sábado, 12 de febrero de 2022

EL DESODORANTE DE LOS ALMOGÁVARES

 


Las Vísperas Sicilianas es una bonita ópera de Verdi que trata de cómo la Corona de Aragón, tras matar a gran número de franceses, expulsó de aquella isla a Carlos de Anjou y tomó posesión de la misma. Como no podía ser menos, en aquellas “vísperas” anduvieron metidos los almogávares que eran, mutatis mutandis, como la Legión de Millán Astray, pero en plan medieval y sin cabra. Entrando en curiosidades históricas, la crónica de Desclot, nos habla de ellos como de unos soldados “ennegrecidos por el sol, sudados y sucios”. Hasta tal punto estaban sudados y sucios que esa misma crónica recoge cómo la población de Palermo acabó harta del mal cheiro de los almogávares a los que les debió de abandonar el desodorante desde el primer momento en que llegaron a Sicilia. Ya sabemos que los medievales no eran muy aficionados al agua y al jabón y que en la guerra no hay tiempo para darse un bañito con sales de baño, pero o cheiro debía de ser muy llamativo para que los palermitanos lo hicieran llegar hasta las crónicas. Y es que recibir en tu ciudad a una tropa de soldados que no habían sentido el agua en su piel en su guerrera vida debió de causar destrozo en las pituitarias de las damas y caballeros de tan ilustre ciudad siciliana. Mucho “¡despierta, ferro!”y mucho “¡matem, matem!”, pero luego les  “sortía el sarpullit” si se cogían una pastilla de jabón de La Toja. Desde luego que la historia te da unas sorpresas…

AS TAXUGUEIRAS, EL TAXUGO Y MI SUEGRO MARIANO

 


Y seguimos con As Tanxugueiras para intentar clarificar que significado tiene esta palabra. Nos vamos al latín, como debe ser, y nos encontramos taxo, taxonis; partimos de su acusativo, texonem y por gramática histórica ( taixonem > tejón) nos resulta la palabra en castellano. Sin embargo, en gallego tenemos teixugueira como lugar de teixugos con una evolución fonética que, aunque dista de la castellana, se aproxima mucho a un localismo boecillano que utilizaba mi suegro, Mariano Villafruela Miguel, y que es taxugo, una palabra para designar al tejón que hizo que le formulara un servidor una pregunta a la RAE que mucho agradeció este localismo de este bendito pueblo de Boecillo. Estas chicas gallegas han usado una variante de teixugueira que es tanxugueira, palabra que se traduce como “lugar en donde hay tejones” y que da nombre a lugares de Orense o de Pontevedra. Espero que os haya gustado la curiosidad que os he traído en esta mañana sabatina de febrero.

AS TANXUGUEIRAS Y LA ÉPICA HOMÉRICA

 


Resulta que, el otro día, explicando el tema de la Épica de Homero y tratando más en concreto de la lengua homérica, llena de elementos de otros dialectos como el eolio o el arcado chipriota, pero siempre con su lengua jonia como lengua de base, se me vinieron a las mientes las Tanxugueiras y su Terra. Estas pandereteiras galegas han escrito una canción que tiene mucho de tradición oral en gallego, pero han incluido también palabras en catalán, en castellano o en vasco. No sé si es que veo “Homeros” por todas partes, pero me ha gustado pensar que, al igual que el poeta de Quíos, las Tanxugueiras, se han querido hacer entender por gentes de diferentes pueblos y eso, en los tiempos que corren, es muy grande. 


domingo, 6 de febrero de 2022

SANTIAGO DE MURCIA, GUITARRISTA DE LA REAL CÁMARA

 


 

         Estamos en el día de Santiago de 1673 y en Madrid nace un niño al que, por aquello del santo del día, nombran con tan batallador nombre del hijo del trueno. Es hijo el recién nacido de Juan de Murcia, maestro de guitarra de la Capilla Real de Palacio, y de Magdalena Hernández. Por parte de padre, miembro de una familia de guitarristas madrileños y el niño será alumno de su padre y de Francisco Gueráu, guitarrista y compositor mallorquín que trabajó en a Real Capilla durante el reinado de Carlos II. Poco sabemos de su vida y lo único seguro es que él mismo se titula , en 1717, profesor de guitarra de María Luisa de Saboya, primera mujer de Felipe V, el primer Borbón en España,  aunque la “santa” del rey Felipe  había muerto en 1714. En 1704, de Murcia había sido contratado como laudero de la reina y, de ser cierto lo que hemos escrito unas líneas más arriba, habría sido profesor de la reina hasta la muerte de la misma. Con la nueva reina, Isabel de Farnesio, parece que no tuvo buena avenencia pues la reina se dedicó a músicos de Italia, su país natal,  como también María Luisa se había dedicado a los franceses y, sobre todo, porque la nueva reina quería borrar cualquier recuerdo de la anterior esposa de su marido de manera que, al haber sido de Murcia profesor de la anterior reina, hizo todo lo posible para que su presencia en Palacio fuera mínima.

         Santiago de Murcia se había casado en 1695  con Josefa García. No sería raro que hubiera tocado en los teatros madrileños pues entre sus obras encontraos danzas cortesanas y música escénica. Falleció en la ciudad del Manzanares el 25 de abril de 1739.

         Si os hablo de este músico muy poco conocido es porque estoy escuchando un CD maravilloso de Stefano Maiorana que se titula Entre dos almas y que ha publicado el sello Arcana. En él, podemos encontrar Fandangos, Tarantelas, Sonatas y la archifamosa Marizápalos, esa danza que toma su nombre de la amante de Felipe IV y madre de don Juan José de Austria a la que también apodaban La Calderona. No hace falta deciros que os recomiendo esta grabación vivamente.

sábado, 29 de enero de 2022

¡ÁBATE LA VIRGEN! O EL MANDIL DE MI MADRE

 


Hay expresiones que se te quedan en lo más profundo del alma porque eran expresiones de una persona muy querida que se fue hace tiempo y, un buen día, al volverlas a escuchar en boca de otra persona, sientes un no sé qué que queda en el corazón. Así me pasó no hace mucho volviendo en el coche desde el trabajo olmedano con mi compañera de inglés Carmen Fernández que, en un momento dado, dijo: “¡Ábate la Virgen!” Y yo, al oír esas palabras, sentí a mi  madre tan cerca como cuando me agarraba a su mandil que siempre olía a la comida que estaba preparando con abuela Patro en aquella lumbre bilbaína de mi infancia. Se lo dije a Carmen y me dijo que era una expresión que usaba desde su infancia. Y le conté lo de mi madre.

         Ahí hubiera acabado la historia, pero para un filólogo no ha hecho más que empezar porque, nada llegar a casa, me puse a investigar sobre la expresión. Y lo que he encontrado os lo cuento.

         Lo primero es el verbo abarse, que bien en el DRAE y que significa; apartarse, quitarse del paso, dejar libre el camino. El verbo se usa tan sólo en infinitivo y en imperativo:

abarse

ábate

abaos

Y se puede poner en subjuntivo para dar órdenes tal y como hacemos habitualmente en castellano:

ábese (usted)

ábense (ustedes)

         Sin embargo, la expresión ábate fue experimentando una evolución léxica que le llevó a tomar un significado de asombro ante un hecho o una persona.  También, en algunas partes de León , tiene el sentido de ¡prepárate! Mi madre y creo que también mi abuela María lo usaban como expresión de sorpresa: ¡Ábate la Virgen con lo que sale ahora!

         Desde luego, es increíble la riqueza que tiene el castellano (y todas las lenguas) para que podamos expresar nuestros sentimientos.

 

EL PARAGUAS GALLEGO DE MI ABUELA PATRO ( CUENTO PANDÉMICO)

 


EL PARAGUAS GALLEGO DE MI ABUELA PATRO

 

Aquella mañana, abuela Patro me dijo que íbamos a comprar un paraguas. Recuerdo que cogimos el Metro y que nos bajamos en Sol. Una vez fuera de los túneles y respirando el olor santo del horno de La Menorquina, nos fuimos derechos a Casa de Diego, la casa más antigua de Madrid en paraguas y abanicos. Tras el amable saludo del dependiente, mi abuela le pidió un paraguas de señora y el solícito dependiente le trajo uno de tela estampada. Le preguntó mi abuela el precio y no le pareció excesivamente caro. Mientras lo envolvía, el dependiente le dijo a mi abuela:

-         Señora, ¡qué gran paraguas se lleva! Vamos, de lo mejorcito de la tienda y ya sabe usted que,  desde hace muchos años,  aquí tan sólo vendemos calidad. Este paraguas está fabricado en una fábrica de Santiago de Compostela que es proveedora nuestra desde hace muchos años. Para que se haga una idea, ya antes de la República nos enviaban los paraguas. Tiene usted paraguas para muchos años.

Con tan venturosos vaticinios, salimos de la tienda y, antes de entrar en el Metro, mi abuela me compró una napolitana en La Menorquina. Me supo a gloria mientras bajaba las escaleras camino del andén.

Una tarde de marzo mi abuela me cogió de la mano y me dijo:

-         Luisito, vámonos a Quevedo que quiero ver unas lámparas.

Andábamos ya por la mitad de Martínez Campos cuando un viento hombrón y unas nubes negras anunciaron los que vendría después: una tormenta de primavera que descargó con toda su alma sobre ese Madrid que ya olía a primavera. Mi abuela, tan pronto como cayeron las primeras gotas, abrió su paraguas compostelano con la confianza de saber que tenía agarrado por el puño un paraguas de excelsa calidad. Seguimos Martínez Campos arriba en medio de ese diluvio, pero, al cruzar una bocacalle, un golpe de ese viento hombrón y agresivo le volvió el paraguas y, para desconsuelo de mi abuela, le rompió dos o tres varillas. Perdida la protección del paraguas gallego, nos refugiamos en un portal y, cuando escampó, mi abuela me cogió de la mano y paró un taxi que nos llevó hasta la misma puerta de Casa de Diego. Mi abuela entró muy enfada, ni siquiera guardó la vez y le espetó al dependiente que le había atendido hacía unos días:

-         ¡Con que el mejor paraguas! ¡Mire lo que ha hecho el viento con él!

Y, llena de enfado, le enseñaba el herido paraguas. El dependiente, muy sereno, le dijo:

-         Señora, tranquilícese. Usted compró un buen paraguas; no le quepa duda. Está hecho con los mejores materiales, pero, como no sabemos los distintos vientos con los que un paraguas se puede encontrar, les recomendamos a nuestros clientes que les pongan este refuerzo que yo le voy a poner ahora.

-         Y ¿por qué no los traen ya directamente reforzados de fábrica y no hay que andar con estos remiendos? – dijo mi abuela Patro.

-         Pues porque los fabricantes no saben para dónde irá el paraguas y no es lo mismo el viento de La Coruña, un suponer, que el viento de Cartagena en donde dicen que el viento es suave y templado.

-         Pero entonces, perdóneme, los paraguas no son de tan buena calidad porque,  si los paraguas los hicieran como Dios manda, valdrían lo mismo para La Coruña que para Cartagena y no sería necesario tener que venir a poner estos refuerzos.

-         Señora, esta fábrica es de las mejores de España así que confíe usted en ella plenamente. Cuando ellos lo hacen, por algo será.

El dependiente le puso a mi abuela el refuerzo y salimos de nuevo a la calle camino del Metro. Eso sí, antes de entrar, mi abuela me compró otra napolitana en La Menorquina.

 

   Llegó Mayo y con él una primavera radiante, aromada por la flor de los castaños de Indias de los parques, y mi abuela decidió que el paseo para tan hermoso día iba a ser por López de Hoyos arriba, hasta el mercado de la Prosperidad, ese curioso barrio de casas molineras a cuyos habitantes no les acababa de cuadrar el nombre del barrio, pero ya es sabido que los barrios de pobres tienen nombres alegres. Nos entretuvimos comprando caramelos, subiendo hasta unos almacenes ya pasado el mercado, viendo los escaparates llenos de mariscos de La Hostería cuando el marisco era el sueño de Carpanta para cualquier niño de medio pello. Entonces – os o juro-,  y ocurrió lo impensable: en la tarde de ese día espléndido de la primavera madrileña empezaron a aparecer unas nubes negras por las casas de enfrente del mercado,  otras por el cine que ocupaba una esquina de la plaza en el que, por cierto, unos años atrás había yo disfrutado un montón viendo una película alemana que se titulaba “Felicidad sobre hielo” y que iba del amor entre dos patinadores y unas terceras nubes, como un batallón sediento de sangre, por la calle Zabaleta. Como si nos hubieran pillado tres ejércitos enfurecidos, mi abuela Patro y yo nos quedamos en el medio de la batalla y, al cruzar Joaquín Costa, un golpe de viento volvió el paraguas de mi abuela y le partió las tres varillas en donde el dependiente no había colocado el refuerzo. Mi abuela miró el reloj y vio que ya habrían cerrado en la tienda de Sol, pero juró en voz alta, mientras llamaba a un taxi, que mañana por la mañana la iban a oír en Casa de Diego. Vamos que la iba aliar parda; ¡como que había nacido en la calle del Castillo número 8, al lado de la plaza de Olavide y de Raimundo Lulio!

   Como no podía ser menos, a la mañana siguiente, antes incluso de que abrieran, ya estaba yo con mi abuela en la puerta de Casa de Diego. Entramos tan pronto como levantaron el cierre y mi abuela se dirigió enfurecida al dependiente:

-         Mire lo que ha hecho el viento con su paraguas. Ni refuerzos ni nada. Este paraguas no sirve para nada y usted, lo que  es de verdad,  es un sinvergüenza porque me ha engañado. Le exijo que me dé un paraguas bueno, de la mejor calidad y no esta birria que no aguanta ni una tormenta de primavera.

-         Se equivoca, señora. Mire, el paraguas se ha roto por donde no tenía el refuerzo. Hay que ponerle un tercer refuerzo en esa zona.

-         Pero entonces, y perdone, este paraguas va a parecer el vestido de un payaso con tanto remiendo. La solución es que hagan en esa fábrica de Santiago paraguas en condiciones y no tener que venir cada dos por tres a ponerle remiendos.

-         Verá señora – dijo muy calmado el dependiente-, ellos no pueden fabricar paraguas preparados para los diferentes vientos y además hay algo que usted no sabe: aunque fabricaran paraguas acomodados a los vientos de cada ciudad, tampoco valdrían de mucho porque los vientos mutan, señora, mutan porque son organismos vivos y quieren sobrevivir a toda costa. Por eso vienen los refuerzos. A medida que van apareciendo nuevos vientos, el fabricante gallego nos envía los remiendos. ¿Lo entiende?

-         Pues no, señor, no lo entiendo. Un paraguas tiene que salir de fábrica preparado para hacer frente al mayor tipo de vientos y lluvias. Si estos de Santiago, desde el principio, hicieran unos paraguas como Dios manda, no habría que venir a poner refuerzos a cada dos por tres. No le digo que, si se hicieran bien, iban a poder resistir un tifón, pero,  al menos, deberían salir de fábrica preparados para el mayor número de lluvias y vendavales. Ya sé también que un paraguas no puede proteger al cien por cien, que, si sopla un viento muy fuerte, se te mojan las piernas y los zapatos. Eso lo sabemos todos, pero no somos tontos y sabemos lo que hay que hacer con un paraguas cuando hace mucho viento. Le repito, joven, que, si el paraguas se rompe , es que es un mal paraguas. Y lo que no me queda duda es que los gallegos, entre paraguas y remiendos, se forran porque vamos a cuentas: si al precio del paraguas le sumo los  remiendos, las ganancias de los compostelanos se duplican. Esa fábrica tiene que sacar tantos miles de duros como miles de  visitantes tiene el Pórtico de la Gloria.

El dependiente se iba dando cuenta de que el enfado de mi abuela iba en aumento y entró para la trastienda.  Al poco tiempo,  entró de nuevo en la tienda con un paraguas nuevo.

-         Tome, señora, le cambio el paraguas. Déjeme el suyo para enviarlo a Santiago y ya tiene usted paraguas nuevo. Pero le voy a decir una cosa, señora, y grábeselo bien: ningún paraguas le puede proteger al cien por cien en cualquier tipo de lluvia. Y mucho menos protegerla de un viento huracanado (jamás había oído yo que hubiera habido huracanes en Madrid, pero yo era tan sólo un convidado de piedra en aquella escena).

-         Mi abuela estaba ya muy enfadada y le dijo:

-         - ¿Me está usted diciendo que tampoco me garantiza que este paraguas va a resistir una tormenta si salgo con mi nieto a darnos una vuelta? ¿Me está usted insinuando que, al final, también con éste tendré que volver a su tienda para que le ponga esos ridículos refuerzos? Yo a esto lo llamo un timo, sí, señor, un timo; vamos como el de la “estampita”.

El dependiente, ya un poco cansado, le dijo a mi abuela:

-         Si quiere estar usted protegida de la lluvia y que no se le rompa ningún paraguas, ¿sabe usted lo que tiene que hacer? No salir de casa cuando llueva.

Mi abuela, cogiendo el nuevo paraguas, se le quedó mirando y le dijo:

-         ¿Qué no salga a la calle? Y entonces, ¿para qué venden ustedes paraguas? Cierren la tienda y váyanse a robar a Sierra Morena con José María el tempranillo.

 

Y dando un portazo nos fuimos de la tienda y nos encaminamos al Metro. Iba tan enfadada que no se acordó de entrar en La Menorquina y comprarme una napolitana.  Un servidor tampoco tuvo valor a recordárselo.

 

jueves, 27 de enero de 2022

EL GÜITOMA Y LA MONJA

 


Sigo con mis abuelos porque mi abuela Patro tenía la costumbre de decir “está más despistado que una monja en un güitoma”. ¿Qué demonios es un güitoma? ¿Un antro de perdición? ¿Un lugar poco recomendado para una monja? Pues no, no nos vayamos por donde no es porque un güitoma es una atracción de feria, unas barcas que se mecen en un columpio o unas sillas que cuelgan de unas cadenas y que se mueven impulsadas por una especie de tiovivo. No me digáis por qué una monja se despista en un güitoma, pero mi abuela Patro así lo decía. He visto esta palabra en Juan Benet, pero no aparece en el diccionario de la RAE. Todo no se puede saber. Omnia non scire possumus. Por cierto, la foto es de un blog que lleva por nombre La hija de María Martín. Suum cuique.