Cuando
cae la tarde en la bahía, las gentes, arregladas de acuerdo a ese decoro
ancestral, toman el paseo hasta la noche. Es el momento sagrado de los cafés,
de las heladerías, del comentario sobre la vida ajena. Mientras se mecen en los
pantalanes los barcos de recreo y cruza a los lejos el ferry de Inglaterra, las
casas de este paseo, elegantes, arregladas desde su nacimiento para combinar
con el paisaje lejano de Somo y Pedreña, para albergar a las navieras y los
consulados, miran un sol que se va reflejando en las aguas tranquilas del Cantábrico
desbravado por las cantiles de Mataleñas o por la isla de Mouro. Si nos fijamos
bien, es posible que veamos a Pereda entrar en el Café Suizo o a José María Sáenz
del Río escribiendo un poema a la mar o a Pepe Hierro escribiendo para que nuestro dolor sea el camino a la
alegría. Es la ciudad marinera con su Sotileza y su Pachín González, con su incendio
en los años cuarenta del siglo XX y con la explosión del Cabo Machichaco. Es la
ciudad cuyo puerto era la salida para las harinas y las lanas de Castilla y
para la que unos locos ilustrados soñaron un canal que se quedó en tierras
palentinas. Creo que ya no hace falta que diga de qué ciudad os escribo porque
cualquiera ha visto ya con meridiana claridad que se trata de Santander.
lunes, 28 de marzo de 2016
NARCÍS COMADIRA
BOCA SECA
Hem cridat fins a no poder més:
la pau, la pau,
la pau i la justícia.
Justícia i llibertat
fins a no poder més.
Hem cridat fins a no poder més
que ens molestaven tantes estructures
immòbils,
tants papers, tantes lleis,
la gàbia que empresona
fins a no poder més.
Hem cridat fins a no poder més,
fins a no poder més.
Tenim la boca seca.
la pau, la pau,
la pau i la justícia.
Justícia i llibertat
fins a no poder més.
Hem cridat fins a no poder més
que ens molestaven tantes estructures
immòbils,
tants papers, tantes lleis,
la gàbia que empresona
fins a no poder més.
Hem cridat fins a no poder més,
fins a no poder més.
Tenim la boca seca.
JUAN OCHOA Y BETANCOURT
Seguramente
pocos conocéis a Juan Ochoa y Betancourt, un avilesino nacido en 1864, paisano
del nuestro muy querido Palacio Valdés, y buen escritor in occulto. Yo, personalmente y por poner al burro delante, nada
sabía de este buen señor hasta que me dio por pedir a La Nueva España (con perdón)
de Oviedo unos libros azules, no muy bien editados por cierto y porque todo hay
que decirlo, en los que se recogen autores asturianos. Si bien dijo en su
momento Fernández Nieto que “era muy difícil ser poeta en Asturias” y nunca
supe por qué pues la muerte se lo llevó antes de que pudiera ir a su casa
palentina para preguntárselo, no es difícil ser novelista en Asturias (a las
pruebas me remito) y así Ochoa escribe una novela como una fantasía de Burgmüller
en la que cuenta unas vidas provincianas que, no por anodinas, esconden el sufrimiento haciendo que sus
personajes sean héroes de la vida cotidiana. Un alma de Dios, así se llama la
novela, trata de la historia de una casa en una ciudad del norte que se llama Nuvareda
y en esa casa están los Reboleño, comerciantes sin hijos, doña Sofía y su casa
de huéspedes, cuya hija Carmen tiene un desliz con un huésped ( y no del
sevillano, precisamente) del que nacerá Rosita, y los Cancienes, un matrimonio
mayor que han tenido un niño cuya madre es prima lejana de don Tomás, un prócer
provincial o decurión de gran importancia en esta historia. Don Justo Cancienes
es un buen hombre que se dedica en un cuarto que tiene en su buhardilla a
trabajar la madera y que construye un bonito palacio árabe . Pero esa felicidad,
tan en tono menor, tan poco grandilocuente, tan poco “heroica” se va a ver rota
por una infidelidad. Sin embargo, la justicia divina hace que con el tiempo,
los buenos acaben con los malos y los malos acaben mal como dice el Salmo que abre los ciento cincuenta
salmos de la Biblia. Son poco más de ciento veinte páginas que merece la pena
leerlas. Os lo recomiendo, pero no busquéis grandes cosas: estamos en una
fantasía de Burgmüller. Se me olvida deciros que la novela le gustó mucho a
Clarín que le recomendó que viajara a Madrid para tener vida literaria. Y allí
se nos marchó el asturiano en 1892, pero una tuberculosis le hace regresar a su
tierra asturiana y morir en Oviedo en 1899. No había cumplido ni treinta y
cinco años.
GODOFREDO GARABITO GREGORIO
NUESTRA SEÑORA DE PARÍS
Leer, a estas alturas, Nuestra Señora de París de Victor Hugo es un acto de purificación sobre una historia
que ha sido llevada al musical, al cine y los dibujos animados de Walt Disney.
Enfrentarse al texto de Hugo, un Hugo joven por cierto, es toda una aventura
filológica y estética de la que no he salido tan gratificado como con la de Los Miserables o el Noventa
y Tres. Hugo escribe una novela que es, a mi parecer, un canto a París,
protagonista de la novela casi absoluto. Y en ese París del siglo XV en el que
pululan prostitutas y santos, gente pura como Esmeralda, gente buena como el
pobre Quasimodo, coloca Hugo esta historia de amor desgraciado. Una vez más, el
escritor francés, recurre a la transgresión y el que tendría que ser bueno, el
clérigo Claude Frollo, es un canalla y, sin embargo, el que tenía que ser malo,
el “monstruoso Quasimodo!” es capaz de morir por amor. Frente al amor carnal y
bestial del archidiácono, surge el amor puro, limpio y con esa capacidad de
sacrificio que le lleva a la muerte junto a su amada Esmeralda. Hugo narra muy
bien (esto no es noticia), pero la novela, en su conjunto, presenta acelerones
y frenazos en el ritmo que no le van ni bien ni mal pese a que algunos críticos
ha centrado en este detalle sus
varapalos. El capitán Phoebus me recuerda al Miles Gloriosus plautino y, la verdad, no merece el amor que le
tiene hasta el final la pobre Esmeralda pues no es más que un pobre fanfarrón
con querencias de don Juan; el ya
mencionado Claude Frollo me recuerda a don Fermín de Pas, ambos mirando desde
las alturas el caserío que los circunda y enamorados ambos de una mujer, de su
mujer, de la que se sentirán celosos si su verdadero marido- verdadero en el
caso del Regente, marido por el rito gitano en el caso de Esmeralda- no se
comportan como tales y consienten en ser adornados in frontibus.. No sería raro que Clarín leyera la obra del francés
que, ya para cuando él nació, 1852, tenía que estar traducida al castellano y
tampoco sería raro, como me apunta mi amigo Jesús Sanz, que la leyera en
francés pues el Zamorano de nacencia, pero ovetense de corazón y crianza había
cursado un Bachillerato en condiciones y no esto que ahora detenta tal nombre.
No os dejéis llevar por la soberbia intelectual y, cuando podáis, meteos en las
torres de la catedral con el buen monstruo que es el entrañable Quasimodo.
Estaréis en muy buena compañía.
domingo, 13 de marzo de 2016
PEPE EL DE LA MATRONA
Pepe el de la Matrona cantaba
como si una esfinge de piedra se arrancara por seguiriyas o por soleares. Tenía
un cante pétreo, que le salía de las tripas o del alma, y que llegaba hasta el
corazón del aficionado. Había que oírle por tientos o por tangos, como había
que oírle por fandangos o por martinetes. Lo chico y lo grande tenían su morada
en la voz de este cantante payo – el flamenco no es patrimonio exclusivo de los
gitanos – cuya voz emocionó a Xenakis. Era sevillano y tenía un ángel para
cantar por tientos el “dónde vas con mantón de manila, dónde vas con vestido
chinés” de La Verbena de la Paloma. Era
un genio que nació en 1887 en el barrio de Triana y que había “estudiado” el
cante con Manuel Torre, con Tomás Pavón o con la Niña de los Peines. Nos vivió
hasta los noventa y dos años este hombre que en el siglo se llamaba José Núñez
Meléndez, pero al que veneramos como Pepe el de la Matrona.
DE PUTAS, TOROS Y FÚTBOL
POR FAVOR, HÁBLEME DE PUTAS, TOROS O FÚTBOL, PERO, DE
POLÍTICA, NO.
Pues eso.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)