Me
hubiera gustado vivir en ese Oeste del que habla Steinbeck en sus novelas, en
aquella California que quedaba al este de Edén, en aquel valle donde florecían
los naranjos y las uvas de la ira colgaban en los viñedos de Henry Fonda. Y me
hubiera gustado ser este niño al que sus padres regalan un poni rojo y que con
él aprenderá de la vida y de la muerte; y me hubiera gustado tener un abuelo
que hubiera guiado una caravana hasta aquella tierra de promisión donde manaba
leche y miel; y no me hubiera gustado ser ese niño que aprende que, en la vida,
a veces, hay que perder algo querido para poder tener algo nuevo. El poni rojo
está catalogado como una novela para niños, pero yo, que sigo siendo niño, la
he leído con sumo gusto y en mis ratos de soledad, me paseo en sueños por ese
Valla de Salinas, en donde florecían los naranjos, llegaban las caravas del Este y las uvas de la ira llenaban
los cuévanos de Henry Fonda.
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