ya se rumoreaba que más tarde o más temprano una cruz roja presidiría su pecho – había olvidado a aquellos seres desgraciados que habían llenado sus cuadros. Hasta había abandonado a aquella niña que guardaba en su ojos azules todo el misterio del amor y de la vida y que quizá ni siquiera estuviera ya en España y hubiera partido, como tantos otros camino de las Indias. ¡Pero qué importaba eso ahora, Dios mío! El rey le había encargado unos cuadros mitológicos para la Torre de la Parada. ¡Cuadros mitológicos en una corte analfabeta en la que el monarca no conocía más diversiones que la caza y las mujeres! Ése que dejaba de noche el Alcázar para irse a los prostíbulos de Madrid le encargaba cuadros mitológicos. ¿Qué hacía la mitología, el mundo hermoso de los griegos, en aquel Madrid embrutecido de hampones y prostitutas, en ese Madrid que el mismo rey recorría por las noches en busca de Marfisa, su ramera favorita, aquella que le proporcionaba el señor Obispo ante la impotencia de la reina? ¿En ese mundo iban a tener cabida sus cuadros? Si hubiera sido en Italia, en aquella Italia que tanto amaba todo hubiera sido distinto. Allí pintó a Vulcano y los Cíclopes y le bastó con salir a la calle y elegir a unos cuantos “ragazzi” para modelos. Aquellos italianos eran como dioses antiguos y conservaban aún la belleza de aquellas fábulas. Pero en aquella taberna de ambiente espeso, de rostros malencarados, de miradas de rencor por la lacería, de cantos obscenos ¿dónde iba a encontrar sus modelos? No, no era capaz de pintar lo que el rey le pedía. Ni podía ni debía. Tendría que dejar Madrid, el Alcázar, su Cruz de Santiago y volver a las tardes doradas y tibias de su Andalucía. ¿Culpable? No. Había tenido ambiciones y era lícito que así hubiera sido. Todo el mundo las tiene. Pero su conciencia estaba limpia, nadie le podía echar en cara que hubiera abandonado a los suyos. ¿No defendió a los barrenderos de palacio frente a aquel italiano fatuo y presuntuoso que les quería tratar como esclavos?

                   El humo de la taberna lo enturbiaba todo. Hasta las conciencias. Bebió un sorbo de aquel vino áspero y gordo que un carromatero había traído desde Toro aquella misma mañana y pensó en el primer cuadro que le encargaba el rey: Marte. Bebió otro sorbo y se dijo que quizás de memoria podría pintarlo recordando aquellos muchachos italianos que recorrían las calles de Roma. Y se adormeció.

                   Fue al despertar cuando lo vio. Frente a él había un hombre sentado, con grandes bigotes, de mirada grave, ensimismado en sus pensamientos, vestido a la usanza de los Tercios de Flandes. En su jubón gastado se acumulaban todos los olores: el sudor caliente de los caballos, el hedor sofocante de mil establos, el frescor de las bodegas en las que el vino aliviaba la garganta seca tras la batalla, las nieblas resinosas de los pinares de Las Landas, el salitre del mar en las playas de Ostende... Sin duda un veterano que volvía a España tras numerosas victorias, tras numerosas rendiciones gloriosas como las que tenía que pintar él por obligación de su rey y señor. Un soldado victorioso, un Marte invicto. Pero entonces ¿por qué su tristeza? Los ojos de aquel Marte  recorrían aquella taberna y veían la España por la que había sacrificado su juventud, una nación empobrecida, desengrada en guerras ajenas a sus intereses, entregada, por asco, por desidia, al vicio, a la corrupción, con un rey al que había que esconder los cuadros de desnudos porque era incapaz de ver en ellos la belleza de los cuerpos y sólo veía el deseo animal de la carne; la España que entregaba el dinero de las Indias a los banqueros mientras el pueblo se embrutecía en las tabernas y se moría de penuria en los campos. A ese reino había dado su juventud. El caballero le miraba; intuía lo que pensaba porque era lo mismo que pensaba él. Ese Marte invicto era su Marte, el Marte que le haría vengarse del rey. Ya no importaba lo que pintara después pues con ese cuadro el pueblo, su pueblo estaría vengado y su Virgen niña y su aguador y su vieja friendo huevos no morirían inultos. Aquel Marte los vengaría, ya los había vengado en su corazón, en el corazón del pintor de cámara del rey de España.

         Se levantó en silencio y se dirigió hacia él:

-         Señor, soy Don Diego de Silva y Velázquez, pintor del rey que Dios guarde. Si vos aceptáis, quisiera retrataros.
-         ¿A mí? Vos, el pintor del rey, ¿queréis retratarme a mí, a un pobre soldado? ¿De qué modelo os puedo servir yo, Don Diego?
-         De Marte, de Marte invicto en esta nación de mendigos, de hampones, de hambrientos.



Aquel hombre sonrió. Miró a Don Diego y éste comprendió que había entendido
su juego. Aquel cuadro iba a ser su venganza, la venganza de ambos, la venganza de aquel pueblo que malvivía en las tabernas.

En la noche de Otoño, mientras el viento se distraía en hacer sonar los postigos de los callejones olvidados, en apagar los hachones de las últimas esquinas de aquel Madrid que dormía para olvidar la pobreza, un Marte invicto cruzaba la plazuela del Conde de Barajas. Su sombra se proyectaba en las paredes del Convento de San José en donde ya ha rato que habían callado las letanías monótonas de las monjas – opio adormecedor según un  estevado escritor- y en cuyos aleros se dormía la luna llena. A su lado un caballero embozado sonreía satisfecho.


EL CRISTO DE VELÁZQUEZ Y JACINTO HERRERO




¡Cuánto le hubiera gustado a mi buen amigo Jacinto Herrero, que me recitaba de memoria El Cristo de Velázquez de don Miguel de Unamuno, esta entradilla de blog! Sí, Jacinto, tras muchos años de parecerme una obra fría, he seguido tus consejos y lo he leído como si tú estuvieras a mi lado en aquella casa de la calle Zamora de Ávila en donde como fondo, se escuchaban los trinos de tus canarios flautas. La he leído con una reverencia religiosa por don Miguel, por el Cristo y por ti, sabiendo que ya no serán posibles esas recitaciones de Unamuno  en el Grande con aquel aire de cuchillo abulense y aquella luz  tan mística.
         En tu honor, te copio un fragmento.
¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?
¿Por qué ese velo de cerrada noche
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno cae sobre tu frente?
Miras dentro de Ti, donde está el reino
de Dios; dentro de Ti, donde alborea
el sol eterno de las almas vivas.
Blanco tu cuerpo está como el espejo
del padre de la luz, del sol vivífico;
blanco tu cuerpo al modo de la luna
que muerta ronda en torno de su madre
nuestra cansada vagabunda tierra;
blanco tu cuerpo está como la hostia
del cielo de la noche soberana,
de ese cielo tan negro como el velo
de tu abundosa cabellera negra
de nazareno.Que eres, Cristo, el único
hombre que sucumbió de pleno grado,
triunfador de la muerte, que a la vida
por Ti quedó encumbrada. Desde entonces
por Ti nos vivifica esa tu muerte,
por Ti la muerte se ha hecho nuestra madre,
por Ti la muerte es el amparo dulce
que azucara amargores de la vida;
por Ti, el Hombre muerto que no muere
blanco cual luna de la noche. Es sueño,
Cristo, la vida y es la muerte vela.
Mientras la tierra sueña solitaria,
vela la blanca luna; vela el Hombre
desde su cruz, mientras los hombres sueñan;
vela el Hombre sin sangre, el Hombre blanco
como la luna de la noche negra;
vela el Hombre que dió toda su sangre
por que las gentes sepan que son hombres.
Tú salvaste a la muerte. Abres tus brazos
a la noche, que es negra y muy hermosa,
porque el sol de la vida la ha mirado
con sus ojos de fuego: que a la noche
morena la hizo el sol y tan hermosa.
Y es hermosa la luna solitaria,
la blanca luna en la estrellada noche
negra cual la abundosa cabellera
negra del nazareno. Blanca luna
como el cuerpo del Hombre en cruz, espejo
del sol de vida, del que nunca muere.


jueves, 26 de abril de 2018

NUNCA SUPISTE QUE TE MIRABA DESDE EL AUTOBÚS



 
No, nunca supiste que aquella noche te miraba desde el autobús. Yo había salido como todas las noches del trabajo, cansado de facturas y pagarés, de letras y de nóminas y me había encaminado hacia la parada del autobús. Al poco tiempo empezó a caer una lluvia fina que luego fue convirtiéndose en goterones que levantaban el polvo reseco que se acumulaba en las calles que no conocían la lluvia desde hacía muchos meses. El autobús tardó demasiado, como siempre, y al final vimos llegar unas luces que se aproximaban entre la lluvia que ya iba llenando los alcorques y haciendo que las alcantarillas emitieran un sonido casi humano, de persona que bebe con ansia tras la sed de muchos días. El autobús iba muy lleno, tan lleno que no quedaba ni un solo asiento vacío y los viajeros que habíamos subido en esa parada no agarramos a la barra como dispuestos a comenzar unas clases de baile. Bien mirado estábamos algo ridículo en esa postura pero teníamos que mantenerla si no queríamos acabar moviéndonos sin control.
El atasco era tremendo. Con la lluvia siempre parece que hay más coches. El autobús iba avanzando a pequeños trechos y el tiempo pasaba tan lento como si de pronto él también se hubiera quedado a contemplar el fenómeno de la lluvia que volvía a la ciudad después de tantos meses. De dónde viene la lluvia, le preguntó un niño a su madre y ella le no le supo responder con precisión

. Le contestó vaguedades, incertidumbres:  que del cielo, que de la condensación de las nubes pero no le dijo la verdad de la lluvia, su único y verdadero origen: que la lluvia viene siempre de la infancia, de aquellas tardes largas en que quizás era febrero y habíamos vuelto del colegio y oíamos cómo la lluvia caía en el patio y le preguntábamos a nuestra madre si se podría quedar nevando y a la mañana siguiente la calle toda estaría blanca como en las postales de navidad. En aquellas noches soñábamos que nevaba y luego, a la mañana siguiente, los almendros de la josa, que son los más madrugadores en florecer, habían florecido para que nuestro deseo se viera satisfecho y, mirando por la ventana, viéramos la nieve posada en las ramas como mariposas de nácar que anunciaban la primavera. Yo no le pude contar a ese niño todo lo que sabía sobre el origen de la lluvia porque se bajó en la siguiente parada y me quedé mirando al hijo y a la madre cruzar la calle y perderse por una de esas callejuelas por las que siempre se pierden los que se bajan de los autobuses. Fue un poco más adelante cuando te vi. Al principio tengo que reconocer que no te conocí que me pareciste rara en medio de aquella lluvia que nos hacía a todos un poco más jóvenes y nos llevaba a tardes de música en nuestras casas oyendo lo último que habíamos comprado en aquel viejo puesto del mercadillo en el que sí que había viejos vinilos de jazz y de clásica. Luego sentí angustia  Te perdías en aquella marea de paraguas que subía y bajaba con los latidos de mi corazón, que rompía contra el malecón de las casas. Te perdías y decidí bajarme de aquella máquina absurda que me llevaba como un náufrago por la ciudad.  A empellones, atropellando a los otros viajeros,  “¡qué bestia! ¿dónde irá con tanta prisa?” decidí  seguirte y  remontar aquella calle que la tarde hacía más oscura, nadar mar adentro en la aventura de no perder tu pelo, ondeante en aquel océano. De pronto dejé de verte. Aquella corriente te había arrastrado y la angustia me dominó. No recuerdo las esquinas que doblé, los portales en los que sospeché que habías entrado, las miradas que confundí con la tuya. Veía a los lejos el neón de las avenidas;  llegaba hasta mí el sonido denso del tráfico que me recordaba al rumor del mar en una ciudad costera. Y entonces te volví a ver al final de la calle, como un velero en la línea del horizonte: alta, el pelo suelto bajo aquella lluvia menuda que todo lo acariciaba. Corrí tras de ti para no volver a perderte. Cruzó una pareja; abrazados se besaban por las calles mojadas. La ciudad parecía sacada del fondo del mar y todos parecíamos seres anfibios a los que de repente nos habían salido aletas. Gracias a ellas ya no te perdería más. Ibas delante de mí con tu pelo mojado por la lluvia y por un instante sentí su olor que me venía por el aire húmedo de la noche. Seguirte era tan fácil como nadar en las aguas del océano para los peces. Por un momento, me pareció que aquella noche todo el mundo seguía a alguien, que por alguna extraña ley nadie podía ir solo por las calles. También los coches, metamorfoseados en extraños submarinos, parecían seguirse, buscarse en las avenidas y en las rotondas.
Me alarmé cuando entraste en la estación. Quizás fueras a coger un tren; quizás  te  marcharías en alguno de esos vagones enloquecidos que pasan de largo al amanecer por estaciones solitarias y te perdería para siempre. Sentada en un banco, un chico y una chica leían juntos una partitura. Quizás fuera la Sonata D.960 de Schubert, aquella que tocábamos en aquel viejo piano de la academia de la calle Malasaña mientras Nati nos corregía la digitación y nos pedía más expresión, que aquella sonata era una oración al piano. Aquella sonata fue como la banda sonora de una juventud hecha de poemas y de música, canciones en la Facultad y de partituras de segunda mano que comprábamos en la Cuesta de Moyano y luego leíamos en los bancos del Retiro hasta que la lluvia o la noche nos decían que ya era tiempo de volver a casa. pero la música que seguía viviendo en nosotros no nos dejaba separar y era como un nexo flexible que nos iba uniendo aunque uno y otro nos alejáramos para ir a nuestras casas. Pensé que era hermoso compartir la vida en el mismo compás, con el mismo ritmo, consiguiendo que los corazones latieran en perfecta armonía. Se oyó el pitido de un tren y el andén se llenó con el olor de tu ausencia. ¿Me condenarías a buscarte por cientos de estaciones, a coger cientos de trenes, a sentarme en cientos de salas de espera sin más compañía que los mendigos y los ancianos que buscan el calor que la vida les ha ido robando? No, estabas en el estanco, comprando tabaco. En mi nerviosismo había olvidado que mucha gente entra a comprar tabaco en el estanco de la estación porque cierra media hora más tarde que los del resto de la ciudad. Así que tan sólo había sido eso: un simple rodeo. Dejé que salieras a la calle y te volví a seguir  Doblaste una esquina y te metiste en un bar. Yo me quedé fuera y te vi llegar hasta la barra y pedir una cerveza. La lluvia resbalaba por mi pelo y, al apoyar la cara en el cristal, las gotas que bajaban por mi nariz formaban pequeños arroyos que trazaban caminos en la luna tomada de vaho que nos separaba. Hubiera querido entrar, saludarte, besarte, decirte que te quería pero temí que todos – y tú la primera – me tomarais por un loco. Desde fuera oía la música que iba sonando en la vieja máquina, una antigualla que el dueño, gran aficionado al jazz, conservaba y en el que sonaban viejos discos de no menos viejas glorias. Hasta mi puesto en la lluvia, en la noche, en el rugir de los motores que como animales solitarios recorrían la avenida,  llegaba la música de Thelonius Monk, de Count Basie o de Oscar Peterson. Mientras tú te tomabas con calma tu cerveza,  el saxo de Charlie Parker pintaba con colores cálidos la sensación de que nunca había querido a nadie como a ti; que en ti se resumía y se compendiaba todo lo que había soñado desde  que en el Instituto empecé a ver a las chicas como algo más que simples compañeras.      Cuando terminaste de tomar la caña, te viniste hacia la puerta y entonces yo me giré para que no me vieras, muerto de vergüenza por el temor de que por un momento hubieras podido sospechar que te perseguía. Saliste a la calle y comenzaste de nuevo con tu marcha bajo la lluvia. Parecía que tú marcabas el compás de las gotas que iban llenando poco a poco los alcorques, que formaban arroyos en los bordillos y que empapaban la tierra del parque. Olía a lluvia y como dijo un poeta, la lluvia siempre viene del país de la infancia. Yo sabía que no podía perder aquella noche para decirte que te quería, que,  aunque estuvieras andando hasta el amanecer, te seguiría para que acabáramos en un país irreal en el que sólo habitan los amantes, una región más allá de las fronteras de la ciudad, allí donde las calles acaban en malecones cuyo mar se había fosilizado en una época remota en la que los hombres tenían todo el tiempo para amarse y la muerte no era más que una palabra sin significado. Tan sólo tenía que continuar siguiéndote, armarme de valor, llegar hasta ti y decirte lo que sentía. Cuando te vi entrar en aquel portal, esperar el ascensor en el descansillo y entrar en él, crucé a la otra acera y vi cómo se encendía una luz en el tercero. Eras tú. Creo que entonces me volví loco porque regresé corriendo, calle arriba, hasta las tiendas del centro. Me había dado cuenta de que aquella noche no podía presentarme ante ti con las manos en los bolsillos; de que aquella noche tenía que ser algo inolvidable para los dos. Pero, torpe de mí, hasta ese momento no me había dado cuenta de que no te iba a regalar nada cuando, al fin,  nos encontráramos   Estaban cerrando y el dependiente ya bajaba el cierre. Le pedí por favor que me abriera, que era muy urgente. Me miró con sorpresa. De haberme dicho algo quizás me hubiera dicho que aquello no era una farmacia de guardia sino una joyería. Me daba igual. Entré con él y, venciendo su desgana, le pedí una sortija. Me las enseñó con la prisa del que ya está deseando marcharse pero no me importó. Nada me importaba aquella noche; sólo tú. Me la envolvió, se la pagué y volví a salir corriendo como loco calle abajo, hasta el portal en donde te habías metido. De camino, compré una botella de champagne; sí, ya sé que no era un Moët Chandom sino uno más bien barato , pero con él íbamos a festejar algo que había cambiado nuestras vidas.   Cuando llegue hasta la puerta del portal, noté que mis piernas habían dejado de reaccionar. Allí estaba yo con una cajita envuelta por un dependiente que se quería marchar a su casa a ver el partido que aquella noche ponían por la tele; allí estaba yo con una botella y el corazón en un puño, escuchando cómo sus latidos hacían eco en la soledad de la calle habitada por la lluvia. No me atrevía a entrar, a buscarte, a llegar a ti. ¿Qué dirías si me vieras? Vi que se encendía la luz de la escalera y me retiré de la puerta. Nadie podía verme allí, como un ladrón, como un perturbado. Salió un matrimonio y se entretuvieron en abrir los paraguas. Yo entonces – no sé cómo pude hacer eso – corrí para que la puerta no se cerrara e introduje mi pie para que hiciera tope. Luego entré y en el portal me fumé un cigarro mientras me sentía como un adolescente en su primera aventura.
Si conservaba el valor, todo iría bien. Subí por la escalera hasta el tercero. Allí estaba más nítido que nunca tu aroma, el olor de tu pelo mojado por el mar o por la lluvia, qué mas daba. No tenía valor para llamar. Había hecho lo más difícil: seguirte por aquel oleaje encrespado, recuperarte cuando te creía perdida, conseguir aquella sortija de manos de aquel Proteo egoísta y ahora no me atrevía a lo más sencillo que tan sólo era  llamar, esperar a que abrieras y entregarte ese paquete diciendo que te quería y bebernos juntos la botella que había comprado en esa tienda del barrio que cierra tarde porque su dueño, un señor mayor, se queda acodado en el mostrador oyendo la radio. Las quise haber comprado en un bar porque así estarían más frescas pero el camarero me dijo de malos modos que si quería champagne que cruzara al bar de alterne del otro lado de la calle. Cuando aquel señor mayor dejó su tertulia radiofónica por venderme la botella, me sentí como en le Chicago de la ley seca y escondí mi mercancía debajo del brazo por temor a que la policía me la requisara.   No me importaba si pensabas que estaba loco.  En aquella noche no me importaba nada y creía que el mundo había dejado de ser patrimonio de los cuerdos. Fui dando pequeños pasos. Cada paso era una victoria que conseguía sobre mí mismo, un pequeño triunfo sobre mi timidez. Veía la puerta, tu puerta, nuestra puerta cada vez más cerca. Ya distinguía las vetas de la madera, los detalles de la cerradura y el ojo  de un cíclope en miniatura que te servía para saber quién estaba al otro lado de tu vida. Veía luz debajo de aquella frontera de madera .
Mi dedo, no sé cómo pasó, se fue acercando al timbre: primero sentí en la yema el plástico redondo del pulsador; luego,  cómo éste dejaba en ella una pequeña marca y, finalmente,  oí el sonido inconfundible que nos informa de la presencia de alguien que desea entrar en una casa. Se me heló el corazón cuando me di cuenta de que todo estaba consumado; de que en breve segundos aparecerías y te vería cara a cara, con tu pelo aún húmedo por la lluvia.
Y así fue. Abriste mientras te secabas con una toalla blanca. Como un filtro mágico el olor de tu pelo me traía el olor del bosque, de aquella playa en la que pasábamos los veranos,  de las tardes de colegio en que el hermano Pedro nos mandaba pintar con las acuarelas y por la ventana grande del aula veíamos llover y parecía que el paisaje era otra acuarela que la tarde iba pintando con esos pinceles que eran los chopos ya vestidos de otoño. Te quedaste sorprendida al verme. Yo también estaba mojado. Tenía en una mano la cajita envuelta en papel de seda azul, con el lazo algo mal puesto - ¡ay las malditas prisas del vendedor y su partido! – y en la otra la botella de champagne. Me había quedado como una estatua a la que unos borrachos, tras una noche de parranda, habían colocado por broma una botella y una caja en las manos. Cuando pude reaccionar, te entregué ambas cosas. Entonces nuestros ojos se cruzaron y por un momento me pareció que no vivías en esa casa sino que habías llegado de aquel país sumergido y que, a lo mejor, te estaban empezando a salir branquias y que las ocultabas con la toalla mientras te secabas el pelo.
Cogiste la caja que yo te ofrecía tímidamente y  le quitaste la botella de las manos a la estatua inmóvil. Me sonreíste mientras me decías con una ternura como sólo poseen las hadas de los cuentos:
-         Vas a coger un resfriado. Anda, pasa. Creía que se te iba a olvidar
 que hoy hace diez años que nos casamos.


LA FRONTERA




         Llevaban años recorriendo los caminos, las veredas y los senderos. Llevaban años expuestos al sol abrasador del verano y al frío hiriente, como un cuchillo, del invierno. Llevaban años queriendo llegar hasta la frontera para poder llegar al país de promisión que se extendía al otro lado. Los más viejos recordaban el día que salieron, el alba apenas apuntando, los corazones latiendo con ese latido alegre que produce la esperanza, los carros cargados con todo lo necesario para el viaje. Aquel día pensaron que el viaje sería corto, que en pocos días llegarían a la frontera y podrían arribar al país de sus sueños. Al comenzar a caminar, los cantos salían alegres de sus gargantas y en todos ellos la esperanza se dejaba ver en el brillo de sus ojos. Los niños cantaban canciones sobre aquel país añorado que les habían enseñado en la escuela; los mayores ya hacían planes sobre su vida "cuando atravesaran la frontera"; los viejos miraban de vez en cuando hacia atrás añorando el país que dejaban, pero, al tiempo, su corazón renacía con la esperanza de una tierra mejor para sus hijos y para sus nietos. Las mujeres, que se habían informado sobre la manera de vestir de la nueva tierra, en la sombra de los carros iban cosiendo ropas nuevas y, por la noche, al amor de las hogueras que encendían donde acampaban, remataban sus vestidos. No existía el presente sino como algo pasajero, como algo de puro trámite que había que cumplir para llegar al destino final.
         A los cuatro días llegaron al primer collado y por un camino sinuoso llegaron hasta el puerto. Algunos, los más entusiastas, pensaban que esa era ya la frontera y, con las fuerzas que dan los comienzos, llegaron hasta arriba corriendo. Pero aquella no era la frontera; y, clavando los ojos en el horizonte, vieron que, ante sus ojos y cubriendo todo el paisaje, se extendían otros muchos collados que tendrían que cruzar para llegar a donde querían. Pero aún las fuerzas eran muchas y la desilusión se curó con unas cuantas botellas de vino y unas cuantas canciones del país que habían dejado atrás. No les cabía duda de que en pocos días llegarían al país de sus sueños.

         Cuando llegó el otoño y ya los chopos del camino se empezaron a vestir de amarillo, hacían parada en las alquerías y los niños les regalaban acerolas. Y el viento del otoño les marcaba el camino que les llevaría hasta la frontera. Ese viento frío que se levantaba por las tardes les estrechaba un poco el corazón y sentía una inquietud en el alma. Presentían la falta de luz del invierno, las noches frías y largas que tendrían que pasar en el camino; la nieve y los hielos que les dificultarían el paso. A lo lejos se veían las rastrojeras ardiendo y, en la noche, aquellos fuegos iluminaban sus corazones que ya sentían esa soledad que alberga el invierno en su corazón.
Por las noches, se tenían que arropar mejor en los carros y en las carretas y por la mañana la lumbre que las mujeres prendían para hacer los desayunos calentaba sus manos. Algunas veces, los valles se llenaban de cendales de niebla y las nubes se agolpaban en las cumbres para decidir en qué territorios, en qué campos descargarían su agua. Era el milagro de las primeras lluvias después del verano; del olor a la tierra que se dejaba germinar por el cielo. Ya en los bosques había un tapiz de hojas secas y los pasos de los hombres, de las caballerías y de los carros lo hacían crujir a su paso.
Llegó el invierno y todavía no habían cruzado la frontera. La nieve llenó los caminos y los carros marchaban con dificultad. El frío les cortaba la cara y las manos, cubiertas con gruesas manoplas de piel, se movían torpes en las labores. Las mujeres apenas salían de los carros y mantenían con ellas a los niños. Por primera vez, sintieron que la frontera estaba lejos y pensaron en racionar los alimentos que habían llevado de su país. Durante el verano y el otoño, los campesinos generosos les ofrecían sus frutos, pero el invierno había dejado tan sólo una vida amortajada bajo una capa de nieve. Los niños no podían comer las zarzamoras de los tapiales ni robar, a escondidas de su padres, las ciruelas de las josas. El largo invierno había venido para quedarse varios meses y las provisiones tenían que llegar para la primavera, cuando el mirlo empezara a cantar.
Una noche, en medio de los más crudo del invierno y cuando ya los alimentos eran tan escasos que apenas les llegaban para todos, vieron venir a un grupo de gente entre la nieve. Al igual que ellos, iban arrebujados en las carros y la delgadez de sus rostros señalaba a las claras que también el hambre estaba haciendo mella en ellos. Cuando se cruzaron, el que parecía el guía tiró de las riendas de su carro para pararse. El que desde el primer había guiado a aquellas gentes en la búsqueda de esa otra vida mejor que había tras la frontera, paró también su carro:
-         ¿A dónde vais? – les dijo el primero.
-         Vamos en busca de la frontera. Nos han dicho que del otro lado hay
una tierra de promisión.
Una carcajada sombría salió de la boca de aquel hombre.
-         ¿De la frontera, dices? Nosotros también salimos un día buscando la
frontera y ya ves cómo volvemos: con frío, sin fuerzas y muertos de hambre. No merece la pena que sigáis adelante. volved a vuestras tierras como volvemos nosotros y dejad en paz la frontera: no es más que una mentira que nos cuentan los ancianos para poder seguir viviendo esta vida tan estúpida.
         El viento se quedó un momento callado. Todo el paisaje, con los árboles helado y los arroyos enmudecidos, se quedó en silencio como si se hubiera revelado un gran secreto, como si la creación entera esperara la respuesta. Todos se miraron unos a otros y las mujeres arrebujaron más a los niños en sus chales. Entonces fue cuando Andrés, el más joven de los emigrados, se llegó corriendo hasta las bridas del carro que abría la marcha y, sentándose en el pescante, gritó a los caballos:
         - ¡Arre! ¡Arre! ¡Arre! Y vosotros ¿por qué os dejáis llevar por su desánimo? Ellos han fracasado; quizás no supieron encontrar el camino, pero nosotros lo encontraremos y llegaremos y guiaremos a estos hermanos perdidos hasta las tierras que nos esperan. ¡Ánimo, compañeros! Un día los hielos serán agua que esponje las glebas de las que saldrán los trigos que saciarán nuestra hambre. Mientras, algún alma caritativa no nos negará un mendrugo pan y media azumbre de vino.
Y, subido en el pescante, los animaba moviendo las manos y los brazos.
Poco a poco, los carros se fueron poniendo en marcha y siguiendo su camino. Al final de la caravana, se colocaron los que ya estaban de regreso, los poseídos por el desánimo a los que las palabras de aquel muchacho había hecho reverdecer su esperanza. 
         Y así, sin nadie que les negara su mendrugo de pan ni su media azumbre de vino, llegó la primavera y cuando el mirlo cantó, ya las tardes se alargaban y el camino se hacía sencillo y fácil. Las noches no albergaban en su seno la tiniebla y el frío del invierno y parecía que pasaban antes, que antes llegaba la luz del alba por los cerros lejanos.
         Un día, llegaron a un río. Era un río ancho y hermoso y formaba meandros. Desde uno de ellos vieron cómo el sol se paraba sobre la corriente y en aquella mañana de primavera pensaron en quedarse para siempre en esa tierra. Los monjes de un monasterio cercano los acogieron y les ofrecieron de comer. Pensaron que no sería difícil conseguir unas tierras y quedarse allí. Aquella curva del río era muy hermosa y las tierras regadas por el río muy fértiles. Quizás esa era su tierra prometida y ya no hacía falta que fueran hasta la frontera. Lo pensaron y decidieron quedarse. Las tiendas dejaron paso a casa de piedra que los hombres construyeron. Allí morarían.
         Pero pasó aquella primavera y llegó el verano. Y, cuando pasó el verano, y los días iban siendo más cortos, los hombres sintieron una extraña sensación en su pecho. Aquella tierra les había dado su fruto: nada le podían reprochar, pero el recuerdo de la frontera  se asentó de nuevo en sus mientes. Primero en los ancianos, cuyos padres ya les habían hablado de ella; luego en los hombres, ya padres de hijos adolescentes; luego, en los muchachos y en los niños en cuya memoria volvía a surgir el recuerdo de la tierra de la que tanto les habían hablado. Y un día abandonaron las casas de piedra y se hicieron de nuevo al camino.

         Pasaron meses y estaciones, años quizás de caminos que serpenteaban por los collados buscando los puertos. Un día, un joven llegó corriendo hasta las tiendas para anunciar que allá en la lejanía había visto un collado diferente. Ondeaban banderas de colores y hombres y mujeres se movían en un mercado multicolor. "Hasta incluso - dijo - he oído la algarabía de su voces". Era, sin duda, la frontera. Arrearon a los caballos y cruzaron veloces el espacio que les separaba de lo que el muchacho había contado. Cuando empezaron a subir el puerto, el último puerto que iban a subir en su vida pues, al cruzarlo, se quedarían en aquellas tierras de promisión, sus corazones golpeaban su pecho con frenesí. Los caballos corrían fustigados por los hombres que iban en los pescantes de los carros.
         Y llegaron arriba. Allí estaban las banderas de colores y la algarabía de gentes. Miraron a un lado y a otro y buscaron los carteles que indicaran que aquello era el final de su camino, pero nada ponía; tan sólo, del otro lado del puerto, el camino que continuaba imperturbable hacia otros collados.  Entonces se miraron unos a otros y con el corazón un poco más encogido siguieron caminando porque sabían que un día no muy lejano, tras llegar a otros collados que los engañarían con sus guirnaldas, tras pasar otros inviernos con hambre y con desesperanza y otros veranos en los que la sed les hiciera recordar la sombra fresca de los abedules y los mansos arroyos, llegarían a aquella tierra que buscaban. Y los cascabeles de los collerones acompañaban sus alegres canciones.