Soy
consciente de que os he hablado mucho de Jacqueline de Romilly, pero también lo
soy de que nunca le he dedicado una entrada completa a tan alta dama de la
filología. No ha habido un solo libro de doña Jacqueline que me haya defraudado
ni como filóloga, ni como escritora. Os cuento su vida muy por encima.
Su nombre real era Jacqueline David ( no hace falta que os
diga que el padre era judío) y nació en Chartres, un 26 de marzo de 1913. Poco
conoció a su padre pues murió cuando ella tenía tan sólo un año, pero quedó al
cuidado de su madre, la escritora Jeanne Malvoisin que la llevó a su devoción
por Tucídides del que más tarde sería editora en Belles Letres y
traductora. Jacqueline David se casó en 1943 con Michel Worms de Romilly de quien
tomaría el apellido como era costumbre en las mujeres casadas. El matrimonio
empezó mal pues ella era de padre judío y él, aunque católico, era judío de
familia. Tanto judío no casaban bien con las leyes de Vichy y Jacqueline fue
expulsada de la enseñanza y el matrimonio se tuvo que refugiar en
Aix-en-Provence.
Pasa la guerra y Jacqueline lee su tesis sobre Tucídides en
la Sorbona y, a partir de ahí, una vida en la que se dedicó al estudio de los
clásicos hasta su muerte en el 2010 cuando contaba con 97 años de edad.
Los que la hemos leído mucho la recordamos no sólo como una
gran filóloga (que, sin duda, lo fue), sino también como una buena escritora. Recuerdo
que en el año 2006 publicó un libro maravilloso: Les Roses de la solitude.
En este libro, Romilly nos cuenta cómo era la vida de una señora de noventa y
tres años y, en un rasgo de humor inolvidable, nos pregunta a los lectores que
si merecía la pena o no cambiar las cortinas de su apartamento. Sus libros
sobre Alcibíades, sobre Héctor, sobre Homero o sobre la tragedia griega son
libros de un hermoso francés, culto y preciso. Romilly era una gran lectora de
los clásicos franceses y todos sus libros están trufados de citas de Racine o
Corneille sin olvidar a los grandes del siglo XX como Giraudoux o Cocteau.
Merece la pena su lectura porque, con cada libro, somos más
libres, más humanos, más griegos. Como con Stefan Zweig, guardo su foto como si
fuera alguien de mi familia. Ahora, mientras escribo estas líneas, la veo sonreír
en blanco y negro desde la pared derecha de mi leonera.

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