lunes, 16 de abril de 2018

LA ESTADÍSTICA



A este cuento lo quiero mucho y me acompañó  durante mi exilio abulense. Está basado en un hecho real del que, por discreción, no puedo dar más datos.


LA ESTADÍSTICA

Sonó el teléfono aquella mañana en la Dirección Provincial de Agricultura de la Lejana Provincia. De la centralita al despacho de la secretaria del Director Provincial; del despacho de la secretaria a las manos mismas del Director Provincial, la llamada fue escalando pisos, atravesando paredes y por fin llegó al tímpano del alto funcionario provincial.

-         Dígame

Una conversación técnica llenó el oído interno del jerarca agrario y en medio del galimatías administrativo una cosa estaba clara: necesitaban sin falta la estadística  habitual  de todos los años para dentro de quince días. De nada valía protestar diciendo que otros años se había concedido más tiempo; de nada valía decir que las obras en la Dirección Provincial habían entorpecido la recogida y el proceso de datos; no valía nada. La voz firme y clara, autoritaria y potente del funcionario central lo dejaba bien claro: la fecha tope era el día 17 de Febrero; ni un día más ni un día menos.

Fue colgar y al momento comenzar a levantar teléfonos, pulsar botones de mensáfonos, llamar a voces a la paciente secretaria para darle órdenes: “lo primero la reunión de directores de granjas de toda la provincia mañana a las nueve. Sin falta. Daré las instrucciones pertinentes y en pocos días podremos mandar la estadística  a la capital”.

La secretaria le sacó de su ensueño. En algunas granjas no contestaban al teléfono o los directores no estaban en las instalaciones. “No creo que se pueda hacer esa reunión mañana a las nueve” le dijo Carmen, la paciente secretaria. “No se puede confiar en esta gente – pensó- en cuanto te despistas te la juegan”. Llamó de nuevo a la secretaria y le pidió que llamara a todos los jefes de la Dirección Provincial. Había que trazar una estrategia común para que en poco tiempo el encargo pedido  saliera rumbo a la capital del país. “¿Ha contactado ya con los directores?” -  preguntó a la secretaria. “Si, señor. ya les he transmitido a algunos sus órdenes. A otros sigo insistiendo a ver si se ponen al teléfono y se lo puedo decir.”  “Bien. Siga insistiendo. Mientras tanto llame a los jefes de la  Dirección Provincial para irles dando el plan básico de actuación.”.

Los jefes de la Dirección Provincial llegaron sumisos al despacho. Aceptaron las consignas del Director Provincial como un grupo de oficiales acata las órdenes de su general ante una misión difícil y se repartieron por sus despachos. Se reafirmaron, eso sí, en hacer una reunión urgente de directores de granjas el lunes próximo para transmitirles las directrices que habían trazado para alcanzar el objetivo. El fruto sería bueno,  muy bueno y en  la capital del país iban a saber que en aquella lejana provincia las cosas funcionaban bien.  Mejor que bien: muy bien.

Tenía que quedar una obra perfecta, sin un solo fallo; una obra que sirviera como ejemplo para otras Direcciones. El señor Director Provincial se retrepó ufano en su sillón y miró cómo en los árboles del jardín cercano las hojas comenzaban a brotar como un humillo verde: era la primavera que quería llegar ya a la ciudad.  Se sintió feliz y se permitió un purito aromático de los que compraba en el estanco de la estación..

¡Qué terribles son los lunes! Su mensáfono no paraba de sonar. “Señor Director, han llamado de Madrigalejos para decir que su director no puede venir, que está su mujer de parto”; “Señor Director, han llamado de Vegafría para decir que el director está de baja por hernia discal”. Habló con el Inspector Jefe de Instalaciones Agropecuarias: “Bueno, Gusta, son cosas que pasan, la gente se pone enferma y las mujeres paren. ¡Qué vamos a hacer! Claro que sé lo de sus bajas, ¿cómo no lo voy a saber? Nada, no te preocupes que verás como todo se arregla y lo pedido llega a la capital del país justo en el plazo que te han puesto. Reúne a los que no estén de baja mañana a las diez y diles lo que tienen que hacer”.

Cuando llegaron los directores de las granjas,  el Director Provincial les hizo pasar a una sala en donde había una mesa oval. Se fueron sentando y él, como un  Napoleón cualquiera les iba arengando sobre cómo tenían que dar forma a la estadística, a su estadística. Las normas fueron rigurosas, milimétricas y se cumplieron al detalle:  cada agricultor, mandó la información a cada capataz; cada capataz a cada jefe de cultivos; cada jefe de cultivos se la hizo llegar a cada director de granja y, finalmente, en otra reunión, todos sentados en la mesa oval, cada director de granja le hizo entrega al señor Director Provincial de su trabajo. Entre todos los informes formaron un buen volumen que don Gustavo acariciaba casi con erotismo. Ahí estaba su obra. La iba a mandar encuadernar en rústica; no, en rústica no, mejor en tapas duras;  sí, eso, en tapas duras granates y con letras doradas para que destacara bien el nombre y el escudo provincial. Así se hizo y, cuando la tuvo entre su manos, cuando Rufino, el bedel,  se la entregó,  sintió no menor emoción que cuando le entregaron a su primer hijo.

Llegó el día de enviarla y la empaquetó con sumo cuidado en una caja. Metió un refuerzo de polespán para que no se estropearan las cantoneras y la limpió el polvo por última vez. Cuando el bedel la cargó en la camioneta sintió que algo suyo le arrancaban y si no le hubiera parecido ridículo hasta hubiera echado una lágrima. ¡Cuántas esperanzas iban en  esa caja! Seguro que la vida no iba  a ser la misma cuando los jerarcas ministeriales la leyeran con detalle y vieran cómo habían cuidado cada párrafo, cada línea; cómo habían trabajado todo para que fuera una tarea modelo. Se la habían reclamado varias veces por teléfono y él había pedido unos días más que le concedieron de mala gana. Pero ahí estaba, destacando con su color granate y sus dorados en esa caja que serviría casi para transportar alguna obra del Museo Provincial, de tan reforzada y bien protegida contra los golpes que la habían dejado. Era su obra  suprema; bueno,  la de él y la de todos los agricultores, capataces, jefes de cultivos y directores de granjas, sin olvidarse, claro está,  de sus compañeros en la Dirección Provincial de Agricultura que habían trabajado codo a codo en la empresa. Tanto temor sintió por que  se malograra el fruto de sus desvelos que le dio el alto a Rufino: “¡Rufino!” “Sí, señor Director, dígame” “Mire, Rufino, he pensado que yo mismo bajaré a la capital la caja con la estadística, que no la baje usted en la camioneta. Así que deposítela otra vez en el segundo anaquel de mi biblioteca.” “Como guste, señor Director Provincial” – le contestó el bedel algo mohíno pues pensó que su jefe no confiaba como antes en él. Y así lo hizo. La depositó en el estante ordenado y volvió a su mesa para seguir tranquilamente leyendo su periódico.


Al día siguiente, 17 de Febrero,  Don Gustavo se preparó para bajar a la capital con la Estadística. Había hecho bien en decirle a Rufino que no la bajara. Sin duda él solo estaba capacitado en este mundo para semejante traslado.  La depositó con mucho cuidado en la parte de atrás de su automóvil y emprendió el viaje ufano. Llevaba su mejor traje, el mismo que se había puesto cuando le dijeron que el Presidente del Gobierno iba a visitar las instalaciones de la Dirección provincial. Al final, ni llegó a pasar pues un cambio inesperado en su apretada agenda se lo hizo imposible pero de aquel viaje conservaba el traje que se había comprado para recibir al prócer.

El día era magnífico, como señalado a propósito para el triunfo. Un cielo claro y transparente presagiaba lo mejor y en la sierra cercana la nieve ocupaba sólo la parte cimera. “Ya está cerca el buen tiempo”,   pensó y abrió la ventanilla de su coche para comprobar que el aire ya no era tan frío como en los meses de atrás. En la radio sonaba una cantata de Bach,  “Alabad a Dios en todos las tierras”,  que le llenó de entusiasmo. Era su día de triunfo, el día de triunfo de toda la Lejana Provincia porque – argumentaba para sí mismo mientras sonaban las notas de Bach – quizás esta estadística que nos ha llevado tanto esfuerzo sirva para que se fijen más en nosotros y se cumplan esas promesas que nos vienen haciendo desde hace tanto tiempo; quizás nos construyan  las granjas que nos tienen prometidas o el comedor social que tanta falta nos hace; sí, trabajar bien como hemos hecho sirve para algo. ¿Quién lo puede dudar?

En esto iba cundo un atasco inefable lo sorprendió al remontar un cambio de rasante. Frenó en seco y la  magna obra cayó al suelo del automóvil con susto del Director. Se orilló en el arcén y la colocó de nuevo en su sitio, asegurándose de que no se volviera a caer.¡La llave que le iba a abrir la puerta de la modernidad a sus granjas tirada por los suelos no muy limpios, por cierto, de su coche! La llave y,  quién sabe, a lo mejor algo más,  porque no era pecado pensarlo: alguien del Ministerio a lo mejor se fijaba en él y bueno, ya había habido otros casos y... otro frenazo le sacó de sus cuentas de la lechera. Si seguía este atasco, iba a llegar tarde. Ya había terminado la cantata y aquello no parecía tener solución. ¿Qué pasaría? Un camión cruzado en la carretera – oyó decir -  y vio pasar grúas y policía y bomberos. Y vio pasar el tiempo y vio que cuando quisiera llegar al ministerio ya sería la hora de la comida y quizás ya los altos jerarcas se habrían marchado a sus casas y a lo peor ese encuentro casual que tanto ansiaba no se produciría. ¡A ver si el día no iba a ser tan bueno como parecía! Pero sí. Era un día señalado desde el principio del mundo para el triunfo y para el gozo y, aunque efectivamente los capitostes del Ministerio ya se habían ido a devorar sus comidas, agotados por el trabajo que llevaban a cabo en las dependencias oficiales, entregó en admisión aquella maravilla encuadernada en granate y regresó a su Dirección Provincial seguro de su triunfo y del triunfo de todos sus subordinados. No era lo que a él le hubiera gustado – todo hay que decirlo- pues bien le hubiera gustado haberse topado con algún alto funcionario ministerial y, tras las presentaciones de rigor, haberle recomendado la lectura de la obra a la que él ya consideraba casi como uno de sus hijos. Pero no podía ser todo en la vida. Cruzó de nuevo el portalón y se despidió amablemente del guardia de seguridad. Le dieron ganas de decirle: “Quédate bien con mi cara, chaval, porque me vas a ver muy pronto por aquí; quizás incluso antes que a los demás directores provinciales; sí,  porque estoy convencido que no podrán esperar al día en que nos han citado a todos para la reunión en la que se nos informará de la evaluación de las estadísticas. No, chaval, no. A mí me van a llamar antes. Ya lo verás. Lo perfecto no admite la espera y estos altos funcionarios, que digo altos, altísimos, enseguida notarán dónde hay calidad, coordinación, seriedad y profesionalidad en el trabajo”. Con semejantes pensamientos salió a la calle y subió a su coche. En la radio ponían otra cantata de Bach, “Despertad, durmientes: la voz os llama”. Se dispuso a escucharla mientras atravesaba los puertos que separaban su vida de la capital del Estado.

Pasó el tiempo. Ya hacía casi un mes que había depositado su obra en las dependencias ministeriales. ¿Qué habría pasado? Todavía quedaban unos días para la fecha de la reunión de Directores Provinciales en el Ministerio pero ¿por qué no le habían llamado ya para felicitarle, para decirle que era la mejor estadística que habían visto nunca? Tenía que reconocer que había momentos en que se temía lo peor: que algo no hubiera ido bien, que hubieran cometido algún fallo o recogido algún dato que hubiera molestado a los altos funcionarios. A veces no era bueno ser tan perfectos. Su amigo Pedro se lo había dicho un día tomando un café: “Gusta, no seas tan perfecto que la perfección es fascista” ¿Habría pecado por exceso?   Pronto saldría de dudas pero mientras tanto la ansiedad le comía por dentro. Cuando llegó la fecha que le tenía lleno de zozobra, la fecha señalada desde el principio de los tiempos por los altos jerarcas ministeriales, el mágico día en el que les habían citado a  todos los directores provinciales a la una del mediodía,  volvió a subir en su coche y encendió la radio. Volvían a poner una cantata de Bach, “Cargaré alegre con el madero de la Cruz”. Era un día espléndido, más aún que el día en que había bajado a llevar la estadística. Ya los árboles estaban llenos de frondosas copas y en los prados florecían los acianos. El aire era tibio y todo invitaba al gozo. Parecía que hasta la misma naturaleza se aliaba con él, que la creación entera presagiaba su triunfo. Al remontar un cambio de rasante, otro maldito atasco. Esto no era vida. ¿Cómo podían vivir así en la ciudad? No sé si se iba a acostumbrar él a este ritmo de vida cuando trabajara en el Ministerio; porque una cosa tenía casi segura: que él, Gustavo Méndez García natural y vecino de la capital de la lejana provincia, después de ese día, iba a trabajar entre la plana mayor del Ministerio. ¡Ciegos tenían que estar para no ver sus méritos! Y hasta era capaz de hablar con el Fonsi, un amigo suyo que era ahora Secretario de Estado en otro Ministerio para conseguir su objetivo. Por cierto ¡cómo había subido el Fonsi! Él que le había conocido corriendo en pantalones cortos y ahora mira. Se ve bien claro que no hay nada mejor que meterse en política. Ah, mira qué suerte, parece que ya echamos a andar. ¡Ánimo, que ya lo tengo en el bote!
 Cuando llegó a la puerta del Ministerio de Agricultura, eran más de las dos. Cruzó el portalón de entrada y la voz de una guardia de seguridad le detuvo:
-         ¿Dónde va?
-         Vengo a la reunión de Directores Provinciales.
-         Arriba ya no queda ninguno de sus compañeros pero suba, si quiere.
Sin duda que subiría.. En la escalera se encontró con Lucas, también director de otra provincia aunque ésta menos lejana. Le dijo que había sido una reunión rutinaria: les habían  metido en un despacho lleno de papeles  en donde se acumulaban las estadísticas de las provincias por las mesas y por el suelo; les habían agradecido su trabajo y les habían emplazado para el año próximo.

-         ¿Y no te hablaron nada de nosotros, de la estadística  que hemos hecho este año? Tenía que destacar por encima de todas, encuadernada en granate con el escudo provincial y  letras doradas.
-         Pues no, la verdad. Yo creo que ni las leen. Que las piden por fastidiar, por llenar papeles. Vamos que  se alimentan de papeles como los cerdos de algarrobas.
No le pareció muy acertada, la verdad, la comparación de su compañero. Y hasta le pareció que era un resentido. ¡Cómo no iban a leer los trabajos enviados! Seguro que sí. Cuando subiera, vería el suyo en un lugar de honor. Este Lucas era un descreído, un desafecto al régimen. Así no iba a llegar nunca a nada. Seguro que eran los de ese sindicato, que todos conocían, los que le pagaban y que no era más que un infiltrado, un maestro de la sospecha.
Subió la escalera y llegó a las oficinas ministeriales. Había en el ambiente olor a papeles, a tintas, a fotocopias. No era el aire sano de las sierras al que él estaba acostumbrado. Seguro que quedaba algún funcionario que le pudiera informar de algo. Al fondo de un despacho, tras una montaña de papeles, había uno. Se acercó a él casi con reverencia.
-         Buenos días.  ¿Por favor? Verá, yo quisiera...
-         ¿Qué quiere? – le cortó-  Vuelva mañana.  Ahora no hay nadie.
Le molestó que lo tratara como si fuera un botones o un mensajero. No obstante se tragó el orgullo y se presentó cortésmente:
-         Buenos días. Soy Gustavo Méndez,. Director provincial de la provincia de Tamura. Vengo por la reunión de Directores provinciales; ya sabe, por lo de las estadísticas que nos solicitaron.
-         ¿Qué estadísticas?
¡Dios mío! ¿Cómo era posible que aquel funcionario no hubiera visto aquella maravilla de trabajo en equipo?
-         Sí, ya sabe, la de resultados y análisis de las Direcciones Provinciales de Agricultura.
-         Perdone pero no sé de qué me habla.
-         Sí, mire. Quizás Tamura está muy alejada y usted no la conoce bien y es por ello que no tiene usted noticia ...
-         Pero ¿qué dice? – le cortó de nuevo el funcionario capitalino-. Yo soy un buen funcionario, número dos en las oposiciones del año noventa y cinco, y conozco a la perfección todas y cada una de las provincias por muy alejadas que estén. Pero no sé nada de esa estadística de Tamura, provincia famosa por su producción de caolín y vino , con unos ingresos netos al año de 5,6 millones de euros; 600 teléfonos, 700 televisiones, 567 automóviles, 125 motos   por cada mil habitantes, 5 bibliotecas públicas, dos en la capital y tres en los pueblos más importantes, 3 fábricas de chocolate, 1 de mondadientes y para no aburrirle, un profesor para cada 28,7 niños y fiestas patronales de su capital, Tamura del Río,  el 26 de Septiembre, día de los santos médicos San Cosme y San Damián.

 Cada vez lo entendía menos. ¿Cómo era posible que aquella enciclopedia viviente no conociera aquel opus magnum, aquella obra casi sagrada. Lo intentó de nuevo.

-         Perdone, se trata, como le decía, de una estadística en la que mis directores y yo hacemos un detallado análisis de la situación de la  agricultura en las granjas de  Tamura. Porque no nos hemos limitado a una mera recogida de datos sino que los hemos analizado y hemos sacado nuestras conclusiones. Es decir, hemos hecho, si usted me lo permite, una exégesis de lo escrito, una interpretación de la situación...
-         Pues muy mal – le cortó ya por tercera vez el funcionario capitalino – porque ese análisis nos compete a nosotros. ¡Esto ya es inaudito! ¡Cualquier funcionario hoy en día, aunque no llegue ni al nivel catorce se permite interpretaciones no sólo del Boletín del Estado sino de documentos e informes!.

Estuvo a punto de decirle que él era un Director Provincial y que su nivel, posiblemente, duplicaría al suyo; que allí el único mindundi que había era él, con su melenilla teñida y su paquete de rubio americano; que le habían puesto delante de un ordenador y que ya se creía alguien; que a él, un Director de reconocido prestigio, un niñato no le hablaba así. Pero se calló y le volvió a preguntar:
- Perdone de nuevo. Estaba citado hoy a la una de la tarde ...
-         Lo siento – le cortó el hábil funcionario ya por cuarta vez – no sé de qué me habla. Ah, bueno, espere,  quizás se refiere usted a esa reunión que hubo esta mañana pero ya no queda nadie. Llega usted tarde.
-         Es que el tráfico...
-         Esa es la excusa de siempre – le cortó por quinta vez . Vuelva usted mañana y quizás

algún compañero mío le sepa informar. Yo no sé nada.
Y se ocultó tras los papeles que más que montón eran la gruta de Polifemo.
Nuestro Ulises salió triste. Vio que el día se nublaba, que de las sierras allende las cuales estaban sus granjas, sus agricultores, sus capataces, sus jefes de cultivos y sus directores de granjas venían unos negros nubarrones. Se quedó en medio del pasillo y no se percató de que las señoras de la limpieza lo iban rodeando con un ejército de fregonas y cubos y que poco a poco le iban estrechando su espacio, fregándole todo el suelo a su alrededor. “¿Quiere quitarse de en medio, por favor? O sale o entra pero no se quede en el pasillo” Retrocedió hacia un despacho pero en él ya había otra señora fregando que le increpó de no muy buenas formas: “No pise, hombre, no ve que estoy fregando. ¡Cómo se ve que usted no lo tiene que hacer!” Intentó entrar en otro despacho pero reconoció el suelo mojado y temió que le apareciera otro  cíclope enfurecido. Vio un pasillo seco y avanzó por él. Sin fortuna porque a la mitad le salió otra hija de Poseidón: “No ve que voy a fregar. Si quiere salir, pase por ese despacho de ahí pero vaya poniendo los pies con mucho cuidado en los papeles. No pise fuera que cuesta mucho trabajo fregarlo”.

Fue pisando con sumo cuidado en los papeles. Parecía que iba poniendo los pies por las piedras de un jardín japonés. Un pie, luego el otro, un pie, luego el otro. Era como un ballet en las dependencias ministeriales. Eso sí, fijándose con mucho cuidado en los papeles para no pisar fuera, fijándose con mucho cuidado en los papeles, fijándose con mucho cuidado en los papeles...
En la clínica no sabían muy bien por qué se había desvanecido. Una lipotimia, una bajada de tensión. Él sí lo sabía pero se había juramentado a no decirlo, a tenerlo como un secreto para siempre. Nadie sabría la verdad. Nadie. No quería ser el hazmerreír de todos. Se callaría, sí, y sólo él sabría la verdad:  que, mientras iba poniendo los pies en aquellos papeles, descubrió que eran, ¡ay Dios! las páginas de su querida ESTADÍSTICA. 

ROBERT LOWELL, UN NIÑO DE CASA BIEN



Robert Traill Spence Lowell IV nació en una familia de rancio abolengo bostoniano. Sus antepasados vinieron en el  Mayflower, es decir, eran “pata negra” dentro de la sociedad americana.  Su esmeradísima educación del noreste norteamericano le llevó a Harvard, pero se marchó después de estudiar algunos cursos y se licenció en Estudios Clásicos en otra Universidad menos escogida. En la Universidad Estatal de Luisiana, Robert se sacó un máster en literatura inglesa y, cuando fue llamado a filas, se declaró objetor de conciencia.  Eso sí, chico de buena familia, le escribió una carta a Roosvelt explicándole por qué no quería combatir lo cual podemos considerar como un detalle de  gente bien. Su cortesía florentina  no le libró de la cárcel, pero sí fue su primer escrito político al que seguirían, en los años sesenta, lo que escribió contra la Guerra de Vietnam. Fue un pacifista convencido toda su vida. Lowell no ha sido un poeta muy leído en España: la traducción de Visor de Resines tiene ya unos cuantos lustros y catorce años tiene la que se publicó en Losada de Luis Javier Moreno, el poeta segoviano. Merece la pena leer a Lowell, pero creo que, de una manera un tanto exagerada, se dice que, después de Whitman, es el mejor poeta americano. Sus maestros fueron William Carlos Williams y Robert Frost, al que fue a enseñar un poema que había escrito y que era muy largo sobre el tema de las Cruzadas y  Frost le dijo que trabajara un poco más la síntesis sin duda porque acabó hasta las narices del poema de Lowell, pero la educación, aunque a veces no lo parezca, también les atañe a los poetas . Os dejo con un poema suyo para que lo leáis porque leer a un autor es la única manera de conocerlo de verdad.

 Mis reseñas virginales eran en su momento
el equivalente verbal de los asesinatos.
Ahora son un montón chiquito,
compacto, tan viejo como yo.
Ellas se desintegran amarillas
y sus páginas rígidas
se hacen añicos como las hojas secas
escapando del árbol que les diera vida.
Estoy sin un amigo:
Veo de vez en cuando, en la noche cerrada,
brillar los faros de algún auto suicida
por la autopista y luego diluirse.
Mi vacío fantasmal ahora se me llena
con todos mis amigos agraviados
como tristes moscas familiares.



¿Acaso no es hipócrita pretender dar respuesta
a lo que no hemos sido capaces de escuchar?

lunes, 9 de abril de 2018

LOS CABALLOS DEL CORONEL

Os dedico este cuento, lectores míos.


LOS CABALLOS DEL CORONEL
El Coronel se miraba sus botas de piel que relucían bien lustradas por el asistente que, con la mano en la sien, marcial y firme, le hacía el saludo militar de ordenanza mientras el sol de la mañana, el mismo que ya se reflejaba en el río y en las huertas que bordeaban la vieja ciudad, aún dormida, aún soñando con sus monasterios y sus palacios, se filtraba por el visillo de encaje, obra sutil, casi mística de la mujer del jefe militar que a esas horas tan tempranas aún  reposaba en la habitación del linajudo palacio que habitaba con su marido por razón del puesto militar de aquel  que era, a la sazón, Director de la Academia militar que aquella ciudad de silencios - sólo turbados por la voz grave de las campanas catedralicias o por la voz juvenil y alegre de la esquila que tocaba a misa en San Elpidio-  albergaba en el centro de su corazón de piedra. Aquel rayo de sol se aburría de reflejarse en las botas del militar y buscó las copas de cristal labrado que había en el  aparador, la pluma de oro con filigranas de orfebre que dormitaba sobre la mesa en la que el jefe y director firmaba sus importantes partes y oficios; partes y oficios que se comentaban después en el bar de oficiales entre el humo de los cigarrillos y el olor a café de puchero; en la calle Mayor, mientras los militares paseaban con sus mujeres por los soportales y les hacían saber  los pormenores de la vida diaria de la Academia; en el mercado, en donde las militaras los comentaban entre sí y se quejaban de que ninguno de ellos tuviera por contenido un aumento de paga, que ya estaban cansadas  de pedir a los vendedores que les anotaran la compra y liquidarla a  primeros de mes para volver al poco a


la misma situación. Poco tiempo llevaba el Coronel en su puesto y aún estaba en ese estado, común a todos los que tienen que mandar, en que los subordinados los observan con precisión de entomólogo para conocer bien su carácter, sus maneras, en definitiva, sus puntos flacos para, una vez conocidos, poder sobrellevar mejor sus mandatos y tener sus claros de libertad. Así ocurre en las aulas con un nuevo profesor, en las oficinas con un nuevo jefe y así ocurría en aquella ciudad, nido de águilas tallado en piedra, en el que era el militar de más rango.  Firme seguía el asistente en su saludo, esperando la orden de descanso. Cuando el Coronel se la dio, el muchacho, un joven hijo de labradores de la provincia, la cara curtida por los soles y las manos encallecidas por el duro trabajo del campo, le leyó el orden del día: algunas visitas oficiales, un asunto disciplinario y poco más. Mientras se lo leía, el Coronel miraba por la ventana. La niebla tapaba como un embozo la sierra lejana y una lengua desgarrada de las nubes principales se distraía en ir lamiendo la corriente del río. No estaba mal aquel destino: había mejorado en la paga, había ascendido y tenía una buena casa. Sin embargo algo había que turbaba la felicidad del Coronel y ese detalle que le desazonaba era que no había instalaciones de hípica. Él era un gran jinete y en sus otros destinos siempre había tenido un buen picadero para poder montar a caballo. Con tantos años de práctica había conseguido hacerse un prestigio entre sus compañeros y, en la actualidad, su nombre sonaba como futuro integrante del equipo que representaría a su país en las Olimpiadas. Cuando salió de su último destino, su nivel era muy alto, tan alto que el General encargado de seleccionar los militares que entrarían a formar parte del equipo nacional casi le aseguró que podría pasearse por las orillas del río que pasaba por la ciudad en donde se celebrarían los juegos. Sin embargo, ahora, si no podía montar, su nivel bajaría y era muy probable que otros oficiales lo aventajaran. Cuando el general lo nombró director de la Academia,  no iba a entrar en tiquis miquis, pero ya se dio cuenta de que adonde iba no podría disfrutar de su pasión favorita. Había que buscar una solución pronta a tan grave problema.
         El Coronel seguía mirando por la ventana y el recluta , algo osado por su parte, se atrevió a decirle que si no ordenaba nada más y que si daba su permiso. El Coronel, arrancado de su sueño equino, apenas balbuceó “un puede retirarse” que el joven aprovechó para salir lo más pronto posible por la hermosa puerta de arco conopial. Al bajar, el muchacho se paró frente a una ventana que daba luz al hueco de la escalera y miró a través de ella. El sol ya se había aburrido también de jugar en el despacho del Coronel y ahora jugaba en la torre de una iglesia románica que estaba frente a la Academia. Al soldado le gustaba ver aquella iglesia con su portada sencilla de arco de medio punto que le recordaba a la de su pueblo. Además, cuando nevaba, la nieve se quedaba en los arcos como suspendida y le recordaba cómo también en el huerto de su padre la nieve temprana de octubre se quedaba  a veces en las manzanas y les formaba como una coronita blanca que era lo más ligero y delicado que él había visto nunca. Parecía como si una mano las hubiera escarchado con azúcar. El muchacho pensó en su madre, que a esas horas estaría haciéndole la comida a padre, y siguió bajando por la escalera.  El Coronel se dirigió hacia su mesa, tomó asiento en la butaca y abrió la carpeta de las firmas para estampar en los documentos del día su firma solemne, rotunda, trazada de un solo trazo, como corresponde a un vencedor, a uno de esos hombres que estaban haciendo un nuevo país, tan alejado de aquel otro que era antes: un país de bárbaros que destrozaban todo lo que pillaban. Recordaba allá en la capital a las turbas regocijándose con las llamas, enloquecidas por el odio. Pero, por fortuna, todo eso había cambiado y hombres como él estaban construyendo un país basado en los valores eternos que aquellos salvajes habían olvidado.  En tan gloriosos pensamientos le sorprendió otra vez el asistente para traerle alguna nueva sin importancia: oficios de rutina, partes sin trascendencia. El sol, aburrido, ya andaba recorriendo la pétrea fábrica de la Catedral. El Coronel firmó los partes y los oficios y se retrepó en su sillón de cuero. Luego sacó un cigarro puro de la caja en la que los guardaba y lo encendió. La luz se filtraba por los encajes de los visillos buscando las volutas de humo que salían de la boca del jefe militar. No, pensó usía, por nada del mundo debo de quedarme fuera del equipo olímpico.
         Fue en una mañana de primavera cuando al Coronel le vino la inspiración casi divina. Había oído misa en la capilla de la Academia y pasó a su despacho. Tras el juego del sol en sus botas y el parte del asistente, se quedó muy fijo mirando por la ventana. El fino  encaje del visillo rozaba su recién afeitada cara y sintió algo parecido al placer. Pero ese pequeñísimo placer no tenía comparación con el que estaba sintiendo al contemplar, como en una visión, que ahí delante de él se podría hacer el picadero que tanto deseaba. Volvió  en seguida a su mesa y dibujó, con su pluma de oro adornada con filigranas de orfebre, el plano soñado en papel verjurado: ese era, a grandes rasgos, su sueño. Al instante tomó una cuartilla, que llevaba en su esquina superior izquierda el membrete de la Academia militar que dirigía, y comenzó a escribir al General de la Plaza y al Capitán General de la Región Militar correspondiente. Argumentó la necesidad del picadero diciendo que era bueno para los cadetes el arte ecuestre, fuera cual fuera la especialidad de la Academia militar; que en aquel nuevo país que estaban construyendo no se entendía un buen militar que no dominara la monta e incluso algo de doma. No argumentó, como es lógico, su deseo de pertenecer al equipo olímpico, que no se vería cumplido si no entrenaba lo suficiente, ni que se aburría enormemente en aquella provincia construida con sillares  de piedra. Firmó y rubricó ambas  cartas y llamó al asistente que, tras cuadrarse como mandan las ordenanzas con firme taconazo, las recogió y, tras repetir el marcial saludo, salió de nuevo por la puerta de arco conopial. Ahora sólo faltaba esperar. Pero no creía que mucho tiempo porque aquellos a los que había escrito eran amigos suyos y  entenderían su idea y le darían los permisos oportunos para construir su picadero. Mientras tanto podría ir practicando en la finca de unos terratenientes cercanos que se la habían ofrecido y que de la que él no había hecho uso por no dar la impresión que abusaba. No iban a tener al militar para siempre en su finca comiendo la sopa boba. Sin embargo, ahora, con el picadero en construcción, verían que era algo provisional, de unos meses nada más, y podría acercarse por allí algún sábado. Porque el proyecto era muy sencillo:  enfrente de la Academia había un viejo palacio renacentista deshabitado. Bastaría con echarlo  abajo y construir su picadero en el solar. A nadie le iba a importar un palacio  más o menos en una ciudad en la que lo que sobraban eran palacios. Ahora sólo quedaba aguardar a que sus amigos le aprobaran el proyecto. Y seguro que se darían prisa. El país no podía esperar.
El asistente penetró por la puerta de arco conopial y se cuadró tras marcial taconazo y saludo. En su mano destacando en su piel morena de las labores del campo se veía un sobre con membrete de Capitanía. Sin duda, ahí estaba la contestación del Capitán General a su solicitud. ¿Cómo habría tardado casi cinco meses en contestarle? Apenas el muchacho le entregó el sobre, el lo rasgó con ansiedad y se puso a leer su contenido. El asistente se atrevió a preguntarle que si usía no ordenaba nada más. No, nada; se puede retirar.  Y, tras el marcial saludo, salió por la puerta de arco conopial y dejó al Coronel leyendo. A medida que leía su cara se iba demudando. ¿Era posible eso? ¿Le iban a negar el permiso para su picadero porque un funcionario de tres al cuarto de Bellas Artes se negaba, le ponía reparos a él, un constructor del nuevo país en el que los bárbaros no tendrían cabida? Si eso era cierto, y lo tendría que ser porque su fe era ciega en el Capitán General,  buen amigo y camarada,  y el proyecto se veía obstaculizado por un funcionarillo, ese pobre desgraciado se iba a acordar de él. Le enseñaría a no oponerse a sus deseos cuyos únicos fines era la mayor gloria de ese país que habían destrozado los miserables funcionarios como ése. ¡Y que se anduviera con mucho cuidado porque a lo mejor buscando, buscando resultaba que aquel desgraciado tenía algún pasado oscuro, ya me entiende su Excelencia, algún familiar, él mismo, vaya usted a saber, que tuvieron algo que ver con la barbarie y entonces a aquel pobrecillo quizás dos tiros le iban a tapar la boca para siempre! No había que andarse con contemplaciones: ya no había lugar para chiquilladas de palacios renacentistas, para sensibilidades de depravados. Había leído en los periódicos los nombres que sonaban para el equipo nacional de hípica y el suyo no estaba entre ellos. Sin duda, el General consideraba que los meses que llevaba sin entrenar habían embotado sus dotes ecuestres. Lleno de ira cogió su pluma de oro y en las cuartillas de la Academia escribió de nuevo al capitán General. El sol, ajeno a todo, aburrido de reflejarse en los bolas doradas de los balcones del Hotel Europeo, jugaba otra vez  en el encaje de la ventana de la Academia militar.
         El Coronel se estaba mirando sus botas de piel bien lustradas cuando el asistente pidió permiso para entrar, se cuadró e hizo el saludo firme, recio, marcial. En su mano morena de campesino llevaba un sobre de Capitanía. El Coronel lo abrió con ansia. Su mirada se serenaba a medida que iba leyendo:  esa misma mañana una cuadrilla de obreros procederían a derribar el viejo palacio renacentista. No había tenido que hacer mucha fuerza: había bastado una amenaza de exilio para que aquel funcionario callara. Silencio o exilio: que eligiera.  Seguía mirando por la ventana y vio que de un camión se bajaba unos obreros que con picos y palas se dirigían hacia el palacio que tenía la osadía de oponerse a sus planes, de oponerse a la construcción de un país nuevo.¡Qué payasada la de aquel pobre funcionario de Bellas Artes el querer oponerse a los  intereses sacrosantos de la Patria! La belleza, el patrimonio artístico que debe ser conservado como un bien más del país, lo estético, la poesía que vive en los ajimeces en los que quizás una dama esperaba a un trovador; aquel pobre hombre hablaba como aquellos poetas y profesores muertos de hambre que no tenían ni tomarse un café. Había que verlos sentados en las mesas del Europeo hablando de lo que no entendían. Porque ¿qué iban a saber ellos de construir países nuevos?. Dentro de muy poco en aquel solar se iba a construir su picadero y podría entrenar. De nuevo su nombre volvería a sonar entre los jinetes que representaría a la nación en los Juegos Olímpicos. Ya se sentía practicando en las nuevas instalaciones, con sus botas de piel bien lustradas por el asistente, su mirada de vencedor, con la mano firme en las bridas. Los obreros habían comenzado a desmantelar la vieja iglesia románica. El recluta seguía firme. El Coronel, embebido en su victoria,  no había reparado en el pobre muchacho. Cuando lo hizo, le dio la orden de retirarse. El joven agricultor se cuadró, le hizo el saludo de ordenanza y salió por la puerta de arco conopial. Al bajar por la escalera, se paró ante la ventana,  vio cómo derribaban el palacio y sintió pena. Parecía que estaban derribando el caserón antiguo de labranza que había en su pueblo , aquél en el que la nieve se quedaba suspendida en los alfeizares de las ventanas como las nevadas tempranas de octubre en las manzanas que su padre tenía en la tosa. Un gota de vaho condensado resbalaba por el cristal y la lengua desgarrada de una nube,  que se distraía en lamer el río todas las mañanas, aquel día había subido calle arriba y se había atrevido a llegarse hasta la Academia y cubrir a los peones que trabajaban en el derribo. Ahora el pobre muchacho sólo veía monigotes que se movían entre la niebla. Mira, se dijo para sí, si lo viera mi abuela diría que  hasta al mismo Dios le ha dado  vergüenza ajena y ha mandado a la niebla para que tape este atropello. A partir de ahora, cuando me licencien y vuelva a casa,  veré las manzanas coronadas por la nieve de octubre y  me acordaré de este palacio  que el Coronel ha mandado derribar y que tanto me recordaba a la casona de mi pueblo. El muchacho se quedó mirando muy fijo una gota de vaho condensado que resbalaba por el cristal y luego, cuando la gota, tras llegar al marco de la ventana y dudar si quedarse en la masilla del cristal o seguir resbalando, optó por reposar en el cerquillo, se fue bajando muy despacio por las escaleras, como si con su tardanza demorara también el atropello que se estaba practicando frente a la Academia;  como si la lentitud que imprimía a sus miembros se pudiera contagiar también a los trabajadores encargados del derribo; como si su ocultamiento en las sombras del pasillo tuviera el poder también de ocultar la ignominia y la vergüenza. Lo pensaba una y otra vez pero seguía  sin entender  por qué sus superiores habían dado aquella orden que él no comprendía y que mandaba quitar de allí aquel palacio. El no entendía la orden pero tenía que ser justa porque para eso eran los jefes y los jefes, ya se sabe, tan sólo por serlo, siempre son justos.


   





VALE POR SIETE "PORVOS" CON LA LOLA




Sabido es que una revolución hay que hacerla en condiciones y que, siguiendo su sentido etimológico, hay que cambiarlo todo, poner todo patas arriba. Para qué seguir concediendo medallitas a los héroes de acciones de guerra, debieron pensar los militares que habían sido reclutados entre el pueblo, gente que poco o nada sabían de la guerra, pero que le echaban mucho ardor; gente que se mataba por su República,  pero que desconocían cómo se interpretaba un mapa o que pensaban que la estrategia era atacar por detrás. Azaña vio claro que así no se podía ganar una guerra porque un levantamiento militar había que combatirlo de un modo militar. Todo esto viene a cuento porque Juan Eslava Galán cuenta cómo a uno de los milicianos que atacaban el Alcázar de Toledo le concedieron, como premio a su valor, un vale en el que se lee: VALE POR SIETE “PORVOS” CON LA LOLA.  Nada se sabe de la tal Lola y, tal vez, fuera más complicado lo de los siete “porvos” que tomar el Alcázar, pero, desde luego, esa “condecoración” al valor en campaña es toda una revolución en sí misma. Nada de medallitas que se apolillan en los desvanes y que sólo sirven para que abuelitos pesados den la tabarra a sus nietos con batallitas. En aquella España de rompe y rasga, los siete “porvos” con la Lola son una bandera revolucionaria. Eso sí, teniendo en cuenta la tristia post coitum y el cansancio de esos siete brindis a Venus, que diría Ovido, el valiente soldadito  no estaría tras siete coitos en óptimo estado de presentar batalla. Por muy español y muy macho que fuera. Y es que así, al final, se acaba perdiendo una guerra porque tanto “porvo”, tanto “porvo” no es bueno ni para las cucarachas.

LAS MICCIONES DEL CAUDILLO





Mucho se ha escrito sobre Franco, aquel señor de bigote que había nacido en el Ferrol, pero nunca había leído nada con referencia a su capacidad de contener  la orina. Entre sus generales, y ya antes entre sus compañeros, corría la consigna de que, a las reuniones con Franquito, había que acudir “meado de casa”. Y es que Franco, que por algo era caudillo por la gracia de Dios, podía estar sin miccionar más de catorce horas. Es lógico que la vejiga de un hombre al que Dios destinó para tan alto cometido no fuera una vejiga normal y sí una vejiga épica, digna de un Aquiles del que, en ningún momento, nos cuenta Homero que se parara a miccionar en plena batalla. Esa vejiga prodigiosa le acompañó – según dicen – durante muchos años de su vida y a los Consejos de Ministros también había que acudir habiendo miccionado previamente y sin mucha ingesta de líquidos porque el Caudillo podía estar dos consejos sin levantarse a hacer su aguas menores. Sin embargo, un día, ya en los sesenta, Franco, en medio de un Consejo de Ministros, se levantó al servicio. Los ministros lo miraron asombrados y uno de ellos, un gallego como él, pero nacido en Villalba, corazón da Terra Chá,  y que era a la sazón ministro de Información y Turismo apuntó en su cuaderno de notas: “En el día de hoy, el franquismo ha comenzado su declive”. Y no se equivocó aquel galego lucense llamado Manuel Fraga. Y es que cuando la próstata de un dictador empieza a fallar, el país que gobierna empieza a temblar.