domingo, 28 de marzo de 2021

EL DUEÑO DEL SECRETO DE MUÑOZ MOLINA

 


         Hay una escena de la lista de Schindler e la que don Óscar está en la cárcel por haber besado a una judía. Un oficial nazi que comparte la celda le pregunta: ¿”Y no se le ha caído la picha?” Pido perdón por la ordinariez, pero es que cuadra con lo que os quiero contar: que he leído a Antonio Muñoz Molina y no sólo no se me ha caído nada, sino que me ha gustado. La novela, primera que leo de este autor jienense, ha sido El dueño del secreto y me ha encantado cómo Muñoz Molina va mostrando ese Madrid de finales del franquismo en donde un personaje, Ataúlfo Ramiro Retamar, deslumbra a un pobre chico provinciano que se ha ido a Madrid para estudiar periodismo. El tal Ataúlfo vive en un mundo de lujo, de cabarets, de mujeres, de restaurantes que deja loco al pobre pueblerino que mora en una pensión con su amigo Ramonazo, como él venido de un pueblo del “sur profundo” y firme defensor de Mao. El protagonista corre delante de los grises, vive el mundo de la clandestinidad y hasta participa en un complot militar que tiene, como el de Portugal, el fin de proclamar una República en España y traer la democracia. Y es que el tal Ataúlfo es un dirigente anarquista de primera línea.

         El pobre chico de pueblo, asombrado por la vida del prócer – que nada tiene que ver con lo que predica-,  llega a creer que esa vida es una máscara que Ataúlfo se pone para que no lo descubran.

         En fin, no os cuento más. La novela es breve y está llena de un sentido del humor muy fino que hace las delicias del lector como decían los críticos literarios de hace años. No sabemos si la “conjuración “fue real o si todo fue un engaño, pero no importa porque el muchacho se lleva para su pueblo el gran secreto: la vida maravillosa e increíble que pasó en aquel Madrid de los setenta de la mano de aquel ser maravilloso que se llamaba Ataúlfo Ramiro Retamar.

         Por cierto, la edición que he leído es la que veis en la foto, una antigua que venía con el ABC.

OTRA VEZ HABLAMOS DE ESPARTA

 


         Otra vez vuelvo a Esparta porque su cultura da para mucho. Eso de que los niños se pongan unos zapatos en el buen tiempo y otros en el tiempo malo y que con los  mantos se proceda de igual manera, es algo que los afemina por lo tanto lo mejor es  o que lleven un solo manto y unos solos zapatos para todo el año.; ¿que los niños se van relajando en casa? Pues muy fácil, se les lleva a un campamento militar a los siete años y asunto concluido; ¿que comiendo en familia los ciudadanos se van adocenando? Pues para eso ya nos los hemos llevado a la milicia con pocos añitos y, para que no caigan en vicios “burgueses”, se les preparan unas comidas comunes en los campamentos militares. Antes que la ministra Celaa, los espartanos ya dijeron que los hijos eran del estado y cada uno se ocupaba de los propios y de los ajenos. Todo era en común, hasta los caballos. Pasabas por una cuadra, te gustaba un caballo, lo cogías y lo devolvías en buen estado. Nada de andar comprando porque en Esparta todo era de todos. Tampoco había que gastar dinero en mantos porque “el adorno mejor es el vigor de los cuerpos”. A las mujeres había también que ejercitarlas porque, aunque no iban a la guerra, parían los hijos y, de una mujer fuerte,  salía un niño fuerte. Los cobardes o temerosos tenían en Esparta menos futuro que un simpatizante de VOX en la CUP y Licurgo impuso penas no sólo para los cobardes, sino también  para aquellos perezosos que no se quisieran superar por medio de ejercicios y entrenamientos. Si algún espartano flaqueaba en el servicio a las leyes, dejaba de pertenecer a los “iguales”, es decir, a los ciudadanos de pleno derecho. A esto se añadía el caldo negro, un plato típico del que hablábamos el otro día,  que realmente revolvía el estómago.

         Todas estas costumbres tan poco atenienses acabaron derrotando a Atenas en la Guerra del Peloponeso por la corrupción e ineptitud de los políticos atenienses de la época. Si una democracia corrupta es mala per se, lo es aún más porque suele tener como final un estado dictatorial sea de derechas o de izquierdas. O la democracia con todas sus imperfecciones o el maoísmo chino. ¡A elegir tocan!

EL ABC DE MI ABUELA PATRO

 


Mi abuela Patro leía el ABC porque decía que era el único periódico “que no s ele caía de las manos” razón ésta que argumentaba diciendo que no s ele caía de las manos porque venía grapado. No supe nunca si en sus palabras había un punto de ironía madrileña,  pero lo que sí que os puedo asegurar es que, desde pequeño, siempre la veía con el ABC. Bien es verdad que, durante una temporada, compraba el YA, el periódico de la Editorial Católica, la que había fundado el Cardenal Herrera Oria, y lo compraba quizás como recuerdo de su padre, que también lo leía. Sin embargo, fuera por la grapa o por variadas razones (su hermano Ángel era linotipista de este periódico cuyos talleres estaban entonces en la muy madrileña y pija calle de Serrano, en un edificio que había salido de los planos de aquel maravilloso arquitecto que fue Aníbal González, autor, entre otras maravillas, de la Plaza de España de Sevilla), lo cierto es que el periódico que con más gusto leía era “su ABC” que, ya en sus últimos años, le comparaba según iba al Vasco de la Zarza en un quiosco del Mercado Chico abulense y luego en la calle Valladolid.

         Yo, del ABC, recuerdo las columnas de Capmany (con perdón de los progres), las críticas musicales de don Antonio Fernández Cid con sus de oraciones subordinadas que se enredaban y que me enseñaron más sintaxis que Basols de Climent;  la columna de Antonio Burgos y su gracejo sevillano y, sobre todo, la Tercera de ABC, aquella página en la que escribía don Julián Marías, don Pedro Laín Entralgo o don Francisco Rodríguez Adrados por citar algunas de las muchas firmas que se dieron cita en esa página mágica.

         También recuerdo el ABC cultural que se publica los sábados y el Alfa y Omega que se publica (o publicaba) los jueves. En aquel Cultural conocí a muchos autores y hasta tuve la suerte de poder leer la primera publicación de los Sonetos del amor oscuro de Lorca que, al poco tiempo, pondría en música mi muy querido Amancio Prada.

         Sin embargo, lo que se me viene ahora a las mentes con un enorme cariño eran esas crónicas que una periodista (cuyo nombre no recuerdo) hacía sobre los lugares de veraneo en la Sierra de Guadarrama (entonces se llamaba así y no como la llaman ahora los periodistas analfabetos de los noticiarios) y, en especial, el recorrido por los Paradores que se fue haciendo Torcuato Luca de Tena y que, para mí que nunca me gustaron los viajes, era una manera maravillosa de viajar. Contaba don Torcuato sus desayunos, sus paseos, sus comidas, la belleza del Parador en el que pernoctaba y con eso le bastaba a mi escaso deseo viajero.

         Ahora veo el ABC, El País o El Norte de Castilla en el teléfono. No sé si mi abuela Patro hubiera aprobado esta manera de leer el ABC porque a ella le gustaba leerlo con una lupita pequeña que usaba cuando la letra bajaba del cuerpo diez. Pero seguro que se hubiera adaptado a estos nuevos tiempos que corren como persona inteligente que era.

MI RADIO CLÁSICA

 


Es posible que empezara a escuchar Radio Clásica (entonces Radio 2) allá por 1985 o incluso antes. Andaba yo entonces con el Barroco vivaldiano y mi muy querido Bach al que tenía como “obligado” en los estudios de Solfeo y piano, pero, como ya he contado, para mí Bach nunca fue una obligación, sino un deleite. Bien, pues por aquellas fechas, empecé con Radio Clásica: al principio con programas como Plaza Mayor (siempre me ha gustado la música de bandas) y la zarzuela. Poco a poco, fui entrando en aquellos grandes programas de José Luis Téllez, de Rafael Taibo (la voz de Dios en los Diez Mandamientos),  de Carlos José Costas, de José Luis García del Busto, de Fernando Palacios, que se despedía dos veces con su “adiós, adiós”;  del grandísimo José Luis Pérez de Arteaga y su Mundo de la fonografía lleno de su palabra culta y precisa. O, ya para no extenderme en  demasía, el Ars Canendi del grandísimo Arturo Reverter. Radio Clásica era una gozada y un día, en un Corte Inglés, descubrí el boletín de programación al que me suscribí y que recibía cada mes con devoción casi religiosa. Conservo algunas programaciones de aquellas y recuerdo  las entrevistas que se hacían y los comentarios siempre jugosos y cultos. Porque no tengo más remedio que decir, si quiero ser justo, que Radio Clásica ha sido, es y será mi gran escuela para aprender a escuchar la música. No tengo en casa muchos libros de música y tan sólo ocupa los anaqueles de mi biblioteca una Historia de la música que puede ser cualquier cosa menos erudita, pero, para mi conocimiento de modesto oyente, nunca necesité más. Mi Radio Clásica y los libretos de los CD’s en donde siempre viene una información que ha ido completando una educación musical absolutamente autodidacta.

         Sin embargo, quiero haceros una confesión: hubo un programa que oía con especial devoción y ese programa fue Juego de espejos en el que alguien que vivía con la música, pero no de la música (así se decía en el programa) tenía una conversación amena con el presentador; yos confieso algo más: siempre soñé con que me invitaran, a mí, modesto poeta provinciano, a uno de estos programas y, hasta en mi ensoñación, hasta me preparé algunos CD`s que me llevaría a ese programa en el muy hipotético caso de que me invitaran.

         Ahora, todas las mañanas, Martín Llade me acompaña al trabajo:; los martes, Aqualusa me deja en casa con acento portugués; los viernes, vuelvo desgarrado con el flamenco puro  de Las cosas del cante, y los miércoles con la zarzuela de mi niñez, esa que iba a ver con mi abuela Patro.

         Para mí, Radio Clásica no es una emisora de radio, es un miembro de mi familia, un lugar de reunión en donde sé que tengo buenos amigos, un país aliado en el que me refugio del mundo zafio, soez y chabacano que avanza sin remedio.

Han pasado muchos años desde que recibía ese boletín de programación, pero, cuando escucho Radio Clásica, sigo notando que estoy entre amigos, unos buenos amigos que hablan de una de las cosas que presiden mi vida: la música.

sábado, 27 de marzo de 2021

ÁNGEL GABILONDO PUJOL

 

   Debía de correr el año 1974 cuando, en el Colegio del Sagrado Corazón que estaba en la calle Claudio Coello 123, conocí  a Ángel Gabilondo. Era aquel colegio un antiguo palacete de los muchos que las familias nobles del siglo XIX se habían construido en los aledaños de la Castellana y los Hermanos del Sagrado Corazón había puesto la biblioteca en la planta baja, una pequeña habitación con ventanas al patio de cemento que nos servía de recreo y en el que dos inmensos plátanos nos daban sombra.  Para incitar a los alumnos a la lectura,  nos habían proporcionado unos carnets color crema que nos servían para sacar libros y al frente de aquella biblioteca estaba un fraile muy jovencito, de larga melena que le caía sobre los hombros y de trato amable. No era como los frailes más viejos cuyo trato era áspero y difícil. Fuera por su juventud, fuera porque esa era su manera de ser, aquel fraile “era diferente”. Después de las clases, entrenaba a balonmano y era un tipo cercano que tenía un halo especial que destacaba entre el resto de los hermanos corazonistas. Un buen día, ese colegio cerró y nos subieron a otro mayor que había en Chamartín, cerca de donde Samuel Bronston había tenido sus estudios, y, en aquel colegio, el fraile aquel se me quedó en la distancia: había que estudiar más, yo me había hecho mayorcito y enredado en mil historias, le perdí la pista.

         Pasaron los años y un buen día, paseando con mi amigo del alma Pablo Perera Velamazán, el filósofo de Saucelle, por la Gran Vía madrileña,  me habló de un autor que le había deslumbrado y, al decir su nombre, le dije que yo le había conocido de fraile corazonista. Se quedó muy extrañado y, como pasábamos por la Casa del Libro, subimos a la primera planta, donde estaban los libros de filosofía, y me enseñó  un libro en el que aparecía la  foto del “fraile”.  Pude comprobar ( y así se lo dije a Pablo) que hablábamos de la misma persona: de Ángel Gabilondo Pujol, con ese apellido tan catalán que siempre me ha sorprendido siendo como es donostiarra y de una familia muy conocida en Donostia por ser sus padres carniceros en el mercado de La Brecha. Más tarde supe que Ángel  había dejado la orden,  había estudiado Filosofía en la Autónoma y que ahora era un afamado catedrático de esa misma Universidad de la que además era rector. Pablo me recomendó algunos libros suyos que leí con dificultad porque sabido es que a los filósofos les gusta ser oscuros.

         Después vino su Ministerio con Zapatero, su presencia en la Comunidad de Madrid y ahora su candidatura política para presidirla. Cuando le veo en la televisión, me acuerdo de aquel fraile que tenía “un algo especial”, que no era soso, como dice sus rivales políticos,  y que,  con sus maneras,  nos enseñó lo que era la libertad, la tolerancia y el respeto que había él recibido de sus padres. Recordaba Iñaki hace poco en tv que su madre, vasco parlante pese a tan catalán apellido, cuando salía un tema “delicado” políticamente hablando, les decía, isilik. P que, en vasco, significa “silencio”. Por cierto, ahora que hablo de él,  también su hermano  las practica y es por eso que tanto enciende a los periodistas que van con el hachón encendido para quemar al rival. Yo creo que Ángel no ha cambiado nada y sigue creyendo en esas tres palabras de las que parece que últimamente los políticos se han olvidado.  Tengo a veces la sensación de que se está perdiendo la obra de un gran intelectual por una labor que no merece la pena teniendo en cuenta la jauría de desalmados que puebla la política española últimamente; de que Ángel está muy por encima de sus rivales que practican una política de patio de vecindad; de que estar en política es perder el tiempo. Pero Ángel no piensa así porque la misma idea de ayuda al prójimo que le hizo ingresar en la orden de los Corazonistas es la que le impulsa para enfrentarse a la bazofia política que lo rodea.

         Por si algún listillo de esos que pululan por el mido piensa que le estoy haciendo campaña gratis, digo públicamente que jamás le votaría. Pero como soy persona civilizada y no un hotentote (con el perdón de los hotentotes) quiero dejar claro mi respeto y mi admiración por Ángel Gabilondo Pujol, el harategien semea, el fraile corazonista y el filósofo de fuste. Eskerrik asko, Ángel.

LA TIERRA QUE PISAMOS

         

Hace muy poco os hablaba de Jesús Carrasco y de su última novela; hoy os hablo de su segunda novela que tenía aparcada desde hacía bastantes años. Tras leerla en estos últimos días, os digo que es una novela difícil, no apta para los paladares de literatura barata, que nos habla de la libertad, de la ocupación de una tierra por unos invasores, del genocidio, del dolor, de la muerte, de un hombre que resiste más allá de lo humano, de la sangre de los vivos y de los muertos, de los enormes bosques del norte al que golpean inmisericorde el hacha del asesino; de gentes sin entrañas y de la mentira del colonialismo que esconde su voracidad con un paternalismo canalla. Y, sobre todo, nos habla de la tierra, de la tierra que habitamos, de la tierra que somos, de la tierra que seremos, de la tierra que pisamos. Un hermoso libro que te deja con la perplejidad de las grandes obras literarias. 

martes, 16 de marzo de 2021

EL ESTANQUERO DE LAS ALBARCAS, LA MONJA DE LAS LLAGAS Y UN SARGENTO DE TARANCÓN

 


Toda esta historia comienza cuando,  en el Real Sitio de San Ildefonso, la reina regente María Cristina se enamora de un sargento de su guardia de corps, Agustín Fernando Muñoz y Sánchez con el que se casó, contrayendo matrimonio morganático, en secreto y en el Palacio Real de Madrid. El sargento era de Tarancón y contaba a la sazón veintiocho tiernos años y tan sólo dos más su real alteza. Mas ¿qué tiene que ver la monja en todo este embrollo del corazón? Pues mucho porque el padre de la monja, - en religión sor María Rafaela de los Dolores y Patrocinio de Nuestra Señora, más conocida como sor Patrocinio, la monja de las llagas-, había tenido negocios con el padre del sargento que era estanquero. Parece ser que ese fue el motivo por el  que sor Patrocinio entró en Palacio como también entró el cura que casó a María Cristina con el sargento, y que se llamaba Marcos Aniano González, amigo del novio, que durante tres lustros fue capellán de Palacio y confesor de María Cristina. Vaya por delante que a mí, la tal Patrocinio, me cae simpática tan sólo porque se llama como mi abuela Patro cuyo nombre completo era Cristina del Patrocinio, pero a la que llamaban Patro y, cuando era una niña, Tati. En fin, que,  gracias al conocido por el pueblo como “el estanquero de las abarcas” y sus negocios con el padre de sor Patrocinio , entró ésta en palacio en donde conoció a Isabel II cuando la pobre niña, educada para ser un títere de las camarillas palaciegas, contaba con tan solo trece años. El sargento ascendió a general y  recibió numerosos títulos de nobleza siendo el más usado y conspicuo el de duque de Riánsares con grandeza de España. Pero de esta familia trataremos con más detalle porque se merecen una entrada aparte si es que tenemos tiempo y ocasión.