jueves, 26 de abril de 2018

ANNA AJMÁTOVA




Anna Ajmátova es una poeta que sufrió el dolor de la Rusia de Stalin. Esperando en la cola de la Carcel de las Cruces, en San Petersburgo, una mujer que también iba a ver a su hijo preso, le dijo que su ella, que era poeta, podría escribir sobre lo que estaban pasando aquellas pobres mujeres. Y Ajmátova se puso a la labor. Sus versos reflejan el miedo, la angustia, la injusticia de la URSS bajo la dictadura de Stalin. Grandísima poeta, Ajmátova ha quedado como una de las grandes voces de la poesía en ruso y, junto con Shostakovich y otros, como testigo de la barbarie de Stalin. Su poesía es poesía de tiempos duros, de tiempos en que el hombre apenas tiene valor, en que no hay ciudadanos, sino súbditos de alguien que hizo bueno a los zares.
Os dejo un poema. El curioso lector reconocerá a María Teresa León como santa esposa de Rafael Alberti.
Cuando la luna es de melón...

Cuando la luna es de melón una tajada en la ventana
Y en redor es la calina cerrada la puerta y la casa encantada
Por las azules ramas de glicinas y en la fuente de arcilla hay agua fría
Y la nieve del paño y arde una bujía de cera
Tal que en la niñez, mariposas zumban
La calma, que no oye mi palabra, retumba
Entonces de lo negro de rincones rembrandtianos algo se ovilla de pronto
Y se esconde allí a mano, pero no me estremezco, ni me asusto siquiera...
La soledad en sus redes me hizo prisionera
El gato negro el alma me mira, como ojos centenarios
Y en el espejo mi doble es tal vez mi contrario.
Voy a dormir dulcemente, buenas noches, noche.

Versión de María Teresa León




DIOSES, TUMBAS Y SABIOS


He tenido la suerte de leer este libro del que llevaban oyendo hablar muchos años, pero al que no había hincado el diente hasta ahora. Lo tenía arrinconado en ese marasmo de libros que es una de las habitaciones de mi casa y, un buen día, lo cogí para empezar a leerlo. Y me ha encantado porque, gracias a Ceram, he estado con Evans en Minos, con Venont y Champollion en Egipto,  con Botta, con Layard y con Grotefend en Mesopotamia y, para colmo, hasta he tenido la suerte de descender con Thompson a la fuente sagrada de la ciudad maya de Chichén Itza. Si hubiera leído este libro hace unos años, en lugar de sestar dando clases, estaría en algún lugar remoto excavando alguna civilización perdida al mejor estilo Indiana Jones. Sin embargo, los años no pasan en balde y ya no me siento con fuerzas para imitar a Harrison Ford. Pero al menos, in maturitatis aetate, he viajado gracias a Ceram por toda la historia de la arqueología. Un libro que se ha quedado grabado en mi corazón.




lunes, 16 de abril de 2018

LOS MEMBRILLOS




Este cuento lo he tenido siempre en la memoria. Es un homenaje a mi abuelo Julio, que siempre iba en su bicicleta a las tierras de El Pico del Águila, un pago lagunero en el camino de Puenteduero. Es un cuento cargado de esperanza porque quizás la muerte, la muerte tan temida, no sea más que eso: cruzar la acequia y encontrarnos con aquellos que han sido nuestra vida. ¡Que os guste! Sé que es impublicable, pero me gusta a mí que soy su autor.,

LOS MEMBRILLOS

         Salió como siempre aquella mañana por el caminillo que bordeaba la acequia. Los chopos que la custodiaban ya llevaban más de un mes amarilleando y ahora habían  llegado a su máxima belleza. Dentro de poco el viento del norte y el ábrego los desnudarían y serían como viejos pinceles que habían perdido sus cerdas. Iba como siempre en su bicicleta, con una caja  para poder recoger la fruta. A lo lejos el pueblo aún se cubría con la niebla como un niño perezoso que se hacía el remolón para levantarse. Pedaleaba con fuerza, casi con brío pese a sus muchos años. Conocía aquel camino desde siempre; lo había recorrido de niño cuando llevaba la comida a su padre en un hatillo; de joven, para bañarse en los almorrones y de paso espiar a las chicas que hacían lo propio en otros almorrones más alejados. Por aquel camino paseó cuando murió su madre y no quiso que en el pueblo le vieran llorar, que decían que no era de hombres. Ya de mayor había recorrido ese mismo camino para ir a las tierras, para ir al duro trabajo que le esperaba entre los surcos. Y ahora, en esa mañana de noviembre, pedaleaba alegre mientras el sol iba haciendo jirones la niebla. Hacía frío. Tenía la cara helada. Las manos, agarradas al manillar, apenas las sentía y el viento se colaba por toda su ropa. El pueblo seguía firme en su resolución de no levantarse, de quedarse más tiempo remoloneando en su embozo de niebla.
         Cuando llegó al pago que llamaban el Pico del Águila, dejó la acequia y torció por un sendero a la derecha. Vio en seguida la casilla que le había servido, en los años de dura brega,  para guardar los aperos y para refugiarse cuando venía algún nublado y siguió hasta ella. Se bajó de la bicicleta y la dejó apoyada junto a la pared de adobe que él mismo hacía ya muchos años había enjalbegado. Luego miró a la ringlera de membrillos que servían de linde a la tierra. Los había plantado también él cuando la compró. ¡Bien se acordaba de cómo plantó membrillos, higueras y manzanos para que dieran fruta! De eso habían pasado, más o menos, cuarenta años. Los chicos eran pequeños y le habían ayudado a plantarlos; ahora, cada uno tenía su vida y le venían a visitar cuando podían, ocupados con sus familias y con sus trabajos. La vida era así: de nueve que habían sido en casa ya sólo quedaba él y, a veces, el silencio espeso de las habitaciones parecía que no le dejaba andar por ellas; parecía que  aquella masa viscosa compuesta de frío, oscuridad y ausencia de sonidos había tomado la casa en la que nunca habían faltado las voces de los hijos, las órdenes dulces de la madre y las bromas y los cantes del padre.   Pensando en estas cosas se encaminó hacia los árboles con un saco pequeño. Vio que tan sólo con los que de maduros habían caído de las ramas podía llenar el saco. Con algunos años menos hubiera podido subirse a las ramas y haber cogido muchos más; había para llenar cinco o seis sacos. Pero con esos que iba recogiendo le bastaban. Con mucho cuidado para que no se macaran los iba colocando en su saco y, cuando lo llenó, al levantar la cabeza, vio que el pueblo ya había salido de su embozo de niebla y que sobre él lucía un sol de otoño que lo hacía más hermoso, más limpio, más nítido. La verdad es que el pueblo era muy bonito visto desde aquí.  No se había fijado mucho en esos detalles otras veces porque desde hacía muchos años había venido a estas tierras a trabajar como un loco: había que sacar a siete hijos adelante y no había mucho tiempo para las contemplaciones estéticas. Pero hoy, sin prisa, todo le parecía de una hermosura desconocida. Aquel pago lo había visto muchas veces: cuando trabajando, levantaba un momento la cabeza para tomar respiro; desde el pescante del carro; desde la bicicleta. Lo había visto muchas veces pero hoy, no sabía bien por qué lo veía distinto, diferente. ¿Sería el color dorado de los chopos que creaba como un filtro mágico? No lo podía precisar. Se cargó su saquito de membrillos a la espalda y se encaminó a la casilla. Allí de nuevo, con mucho cuidado para que no se macaran, los fue depositando en la caja. ¡Eran muy hermosos! Tan hermosos que no los iba a vender todos y se iba a quedar con algunos para que dieran olor en las habitaciones de la casa, para que fueran una candela amarilla en la oscuridad del silencio. Notó que estaba sudando y que el aire frío de la mañana le enfriaba el sudor de la frente. Se caló más la gorra; los catarros no eran buenos y no quería coger uno ya en el otoño. Montó en su bicicleta y se encaminó de nuevo a la acequia. El dorado de los chopos hacía que la luz fuera también dorada, que todo estuviera bañado como por una luz mágica. Penetró en esa luz y subió al camino estrecho que bordeaba la acequia. Comenzó a pedalear. En la caja de la bicicleta también los membrillos se fueron revistiendo de una luz no usada, de una luz como nunca había visto.
         Al principio fue un eco lejano pero luego oyó unos cantes flamencos. Pensó que serían los gitanos que estaban cogiendo patatas al otro lado de la acequia y que se entretenían cantando unos tangos o unas cantiñas; pero conocía aquella voz. Al irse acercando, se dio cuenta de que aquella voz era de su amigo Félix con el que había compartido muchas tardes de coplas y cantes. Pero ¿cómo podía ser si Félix llevaba muerto la friolera de treinta años? Pensó que era una pena hacerse viejo porque ya no era lo malo el que te quedaras sordo sino que ya no sabías lo que oías. Pero, a todo esto, vio que la luz de los chopos se hacía cada vez más dorada; era tan hermosa como él no la había visto nunca. Seguía sonando la voz de Félix al otro lado de la acequia y, sin venir a cuento, empezó a recordar su niñez. La había recordado muchas veces pero ahora la recordaba de una forma tal que era como si lo estuviera viviendo. ¿Quiénes eran esos que estaban al otro lado de la acequia? Reconoció a antiguos amigos, a gentes del pueblo que ya hacía muchos años que habían cruzado a la otra orilla. Frenó la bicicleta y se quedó parado escuchando. Oía las voces y veía las figuras que se movían con la misma agilidad de cuando eran jóvenes. ¿Qué estaba pasando? Se bajó de su vieja bicicleta y la dejó apoyada en un chopo. ¿Cómo podía ser que al otro lado de la acequia, en la otra orilla viera a su cuñado Lorenzo o a Don Bautista, el cura con el que tuvo tan buena amistad? Además, si la vista no le fallaba, se estaban acercando hacia él poco a poco, como si vinieran a decirle algo. Don Bautista avanzaba seguro, fumando en su pipa hecha con una pata de conejo y su cuñado hasta le hacía señales con los brazos para que se acercara. Esto no podía ser real, no podía ser verdad lo que estaba viendo. No recordaba haberse excedido con su copita de aguardiente de pepino que tomaba en ayunas porque decía que le quitaba el dolor de barriga. De lo que no cabía duda era de que cada vez estaban más cerca, de que se llegaban hasta él, de que le daban de mano. De entre aquellas gentes que estaban del otro lado, empezó a reconocer a vecinos, amigos, compañeros en los años difíciles en los que de una peseta había que hacer cuatro. También vio a un nieto al que un desgraciado accidente de tráfico le quitó la vida. Ahora estaban tan cerca de él que les reconocía las caras perfectamente. Y vio cómo le sonreían. De pronto, se fueron apartando para dejar paso a alguien que venía andando desde el fondo de aquella escena. Era una mujer morena cuya cara, que todavía no veía bien, le sonaba mucho. La mujer avanzaba segura, firme, con un paso decidido, mientras los demás la iban abriendo un pasillo para que avanzara hasta los chopos de la acequia. Le parecía que era ella pero aquello no podía ser. Algo le pasaba. Notó cómo un frío extraño recorría su cuerpo y entonces aquella mujer, su mujer, que había muerto hacía nueve años, se paró justo en la otra orilla de la acequia. Era ella, no le cabía duda pero tal y como la conoció setenta años atrás cuando acababa de llegar de Toro. Le gustó aquella chica morena de ojos negros y se dijo y la dijo: tú conmigo para siempre. Y así fue. Le dio siete hijos y luego, un mal día de junio, cuando el olor de la felicidad llenaba el pueblo, se fue. Era ley de vida pero él no entendió nunca esa ley de la vida que le obligaba a quedarse solo. Ahora se estaban mirando como se miraron la primera vez. Ella le dijo:
-         Sigues teniendo el lunar en le mismo sitio. ¿Sabes que una de las cosas que me enamoraron de ti fue ese lunar? Y se reía con ganas al ver la cara de susto que ponía.
Luego, la mujer se acercó más a la corriente de agua y alargó la mano.
Él se acercó también porque tuvo miedo de que se cayera al agua, que últimamente andaba muy torpe de las piernas esta mujer.
-         Ten cuidado no te caigas que no te vendría nada bien una mojadura con el reuma que tienes.
Ella se volvió a reír.
-         Anda, dame la mano y vente conmigo; vente con nosotros que ya te
estamos esperando.
         Y le alargó la mano casi hasta el centro de la corriente. Él, al cogerse a ella, sintió una fuerza que le arrastraba, un calor que llenaba sus médulas envejecidas. Notó que su sangre volvía a correr ligera por sus venas como un torrente; notó que recorría sus venas con la misma fuerza que en aquellos años en que se llegaba hasta el pueblo de al lado para comprar ladrillos o para echar unas coplas en la taberna. Agarrado a la mano de su mujer cruzó en un vuelo la acequia y llegó hasta el otro lado. Allí la luz de los chopos era tan dorada como no la había visto nunca y todos parecían reflejados por la luz. Don Bautista, siempre tan de broma, le recordó que tenía una partida a medias con él, aquella que no habían terminado cuando se tuvo que marchar porque una tormenta, que había venido de la parte de Ataquines, amenazaba con dejar un pedrisco y arruinar la cosecha de pimientos. Uno a uno fue saludando a todos y hasta se atrevió a echar unas coplas que le sorprendieron porque era su voz la de aquel chaval que había enamorado a la toresana. Al acabar la coplilla, miró a su mujer:
-         Ya tenía ganas de volver a verte.
-         Yo también. A saber cómo me tendrás la casa.
Y él se puso colorado porque en eso de la casa era un desastre, que ni
un huevo se sabía hacer cuando lo dejó. Y ella se acercó a él y se besaron como aquel día en que sus labios se unieron por primera vez setenta años atrás. Luego, cogidos de la mano, se fueron con los demás luz adentro, por un sendero que él nunca había visto pero que recorría confiado. Y notó que su corazón se le llenaba de alegría y que empezaba a cantar de nuevo. Era tan feliz y además con una felicidad que nadie ya le iba a arrebatar. Miró a su mujer; ella lo miró y ellos y los demás se hicieron luz, luz dorada de chopos en aquella mañana de noviembre.

         Cuando el juez de guardia llegó al lugar de los hechos, encontró la bicicleta apoyada en el chopo y el cuerpo del  anciano al otro lado de la acequia. Sin duda, le dijo al ayudante, se ha dado un mal golpe al querer cruzar. ¿No se darán cuenta estas personas mayores que ya no están para estos trotes? Y luego, en silencio, procedió con su trabajo de rutina mientras el ayudante, sin que le viera el juez, se quedaba con el membrillo más hermoso de la caja que llevaba en su bicicleta Julio.


LOLEK O EL HOMBRE Y SU DOLOR





         Hace ya trece años que escribí este cuento cuando murió San Juan Pablo II y me sigue gustando porque, para escribirlo, no me fijé en la figura del papa, sino en la de un hombre en el que el dolor, desde muy temprano, había hecho presa. Sé que es impublicable en los tiempos que corren, pero le pongo en este blog.

Gracias por leerlo

LOLEK

Amanece. Un joven trabaja en una cantera. Sus manos se han abierto  por el frío y él se para un momento para untárselas con vaselina: es el único remedio, le ha dicho un compañero, para que no se le abran. Apenas comprende nada. Hace poco más de diez años su madre lo abrazaba delante de las vecinas y besándole en la frente proclamaba en voz alta: “¡Mi Lolek será un gran hombre!” Cosa de madres. Un día, al volver de la escuela  con su gorra y su cartera, vio a las vecinas en corro frente a su puerta. Al verlo, le dijeron: “¡Pobre Lolek, tu madre ha muerto!”  Se abrazó a su hermano Edmund y a su padre Karol. Le pareció entonces que Wadowice era más triste, que los bosques no eran tan hermosos, ni tan bella la visión lejana de los montes Tatras. No entendió nada. Recordaba su vida mientras terminaba de untarse las manos y no entendía nada. Veía a su hermano Edmund, fuerte, sano, estudiando Medicina; le veía,  ya médico, en prácticas en el hospital de Bielsko Biala. Le veía volver a casa sonriente pero cansado por el trabajo del hospital.  Y al poco le recordaba muerto por falta de antibióticos. De nuevo las vecinas lo estaban esperando a la puerta de su casa: “¡Pobre Lolek, tu hermano ha muerto!”  Como si un viento negro soplara por aquellas llanuras, su familia iba desapareciendo. Ya sólo le quedaba su padre. Con él paseaba, daba largas caminatas por el campo, viajaba con él a Czestochowa en donde los polacos veneran a su “Krolowa polski”, a su reina de los polacos. Le admiraba profundamente; le recordaba aceptando el dolor de la muerte que había llamado ya varias veces a su vida; su dolor se hacía oración.
El trabajo de la cantera es duro, terriblemente duro. El frío y la soledad lo hacen aún más doloroso. El joven, para aliviar el dolor de las manos que por momentos se hace insoportable piensa en su profesor, Mieczyslaw Kotlarczyk, y cómo éste le aficionó al teatro. No se le daba mal y hasta se le dibuja una sonrisa cuando piensa que hubiera sido un buen actor. Su vida entonces parecía que comenzaba a mejorar. En aquel grupo de teatro fue feliz. Allí estaban Ginka, Halina, Danuta, sus amigas que compartían con él las tardes de ensayo. Las recuerda ahora cuando han parado un momento para comer. En el tajo profundo de la cantera sólo se ve roca y un trozo pequeño de cielo allá en lo alto como una remota esperanza. A su lado está Julius, un compañero de Universidad que es también poeta como él. Lo conoció los primeros días de Facultad, cuando su padre y él fueron a la antigua Cracovia para que pudiera estudiar Filosofía en la vieja Universidad Jagellónica.  Quizás la vida no fuera tan terrible, pensó entonces.

Hace tanto frío en las canteras de la empresa química Solvay que sus manos, abiertas por el frío, han comenzado a sangrar. Siente un dolor intenso que le hace sentarse en un trozo de roca que él u otro compañero han extraído de la tierra. Siente tanto dolor como aquel día que supo que la Universidad se cerraba porque los nazis habían hecho de Cracovia una capital de muerte y desolación. La Gestapo había llevado a los profesores a los campos de concentración y buscaba a los alumnos. Para no acabar en sus manos entró en aquella fábrica química. Se oye el toque de la sirena. El trabajo ha terminado. El joven recoge su hatillo y regresa a casa. Julius le echa una mano por el hombro y regresa con él.


Atardece. Ha pasado un tiempo, no mucho. Lolek enciende una luz a escondidas. Si la Gestapo viera esa luz y descubriera que en realidad lo que ese viejo caserón esconde es un seminario clandestino, acabarían todos en Dachau o en Auschwitz. Sobre la mesa un cuaderno, un lápiz y las obras de Juan y de Teresa, dos santos de una tierra lejana. Una tarde un sastre amigo de su padre, el señor Tyranowski, le prestó un libro. Al abrirlo se sintió arrebatado, arrobado por aquellas poesías de Juan

¡Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados!

Lolek mira por la ventana. En la calle los muertos se acumulan junto a los bordillos. De vez en cuando un carro siniestro pasa y los va recogiendo para echarlos a una fosa común en donde serán quemados con cal viva y luego enterrados. Son judíos. Polonia vive su noche más oscura. Otra vez recuerda a aquellos santos lejanos y se le viene a su memoria un poema que aprendió casi nada más leerle:

“ Nada te turbe,
nada te espante.
Con la paciencia
todo se alcanza.
Quien a Dios tiene,
nada le falta.
Sólo Dios basta.”

Aquellos versos se habían convertido en el escudo de su alma y aquel hombre bueno que se los prestó por primera vez, aquel santo anónimo que había dejado su oficio de ingeniero y se había hecho sastre para dedicar más tiempo a los jóvenes del barrio de Debniki, le había puesto en el camino de Dios. El Cardenal Sapieha estaba contento con su seminarista. Veía en él madera humana y, sobre todo, profundidad espiritual. Lolek se sienta de nuevo en su mesa y piensa en otros episodios de su vida que no entiende. ¿Por qué no murió aquella tarde de 1940 cuando se desmayó en la calle y un camión alemán lo atropelló? Podía haber muerto en aquellas callejuelas de Cracovia llenas de sangre y de odio. Aquel coro de vecinas le podían haber cantado a su padre la misma cantinela de siempre pero con la letra cambiada: “¡Pobre Karol, tu hijo Lolek ha muerto!” Pero no, no fue así.  Ahora estaba solo, completamente solo pues su padre también lo había dejado y había emprendido el mismo camino que su madre y su hermano. Se miró un momento en el trozo de espejo que le servía para afeitarse por las mañanas: tenía poco más de veinte años y ya no tenía familia. Hace algo más de un año  podría haber elegido el alcohol o una vida degradante que le llevara a él mismo a la muerte. Pero no lo hizo y ahora estaba en aquel caserón semi derruido, con su país invadido por los nazis, queriendo seguir a Cristo  para, lo más probable, morir como otros muchos que los hijos de la muerte habían asesinado para borrar el catolicismo de Polonia. Pero Lolek, al que ya llamaban Karol, había escrito en su cuaderno: “Hubo un día en que supe con certeza que mi vida no se realizaría en el amor humano, cuya belleza siempre he apreciado profundamente” Y ese día decidió ser sacerdote.

Anochece. La luz de la tarde se queda suspensa en el Castel Sant’Angelo, en los puentes del Tíber, en los palacios barrocos. Un hombre recibe en sus ojos la primara luz de las estrellas como una comunión. Se ve en la fábrica con las manos abiertas, bajo las ruedas del camión alemán, escucha a las vecinas con su letanía repetida. Recuerda que, en esta misma ciudad en la que ahora el sol poniente ilumina la via de la Conciliacione,  de nuevo esa  mano misteriosa que lo salvó en Cracovia había desviado una bala que iba dirigida a su corazón. Pero ahora ya no hay misterio. Ahora lo entiende todo. Ahora la luz le hace ver que aquel dolor que había presidido y que presidía también ahora su vida en el último tramo no era sino un cincel, un amoroso cincel que lo había ido tallando y que ahora en estos días de terrible enfermedad le estaba dando los últimos toques, los definitivos, para presentarse en la casa del Padre. No tenía miedo. Recordaba con claridad, como viviendo en su propia memoria, los versos de la santa abulense. Se sonrió pensando que quizás al llegar a las Moradas le esperarían las vecinas para saludarle, para cantarle su letanía... Ahora, por fin,  entendía todo. Los años terribles de los nazis, los no menos terribles de los comunistas, su clandestinidad, su sufrimiento.  El dolor le había llevado a identificarse con Cristo y de esa identificación con Cristo no podía surgir más que la identificación con el hombre, con el hombre y su dignidad; en definitiva la identificación con el amor. Demasiado odio había visto en su vida. Había visto demasiadas veces la crueldad de la muerte a la que sólo puede descubrir el amor y otras tantas había visto que tan sólo en esa crueldad de la muerte se descubre el amor.



Pero ya oye en la lejanía la voz del pájaro solitario. Ha caído la tarde en este día de Abril. En la enorme plaza que esta frente a su ventana oye los cantos de los jóvenes; quizás son aquellos mismos jóvenes que le llamaban Wujek, “tío”. Cada vez oye cantar más cerca al pájaro solitario. Ve las llanuras de Wadowice y los montes Tatras. Una luz ilumina los páramos negros por los que ha atravesado a veces su vida y se siente en paz. Siente su casa sosegada Ya el pájaro solitario desciende de su rama y canta en su mano.


Boecillo, 10 de Abril de 2005.