lunes, 22 de mayo de 2023

EL EPITAFIO DE SÍCILOS


 

El epitafio de Sícilos es el texto musical completo más antiguo que se conserva. Encontrado por William Mitchell Ramsay en 1883 en  Turquía, perdido durante el conocido como Holocausto de Asia Menor o Guerra greco-turca que duró de 1919 a 1922, en la actualidad se encuentra en  Dinamarca, más exactamente en el Museo Nacional de Copenhague.

La inscripción en griego consta de tres partes: descripción, poema y dedicatoria

Texto en griego de la descripción

Texto en castellano

ΕΙΚΩΝ Η ΛΙΘΟΣ ΕΙΜΙ.

ΤΙΘΗΣΙ ΜΕ ΣΕΙΚΙΛΟΣ

ΕΝΘΑ ΜΝΗΜΗΣ ΑΘΑΝΑΤΟΥ

ΣΗΜΑ ΠΟΛΥΧΡΟΝΙΟΝ

Imagen soy de piedra

Sícilo en mí pone

allí donde estoy, de inmortal recuerdo,

señal para siempre.

 

Texto en griego del poema o epitafio.

Traducción al castellano

Ὅσον ζῇς, φαίνου,

μηδὲν ὅλως σὺ λυποῦ·

πρὸς ὀλίγον ἐστὶ τὸ ζῆν,

τὸ τέλος ὁ xρόνος ἀπαιτεῖ.

Mientras vivas, brilla,

no temas nada en absoluto.

Poco dura la vida

y el final exige el tiempo.

 

Texto en griego de la dedicatoria.

Texto en castellano

ΣΕΙΚΙΛΟΣ ΕΥΤΕΡΠ[Ηι]

Sícilo a Euterpe

 

         La melodía está escrita en modo frigio y se desenvuelve en el ámbito de una octava justa. Es un skolion o “canción de symposion”, es decir, una canción para beber en un banquete aunque, cuando la escuchamos en su transcripción, nos da una cierta impresión melancólica que resulta lógica  pues no debemos olvidar que se trata de un epitafio, esto es, una poesía escrita sobre una tumba (epi – tafos). En esta partitura moderna, vemos que está en 6/8, un compás musical de dos tiempos formados por tres corcheas cada uno siendo su unidad de tiempo la negra con puntillo

SONIDO

Voy a intentar que se pueda oír cómo sonaría en la actualidad y para ello os pongo aquí este vídeo:

https://www.youtube.com/watch?v=UqVxrArhN6A

domingo, 21 de mayo de 2023

LA EUFORIA DE CARLOS MARZAL

 


La palabra griega  εὐφορία que pasa por el latín euphoria y que nos llega al castellano como cultismo con la forma euforia ha tenido una curiosa evolución semántica pues de significar “llevar bien algo”  (εὖ – φέρω) ha pasado a significar “sensación de bienestar” y, añadiendo un poco más al diccionario de la RAE,  diría que “muy intensa esa sensación de bienestar”. Estamos eufóricos cuando la alegría nos invade y nos lleva y nos arrastra. Perdonad por este prólogo que es fruto de mi profesión de profesor de lenguas muertas porque mi idea era hablaros del último libro del mi muy admirado poeta valenciano Carlos Marzal. Lo que pasa es que – os lo juro-, este libro no es un libro, es un botiquín de primeros auxilios ahora que la vida, - ¡quién lo iba a decir! - , empieza a llegar a las penúltimas cuestas. Con un lenguaje sencillo, sin ningún  rastro de absurdo y trasnochado culturalismo (¡toma nota, Jaime Siles!), Marzal llega al corazón para sanarlo porque como ya os he dicho miles de veces la verdadera poesía cura (heilen) y por eso es sagrada (heilig) porque el ser humano, animal incurable e inconsolable según Saramago, necesita la curación por el enigma, la salvación por el símbolo. Pero Hasta la Iglesia, con ese absurdo prurito de allanar el mensaje, se está cargando todo el contenido simbólico y enigmático de las Sagradas Escrituras y no será raro que, para entender el símbolo de la Ascensión cuya fiesta celebrábamos ayer, se acabe diciendo que Jesús llevaba colocados unos inyectores que le permitieron ascender a los cielos o afirmando sin rubor que atravesó un portal de Stranger Things. No podemos (ni debemos) llegar hasta el fondo del misterio porque acabaríamos como aquella pobre desgraciada que mató a la gallina de los huevos de oro. Marzal escribe una poesía sencilla, pero que te pone un nudo en la garganta; otros escriben una poesía falsamente culturalista que produce bascas. Como muestra, un botón: una simple y humilde brida de plástico le sirve a  Marzal para tallar un hermoso poema sobre la vida y la muerte. He aquí poesía de verdad: lo demás, "poesía hamburguesa del MacSiles”.

DON RAMÓN CABANILLAS

 


Había en Marín, en la calle Calvo Sotelo, un estanco que también era, como el de Juan y Merche o  como el de la calle General Franco, papelería y librería. Una tarde, buscando por aquellos anaqueles de libros, encontré, publicadas en Akal, las obras completas de Ramón Cabanillas. Había sacado por entonces Juan Pardo un disco sobre él que yo tenía en forma de “cinta” y en el que, ni por asomo, aparecían las letras. Aquel libro me sirvió para leer las poesías de don Ramón musicadas por Juan Pardo y para entrar en su poesía que, a lo largo de estos años, nunca he dejado porque es una poesía de gran hermosura y de gran valor literario. Don Ramón fue el eslabón entre el Rexurdimento y los poetas del siglo XX y, perdón si me equivoco - y, si así fuere, que venga Jaime Siles a corregirme-  pero no habría existido un Celso Emilio Ferreiro sin la figura, sencilla pero definitiva, de este poeta de Cambados. A don Ramón le debemos el Canto a Roma, el  delicado poema a una “pobriña da tola”, el emocionante poema a Rosalía de Castro, el ¡En pe!, con toda la fuerza de las Hermandades da fala o, para no seguir, ese breviario de amor tan romántico en pleno siglo XX que es A rosa das cen follas. No podemos olvidar Camiños do tempo o las Paráfrasis de clásicos griegos y latinos. Fue don Ramón un excelente sonetista y un gran ritmador (fijaos que he escrito “ritmador”, de ritmo,  tal y como le gustaba decir al maestro Agustín García Calvo) y en su poesía suena el mar de Cambados, ese Cambados al que él nombró como “pobre, fidalgo e soñador”. Ya nadie se acuerda de Ramón Cabanillas, pero por eso mismo tenía que volver a traerlo a este blog de causas perdidas.


lunes, 15 de mayo de 2023

SCHUMANN EN RENANIA

 

Schumann era sajón, más en concreto de Zwickau, una ciudad que está al suroeste de Dresde, la ciudad mártir por los bombardeos aliados. En Dresde, Schumann pasó cuarenta años de su vida hasta que en 1850 estalló la revolución en esta ciudad y Schumann se encaminó a Renania. Por cierto, en Dresde, estaba otro sajón, tres años menor que Schumann,  que atendía al casi desconocido nombre entonces de Richard Wagner y que se tomó tan en serio lo de la revolución que acabó exiliado en Zúrich. Por tanto, ambos, Robert y Richard,  coincidieron en Dresde: para uno la “Primavera de las Naciones” supuso el marcharse a las tierras del Rin; para el otro, una vida de exiliado en Suiza. Vamos a quedarnos con el primero, con Robert. El viaje desde Dresde hasta las orillas del Rin son unos seiscientos kilómetros y supone un cambio de paisaje y  de paisanaje. Renania es, mutantis mutandis, la “Andalucía alemana” y Schumann provenía de las cejijuntas tierras sajonas. Su llegada a la luz renana, a los viñedos, a las torres de la catedral de Colonia le harían tanta impresión al músico de Sajonia como a un asturiano cuando llega a la luz de Cádiz. Puedo haber exagerado, pero esa idea tengo. Fue entonces cuando Robert compuso su sinfonía “Renana”, llena de la luz de esta región alemana que, como en casi todas las regiones alemanas , se habla un dialecto diferente en el que en lugar de Apfel se dice Affel para referirse a las manzanas. Es decir, que mi comparación entre el asturiano y su llegada a Cádiz cobra más fuerza al parar mientes en lo del acento distinto. Sin embargo, esa alegría desbordante le duró poco a Robert que, según algunos críticos, debido a su intenso trabajo se vio agravado en su enfermedad mental hasta el punto de que, prisionero de sus alucinaciones, se tiró al Rin en 1854, pero unos barqueros lo salvaron al recogerlo todavía con vida. Pero ya nada fue igual. Schumann, ante el agravamiento de su enfermedad, fue llevado al psiquiátrico de Endenich, cerca de Bonn, en donde murió aquejado de una neumonía. Ya el nombre del hospital no auguraba nada bueno (Ende, en alemán, es fin) y el sajón se quedó en Bonn, en una tumba en la que, algunos años después, le iría a hacer compañía su querida Clara. Una historia muy triste, la verdad.


EL CAMPANU DE ESTE AÑO

 


El Campanu del año 2023 se ha pescado en el Sella, el día 2 de abril,  a las 8.10 horas de la mañana, en el pozo El Águila que queda en las inmediaciones de la localidad asturiana de Villanueva, en el concellu de  Cangas de Onís. Tendría que haber empezado diciendo que el Campanu es el primer salmón que se captura en el Principado a principio de la temporada y que recibe este nombre porque, al pescarlo, se echaban a repicar les campanes. El pescador ha sido José Luis Vega, - que lo pescó en tan sólo ocho o nueve minutos y, por supuesto, con cebo natural- ,  y el salmón pesó 3,250 kilos y ha medido 72 centímetros, mucho más pequeño que el del año pasado que se pescó en el Narcea y que pesó 6,7 kilos y midió 84 centímetros y lejos también del pescado en 2013 por Francisco Vega en el pozo La Masona que alcanzó los 8,500 kilos. Sin embargo, el Campanu de este año 2023 se vendió por 9.200 euros y el de 2013 alcanzó 6.700 euros, es decir, 2500 euros menos. El afortunado pescador se ha llevado 2.500 euros que le ha entregado el Ayuntamiento de Cangas de Onís. Claro que lo del precio del Campanu es algo que no depende del peso, sino de la subasta y así os puedo contar que el más caro de los que tengo noticia fue el de 2007, pescado en el Narcea por Luis Miguel García que, aun teniendo tan sólo 4.400 kilos,  se vendió por 18.000 euros de nada.

Por cierto, para que los cántabros no se piquen, diré que no tengo datos del campano cántabro de este año, pero sí os digo que el del año pasado se pescó en el Pas, pesó 7,260 kilos y se vendió por 8.100 euros. El afortunado pescador fue Miguel Ángel Pereda Gómez.

Como os estaréis preguntando que quién se ha gastado esa pasta gansa en el salmón, os cuento que los “paganos” han sido los del grupo El Campanu que tienen restaurantes en Ribadesella y en Gijón. A cómo venderán el Campanu en sus mesas es algo que no me consta y que tampoco me interesa en demasía porque no me voy a ir a Ribadesella o a Gijón para pedirme una ración. No tengo ni tiempo ni dinero

         Bien sé que estas cosas es muy posible que no le interesen a nadie a o, todo lo más,  a un grupo muy reducido de personas, pero alguien lo tiene que contar porque alguien se tiene que ocupar de las cosas pequeñas y no de tan sólo  la macroeconomía.

          

miércoles, 10 de mayo de 2023

ORTEGA Y EL PAISAJE ANDALUZ

 


Cuenta don José Ortega y Gasset en su libro Viajes y países en donde se recoge su artículo Teoría de Andalucía, que, a su vez, cuenta Chateaubriand que, al llegar los cien mil hijos de San Luis a la divisoria de Sierra Morena y descubrir súbitamente la campiña andaluza, les produjo tal efecto el espectáculo que, de manera espontánea, los batallones presentaron armas a la tierra maravillosa. No necesito contar más y así convierto esta entrada en la más breve que he publicado nunca, pero en una de las más intensas.

lunes, 24 de abril de 2023

UN JOVEN CUESTOR EN GADES

 


Gadir se enjoyaba con el oro de la tarde mientras el océano, su amante, besaba enloquecido sus murallas. El viento recorría las calles de la ciudad escondiéndose en cada esquina, jugando por las calles de la Gades romana, y se llegaba hasta la estatua con la que la ciudad, en el templo de Hércules, honraba al hijo de Filipo II de Macedonia, el joven aquel que se llegó hasta el Indo, el caudillo invicto, el gran rey que, con tan sólo treinta y tres años, había conquistado la mitad del mundo conocido. Aquella estatua de Alejandro Magno moraba en aquel templo que presidía aquella ciudad  que habían fundado los fenicios con el nombre de Gadir, esa isla con otras islas en cuyas tardes de invierno se veían pasar los barcos que iban o venían del estrecho que, según los griegos, había abierto Herakles separando dos peñones, el de Calpe y el de Abila,  y en ellos había colocado aquel lema que ahora los romanos repetían en su lengua: NON PLUS ULTRA. Sin embargo, no respetó Hannón este lema y, allá por el siglo VI a. C. cruzó y tomó a Gadir como base para circunnavegar África; tampoco lo respetó Himilcón cuando por esos mismos siglos, cruzó con sus barcos y, haciendo de nuevo parada para cargar provisiones y hacer aguada en la futura Cádiz, marchó camino de aquellas islas extrañas en donde el estaño abundaba tanto que fácil era conseguirlo y llevarlo de vuelta hasta las tierras fenicias, islas que aquellos viajeros llamaron Casitérides. Al cabo de varios siglos, un griego, Eudoxio de Círico, tuvo la feliz idea de circunnavegar África y llegarse hasta la India, la tierra aquella a donde los soldados del gran Alejandro Magno temieron llegar y cuyos tesoros de oro y plata despertaban la codicia de los mercaderes, de los navegantes y de los monarcas. Eudoxo partió de Gades para esta expedición que, de llegar a las tierras de la India, les ahorraría a los griegos los aranceles exagerados que los monarcas ptolemaicos, descendientes de uno de los Diádocos, generales de Alejandro, por nombre Ptolomeo, imponían de manera abusiva en las costas del mar Rojo.

         Hasta esa ciudad había llegado hacía poco un joven cuestor con deseos de hacer fortuna y así poderse pagar un cursus honorum que lo llevara hasta el consulado porque él,  descendiente de Eneas y, por tanto, de Venus, quería llegar a ser otro Alejandro y conquistar para su urbe tantas tierras como el macedonio había conquistado para su patria.

         Este joven cuestor había llegado para ponerse a las órdenes de Cayo Antistio Veto, gobernador de la Hispania Ulterior y pronto conocería a Lucio Cornelio Balbo, un rico comerciante gaditano que, cada tarde, subía a su torre para desde ella ver si llegaban o no llegan sus barcos cargados de mercancías que, bien negociadas, se acababan convirtiendo en pingües riquezas para Balbo que había participado en la guerra entre Sertorio y Pompeyo y había sido su dinero, sin duda, el que había cimentado el triunfo del Magno. Al final de la contienda, le había recompensado, para él y para todo su clan,  con la ciudadanía romana y Balbo vio que la romanización de Gades le convenía. Así que se dispuso a que la vieja Gadir se convirtiera en Gades.

         Conocidas eran las fiestas de esta ciudad isleña  en las que no faltaban las bailarinas que alegraban con sus testudines  los corazones de los comensales. No sólo la Ulterior, sino la propia urbe se hacían lenguas de aquellas mujeres que cantaban y bailaban en aquella ciudad remota cuyas murallas besaba ese océano desconocido y oscuro, poblado de leyendas en las que se hablaba de ciudades sumergidas y manzanas de oro.

         Pero aquella tarde en que el viento refrescaba el ardor inmisericorde del sol veraniego, el joven cuestor se había ido llegando hasta la estatua de Alejandro que, con su juventud, le desafiaba pues tenía el romano por entonces la misma edad que el macedonio.

         En la soledad silenciosa que tan sólo albergaba un susurro del viento que agitaba las velas del puerto para distraer su aburrimiento, se oyó, de pronto, el llanto quejumbroso del joven cuestor. Sollozaba sin tregua mirando a Alejandro como si quisiera recibir algún consuelo de la muda estatua. Hasta algunos niños repararon en aquel llanto desconsolado que resonaba en las paredes del templo de Hércules, el Melkart de los fenicios. Un sacerdote, acercándose, le inquirió el porqué de su pena. Con palabras entrecortadas, el joven cuestor le dijo que aquel hombre de la estatua, a la misma edad que él tenía ahora, ya había conquistado la mitad del mundo, pero que él tan sólo era un humilde cuestor en una apartada provincia del imperio.

         Calló el sacerdote y pensó para sí que aquel joven tan ambicioso tenía dos caminos: o bien se convertía en el hombre que soñaba y ambicionaba ser, o bien se tenía que conformar con ser en la Urbe un humilde ciudadano desempeñando una simple magistratura. Sólo los dioses sabían el futuro de aquel joven y él no era adivino. Tan sólo por curiosidad, le preguntó su nombre y el joven cuestor, secándose los ojos y aclarándose la voz que le salía en una garganta herida por la pena y los sollozos, le reveló sus tria nomina. Y luego, saliendo del templo, se fue para el foro de aquella ciudad que cada día era menos Gadir y más Gades mientras el sacerdote del templo se volvía a sus quehaceres propios de su cargo. Un turiferario del templo se acercó hasta él y, casi sin levantar la voz, le preguntó por el nombre de ese apasionado joven cuyas lágrimas aún se veían brillar en el enlosado. El sacerdote, volviéndose al servidor del templo, le dijo en un latín pingüe y seseante : “Me ha dicho que siente pena porque,  a la edad que él tiene,  Alejandro ya había conquistado el mundo conocido. Es el nuevo cuestor y me ha dicho que se llama Cayo Julio César.