miércoles, 23 de septiembre de 2026

LAS ALMADRABAS DE CONIL Y ZAHARA

 


Cuando llega el verano abrasador al centro de esta vieja piel de toro, se ven numerosos coches que alegres enfilan el camino del sur para llegarse hasta la costa atlántica de Cádiz por el aquel de refrescarse en las playas de Barbate, Conil o Zahara. Sin embargo, muchos serán de esos viajeros los que desconozcan que, hace quinientos años, también los caminos reales se llenaban de gente que acudían a trabajar a las almadrabas de los pueblos citados cuya concesión tenía el señor duque de Medina Sidonia. Si el grueso de los viajeros actuales lo componen familias, por el contrario, los que acudían a las almadrabas del duque eran la hez de España: pícaros, rapabolsas, bribones, granujas, golfos, tunantes, pillos y un largo etcétera de personajes de los que nos habla Miguel de Cervantes en su novela ejemplar La ilustre fregona, nos habla de un pícaro toledano, una tal Carriazo, que decidió tomar el camino de Cádiz para apuntarse a las Almadrabas.

         Cuando esta gente llegaba a la corta gaditana, se establecián en poblados anejos a las instalaciones pesqueras en los que no había más ley que la de Monipodio y sus secuaces. No faltaban prostíbulos para “consolar” a la flord e la canalla y eran aquellos campamentos un compendio de pecados veniales, capitales y mortales pues , armados como iban, no eran raras las pendencias y, siendo todos de parecido oficio, tampoco eran ajenos los robos. Si esta era la vida, os podéis imaginar que el lenguaje que allí se hablaba no era un ejemplo de “delicatessen” y que la germanía y la blasfemia eran lo más habitual. Por un quítame esas pajas, allí salían a relucir Dios y su santa corte celestial.

         No quiero ponerme pesado con esto, pero, hasta tal punto de envilecimiento llegó la vida en aquellos poblados que los jesuitas de Sevilla mandaban misioneros a las almadrabas para intentar “purificar” un poco el ambiente pútrido que en ellas se respiraba. El mismísimo San Francisco de Borja estuvo de misión en ellas y, según encontramos en la Historia de la Provincia de Andalucía de la Compañía de Jesús que mucho cita el padre Pablo Antón Solé S. I.  del que hemos sacado la información que os cuento, las personas que trabajan en las almadrabas eran de dos tipos:

a)    Los de Poniente: Armadores y dueños de las barcas con su legión de ayudantes.

b)    Los levantiscos: Eran murcianos, valencianos y aragoneses cuya misión era remendar las redes

¡Que trabajo el de aquella gente y  el de aquellos jesuitas sermoneando, confesando, haciendo exposiciones del Santísimo entre aquella “turba de nocturnas aves, gimiendo tristes y volando graves” (don Luis de Góngora dixit)

         Algo consiguieron los padres de la Compañía pues lograron que aquellas gentes recibieran los Sacramentos. Arrepentidos los quiere Dios.

         Pero no penséis que el resto de España era un monasterio en el que la gente orabat et laborabat. Para nada. El padre Santibáñez, en el tomo dedicado a la Historia de la Provincia de Andalucía, nos cuenta una historia que quiero que conozcáis:

         Llevado parece o arrastrado de fuerte inclinación a esta manera de vida tan poco apetecible, frecuentaba entre otros esta estación, no más a ver que a trabajar, como cualquiera de los de la xavega, un hijo de un señor y título de estos reinos.

         Ya veis, el hijo de un noble que se llegaba hasta las jábegas para trabajar en ellas. Os sigo copiando:

         Seguido de los suios por el rastro, le avían buscado por dos veces y vuelto a casa de sus padres. Mas no aprovechando para detenerlo guardas y más guardas sobre estas diligencias; no persuasiones, no castigos, se volvió por la primavera a este puesto y al infame ejercicio de tirar de las redes y sacar a ombros los atunes.

         O sea que el muchacho noble era reincidente. Veamos lo que pasó cuando se quiso confesar:

         Llegando este hijo pródigo a confesar con uno de los padres, no le quiso oír de penitencia, si primero no aseguraba que dejaría ocupación tan ajena de su persona i nobleza, reduciéndose a estar a obediencia y disposición de sus padres.

         Pero ahí aparece el santo padre jesuita Pedro de León que le escucha y el muchacho le dice:

         Padre, qué le va a su compañero en que yo no sea pícaro, que no quiere confesarme? Yo no quiero ser caballero, sino xaveguero. (…) si vuestra reverencia quiere confesarme, en buenora. Y si no, io no devo más que buscar confesor que me absuelva de mis pecados.

         Tras convencer el padre de León al padre del muchacho, le confesó al final el padre jesuita que refiere los siguiente (¡ojo a los que voy a escribir!)

         Dice el padre de León refiriendo este caso que halló una buenísima conciencia debajo de aquella mala ropa. Y que antes por evitar ocasiones i ofensas a Dios, que sobran en los palacios de los príncipes, se retirava este mozo a vida tan encontrada con las obligaciones de su nacimiento.

         ¡Toma ya, Carrasco! El chaval se iba a las almadrabas porque había menos pecado en ellas que en los palacios de los príncipes. El padre de León, al ver que con esta confesión dejaba en evidencia la moral de la nobleza hispana, añade:

         Como no es de espantar que entre tanta rotura de vicios y perdición de costumbres sepa la Divina Providencia asegurar o mejorar las de un joven de tan ilustre prosapia, así no es de aconsejar que a los que quieren aventureros salvarse que se recojan en el iermo de las almadrabas, donde ninguno de estos anacoretas se halla canonizado, siendo el trezno (¿) de estas gentes tan sin Dios, como sin ley y sin rey.

         Vamos que un grano no hace granero ni una golondrina verano por lo que el padre de León se esfuerza en no recomendar el camino de este muchacho pues, si cierto es que el Espíritu sopla donde quiere, mucho arriesgar era el marcharse a una jábega por mor de purificar los pecados.

         En fin, ya lo veis. Los pecados de la nobleza hicieron que este chavalillo se marchara a las almadrabas de Barbate, Conil y Zahara. por lo que se ve, toda España era en el siglo XVII, una jábega de vicio, corrupción y pecado. Vamos, como ahora.

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