domingo, 26 de noviembre de 2017
CATALINA DE ALEJANDRÍA
lunes, 13 de noviembre de 2017
JOSEP M. RODRÍGUEZ O EL POETA MAGO
A Josep M. Rodríguez lo conocí con motivo de esta
historia de la República catalana que Dios tenga en su gloria. Pero no voy a
entrar en esos detalles porque cuando se habla de un poeta y de un poeta de la
talla de Rodríguez no hay que andarse por las ramas. Excuso hablar que Sangre seca, el libro que he leído, fue premio de Poesía “Ricardo Molina” aunque
reconozco que el hecho de recibir un premio con el nombre de mi muy leído y
admirado poeta también ha supuesto una
razón más para acercarme a su libro. Pero vamos a lo que vamos. Una vez
abierto, uno descubre que el poeta es un gran lector de poesía y esto, en los
tiempos que corren, es muy de agradecer pues muchos jovenzuelos ignorantes
defienden su ignorancia diciendo que no leen porque temen la “contaminación” en
su obra. Rodríguez no sólo no la tema, sino que la usa con acierto y, que me
perdone el poeta si llega a leer estas torpes líneas, recicla fragmentos de
poesía y los hace tan suyos que, como en los grandes magos, no se nota el truco y eso, para los que nos
gusta la magia de las palabras, es muy de agradecer. Que una hora prima en la cocina le lleve al
poeta a pensar en Silvia Plath supone para mí un antídoto contra la
chabacanería reinante en esta sociedad que ya no sabe por dónde se anda; que su
tierra baldía sea su propio interior que crece en el desorden me parece un buen
uso de Eliott; o qué deciros de esa “felicidad de marca blanca”, tan acorde la expresión con esa felicidad, con
ese mito de la felicidad de mi Gustavo Bueno, que nos venden a plazos en las
grandes superficies con la repelente idea de que, a mayor consumición, más
felicidad. Estoy convencido de que he descubierto a un gran poeta. Luego, al
final, en el epílogo de Joan Margarit, muy leído y alabado por un servidor, se
dan muchas explicaciones y muy convincentes, pero para sentir la poesía de
Josep M. Rodríguez no me ha hecho falta más que su libro y mi alma de lector.
Gracias a este catalán de Súria me
consuela saber que en la poesía sigue habiendo poetas – magos que siguen
haciendo salir un conejo de su chistera. ¡Y que no falten!
jueves, 9 de noviembre de 2017
GUILLLERMO SAUTIER CASASECA
Mi abuelo me hizo socio de Radio Madrid y me regaló
un carnet pequeñito, verde, escrito a máquina y con unos cupones para los pagos
mensuales. No sabía mi abuelo que, muchos años más tarde, un servidor
colaboraría en SER Ávila con un programa de palabras que se mantuvo en antena
durante más de seis años, hasta que vino la crisis y la SER decidió que había
que dejar paso a otras palabras. En aquellos años en que mi abuelo me regaló
el carnet, emitían por la tarde las radionovelas. Recuerdo cómo mi madre y mi
abuela se pegaban al transistor para oír Simplemente
María y cómo me hablaron de otras anteriores como Ama Rosa o, unos años más tarde Lucecita.
Todas estas radionovelas eran de mucho llanto, de mucha pena, de mucho
sentimiento y recuerdo que, en Simplemente
María, sonaba el adagio del Concierto para Guitarra de Salvador Bacarisse,
el hermano de Mauricio Bacarisse, el poeta que siempre estoy para leer y nunca
leo. Me falta por contaros que ser socio de la SER (valga la redundancia) tenía
algunas ventajas como asistir a los programas en directo en la Gran Vía, algunos
descuentos en tiendas madrileñas y, sobre todo, uno que era el premio especial,
a saber,: si el número del carnet
coincidía con los números del cupón pro-ciegos (actual ONCE), el agraciado poseedor
del carnet recibiría en su casa las obras completas de don Guillermo Sautier
Casaseca, el afamado autor de muchas de aquellas radionovelas que tenían a
España con el pañuelo en la mano y el moco tendido. Pues bien en todos los años
en que fui socio de Radio Madrid, jamás, lo repito, jamás me tocaron estas
obras completas del autor canario. Este milagro me parece una prueba evidente
de la existencia y providencia divina mucho mayor que las pruebas de Santo
Tomás de Aquino o el argumento ontológico
de San Anselmo. Porque la pregunta era y es: ¿Qué hubiera hecho un servidor con
esas obras completas?¿Guardarlas para no dar un disgusto a mi pobre
abuelo?¿Venderlas en mi juventud a escondidas de él?¿Dejarlas en algún baúl arrumbado
en el desván? Lo dicho: para mí, no hay una prueba más irrefutable de la
existencia de Dios que el que jamás me tocaran las obras completas de don
Guillermo Sautier Casaseca.
EL GAITERU DE LIBARDÓN
Si os digo que quiero hablaros de Ramón García
Tuero, seguramente no sabréis de quién hablo, pero, si os digo que os voy a
hablar del gaiteru de Libardón, la cosa cambia.
Tan famoso gaitero nació en Molín del Matu, en el concellu de
Villaviciosa, un 6 de febrero de 1864. Se le conoce como de Libardón porque la
so muyer, María Caravera, era de allí y con ella se fue a vivir tras casarse en 1890. Pero hablar del Gaiteru de Libardón es hablar
también de su habitual acompañante, José García, más conocido como el Tambor de
l’Abadía. Ramón con tan sólo veinticinco años fue a París, a la Exposición Universal
y también acudió las exposiciones mundiales de Barcelona, Buenos Aires y
Sevilla. Fue el primer gaitero que grabó un disco allá por 1909 y recibió múltiples
condecoraciones de manos de Miguel Primo de Rivera o del rey Alfonso XIII.
Tenía la habilidad de que, a veces, al tiempo que tocaba cantaba tonaes y eso, a demás de su maestría en
el puntero, le dio una fama enorme. Era alto, rubio y de ojos azules y no
repolludo como el celebérrimo gaiteiro de Rosalía de Castro y en las romerías
era la atracción de las chicas. Murió en 1932, pero su fama llega hasta nuestros
días. Seguro que los buenos aficionados a la gaita me agradecen esta entrada.
EL GAITERU DE VERIÑA
domingo, 5 de noviembre de 2017
CASA TRESPALACIOS
Yo era
un rapaz y no sabía el porqué de la magia del olor en la tienda de los Trespalacios.
Cuando entraba, veía les madreñes en el techo y el quesu de Cabrales con su
hoja de plágano. Entonces Arenas de Cabrales tenía la magia de ser la puerta
del Naranjo, del Urriellu, del señor de los Picos. Subir hasta Bulnes era subir
por un sueño, ascender por aquel camino que comenzaba en el puente de la Jaya y
terminaba en el cielo, aquel cielo en el que la Guilermina, como la madre de
Vladimir Holan, hacía el café y freía los huevos mientras los macutos y las
cuerdas, a la puerta de su bar, esperaban a sus dueños para juntos ascender por
la riega de Asotín y la canal de Camburero hasta el Jou sin Terra, a los pies
de ese coloso que se teñía de naranja en cada puesta de sol.
Han
pasado años y ya nada queda de aquello como si un mal viento, como si un Nuberu
enfurecido hubiese borrado lo que fue mi paraíso terrenal, mi tierra prometida.
A los montañeros los han sustituido parejas de turistas vestidos en las grandes
superficies y no en aquellas tiendas del Rastro madrileño en las que de niño
soñaba con las montañas; al olor de las botas y de las cuerdas, los perfumes de
las gentes que nada conocen de aquellas montañas salvo lo que han leído en la
Wikipedia; al queso de Cabrales de Trespalacios, la asepsia de los envases al
vacío.
Pero
aún queda en mi memoria el olor a la aventura, el olor al quesu, el olor que
llenaba la tienda de los Trespalacios de Cabrales que, al cabo de los años
descubrí que provenía – por favor, guardadme el secreto- , de los jamones
ahumados de Tineo cuya piezas colgaban junto a les madreñes.
viernes, 3 de noviembre de 2017
ANTONIO AMAYA
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