jueves, 29 de julio de 2021

JUAN LÓPEZ DE HOYOS, EL MAESTRO DE CERVANTES

 


Cuando yo era niño-Dios en Madrid, vivía en la calle de López de Hoyos, más en concreto en el número 6 que, para esa calle, era nada pues, durante mucho tiempo, ostentó el título de calle más larga de Madrid, con aquellos seiscientos y pico números que cruzaban el arroyo del Abroñigal y la antigua Avenida de la Paz ( hoy M-30) y se llegaban hasta la calle de la Máquina. Un día, miré en la vieja enciclopedia Salvat quién era este señor que daba nombre a mi calle y creo que también lo miré en Pedro de Répide y sus calle de Madrid y otro día, cuando don Antonio Salces Blesa, nuestro médico de cabecera (no te desatención primaria), me preguntó para poner a prueba mi culturilla de niño sabihondo que quién era el prócer que daba nombre a mi calle, le contesté muy ufano que “era el maestro de Cervantes” con lo que el galeno en cuestión se quedó convencido de que aquel niño flacucho iba a llegar muy lejos ( no fue así, pero bueno…) Lo cierto es que era un gozo enorme que los médicos te hablaran de Lope, de Cervantes o de López de Hoyos porque los médicos de antes eran humanistas ( nada hay más cercano al ser humano y  a los seres en general que el dolor) y no máquinas programadas en las facultades de Medicina para llenar de estadísticas los anales del Ministerio de Sanidad. Don Juan López de Hoyos, humanista del siglo XVI, hijo de un herrero madrileño y hombre culto, fue el maestro de Cervantes en los Estudios madrileños y el maestro recordaba al discípulo con enorme cariño cuando éste aún no era nadie en el mundo de las letras (“nuestro caro y amado discípulo” lo llamó).  Cuando murió “el maestro”, en el año 1592, Cervantes no había publicado más que La Galatea y alguna novela ejemplar y, por tanto,  el generoso humanista no fue testigo de la aparición de El Quijote.

         Si un día vais a Madrid, allí, en la esquina de López de Hoyos con Hermanos Bécquer, me crie y habité muchos años. Esa es mi esquina rota de cuando yo era niño-Dios en Madrid.

LA PIEDRA DE VIGO, EL NEGRO DEL QUESO DE GOUDA Y EL WINSTON DE BATEA

 

Cuando mi padre decía que aquella tarde la íbamos a pasar en Vigo, era casi lo mismo que decir que la íbamos a pasar en La Piedra, aquel mercado que hace ya unos años lo han pasado por el tamiz de lo racional y lo civilizado. Al llegar a la piedra, nada más coger la pequeña cuesta bajo la cual estaba el mercado, a la izquierda, estaba el negro que vendía el queso holandés de Gouda con una etiqueta en la que aparecía un señor de negro con sombrero de copa; un poco más allá, otros negritos vendían el Winston “de batea” y algunas otras sustancias que, por aquellos años, ni conocía ni me interesaban ( la verdad es que me siguen sin interesar). Cuando entrábamos en túnel estrecho con tiendas puestos a la derecha y a la izquierda,  allí había de todo: radio cassettes, walkman ( eso fue ya en los ochenta), más tabaco, relojes, cámaras de fotos, pantalones Lee y Levis, cinturones, carretes de foto, cintas para cassett



e vírgenes y un largo etcétera de productos. Sin embargo, si hay algo que recuerdo de la Piedra, es su olor que era una mezcla de la masa humana que formaba un río de gente que te iba llevando por aquel túnel, del cuero de la marroquinería, de los aparatos electrónicos, de la ropa, del tabaco y de tantas cosas. Ya al final,  había un señor pegado a la pared que vendía oro y relojes. Un día mi abuela le preguntó que si eran de oro alemán y el señor se mosqueó. ¡Anda que si le llega a preguntar que si eran del “oro de Moscú”!

         Por la mañana, las ostreras habían estado abriendo ostras en la calles aledañas y los veraneantes bebiendo vino y comiendo ostras sin parar. Eran los tiempos de la alegría, del todo va a ir a mejor; eran tiempos sin putas pandemias y las ostras, una promesa de virilidad.

         Ahora, desde ya hace unos años, el mercado de La Piedra es un mercado civilizado, demasiado civilizado, que no me dice nada. Os juro que, cando vuelvo por Vigo, sigo buscando a aquel negrito que vendía el queso holandés en cuya etiqueta aparecía un señor con un sombrero de copa y una pipa. En la foto lo podéis ver.

 

martes, 27 de julio de 2021

JOSÉ ANTONIO MUÑOZ ROJAS

 


La poesía de Muñoz Rojas es la poesía de un andaluz del campo, de un hombre que vivía cada atardecer, cada madrugada, cada mediodía en esa tierra irrepetible. A don Dámaso Alonso le gustaba mucho ese libro prodigioso que se titula Las cosas del campo. Muñoz Rojas era de Antequera y vivió cien años que le hicieron ver casi todo el siglo XX plagado de “ismos” y de escuelas. Trabajó en el banco UrquiJo, pero su alma estaba en el campo porque quizás en la ausencia es donde es más viva la presencia. Además de recomendaros la lectura de Las cosas del campo que se publicó en Málaga, en 1951, en una editorial que lleva por hermoso nombre El Arroyo de los Ángeles, os recomiendo la lectura de sus Cantos a Rosa de cuyo contenido os copio un poema:

XVII

Le dije: ven aquí. Te quiero, Rosa.

Mira los tilos, mira las gayombas

volcándose en el aire. Tú no sabes

lo que siente cuando se derrama

un tilo en las espaldas. Quien no tenga

una mano al alcance cuando cae

dulce y lenta la lluvia de los tilos,

perecerá. Entonces ella dijo:

¿Qué sabes tú de muerte, ni dulzura?

 

         Por cierto, como en estos tiempos hay que explicarlo todo, hasta lo evidente, aviso de que las gayombas son unos arbustos emparentados con las retamas (papilionáceas) cuyas flores, tal y como explica a las mil maravillas el nombre latino, tienen forma de mariposas que en latín se dice papilio, -onis.

         Decía esto no vaya a ser que alguno confunda las gayombas con los gayumbos y acabe el poema como el rosario de la aurora con Muñoz Rojas diciéndole a su Rosa del alma que le mire los gayumbos volcándose en el aire.

lunes, 26 de julio de 2021

MANUEL CURROS ENRÍQUEZ, EL GRAN POETA DE CELANOVA

 

Acabo de leer la poesía completa de ese gran poeta de Celanova que fue Manuel Curros Enríquez que, al igual que Rosalía, fue capaz de que sus poemas los cantara el pueblo gallego y que aún los cante. No voy a contaros nada de su biografía porque es conocida y se encuentra en cualquier enciclopedia, pero sí que quiero deciros, cuando aún el libro reposa en mi escritorio, que su poesía está asentada en una métrica impoluta y en un ritmo tan maravilloso que no fue milagro que grandes músicos gallegos musicaran sus versos. Es más, su archifamoso poema Unha noite na eira do trigo no lo comenzó así Curros y fue un poeta popular el que cambió su título original, No xardín unha noite sentada, por el más conocido que hemos reseñado unas líneas más arriba. Curros, masón y anticlerical, se tuvo que exiliar y murió en La Habana, pero sus poemas no iban contra Dios, sino contra los caciques y abades que tenían al pueblo en la miseria.

         Este poema que os dejo y que espero que se vea bien me pone un nudo en la garganta porque yo también levo na frente unha estrela e no bico un cantar y, a veces, pienso que ¡Eu que non teño que rece por min!

 

         Disfrutadlo y, si podéis, escuchad la maravillosa versión que hace María do Ceo (¡Cómo se puede cantar mal con ese nombre, por Dios!)




A ROSALÍA

Do mar pola orela mireina pasar
Na frente unha estrela, no bico un cantar

E vina tan soia na noite sen fin
¡que inda recei pola probe da tola
Eu, que non tenho quen rece por min!

A musa dos pobos que vin pasar eu
Comesta dos lobos, comesta morreu
Os ósos son dela que vades gardar

¡Ai dos que levan na frente unha estrela!
¡Ai dos que levan no bico un cantar!

¡Ai dos que levan na frente unha estrela!
¡Ai dos que levan no bico un cantar!

Do mar pola orela mireina pasar
Na frente unha estrela, no bico un cantar

E vina tan soia na noite sen fin
¡Que inda recei pola probe da tola
Eu, que non tenho quen rece por min!

A musa dos pobos que vin pasar eu
Comesta dos lobos, comesta morreu
Os ósos son dela que vades gardar

¡Ai dos que levan na frente unha estrela!
¡Ai dos que levan no bico un cantar!

 

domingo, 25 de julio de 2021

EL OLIVO DE LA CIUDAD OLÍVICA

 


A Vigo se le conoce como la ciudad olívica y quiero contaros el porqué. Resulta que allá por el siglo XII los monjes de la Orden del Templo de Jerusalén estaban al cargo del monasterio de Santa María ( lo que hoy es la colegiata) y, en la puerta, para simbolizar la vida eterna, plantaron una oliveira (olivo en gallego). Si plantaron un olivo, fue porque es un árbol de hoja perenne y es símbolo, como el ciprés, de la eternidad. También es símbolo de la paz pues con ramas de olivo saludaron a Cristo en su entrada a Jerusalén. Pero no nos vayamos por las ramas (del olivo).

         El primitivo olivo fue derribado al construirse la nueva iglesia. Sin embargo, un vigués de pro, don Manuel Ángel Pereira, que era Administrador de la Aduana viguesa e hijo político del famoso alcalde vigués don Cayetano Parada y Pérez de Limia, recogió una ramita y la plantó en el huerto de su casa ( todo un detalle por su parte, se ve que era un ecologista avant la lettre. El crecimiento de la ciudad, enorme  como se puede comprobar dándose un viajecillo por allí, hizo que el jardín del prócer desapareciera y entonces el olivo fue llevado hasta el Paseo de Alfonso XII que es donde lo podemos ver en la actualidad. Delante del árbol hay una placa que  da fe del amor de los vigueses por su árbol . Eso fue en 1932 y allí sigue el olivo hasta que don Abel Caballero decida cambiarlo de lugar que ya se sabe que de los políticos, como de los purriegos, no es bueno fiar. Por cierto, el olivo aparece en el escudo de Vigo y os recomiendo que le hagáis una visita que no todo van a ser las ostras de La Piedra y el “Winston de batea”. Avisados quedáis.

ANTONIO TOVAR BOBILLO, EL GRAN POETA DE LA LIMIA

 

Durante muchos años asocié, de manera errónea, el apellido Bobillo a don Antonio Tovar, el ilustre filólogo vallisoletano del que ya he hablado en este blog, cuando su segundo apellido era Llorente. ¿Quién era, pues, Antonio Tovar Bobillo que tanto me sonaba en las mientes? Pues el ms excelso poeta gallego que hayan visto los siglos comparable, sin duda, a Rosalía´, a Celso Emilio Ferreiro o a Curros y que un servidor, por misterios de la vida, no había leído hasta este año en que, estando de “tribuno” en el tribunal de latín que tenía su ubicación en el Instituto Antonio Tovar del barrio vallisoletano de Arturo Eyries, volvió a pensar en este Tovar Bobillo.

         Don Antonio Tovar Bobillo, nació en  tierras da Limia, a “terra das patacas”, la tierra de lagunas misteriosas con pueblos sumergidos, la tierra que custodia ese río que los romanos, al mando de Decio Junio Bruto “el Galaico”, pensaron que era el Leteo y no se atrevieron a cruzar por no perder la memoria.  Tovar Bobillo es un gran poeta, tan grande que no entiendo cómo no se le conoce más fuera del ámbito de las letras gallegas y, aun así, también de manera muy restringida.

         Su poesía rimada y ritmada, su gran sentimiento, su profundo conocer del oficio de poeta (ser poeta tiene su oficio y lo recuerdo porque parece que es algo que se ha olvidado dadas las publicaciones de “poesía” que se perpetran últimamente), su ser galaico amigo del viento (también Celso Emilio Ferreiro lo fue) hacen de él un poeta imprescindible.

         Os dejo con un poema suyo para que lo disfrutéis:

 

“O TEMPO”

Fogueirada do tempo, fogueirada
sin flamas, sin presencias polo sangue.
” Han de volver os días máis felices,
todo será de luz como dinantes”.
O tempo vai decíndonos:
“vinde a xogar meniños, máis adiante”,
o tempo vai falándonos
con invisibles fitos e sinales.
“Eiquí será. Eiquí. Vinde outra vez,
eiquí será esa luz pola que orades”.
I o tempo vaise espindo
da poéira de cinzas, do follaxe
que un día figuraban rosas, froitos,
latexos, corazós, pedras durábeles.
Vinde, sigue decindo,
“aixiña, vinde aixiña, camiñantes”.
Os nosos limpos corazós cansados
vanse erguendo no amor pra outros combates.
“Vinde -sigue decindo- vinde, vinde”,
cal se estivese afora un dios brilante.
E vamos e seguimos
na mesma soedá, na mesma cárcere.

 

¡Ahí queda eso, compañeiros!

jueves, 22 de julio de 2021

LEO CALDAS Y EL BAR PUERTO DE VIGO


 

Cuando el viajero baja, desde la Gran Vía viguesa, hacia el puerto de la ciudad olívica, encuentra una sorpresa: el Bar Puerto, el bar de su adorado Leo Caldas, el policía vigués que, gracias al magín de Domingo Villar, le ha alegrado muchas lecturas. El viajero deja el coche cerca del puerto y sube hasta el bar, un bar muy normal, un bar del puerto que guarda en su interior, como una perla, una de las comidas mejores de toda Galicia. Que nadie busque nuevas cocinas; que nadie busque cocina de autor, que nadie busque elaboradísimos platos. Tan sólo una materia prima exquisita elaborada como desde hace siglos consiguen el milagro del pulpo, de la merluza de pincho cocida a la gallega o del bacalao  y consigue elevar un humilde bar a la categoría de prodigio de la gastronomía gallega. Vinos de la tierra para una comida y un marisco del mar. El viajero,  que ha ido a Vigo tan sólo para conocer este bar,  disfruta de lo que le sirve un atento camarero y poco a poco la noche va entrando por la bahía y se llega hasta el puerto para reposar, serena y tranquila, en los jardines en donde unos rapaces practican parcour.

         Al despedirse, el viajero agradece al camarero la maravillosa cena y, cómo no, pregunta por su Leo Caldas del alma. El camarero se echa a reír y le dice zumbón:

-         Estuvo, pero ya marchó.

El viajero, con la sonrisa de la felicidad, le dice:

-         Pues, el próximo día que venga por aquí, no se le olvide a usted decirle que voy a venir a verlo. O, al menos, avise a Rafael Estévez, su ayudante mañico, para que me pueda dar noticias de él.

Cuando el viajero sale del Bar Puerto, ya es noche cerrada y un barco perdido, quizás el de su infancia, entra por la bocana del puerto. El viajero ha cumplido su promesa y un día volverá a Vigo para hablar con Leo Caldas y decirle lo mucho que le aprecia. Eso sí, siempre que el policía no tenga trabajo en comisaría y no pueda acudir a ese pequeño santuario de la gastronomía gallega que es el Bar Puerto de Vigo.