miércoles, 30 de julio de 2014

IGNACIO DE LUZÁN




En estos días de verano, tranquilos y apacibles, es el mejor tiempo para leerse esos poetas que no podrías leer a lo largo del año porque nuestra disposición mental, menguada por la “lucha de clases”, no está para muchos trotes. Encontré a Ignacio de Luzán en esa colección de Ediciones Simancas que se llama El Parnasianillo y me adentré, sin dudar, en este poeta del XVIII.  Me han gustado sus poemas mitológicos y os copio este fragmento de su Hero y Leandro para que comprobéis que, quizás, Luzán no es tan sólo un poeta olvidable del neoclasicismo.

Agotadas las fuerzas,
sin aliento, sin tino,
y del farol amado
el claro norte extinto,

viendo por todas partes
presente a los sentidos
de la pálida muerte
el bárbaro cuchillo,

a las ondas se vuelve
trémulo y semivivo,
hallar piedad pensando
donde nunca la ha habido:

Ondas, si darme muerte
es decreto preciso,
no a la ida, a la vuelta
matadme a vuestro arbitrio.


Las crueles ondas niegan
al ruego oídos
y le sepultan dentro
de su profundo abismo.

Entonces, exhalando
el último suspiro,
tres veces a Hero llama
con lamentable grito (…)



HERMOSURA



De nuevo viene mi amigo Carlos Aganzo a mi blog. En esta ocasión es la por la publicación de su nuevo libro Hermosura que recoge poemas de tema sanjuanista, ya sea de manera directa, ya sea de manera tangencial ( que diría un político poético). El libro es bonito porque su San Juan también es mi San Juan y en él he encontrado algunos poemas que son míos siguiendo esa teoría del simpático cartero de Pablo Neruda que decía que los poemas eran de los lectores (y no le faltaba razón, qué caray). Dicho esto,  os dejo con uno de “mis poemas”  que sé que me vais a decir que ya repetí hace algo más de un año, pero es que el poema me encanta y tiene una historia amorosa propia que os contaré en mejor ocasión. Además, éste que os regalo es el original de Carlos y no el megamix que le hice con varios poemas para determinado evento y que fue el que publiqué hace un año más o menos.

Ya no me busques más, amor,

que estoy aquí a tu lado,

que no salí de casa,

que me quedé dormido

en la habitación azul de los deseos

mientras tú me buscabas

más allá del eclipse.

 

Ya no me busques más, no les preguntes

por mí a las criaturas de la calle

y siéntate conmigo

y mírate en mis ojos

y reconócete fe nuevo entre mis brazos,

que a tu lado me quedo,

que en tu alma me instalo y me abandono,

porque yo también, amiga mía,

tengo miedo a la intemperie y necesito

arder de amor, arder en esta casa

hasta que pase el invierno

y sea de nuevo luz en nuestra alcoba.

 

 

 

lunes, 28 de julio de 2014

EL FUEGO DE CADA DÍA




No es menester decir muchas cosas de Octavio Paz, uno de los grandes de la literatura española. Yo he sido tardío en leerlo, pero, al final, gracias a la antología El fuego de cada día , que compré donde mi buen amigo Javier en Olmedo,  he entrado en su obra más de lo que había hecho con libros sueltos. Es difícil su poesía, no nos engañemos, pero uno, trabajándola poco a poco, va encontrando esos diamantes que se encuentran en las minas de carbón. Fijaos, si no, en este pequeño poema, casi un poema chino o un haiku, que nos deja suspendidos de la voz del fresno:

 

PRÓJIMO LEJANO

Anoche un fresno

a punto de decirme

algo - callóse.

 

Tampoco es menester decir  nada más.

¡TRÁEME VINO, NIÑO!


 
 
Anacreonte es un poeta griego que siempre ha dado juego porque hablar de las fiestas y del vino siempre causa alegría; si además le añadimos el tercer componente de su obra, el amor, pues ya tenemos el banquete completo. A la colección de obritas basadas en el poeta de Teos, y que se siguieron publicando incluso en la era cristiana, se la conoce como anacreónticas y son éstas las que hemos leído para refrescar el griego que está algo atrofiado con tantas leyes educativas. No descubrimos el mar Egeo si decimos que su lectura nos resulta un placer muy propio de este verano tórrido; tampoco que Juan Meléndez Valdés, el gran poeta del XVIII, era muy diestro en la composición de las anacreónticas. Como estoy embriagado por el vino de Baco, lo que voy a hacer es copiar una de Meléndez Valdés, aunque sea de modo fragmentario,  y a seguir bebiendo: Tráeme vino, tráeme agua, muchacho, que esta noche combato con Eros…

Salud, riente Aurora,
que entre arreboles vienes
a abrir a un nuevo día
las puertas del oriente,

librando de las sombras
con tu presencia alegre
al mundo, que en sus grillos
la ciega noche tiene;

salud, hija gloriosa
del rubio sol, perenne
venero a los mortales
de alivios y placeres.

(Fragmento de la Oda VIII, “A la aurora”)

DIOS Y LOS MUERTOS






Quizás el nombre de José Luis Hidalgo diga muy poco a los lectores de poesía de ahora mismo si es que todavía queda alguno, pero fue un nombre fundamental en los años cuarenta. Su libro Los muertos aparece en todas las antologías de la poesía de posguerra y siempre se lo cita como un gran libro que revela a un autor que, muerto en plena juventud, podría haber llegado muy, muy lejos. Amigo de José Hierro, santanderino y buen poeta, tuvo la desgracia de contraer una enfermedad pulmonar, incurable entonces, que lo llevó a la tumba lleno de proyectos y, pese al título de su libro, lleno de vida. El libro de Hidalgo te sacude las entretelas del alma y plantea preguntas que surgen en esas noches oscuras por las que todos pasamos.  Cuando define a Dios “sólo como el ansia de quererle”, vemos en Hidalgo ese anhelo de Dios tan propio de esos poetas de los cuarenta y cincuenta. También Blas de Otero buscaba a ese Dios que le sajaba los ojos vivos. Ya no hay Dios en la poesía porque a Dios, como dice Jiménez Lozano, se lo han llevado a una residencia de ancianos. Eso sí, todavía algunos lo vamos a visitar alguna tarde.

LA SORPRESA DEL VERANO






Este libro del que os hablo en esta entrada ha sido la sorpresa veraniega que me aguardaba en Sandoval. Lo tenía Miguel en esos montones que apila en la mesa de su librería y mi vista se fue sin querer hacia él. Su título, La utilidad de lo inútil, me llamó poderosamente la atención y también el que los de Acantilado señalaran en un margen que ya iba por la quinta edición. Pese a que mi lista de lecturas es como la lista de espera del SACyL, Nuccio Ordine, que así se llama su autor, se coló e introdujo su libro en los libros legendi en julio. No me he arrepentido de haberle hecho una plaza porque su lectura, amenísima, trata un tema que nos apasiona a los que trabajamos con lo inútil: cómo lo inútil tienen que ser útil en una sociedad libre y en la que lo humano tenga preferencia sobre lo material.  Os lo recomiendo como libro para todo el año al que, por desgracia, tendremos que acudir para defender nuestros saberes inútiles. Debería de ser lectura obligada para politiquillos de escasa cultura, pero de mano larga y para todo aquel que maneja la res publica. Y es que, como dice el sempiterno Savater en la portada, “ese afán de saber y de indagar sin objetivo inmediato práctico en el que tradicionalmente se ha basado la dignitas hominis”.

 

viernes, 25 de julio de 2014

CARTA A MI AMIGO SENÉN



De mi amigo Senén he escrito muchas veces, pero le debía una página entera de mi blog. Cuando alguien ha conocido aquella librería que hace esquina en el Grande de Ávila y cuando alguien lo trató, no lo ha podido  olvidar. Era el invierno crudo abulense y en aquella esquina las luces de la librería eran un faro de lletraferits en donde nos reuníamos para hablar con él que, además de librero era, como pasaba antes con estos profesionales, lector impenitente. ¡Cuántos libros desmenuzados en aquella pequeña tienda! Libros de historia, música de jazz, clásica, los escritos de Fernando Aramburu que, a mí, ya lo sabes amigo Senén, nunca me gustaron. Te tenías que haber quedado unos años más, Senén, para haber seguido ilustrándonos con tus lecturas y con tus colaboraciones en la SER. Yo ahora ya no vivo en Ávila, pero cuando regreso siempre más tarde de lo que hubiera querido, sigo visitando tu tienda en la que sigue Sonsoles, tu viuda, y tu hijo. Hablamos un rato de ti y yo me vuelvo para el tren que me traerá a Valladolid, a mi Duero. Tú te quedas allá en tu Adaja, pero, recuerda que pese al dicho de que el Adaja ataja, se acaba encontrado en Villanueva con mi Duero. Un abrazo en tu universo de libros que también es el mío. Un abrazo desde nuestra única patria.