sábado, 8 de enero de 2022

ANACORETAS SOMOS

 


Con este horror de la pandemia, cada día más, nos estamos convirtiendo en anacoretas, es decir, en personas retiradas del mundo que se entregan a la penitencia y a la contemplación. La penitencia actual es aguantar los informativos con su carga de miedo y de datos y la contemplación puede ir desde la noche estrellada en plan Fray Luis de León a la “contemplación” de alguna bazofia de la televisión. Sin embargo, entre ambos extremos, median otras muchas actividades contemplativas. Anacoreta es una hermosa palabra griega que está formada por el prefijo ἀνα- que tiene el significado de “hacia arriba” y así encontramos la famosa Anábasis de Jenofonte y la menos famosa Anábasis de Alejandro Magno de Flavio Arriano, escritor ya tardío que escribía en griego, pero que ya era ciudadano romano. Anábasis significa literalmente “ir hacia arriba” y es lo contrario de catábasis que significa “descender” y así en la literatura clásica encontramos catábasis famosas como la de Ulises al Hades.  Cierto es que Anábasis significa también “subir” hacia el norte ( de ahí el nombre del libro de Jenofonte pues los griegos recorrieron en dirección norte la actual Turquía para acabar llegando al mar gritando aquello tan famoso de θάλασσα, θάλασσα  que significa “el mar, el mar” muchos años antes de que don Paul Valery dijera aquello de La mer, la mer, toujours racommencée y catábasis tiene, en ocasiones un significado parecido de llegar hasta el mar, eso sí, siempre que “bajemos” hacia el mar desde un lugar elevado. En la primera encontramos el ya mencionado sufijo ἀνα- y, en la segunda, el prefijo κατά- (hacia abajo) más el verbo βαίνω, que aparece en las dos y  que significa “marchar” o “avanzar”. Por lo que respecta a anacoreta, encontramos el prefijo ἀνα- con el significado de hacia atrás y el verbo χωρέω que significa “retirarse ” por lo que su significado etimológico es, literalmente, “retirarse hacia atrás” que suena muy redundante pues es difícil “retirarse hacia adelante”. En fin, que el anacoreta es el que se retira del mundo. Nosotros ni siquiera alcanzamos ese nivel y nos quedamos en confinados por Real Decreto.

         Así pues, visto lo visto y comprado que nos queda más pandemia que mili al palo de la bandera, termino esta entrada con la expresión que se utilizaba con la palabra arriero, pero cambiada ésta por anacoreta: “Anacoretas somos y por los caminos de la pandemia nos encontraremos”.

ALGUNAS MUESTRAS DEL LÉXICO AZORINIANO

 


He sido un gran lector de Azorín en esos tomitos maravillosos de la Colección Austral en donde estaba y está toda su obra. Azorín era el escritor de las cosas pequeñas y de él recuerdo esas palabras cargadas de hermosura, de belleza y de poesía. Vamos pues con ellas.

         La primera es pegujal que significa una pequeña porción de tierra o de ganado. Las gentes de los relatos de Azorín cultivaban pegujales y vivían en mechinales como a continuación  veremos. Pegujal viene del latín peculiaris que es una palabra que lleva el sufijo –aris con el que formamos palabras nuevas con el sentido de “algo propio de o algo relacionado con”. Así del sustantivo peculium, pequeña cantidad de dinero que se quedaban los esclavos a base de sisas sobre las cantidades que le daba el amo para las compras, nos sale peculiaris que significa “algo relacionado con el peculium”. Como habréis podido ver peculiaris da también en castellano “peculiar” que es el adjetivo  con lo que designamos “lo propio o privativo de cada persona”. Así por ejemplo, decimos: “Tiene un carácter peculiar”. De peculium tenemos en castellano peculio que significa el dinero y bienes que son propios a una persona. Por ejemplo: “Me he comprado este coche de mi peculio”. No se utiliza mucho en la actualidad, pero me parecen expresiones que no se deberían perder.

         Mechinal es una habitación o cuarto de tamaño muy reducido. Y viene del latín machinalis, relativo a las máquinas, pasando por el árabe hispano mgynr que vaya usted a saber cómo se pronuncia. El diccionario también nos dice que es el agujero cuadrado que se deja en las paredes cuando se fabrica un edificio para meter en él un palo horizontal del andamio o “cada uno de los huecos que se dejan, a intervalos regulares, en los muros de contención para dar salida al agua”.

         Finalmente, por los escritos azorinianos pululaban morabitos que son los anacoretas del islam. Nos dice el diccionario de la RAE que proviene del árabe clásico murabit, miembro de una rábida, siendo una rábida un convento o ermita. Recordemos el convento de La Rábida en donde Cristóbal Colón se alojó antes de partir al descubrimiento del Nuevo Mundo. Este convento onubense está muy cerca del Palos de la Frontera (anteriormente Palos de Moguer, nombre con el que se bautizó a una estación del Metro madrileño),  localidad de Huelva desde donde partieron las carabelas rumbo a lo que Colón consideraba las Indias Orientales, pero que acabarían siendo las Indias Occidentales más tarde conocidas como América por el comerciante y cartógrafo Américo Vespucio. Pero lo de Vespucio lo cuenta muy bien y bonito Stefan Zweig en uno de sus apasionantes libros y da para otra entrada que, con vuestro permiso,  me la reservo para más adelante.



jueves, 6 de enero de 2022

LOS DÍAS MÁS TRISTES DEL AÑO O SONATA TRISTE PARA ENERO

 


Llegan los días más tristes del año. Cuando las Navidades pasan y los Reyes se alejan de vuelta a su Oriente, se me forma un nudo en la garganta. No, no es la vuelta al trabajo pues nunca – ni al colegio, ni  a la Facultad, ni al Instituto-, me costó volver; es…otra cosa. Una pena, que ahora que acaba de anochecer, va ocupando los rincones de la casa, que va tiñendo de una pátina de tristeza el árbol decorado por los niños, el Belén con su río y su fuente que, durante un mes, ha llenado con su canción estas tardes navideñas. Se va la Navidad y, cuando era más joven, pensaba en las cosas que haría en este año recién estrenado, en la playa que me esperaba aún lejana, pero ya cercana a un tiempo, . Estaba sobrado de tiempo y podía dejar pasar un atardecer sin sentir esta pena honda, densa, tan espesa como las nieblas que – no es el caso de este año-, cubren a porfía el valle del Duero.  La Navidad tenía mucho de sorpresa, de espera gozosa, de esquinas florecidas por presencias que se anhelaban durante el resto del año; de sobres con felicitaciones que te hacían cercano al que estaba lejos: La Navidad era la magia de volver a una infancia, a nuestra única patria, esa patria perdida porque el tiempo ha arrancado los puentes como un río furioso en primavera.

         Cada año, al llegar e Adviento, ponemos nuestro corazón en espera de la magia, del calor de una casa que ya nunca será tu casa, de un abrazo que ya no podrá ser abrazo porque la muerte ha ido, poco a poco, sin intermitencias ni misericordias, cumpliendo con su trabajo. Y la cena será una cena triste y esos días que median entre Nochebuena y Nochevieja ya no tendrán películas en cines de barrio, ni miradas de reojo a la cesta de Navidad por ver si siguen las peladillas, ni el partido de baloncesto del Trofeo de Navidad que organizaba el Real Madrid con Brabender, Corbalán y Clifford Luyk. La cena de Nochevieja tampoco será la de antes, con aquel programa que repetían al día siguiente con aquellos chistes que, a día de hoy, no se podrían contar porque no son, en su mayoría, políticamente correctos. Y el día de Año Nuevo, ya no será lo mismo porque el Concierto desde Viena suena, -no sé por qué y lo dirija quien lo dirija-,  un poco más triste cada año y la Marcha de Radetzky se va pareciendo, cada vez más, a una marcha fúnebre. Tampoco habrá saltos de esquí desde el trampolín maravilloso de Garmisch Partenkirchen, esos saltos que hacían envidiar esa abundancia de nieve que había en Baviera a los pobres niños que teníamos en el trampolín de la pista de El Escaparate nuestro  sueño dominguero y cuando no sabías ni te importaban que don Richard Strauss hubiera vivido en esta  hermosa ciudad.

         Ya sé que nace un Niño y que ese Niño es la spes única, pero ese niño, cada año, me parece más viejo, menos niño y más profeta. Y por más que los Magos lleguen y sigas mirando por el balcón por ver si ves sus camellos, ya no los ves y se queda la tarde tan callada que da miedo, mucho miedo.

         Perdonad por la tristeza, pero no hace falta que los americanos nos digan cuando es el blue Monday porque, desde hace algunos años, yo ya tengo el mío particular. Quería que supierais que estos días son,  para mí,  los días más tristes del año y que, a medida que el tiempo pasa, tan sólo las miradas de mis hijos pueden paliar esa tristeza que me invade, que me corroe, que hace que un nudo en la garganta se me ponga al mirar el Belén.

         La Nochebuena se viene;

         la Nochebuena se va

y nosotros nos iremos

y no volveremos más.

 

         Pues eso.

 

martes, 4 de enero de 2022

UNA MUY HERMOSA DEDICATORIA

 


En las dedicatorias de los libros, se puede encontrar uno algunas bellezas como ésta que aparece en la traducción que Pedro Bádenas de la Peña y Alberto Bernabé Pajares publicaron en un ya muy lejano 1984.    Aquella traducción de los Epinicios pindáricos           ( sobre los que volveré en breve) es sencillamente magnífica con su comentario interpretativo de cada epinicio por lo que le hace ser una obra fundamental para todo aquel lector que quiera disfrutar de la obra del poeta beocio. Por el momento, la bellísima dedicatoria que ambos les hicieron a sus hijos en griego clásico:

         


A María, Helena y Pedro


τέκνοις φίλοις,

ἐσομένου χρόνου ὑποσχέσει,

τόδε τῆς Μούσης τῆς ἀρχαίας ἄωτον

πατρίᾳ σὺν στοργῇ ἡρμηνεύσαμεν.

 

Que viene a decir así en castellano:

 

a nuestros queridos hijos,

promesa de un tiempo futuro,

esta flor de una Musa antigua,

con cariño paternal hemos traducido.

 

sábado, 1 de enero de 2022

ADOLFO DE LA FUENTE, POETA DE SANTANDER LA MARINERA

 

Hay escritores que les cuadra aquel apartado que tenían Fernando Argenta y Araceli González Campa en su mítico programa Clásicos Populares: Si lo llego a saber, compone tu padre. Pues sí, porque hay escritores cuya fama es muy, muy reducida, una micro fama que les hace pasar de puntillas por la historia de la literatura. Ese es el caso del poeta santanderino del que me ocupo: Adolfo de la Fuente.

         Poco se sabe de la vida de don Adolfo: nació en Santander en 1826, estudió en Derecho en Valladolid  y en Madrid y llegó a ser secretario del ayuntamiento de su ciudad natal. Nada de la vida romántica de un Zorrilla, de un Larra o de un Espronceda. La vida de un funcionario de provincias que, eso sí, acudía a la tertulia de Pereda en la “guantería” y que tuvo el honor de ser amigo de don Amós de Escalante. Y nada más. Bueno, que se murió también en Santander un 3 de julio de 1893, con sesenta y siete años.

         Me he leído sus poemas completos cuya primera mitad son poemas propios de corte patriótico y religioso y la otra mitad, traducciones del inglés y del francés entre las que destacan sus traducciones de Víctor Hugo y Lamartine.

         Correcto en sus formas, muy decimonónico, buen traductor, don Adolfo de la Fuente merece que alguna mano de nieve le sacuda el polvo a algunos de sus poemas. Hacemos votos para que eso suceda en este 2022 que acabamos de empezar.

Os he copiado éste que me ha gustado:

La fuente del desierto

Bien desgraciada es tu suerte,     
fuentecilla que sin cauce         
viertes tus límpidas aguas         
en los yertos arenales.           
 


 

                                  
Por más que en dulce murmullo     
tus penas digas al aire,           
en el espacio perdidos             
se extinguirán tus cantares.       
                                   
Bien desgraciada es tu suerte,     
que apenas al mundo naces         
consume la ardiente arena         
tus cristalinos raudales.         
                                   
¡Pobre fuente que, ignorada,       
de esas yermas soledades           
por las inmensas llanuras         
te miras vagar errante!           
                                   
¿De qué te sirven, cuitada,       
esos límpidos cristales           
que rizan la blanca arena         
sobre que emprendes tu viaje?     
                                   
¿De qué te sirve que puras         
broten tus aguas natales           
si no llegará a beberías           
el sediento caminante?             
                                   
¿Por qué mientras tú, olvidada,   
tus puras aguas esparces,         
hay otras fuentes dichosas         
que ciñen floridas márgenes;       
   


 

                                

Que, resbalando tranquilas         
por los deliciosos valles,         
son espejo de las flores           
y encanto son de las aves?         
                                   
Pero ¡ay! tal vez más dichosa     
tu aislada vida resbale           
en ese vasto sepulcro             
en que se ahogan tus ayes;         
                                   
que, ajena a falsos placeres       
en el retiro en que yaces,         
tal vez te agobian deseos,         
mas no te matan pesares.           
                                   
Y no hay una planta impura         
que con sucia huella manche       
esa clara transparencia           
de tus aguas virginales.           
                                   
¡Dichosa tú que, ignorada         
en el retiro en que yaces,         
no hay por qué temas del mundo     
a los furiosos embates;           
                                   
y, en tu inocencia escudada,       
sin saber de flores ni aves,       
tal vez abrigas deseos,           
mas no te matan pesares!...       

LOS CUATROCIENTOS AÑOS DE LA MUERTE DE SEBASTIÁN DE VIVANCO, MÚSICO ABULENSE

 


Érase una vez un niño abulense que nació hacia 1551. Ese niño sale cada mañana de su casa y va  a la capilla de la Catedral de Ávila cuyos maestros, Jerónimo Espinar, Bernardino de Ribera y Juan Navarro Hispalensis, le dan clases. A su lado hay otro niño,  nacido en la actual calle Caballeros,  que lleva por nombre Tomás. Ambos, al salir de la capilla, juegan en la plaza de la Catedral. Son niños.

         Hacia 1566 a Sebastián le cambia la voz y, como Tomás, decide hacerse sacerdote. Diez años después, en 1576, Sebastián está de maestro de capilla en la Catedral de Lérida, pero ese mismo año, por razones desconocidas, fue despedido por el cabildo catedralicio. Vuelve a su Castilla en 1577 y, en Segovia, en  una casita humilde, vive con su madre.  Desempeña el cargo de maestro de capilla de la Catedral. Durante este tiempo, se ordenará sacerdote.

         En el año 1588, regresa a Ávila para hacerse cargo de la capilla de la catedral y en su ciudad natal se está catorce años hasta que consigue el puesto de maestro de Capilla de la catedral de Salamanca. El 19 de febrero de 1603,  obtiene Sebastián una plaza de profesor de música en la Universidad salmantina y unos pocos días después, el 4 de marzo, obtiene el grado de maestro de artes honoris causa. Desempeñando ambos puestos, Vivanco viviría en Salamanca ya hasta su muerte que le vino a buscar un 26 de octubre de 1622.  Su producción no es nada desdeñable  y merece una atención mayor de la que ha tenido hasta ahora aunque, desde principios de este siglo XXI, el número de publicaciones discográficas se ha visto incrementado.

         Hacemos votos para que este “año Vivanco” nos sirva a todos para conocerlo un poco mejor y, sobre todo, para escucharlo un poco más porque su música no desmerece en nada a la que compuso aquel niño que iba a la capilla catedralicia a estudiar música con él y que la historia de la música lo recuerda como Tomás Luis de Victoria.

EL NIÑO DE LA CAJA DE CARTÓN

 


Este niño metido en una caja de cartón nos está mirando con sus inmensos ojos negros y nos está preguntando tantas cosas que, aunque sabemos que la respuesta es el egoísmo que envenena ese mal llamado primer mundo, callamos cobardes. Él es un inocente, uno de los muchos inocentes que matan cada día los Herodes modernos. Y un silencio denso recorre los paraísos fiscales, las islas de olvido en las que se broncean estos reyes criminales. Cada minuto, once personas se mueren de hambre. Y hago hincapié en lo de personas porque son tan personas como nosotros, con los mismos derechos negados por el egoísmo envilecido y encanallado del mal llamado primer mundo. Probablemente, este niño no disfrutará de su derecho a la educación, de su derecho a la sanidad, de su derecho a una vida digna, pero estamos en Navidad y es de mal gusto hablar en la mesa de cosas tristes. Sin embargo, ese niño metido en una caja de cartón no sigue mirando a todos, nos sigue preguntando con sus ojos negros que le explicamos por qué se le niegan tantos derechos. Pero nosotros nos callaremos porque es Navidad o porque la respuesta, de puro fácil, no la queremos saber. Medio mundo tiene que subirse en pateras, vivir en chabolas, morir en campos de refugiados mientras el otro medio mundo construye murallas para contenerlos. Nosotros acusamos sin rebozo a griegos y romanos de esclavistas, pero ¿de qué nos acusarán a nosotros las generaciones venideras?

         Este niño nos seguirá interrogando con sus grandes ojos negros desde su pobre caja de cartón y,  mientras tanto,  un silencio culpable recorrerá el mundo de los ricos. Que el 2022 nos traiga el valor para romper ese silencio.