jueves, 9 de noviembre de 2017

EL GAITERU DE LIBARDÓN








Si os digo que quiero hablaros de Ramón García Tuero, seguramente no sabréis de quién hablo, pero, si os digo que os voy a hablar del gaiteru de Libardón, la cosa cambia.  Tan famoso gaitero nació en Molín del Matu, en el concellu de Villaviciosa, un 6 de febrero de 1864. Se le conoce como de Libardón porque la so muyer, María Caravera, era de allí y con ella se fue a vivir  tras casarse en 1890.  Pero hablar del Gaiteru de Libardón es hablar también de su habitual acompañante, José García, más conocido como el Tambor de l’Abadía. Ramón con tan sólo veinticinco años fue a París, a la Exposición Universal y también acudió las exposiciones mundiales de Barcelona, Buenos Aires y Sevilla. Fue el primer gaitero que grabó un disco allá por 1909 y recibió múltiples condecoraciones de manos de Miguel Primo de Rivera o del rey Alfonso XIII. Tenía la habilidad de que, a veces, al tiempo que tocaba cantaba tonaes y eso, a demás de su maestría en el puntero, le dio una fama enorme. Era alto, rubio y de ojos azules y no repolludo como el celebérrimo gaiteiro de Rosalía de Castro y en las romerías era la atracción de las chicas. Murió en 1932, pero su fama llega hasta nuestros días. Seguro que los buenos aficionados a la gaita me agradecen esta entrada.

EL GAITERU DE VERIÑA


El gaiteru de Veriña se llamaba José Antonio García Suárez y no era de Veriña como se podría pensar, sino de Poago. Era hijo del famoso Ramón d’Antón, un grande DE la gaita, y debutó con catorce años tocando en Santiago de Priuvia  la Misa de gaita. José Antonio se llevaba la gaita hasta para cuidar les vaques y a él se debe que la gaita siga hoy viva en Asturias pues, allá por los sesenta junto con dos o tres gaiteros más, empezó a hacer que la gaita resucitara. Ya en los setenta,  tocó la gaita con renombrados cantantes de tonaes asturianes como Vicente Díaz, Agustín Argüelles o Marcelino Meré, el Manquín. Se nos fue hace ya once años, pero, según me cuentan, su nieta ha seguido su estela. Por cierto, no os he contado por qué razón le llamaban así: el gaiteru de Veriña. Nos lo cuenta Fernando Ruiz, organizador del Festival de la Canción Asturiana de Gijón: «Cuando empezaba a tocar, los cantantes le pasaban a buscar para llevarle a las romerías. Para evitar que tuvieran que subir hasta Poago, él siempre quedaba en Veriña y con el nombre de esta parroquia se quedó».  Recuerdo que viajando en el FEVE de Candás a Gijón, sentí un golpe de alegría cuando vi la estación de Veriña, aquella parroquia en la que quedaba con sus amigos uno de los más grandes gaiteros de Asturias. Y recuerdo también aquel viaje en que iba escuchando con mi familia su música mientras el viejo R-12 escalaba el puerto de Piedras Luengas dejando atrás Potes y, al otro lado de la cordillera, Arenas de Cabrales. Cosas de la madurez.

domingo, 5 de noviembre de 2017

CASA TRESPALACIOS




Yo era un rapaz y no sabía el porqué de la magia del olor en la tienda de los Trespalacios. Cuando entraba, veía les madreñes en el techo y el quesu de Cabrales con su hoja de plágano. Entonces Arenas de Cabrales tenía la magia de ser la puerta del Naranjo, del Urriellu, del señor de los Picos. Subir hasta Bulnes era subir por un sueño, ascender por aquel camino que comenzaba en el puente de la Jaya y terminaba en el cielo, aquel cielo en el que la Guilermina, como la madre de Vladimir Holan, hacía el café y freía los huevos mientras los macutos y las cuerdas, a la puerta de su bar, esperaban a sus dueños para juntos ascender por la riega de Asotín y la canal de Camburero hasta el Jou sin Terra, a los pies de ese coloso que se teñía de naranja en cada puesta de sol.

         Han pasado años y ya nada queda de aquello como si un mal viento, como si un Nuberu enfurecido hubiese borrado lo que fue mi paraíso terrenal, mi tierra prometida. A los montañeros los han sustituido parejas de turistas vestidos en las grandes superficies y no en aquellas tiendas del Rastro madrileño en las que de niño soñaba con las montañas; al olor de las botas y de las cuerdas, los perfumes de las gentes que nada conocen de aquellas montañas salvo lo que han leído en la Wikipedia; al queso de Cabrales de Trespalacios, la asepsia de los envases al vacío.

         Pero aún queda en mi memoria el olor a la aventura, el olor al quesu, el olor que llenaba la tienda de los Trespalacios de Cabrales que, al cabo de los años descubrí que provenía – por favor, guardadme el secreto- , de los jamones ahumados de Tineo cuya piezas colgaban junto a les madreñes.

         Cuando el ángel toque la trompeta, señor Holan, estará nuestra madre haciendo café, pero también estará aquel Arenas de Cabrales que yo conocí en aquel lejano otoño de 1983.


viernes, 3 de noviembre de 2017

ANTONIO AMAYA




Le recuerdo a usted, don Antonio Amaya, de aquel disco de pizarra en el que cantaba Locura de amor y El pescadero. Le recuerdo a usted en aquellas mañanas de geranio y hierbabuena que regaba mi abuelo en aquel Madrid de los setenta.  A nadie le importa que no se apellidara Amaya sino Peláez Tortosa porque los dioses pueden ponerse y quitarse sus nombres cuándo y cómo gusten. Su carrera comenzó en Barcelona con Celia Gámez,  la argentina más chulapona,  con la que también estaban Tony Leblanc y Juan Manuel Lara. Con veintitrés años, ya estaba usted en un teatro de Barcelona representando Bronce y Oro. Su mánager fue Rafael Lasso de la Vega, curiosamente manager de Joan Manuel Serrat, y su mayor éxito, Doce cascabeles. Fue amigo de Rafael Conde el Titi y con él cantaba, de manera insuperable, Mi vida privada, una canción que a los dos les iba como un guante. En Sitges abrió Chez Antonio, cita de artistas y de gente de la farándula. Se nos fue en 2012 y está enterrado en Jaén junto a su madre.


martes, 31 de octubre de 2017

MI DOLOR POR ESPAÑA Y CATALUÑA




Cuando era pequeño y me ocurría algo malo, tenía la sensación de estar viviendo una película. En estos días, con el conflicto catalán, he tenido la misma sensación de irrealidad que supongo que es una defensa de la psique frente a situaciones dolorosas.  Y así, cuando votaban en el Parlament aquella gente - tan española como yo o más pues la nacionalidad no se decide sino que se vive y se mama-, su secesión de España, además de invocar a san Josep Pla, a san  Salvador Espriú y a san Carles Riba, tenía la sensación de estar viendo una película con un pésimo guión y unos pésimos actores. Ni en mis peores pesadillas podía imaginarme a Cataluña, la dolça Catalunya de mis poetas, en manos de unos desaprensivos con cultureta de camiseta sudada y asamblea emporrada de Facultad.  Aquello era un tren enloquecido que, sin conductor, se encaminaba al precipicio que habían ido tallando diferentes políticos españoles y catalanes durante cuarenta años. Pero dejemos esto para otro día porque días vendrán, cuando las aguas se calmen, en los que habrá que reflexionar con calma sobre todo los que ha ocurrido en España y en Catalunya en estos últimos años y habrá que hacer un examen de conciencia con la clase política que ha permitido tamaño desafuero.

         Sin embargo, como decían mis griegos, toda tragedia tiene su parte de enseñanza y, gracias a esos esperpentos,  he sentido una angustia profunda, pero, al tiempo, he descubierto que quería, mucho más de los que pensaba, a Cataluña y a España. ¡O felix culpa que me ha hecho recuperar la bandera que usurparon los del abrigo loden y la mano en alto! ¡O felix culpa que me ha hecho quitarme el complejo de español y me ha hecho sentir que este es, pese a sus muchos errores a lo largo de la historia, un país muy grande! ¡O felix culpa que me ha hecho levantar la cabeza con el orgullo de ser español! Estúpidos fantoches, malos actores, pésimos guionistas de la peor película que he visto en mi vida, os estoy muy agradecido. Moltes grácies.  ¡Visca Catalunya i visca Espanya!

LA MALDICIÓN DE LA REPÚBLICA CATALANA



La república catalana tiene una maldición tan terrible como la de la momia. A esa conclusión he llegado tras leer un poco la historia que es siempre magistra vitae. El primero que la proclamó fue Paul Clarís, un canónigo de la Seo de Urgell,  que el 16 de enero de 1641, con la aprobación de la Junta de Brazos,  (Las Cortes sin el rey y sin Carme Forcarell),   puso esta república en manos del rey de Francia, Luis XIII que se convirtió, de esta manera,  en Conde de Barcelona.  Clarís murió un mes después y parece ser que fue envenenado por un agente de Felipe IV ( He escrito Felipe IV y no Felipe VI; por favor, que nadie se confunda y piense que estoy dando ideas,).

         La segunda proclamación se produjo en 1873, como Estado catalán y dentro de la efímera Primera República Española que duró menos que un pastel en la puerta de un colegio. Nada se sabe de sus proclamadores, pero no debieron de salir bien parados.

         La tercera proclamación fue la de Maciá en 1931 que falleció a los dos años supongo de muerte natural, pero tampoco lo puedo asegurar.

         La cuarta, la de Companys, elevado a los altares en la actualidad, pero que se quedó solo fusilando, -muy democráticamente eso sí- a los que no pensaban como él, fue en 1934, aprovechando el “tirón” de esa Preguerra que fue la Revolución de Asturias. A río revuelto, ganancia de pescadores. Companys acabó en la cárcel, pero fue indultado por el gobierno del Frente Popular. Moriría más tarde fusilado por el gallego del bigote. (El gallego de la barba y el registro de la propiedad en Guardamar de Segura vendría después)

         La quinta es la de Puigdemont. No sé cómo va a ser su suerte, pero el hombre del peinado al estilo fregona se ha marchado a Bélgica. En el pecado lleva su penitencia. Si aguanta la vida belga (que ya es aguantar)  veremos lo que le ocurre, pero no le auguro nada bueno. ¡Carles, meu amic,  te has buscado la ruina!


EL IDIOTA


De nuevo, mi querido príncipe idiota, te he releído y nos hemos vuelto a encontrar en esos dos tomos que compré,  casi quince años atrás,  en la librería Tanco de Orense. Te reconozco, mi príncipe, con tu bondad que es objeto de burla (se te olvidó ser listo como una serpiente y te quedaste en paloma inocente), con tu inocencia que hiere a los malvados, con tus soluciones que, al final, lo enredan todo. Te echaba de menos, príncipe; echaba de menos tu bondad infantil, tus ideas de niño que, de pronto despierta y es el hombre capaz de pronunciar las palabras más duras sobre la religión que he leído nunca. Te pareces demasiado a mí, querido Lev, y  algún día te diré que mis errores han sido y, por desgracia son, tus errores. Algún día, nos iremos los dos a redimir el mundo, tú de Quijote y yo de Sancho, a combatir gigantes, a montar Clavileños. Siempre me fuiste muy cercano, pobre príncipe al que maleducaron para el bien, el bien que siempre conlleva la soledad y la incomprensión. Gracias, Lev, por haber existido, por existir en los dos libros forrados con papel azul que compré una tarde de agosto en aquella librería de Ourense y que, en su maravilloso desorden, revelan una vida de hombre completo.