Cuando
yo era pequeño y todavía no había llegado el cambio climático, al llegar la
noche, venía de las huertas de Laguna de Duero lo que se llamaba “relente”,
palabra que apenas escucho ya teniendo en cuento la zafiedad de vocabulario y
de todo lo demás que “disfrutamos” en esta sociedad posmoderna. Relente viene
del latín “regelare”, helar, y nos llegó por el francés, es decir, que es un
galicismo. Mi tía Carmen Pousa Gulín, natural de Ribadavia y prima de la gran
soprano Ángeles Gulín por parte de madre, siempre les ponía una chaquetita a
mis primos porque decía ella que el relente de Castilla era muy malo. Es
probable que el río Avia o el Arenteiro no tuvieran relente, pero ese es un dato
que tendré que investigar.
Por
aquellos años en que no había “noches tropicales”, la gente salía a las puertas
de sus casas con la “fresca” que no era, como algún indocumentado pueda pensar,
una señora un tanto desvergonzada, sino un vientecillo agradable que soplaba ya
en la tarde noche. El diccionario de la RAE, en otro contexto, también recoge
el de fresco como desvergonzado y el fresco era también el pescado que vendía
el fresquero. No me resisto a contar la anécdota de Julio Camba que, al llegar
a la fonda de un pueblo de Valladolid que recuerdo pero no quiero nombrar por
recato, pidieron “fresco” para cenar y, mientras lo preparaban, se salieron a
la calle para tomar el otro “fresco”. Sin embargo, cuando la posadera les avisó
de que ya tenían el fresco listo, al haber olido el fato que salía de la cocina
al freír el pescado, le dijeron: “Es igual, señora, ya lo estamos tomando aquí
fuera”. Hermosa manera de jugar con los sinónimos por parte del escritor gallego.
Me he ido del tema. Al relente también se le conocía como
biruji, palabra ésta que hace años que no escucho. No era raro escuchar en boca
de alguien: “Me he puesto la chaqueta porque venía un biruji que, sin querer,
te iba dejando helado”. Me gusta esta palabra y animo a que se use sin que a
nadie le dé “cringe” que es como ahora llaman algunos jovencitos con fracaso
escolar a la vergüenza ajena que, en español, siempre se ha llamado alipori,
otra palabra que hace mucho que no escucho.
También, para referirse a la humedad de la noche, se hablaba
del sereno que también era un vigilante nocturno que, por regla general, era
asturiano.
Pero ya no quedan serenos, no viene el biruji, ni nos
reunimos con la fresca ni nos tenemos que poner la chaqueta porque llega el
relente de las huertas de Laguna. El cambio climático nos ha cambiado la vida.
¡Qué le vamos a hacer!
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