viernes, 3 de marzo de 2023

LAS SAGAS DE GUITARRISTAS FLAMENCOS

 


Para pasar un rato, voy a contaros algo sobre las sagas flamencas de guitarristas que se me vengan a las mientes. Vamos a ir con tiento, que no con tientos, y vamos a ver hoy unas pocas y, otro día que tenga tiempo, hablamos un poco de las sagas del cante que también las hay y en abundancia:

a)    Melchor de Marchena (Marchena, 1907 – Madrid, 1980). Fue un guitarrista excepcional, padre de Enrique de Melchor, gran guitarrista como el padre, nacido como su progenitor en Marchena (1950) y fallecido en Madrid en el 2012. El padre es uno de mis guitarristas de referencia por su sensibilidad. Acompañó a los “más grandes” como puedan ser Pepe Pinto, a su mujer, La Niña de los Peines o a don Antonio Mairena. Un grande el padre y otro grande el hijo.

b)    El también grande, más que grande, enorme, el guitarrista de los alzapúas divinos, que, con sus noventa y tres años, sigue viviendo en su Jerez natal y que lleva por nombre  Manuel Morao (Jerez 1929) fue el tío de Moraíto Chico que se nos fue en el 2011, con tan sólo cincuenta y cinco años. Una pena lo del sobrino y una alegría que don Manuel siga vivo para dar lecciones de verdadero toque flamenco.

c)     Nos vamos ahora a “mi Granada” del alma para hablar de un patriarca gitano en el toque como fue el Tío José Habichuela, padre de dos excelentes guitarristas: Juan y Pepe Habichuela. El último lo recordará cualquier buen aficionado al flamenco porque fue el acompañante de Morente en ese disco legendario que dedicó el del Albaicín a don Antonio Chacón; el primero, porque no ha habido cantaor al que no haya acompañado y tan sólo pongo como ejemplo, por su muerte reciente, el nombre de Pansequito. También es padre de Antonio Carmona que,  junto con su primo José, hijo de Pepe Habichuela, fundó el grupo Ketama del que  nada voy a decir porque a mí las “fusiones” me parecen que acaban en “confusiones” y, a veces, hasta en “infusiones”.

d)   En Córdoba, encontramos Juan “El Tomate” que, si los datos no me fallan, nació en 1944 y, que yo sepa, sigue vivo aunque, como de estos músicos no se habla en los papeles y sí de la Rosalía o del “Niño de Elche”, tampoco puedo dar fe de que siga entre los vivos. Excelente guitarrista y dueño de un bar – “pa ir tirando”-  en la ciudad de los califas,  se le conoce, por desgracia, por ser el padre de las Kétchup, grupo de chicas

 ( creo que eran cuatro) que tuvieron mucha fama a principios de este siglo con una canción que conllevaba un baile cuyo nombre, que los flamencos me perdonen, era Aserejé y cuya letra, ¡vive Dios!,  era y es irreproducible. Juan El Tomate tiene un hijo, Juan Manuel Muñoz, que sigue en activo mientras que de sus hermanas (gratias Deo ago) no se volvió a saber nada.

 

e)     Metidos “en tomate”, tenemos a un guitarrista almeriense que respondía al nombre de Miguel Fernández Cortés en el siglo, pero conocido, como el cordobés que acabamos de explicar, como el Tomate o Miguel el Tomate. El Tomate se casó con una paya, Petra Castro, con la que tuvo a José Fernández Castro que fue músico militar y que tuvo a su vez a un niño que es José Fernández Torres, conocido en la religión flamenca por Tomatito, el que acompañó, sin ir más lejos a Camarón de la Isla. Pero, esperad, porque la cosa se complica. Resulta que El Tomate “viejo”, es decir, Miguel, un buen día, se marchó por tabaco y, como debían de estar los estancos cerrados en Almería, se cogió y se fue a Huelva. En Huelva encontró tabaco y a una compañera para poderlo fumar con tranquilidad con la que tuvo a Miguel Vega de la Cruz (desconozco por qué El Tomate no le dio sus apellidos y el niño recibió los apellidos de la madre, pero me malicio de que no estaban casados, sino amancebados o casados por el rito calorró y , por tanto,  El Tomate, por mucho Tomate de Almería que fuera, no pudo inscribirlo en el juzgado como hijo suyo y lo tuvo que inscribir como hijo de Ana Vega de La Cruz (que así se llamaba la compañera que encontró en Huelva cuando se quedó sin tabaco en Almería) que fue el mítico Niño Miguel, un guitarrista excepcional que contó con el apoyo de Paco de Lucía, pero que estuvo aquejado de una enfermedad mental que lo apartó muy pronto de los escenarios. Sus discos son leyenda y también su arte, pero la sangre de este descendiente de “los tomates de Almería” no debía ser de buena calidad porque falleció muy joven, con escasos sesenta y un años, por un problema de anemia. Ya sabéis, cosas de los invernaderos, ese mar de plástico que exporta hortalizas a toda Europa fuera de temporada.

En fin, ya lo dejo. Estaréis hartos de tomates y de kétchup, pero espero, sobre todo, que la entrada os haya provocado alguna sonrisa.

ALCIBÍADES EN EGOSPÓTAMOS


 ALCIBÍADES EN EGOSPÓTAMOS

 

         El caballo más rápido de la Hélade, con sus crines al viento y con un galope tan veloz que le hubiera parecido a cualquier caminante que hubiera seguido ese mismo camino que no tocaba la arena blanquecina y que volaba sobre ella haciéndola saltar a las cunetas por su velocidad, se dirigía enloquecido a los acantilados del Helesponto. Su jinete, un hombre ya mayor, pero que conservaba aquella hermosura que tanta admiración había despertado en su juventud, con la mirada fija en un escaso pinar cuyos pinos, doblados  la fuerza dl viento proveniente del mar, parecían postrarse ante su paso, estaba desterrado en sus posesiones de Lámpsaco y hasta allí un mensajero se había llegado para avisarle de que los atenienses y los espartanos se iban a encontrar en el río Egospótamos, “el río de la cabra” para aquellos que no sepáis griego. Conón, Tideo y Menandro dirigen las naves atenienses y Lisandro las espartanas. Y aquel jinete, el más elegante traidor,  que la historia ni había visto antes ni vería después, quería ver la formación de las naves de sus compatriotas.

         Cuando llegó a lo alto de un promontorio, vio que los barcos estaban fondeados en una playa que estaba alejada de cualquier ciudad y que tenían que ir hasta la ciudad de Sestos, que distaba quince estadios,  para aprovisionarse. Era un error de bulto, un terrible error que los atenienses quizás pagarían con una derrota histórica. Entonces Alcibíades se dio cuenta de que no iba a tener otro remedio que bajar por  la senda  - estrecha y peligrosa pues las piedras caían con frecuencia y había muchas posibilidades de resbalar- y hablar con los que , a la sazón, eran  los estrategos cuyos nombres acabamos de mencionar. Desmontó y, cogiendo a su caballo por las riendas, fue bajando muy despacio por el sendero.

         Cuando los estrategos vieron que un desconocido bajaba  por el escabroso camino que descendía hasta la playa, no se pudieron imaginar quién era. Tampoco lo veían bien cuando Alcibíades, habiendo pagando a un pescador que remendaba sus redes en la playa, ( y habiéndose montado) montado en la barca que,  tras le duro trabajo de la noche reposaba en la arena, se fue llegando a la trirreme en la que estaban los estrategos. Tuvo que estar el esquife muy cerca de la borda para que los jefes de la flota ateniense reconocieran a Alcibíades que, pese a su cabello algo encanecido, conservaba esa belleza deslumbrante que le había hecho ser el hombre más deseado y más odiado de Atenas. Cuando subió a bordo, Conón no pudo reprimirse y le preguntó con hiriente sarcasmo que de parte de quién venía porque, considerando su vida, tanto podía venir de parte de los espartanos, como de parte de los atenienses. Alcibíades, gallardo en el dolor que la pregunta le había producido, le respondió:

-         Noble Conón, vengo de parte de Alcibíades y me extraña que un hombre como tú, cuya diligencia y acierto como estratego conocen la Hélade entera,  me haga esa pregunta tan hiriente a la que, no obstante, voy a contestar: es el amor a mi patria lo que me lleva hasta vosotros.

-         - ¿De qué patria hablas, Alcibíades? ¿De la Atenas contra la que luchaste al frente de las campañas que tú mismo les habías propuesto a los espartanos? ¿Vienes  pues como un espartano pues como tal conseguiste destruir Atenas?

Alcibíades, encajando el duro golpe le respondió:

-         Conón, sabes que fui el artífice de las victorias atenienses que obligaron a Esparta a pedirnos la paz.

-         Es posible.- le replicó Tideo- que vengas como ateniense, pero en tu conciencia tiene que estar aún la derrota de Sicilia por no hablar de esa broma estúpida de niño rico que consistió en decapitar los Hermas. Guapo, rico, culto, discípulo de Sócrates, siempre te creíste con derecho a todo. Ni siquiera fuiste capaz de enfrentarte al juicio que te esperaba en tu ciudad y, cuando la trirreme del Estado, la Salamina, te estaba aguardando para llevarte ante los jueces, en lugar de pasarte de tu barco a ella, dijiste que la seguirías con tu  nave, pero te diste a la fuga en Turios con toda tu tripulación y te entregaste en brazos de los espartanos. Bueno, y de las espartanas pues te acabaron echando cuando se supo que te acostabas con la esposa de Agis III, el rey espartano.

Callaba Alcibíades y tomó el relevo de las acusaciones otro de los estrategos,  Menandro:

-         Si quieres, noble Alcibíades, te recuerdo tu etapa con los persas, cuando aconsejaste a Tisafernes que sobornara  a los generales de las ciudades del Peloponeso para conseguir información. ¿O quieres, acaso, que te recuerde cómo negociaste con los oligarcas atenienses para que regresaras a Atenas trayendo el dinero de los Persas del que una no pequeña parte les entregaste?

-         Todo lo que dices, caro Menandro, es verdadero, nada hay en lo dicho de falacia, pero pecas de inquina hacia mí en la selección de tus argumentos. ¿Te olvidas de que en Cícico, en  la primavera del 410, me puse al frente de las naves atenienses y que, gracias a mí, los atenienses capturaron todos los barcos espartanos que no habíamos destruido en el combate?¿No te quieres acordar de aquella carta que, enviada a Esparta por Hipócrates, decía que los barcos estaban perdidos, que los soldados se morían de hambre y que no sabían qué hacer?¿Te olvidas, Menandro, de que los espartanos propusieron una petición que los atenienses rechazamos?

Le miró Menandro con una media sonrisa y le dijo:

-         Me parece bien , Alcibíades, lo que hiciste. Todos los atenienses conocemos tus hazañas a favor de Atenas, pero lo malo es que recordamos también  tus traiciones pues queda en nuestra memoria cómo llegaste a Atenas en la primavera del 407 y cómo se cancelaron todos los procesos penales que tenías. Es más, hasta los cargos por blasfemias te fueron retirados. También recordamos cómo en Notio, Lisandro te venció y cómo el mismo Antíoco murió. ¡Qué bien conocía Leandro las características de nuestra flota, Alcibíades!¿No le habrías dado tú, a cambio de dinero, tú única patria, toda la información que necesitaba?

-         ¡Mientes, canalla! Yo me había trasladado a Focea para ayudar a Trasíbulo en el asedio que mantenía alrededor de esa ciudad. Dejé Notio y dejé ochenta barcos al mando de mi timonel de confianza, Antíoco, al que le di órdenes expresas y claras de no atacar, pero él, imitando las tácticas que usamos en Cícico, atacó a Lisandro al que unos traidores habían informado con minuciosidad de cómo era nuestra escuadra. Antíoco mismo murió y el resto de barcos fue destruido y con ellos el resto de la flota de Atenas. ¿Vas a negar, canalla, que regresé para plantarle cara a Lisandro y que éste no quiso luchar? Por el error de Antíoco de luchar en contra de mis órdenes, me echasteis a mí la culpa de la derrota y por eso, por el odio que me tenéis, me vine aquí al Quersoneso. Pero conmigo también se retiraron Trasíbulo, Terámenes y Critias, los mejores estrategos de Atenas; pero, para ellos, no hubo destierro. Ahora he visto el error en el que estáis y temo que los espartanos nos venzan de nuevo.

-         - ¿Nos venzan de nuevo, Alcibíades? ¿Ahora estás con nosotros?

-         Sí, Conón, estoy con vosotros porque veo lo que tú tendrías que haber visto si hubieras sido un marino capaz y no un pobre desgraciado al mando de la flota ateniense. Parece mentira que no hayáis visto esto: si os estáis aprovisionando en Sesto, trasladad allí la flota. No sólo os ahorraréis un viaje absurdo, sino que también tendréis un puerto seguro para atracar.

Conón lo miró de arriba abajo. Reconoció (para sus adentros)que tenía razón, pero no se la dio por pura soberbia. Tan sólo le dijo:

-         ¿Qué parte del mando de la flota quieres por tu sabio consejo, Alcibíades?

-         Ninguna parte, Conón. Lo hago por amor a Atenas.

Conón rompió a reír:

-         ¡Por amor a Atenas! Alcibíades, ¡por Zeus! ¿qué te importan a ti Atenas, Esparta o Samos? Tú sólo eres del partido de Alcibíades. Además, si no te hago caso y somos derrotados, cosa muy improbable, ,la culpa será mía y de los otros dos estrategos por no haberte escuchado; si, por el contrario, te escucho, la gloria va a ser para ti. Así que sabes lo que te digo: vete, coge tu caballo y vuelve a tus castillos, al lujo en el que siempre te criaste, a tus queridas a las que sigues satisfaciendo como cuando eras un muchachito. No nos comprometas. Nosotros, a diferencia de ti, somos honrados ciudadanos que luchamos por la patria. Eres el más canalla de la historia de Atenas y ni siquiera con este acto vas a limpiar una vida de traiciones y mentiras. Vete, Alcibíades, nunca te hemos recibido en nuestro barco.

-         Mucho me estáis hablando ahora vosotros tres de la polis, de la patria y no puedo por menos que formularos esta pregunta. ¿qué entendéis por patria? Porque la Atenas de la que habláis, de la que decís defender su democracia y su libertad, es decir, la Atenas de los ciudadanos libres como nosotros e hijos de buenas familias no es la misma que la Atenas de los esclavos, de los metecos o de los artesanos que se pasan el día trabajando en su humilde               taller.                                                                                                               ¿No será, acaso, luchar por la patria luchar también por nuestro dinero, por nuestras fincas en las que trabajan nuestros esclavos, por las minas de plata de Laurión de cuya plata nos lucramos, pero en las que trabajan esclavos y condenados? Sí, bien sé que luchamos por nuestra democracia., pero ¿nos acordamos cuando legislamos en nuestras instituciones, cuando hacemos hermosos discursos en la Ecclesía, con nuestro verbo libre y bien trabajado, de los esclavos, de los metecos, de los artesanos, en definitiva, de los que poco o nada tienen? ¿o bien legislamos para nosotros desde nuestra posición privilegiada? ¿Hemos ido alguna vez al barrio del Cerámico  a ver cómo viven  los hijos de los artesanos o nos hemos preocupado por los hijos de los metecos o por los hijos de nuestros esclavos que, a su vez, serán nuestros esclavos si es que no los vendemos en alguna vergonzosa subasta en dónde se comercia con lo que no debería venderse ni comprado: un ser humano? Nos creemos que somos superiores a los persas, a los espartanos porque tienen a los ilotas en esclavitud, a todos los bárbaros, pero con nuestra brillante y libre democracia sólo nos ocupamos de nosotros mismos, de los afortunados hijos de ciudadanos que ya lo somos por nacimiento. Es posible que los pobres existan siempre porque se necesitará siempre alguien que trabaje mientras nosotros paseamos por los pórticos o discutimos en el ágora; es posible que, en siglos venideros, los esclavos lo sean con otro nombre porque también serían esclavos si trabajaran en condiciones ignominiosas, si les negaran el sueldo que en justicia merecen, si no fueran más que una fuerza de obra bruta que sólo sirve para enriquecer a sus amos. También serán esclavos aquellos hombres que, en siglos venideros, no tengan en sus trabajos y fuera de ellos, la condición de humanidad plena. Yo fui, como bien sabéis, discípulo de Sócrates y por allí andaba un joven de anchas espaldas que había querido ser dramaturgo cuyo nombre era Platón. Todos éramos ricos, inteligentes, guapos, bien perfumados con los perfumes de Arabia,  con tiempo para hablar con nuestro maestro, pero ¿dónde estaban los hijos de los que nada tenían? ¿Creéis, nobles estrategos, que se puede filosofar si hay que ganarse el pan de cada día?¿Pueden filosofar nuestros esclavos trabajando de sol a sol?¿Pueden cultivarse sus mujeres y llegar a ser unas segundas Aspasias si paren como conejas, van y vienen a la fuente y azacanean todo el día por la casa? Os digo, compañeros, que el día que el hambre desaparezca del mundo, habrá una revolución espiritual tan grande, tan de de primer orden porque los desheredados también pensarán y nosotros tendremos que pedirles perdón por los siglos que les hemos robado.

Os habéis preguntado alguna vez cuántos Pericles, cuántos Sócrates, cuántos Tucídides se echaron a perder trabajando en las minas, en las canteras del Pentélico o en nuestras fincas?¿Habéis pensado en cuántas mujeres, tan inteligentes o más que nosotros, vieron sui vida reducida al gineceo?

Pensadlo, estrategos, y quizás entonces no hablaréis con tanta frivolidad de la patria y de la polis,

Un espeso silencio se produjo tan sólo roto por Tideo:

-         Muy bonito discurso, Alcibíades; se ve, como tú mismo has dicho, que fuiste discípulo de Sócrates que todavía sigue por Atenas con su aspecto de Sileno, tomando el sol  con su oronda barriga, pero no has venido a lucir tus dotes oratorias con esa tan acendrada defensa de los pobres, sino a intentarnos engañar con tu falso amor a la patria que nunca tuviste. Márchate y déjanos en paz.

Dicho esto por Tideo, los tres estrategos se marcharon hacia popa en donde el timonel había estado escuchando con atención el diálogo d ellos cuatro . Alcibíades se quedó solo en la cubierta reflexionando en que no le habían hecho caso por pura soberbia. No podía marcharse del barco sin intentar que eso hombres, que lo habían gravemente insultado, entraran en razón. Por eso, se dirigió también a hacia popa y, cuando estuvo a su lado, les dijo:

-         ¡Que mal hacéis en no escuchar mi consejo! Egospótamos será vuestra ruina; especialmente la tuya Conón. Pero como, por otro lado, no eres un hombre lerdo y quizás tengas algunas hábiles algunas alianzas con Evagoras I, rey de Chipre o hasta con el sátrapa Farnabazo, acabes venciendo a los atenienses que,  siempre aduladores,  te colocarán una estatua en el Ágora junto a las de Harmodio y Arostogitón. ¡Que los dioses y el pueblo de Atenas te perdonen!

-         Pide el perdón para ti, desgraciado, y deja que nosotros sigamos con nuestro deber. ¡Márchate ya de este barco al que nunca debiste venir, traidor!

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­

Viendo Alcibíades que nada se podía hacer, llamó al pescador que le esperaba con su esquife, embarcó y llegando a la playa cogió por las riendas a su caballo y subió de nuevo el escarpado camino del acantilado. Cuando estuvo arriba, montó en él y, desde su caballo, echó una última mirada a la flota ateniense  y pensó  - una vez más- en el error que cometían sus estrategos. Puso su caballo al paso y, sin prisa, se encaminó a su castillo a donde, unos días después, llegó un mensajero para llevarle la noticia de la derrota que los atenienses habían sufrido en Egospótamos. Era cierto que su existencia no había sido ejemplar, pero también era cierto que, en el atardecer de su vida, había recordado su antiguo demo de Escambónidas, los dorados membrillos que le llevaba de pequeño su madre Dinómaca, soles en miniatura que le perfumaban las tardes de otoño; se acordó  de su padre Clinias, de Pericles que era primo de su madre, de su abuelo, que también se llamó Alcibíades y que había sido amigo de Clístenes, el gran reformador de la constitución ateniense en el siglo V. Recordó también a Hipareta, su mujer, rica hija del muy rico Hipónico III, que le había dado dos hijos y de la que se había divorciado pues , la verdad, su vida como marido no fue modélica  y se había pasado los días y las noches con hetairas. Había ido a galope tendido hasta Egospótamos porque, por primera en su vida, se había sentido ateniense de corazón y, aunque no quería entrar en debates sobre cuánto peso tenía la razón y cuánto el corazón en esa decisión, quería que Atenas triunfara; le había perdonado las muchas injusticias que la ciudad había cometido con él y hasta había recordado a sus dos hijos y, por un momento, pensó que sería mejor que se educaran en un sistema como el ateniense aunque tuviera mil imperfecciones, que en otro como el espartano con más imperfecciones, pero sobre todo con una diferencia sustancial: que si en Atenas estas imperfecciones se podían criticar de manera pública, en Esparta, el mero hecho de decirlas, ya en público, ya en privado, te podría acarrear la muerte. Por eso fue hasta aquella playa. Pero vio que los estrategos no le permitían poder realizar el acto que redimiera una vida llena de errores. No conocían el perdón aquellos tres hombres y quizás no le quedaba más remedio que morir en esos castillos suyos del Quersoneso tracio, con crudos y oscuros inviernos de tempestades de nieve. Con tan amargos pensamientos, se fue quedando dormido.

         Cuando despertó a la mañana siguiente, el cielo estaba tan limpio, tan despejado de nubes, que parecía un cristal azulado por el que atravesaban los rayos del sol. Vio que la vida era hermosa y que viejo es el que se siente viejo y se aparta del mundo para morir. Él no era viejo. Su maestro Sócrates hizo mal en tomar la cicuta y cumplir la sentencia. Él, por el contrario, hubiera pagado y se hubiera librado de la muerte, esa vieja ramera que nunca falta a su cita. Pensó que la vida es hermosa; las estaciones, los ríos, los montes, los pájaros todo parecía hecho por un demiurgo que había cuidado todos los detalles, que había cubierto su creación con una enorme belleza. Pensó que la vida merecía la pena ser vivida hasta el último sorbo como si fuera un vino que se apura hasta las heces. Pensó que la vida había que vivirla como la había vivido él: sin freno.

         Preparó su caballo y se encaminó a la tierra de Frigia. Se Al llegar al Helesponto, dudó, pero se vio con ganas de vivir y cruzó a la otra orilla. No había razones para el pesimismo cuando en Frigia le esperaba su muy querida Timandra.

miércoles, 1 de marzo de 2023

LA SIMBOLOGÍA EN LORCA

 


Aprovechando unos días de baja por un problema “motórico”, voy a intentar explicaros, basado en Miguel García –Posada, el gran conocedor de la obra del poeta granadino, la simbología en la poesía de Lorca.

         En su espléndida introducción a sus Poesías completas que publicó Akal allá por 1979, el profesor García Posada, que, por cierto, fue catedrático de Enseñanza Media y, por tanto, una prueba evidente de que, desde la “modesta  Enseñanza Media”, y no sólo desde la “santa Universidad”,  también se pueden llevar a cabo investigaciones de fuste, dice así con referencia a los símbolos lorquianos por excelencia.

a)    LUNA

-         Muerte. Recordemos la luna que va a la fragua con su polisón de nardos para llevarse al niño gitano.

-         Símbolo y agente de Eros y, por tanto, símbolo de la fecundidad. Así en la poesía dedicada a San Gabriel, la luna se presenta en la descripción de la gitana que como una virgen calé ha recibido la visita del arcángel:

 

(…) bien lunada y mal vestida

 

-         Encarnación de la belleza.

 

Granada era una luna

ahogada entre las yedras.

 

b)     AGUA

El agua tiene dos significados:

a)    Positivo: Se produce cuando es agua que corre, agua en movimiento del mar o de los ríos. Así lo vemos en la danza orgiástica de Yerma:

 

¡Ay, qué desnuda estaba la

la doncella en el agua!

Es el baño de las mujeres en Galicia en las playas como La Lanzada que tiene el sentido mágico de proporcionar la fecundidad a las estériles.

 

b)    Negativo: Se produce en el agua estancada o parada. Así en pozos, estanques o albercas. Bernarda Alba dirá que el pueblo es un pueblo sin río, un pueblo de agua de pozo para “justificar” su maldad, su deseo de muerte. En la Casida del herido por el agua, leemos:

 

(el corazón del niño) está pasado

por el punzón oscuro de las aguas.

 

C)    SANGRE

            Vemos en la sangre la sexualidad (recordemos el rito gitano del pañuelo que sale manchado de sangre en la mujer virgen al desflorarla y, unido a la sexualidad, está la fertilidad. Por el contrario, la sangre derramada es la muerte. Por eso, Federico no quiere ver la sangre derramada de Ignacio Sánchez Mejías.

 

D)    CABALLO.  Aunque ya hemos hablado en una entrada anterior, merece la pena volver a él.

         a) Vida. La encontramos en el caballo garañón de La casa de Bernarda Alba. Recordemos que cocea en la cuadra lleno de deseo provocando a su vez el deseo de las hijas. Por tanto, sería un trasunto de Pepe el Romano, el “macho” que, aunque no aparece en la obra, es fundamental en la misma.

         b) El caballo también puede ser muerte y así lo encontramos en los “caballos negros” que pueblan la poesía de Federico:

            Caballito negro.

            ¡Dónde llevas tu jinete muerto?


 

 

E)    HIERBAS. Generalmente en Lorca son sinónimo de muerte:

       (…) porque cicutas y ortigas

            nacerán de tu costado.

 

En el muy famoso Romance del emplazado.

 

F)   METALES

            Son sinónimo de muerte y tienen su apoteosis en el cuchillo que tanto aparece en la poesía y en el teatro lorquiano. Así, sin más, se me viene el cuchillo de Bodas de sangre o los cuchillos y navajas de Albacete en el Romancero gitano.

            Más simbolismos hay en Lorca referidos incluso a ciudades:

            Sevilla es lo dionisíaco / Córdoba, la muerte / Granada, la melancolía del agua quieta.

            Lo más importante es que, tras este somero análisis (remito a la obra de García - Posada para un conocimiento más exhaustivo) vamos a disfrutar  aún con más deleite de lo que disfrutamos de su excelente poesía.

 

 

 

jueves, 23 de febrero de 2023

LA MUERTE DE ARQUÍMEDES

 


Y aquí, aun a riesgo de ponerme muy pesado, os va este cuarto relato.

 

LA MUERTE DE ARQUÍMEDES

         El fuego, como en las profecías de los augures, caía del cielo e iba envolviendo, pegajoso como la miel del Himeto, las jarcias, las gavias, los rostra que comenzaban a arder y que poco a poco iban llevando las llamas hasta la cubierta; una vez que el fuego había prendido en ella,  el barco se convertía en una bola de fuego que ni siquiera el agua apagaba pues en las mismas olas del mar aquella maldición de los dioses flotaba mientras seguía ardiendo y formaba grandes islas que parecían más propias de los ríos infernales que de las costas de Siracusa. Los romanos, supersticiosos como ningún pueblo, había llegado a temer tanto a ese enemigo diabólico,  que dominaba el fuego como Prometeo, que, tan pronto como veían por los cubos de la muralla aparecer una polea o una viga, se llenaban de terror y se escondían bajo las lonas de la cubierta. Marco Claudio  Marcelo apenas podía contener le pánico de sus hombres que se creían víctimas de una maldición. Casi dos años llevaba intentando entrar en aquella ciudad en la que había vivido Platón invitado por Ierón; una ciudad rica y culta que había decidido unirse a los cartagineses en esa segunda guerra púnica que Roma sostenía contra ellos. Sabía el general que en aquella ciudad vivía Arquímedes, un sabio cuyos inventos le deslumbraban aun siendo enemigo y por el que había dado órdenes claras y concisas para que se le respetara aunque , día tras día, inventaba nuevas armas que hacían imposible la toma de la ciudad. Bien sabia Marcelo que ese fuego que sus hombres creían infernal era un invento de Arquímedes, su enemigo y, sin embargo, muy admirado sabio.

         Seguía pasando el tiempo y la toma de Siracusa cada vez estaba más lejana. Las esperanzas romanas iban menguando y Marcelo llegó a pensar que lo mejor sería volver a Roma porque la guerra naval no era la especialidad de esos pastores que iban camino de convertirse en dueños del mundo. Sin embargo, una noche, un espía le vino a decir que los siracusanos iban a hacer una fiesta a Artemisa y que, aprovechando la alegría de la misma, se había confabulado con un habitante de la ciudad griega para que les dejara entrar en ella. Marcelo envió a sus hombres a Siracusa y éstos pudieron entrar para proceder a la toma de la ciudad siciliana.

         Ya habían entrado las tropas romanas, cuando un veterano centurión avanzaba espada en mano por la ciudad cuando descubrió a un hombre que, ajeno al mundo, dibujaba en la arena con un palo. Estaba resolviendo un problema matemático cuando el centurión se acercó a él:

-         Siracusano, deja de escribir en la arena y date preso.

-         Espera, romano, tengo que acabar este diagrama.

-         Te lo repito: deja esos dibujos y date preso.

-         Poco sabes de matemáticas, romano, pues, si supieras, sabrías que hay que llegar siempre a la resolución de los problemas.

El romano avanzó con su espada desnuda:

-         ¿Te digo que vengas!

-         ¡Y yo te digo que voy a terminar el problema!

 

Arquímedes siguió escribiendo y sacó de su bolsa una regla para sus trabajos matemáticos.

Todo sucedió muy rápido. El romano, al ver al griego sacar algo parecido a la hoja de una espada, se acercó y, en su enfado, pisó los círculo del sabio:

-         Noli turbare círculos meos- dijo el sabio.

-         Stulte graece, an nonne mortem proximam vides?

 

Y la espada del romano atravesó al sabio que murió al instante. El centurión  envainó su espada y siguió recorriendo la ciudad.

         Habían pasado ocho meses y todavía las tropas de Marcelo seguían  luchando por conquistar Siracusa y no la habrían tomado de no haber sido por un traidor que abrió las tropas de la ciudad a las tropas romanas.

         Volviendo a Roma, Marcelo reflexionaba en la borda del barco sobre la muerte de aquel sabio. Nunca quiso conocer el nombre de aquel centurión que lo había matado. Al fin y a la postre, Arquímedes sería conocido por siempre, mientras que para el centurión nadie conocería su nombre. Marcelo miró al mar y pensó que lo mismo que las olas seguirían agitando su superficie y reposando más tarde en las playas para aliviar su cansancio, el nombre de aquel sabio iría de boca en boca y de libro en libro y que quizás, muchos siglos después, alguien escribiría un relato sobre la toma de Siracusa y hablaría de aquel sabio griego.

         Y así, los hombres del futuro recordarían a ese sabio cuyo nombre era Arquímedes.

 


DARÍO Y LA LIEBRE

 


De nuevo os propongo un relato para que me digáis si merece la pena o no  que los siga escribiendo.

 

DARÍO Y LA LIEBRE

         Una enorme columna de soldados en perfecta formación recorría la tierra de los escitas, pueblo de pastores, criadores de caballos y arqueros; pueblo de las estepas desde los Cárpatos a las lejanas tierras donde el sol nacía y en las que gobernaban emperadores de túnicas doradas en cuyos jardines caminaban mujeres de pies diminutos y cantaban los pájaros entre los árboles extraños que tan sólo se daban en las tierras lejanas que, al andar de los siglos visitaría el veneciano Marco Polo y traería con él una princesa china de nombre Kozacín; pueblo de tez rubicunda eran los escitas y de intensos ojos azules como si el cielo que cubre la estepa, amoroso unas veces, cruel otras, se hubiera quedado en ellos de tanto mirarlo para conocer de dónde iba a soplar, de dónde vendrían las nubes o si la nieve, que amortajaba la estepa con su blanco sudario, vendría ya en otoño.

         Estaba Darío extrañado y todo el ejército con él del extraño regalo que le habían entregado los escitas: un pájaro, una ratón, una rana y cinco saetas. ¿Qué podría significar ese regalo? – se preguntaban los persas que no hacían más que preguntarle al mensajero que se los había hecho llegar, pero este nada decía. “Pero tú, mensajero, algo tienes que saber”. Pero el mensajero seguía callado. Tras muchas insistencias de los persas, rompió su mutismo y dijo: “Gran rey, yo tan sólo tengo la orden de entregaros estos regalos. Nada más os puedo decir. Pero si vosotros, medos, sois tan sabios y tanta fama tenéis de estrelleros, pensad con detenimiento lo que puede significar. Yo, os repito, nada más puedo decir sin que mi vida corra un grave riesgo,.

         Se quedó callado el mensajero escita y, al poco, volvió con los suyos. Se quedaron también en silencio los persas sin saber cómo descifrar tan extraño regalo de los escitas.

         Darío, tras varios días sin salir de su tienda, pensando en qué podría ser ese regalo, llegó a una feliz conclusión que no era sino que los escitas se rendían a su soberanía y así lo explicaba el gran rey a sus consejeros: “Mirad, el pájaro es muy parecido al caballo pues vuela libre por la estepa como él. Por tanto, con este pájaro nos entregan su indomable libertad. La rana, puesto que vive y se cría en el agua, significa que los escitas nos entregan sus costas; el ratón, puesto que en la tierra se cría y come lo mismo que los humanos, significa que nos entregan sus tierras. Y por último, las cinco saetas son una manera de decirnos que nos  entregan todas sus fuerzas y todo su poder. Esta era la interpretación de Darío. Sin embargo, Gobrias, que fue uno de los septiminios que le arrebató el trono al gran mago de los persas, les hizo saber a sus compatriotas su diferente interpretación:

-         ¡Persas, atended: Darío está confundido!

 

Un rumor que desembocó en griterío siguió a estas palabras del sacerdote que, tan pronto como se callaron los persas, siguió hablando:

-         Mirad, yo os hago esta interpretación: si vosotros, persas, no os vais de aquí volando como pájaros, si no os metéis bajo tierra como los ratones o, de un salto, tal y como hacen las ranas, no os echáis al agua de la laguna, os resultará imposible volver sobre vuestros pasos y moriréis traspasados por las saetas.

Confundidos por tan extraños regalos y por las interpretaciones de Darío y de Gobrias, sabiendo que un cuerpo escita había ido a parlamentar con los jonios que, por orden de Darío, custodiaban un puente y que éstos les habían explicado a estos escitas que Darío tan sólo les había encargado vigilar el puente durante sesenta días y que, por tanto, si lo abandonaban una vez pasado ya ese término, ni le ofendían a Darío ni les ofendían a los escitas y sabiendo además que ese cuerpo de escitas había regresado con el grueso de la atropa, decidieron los escitas presentarse  a los persas para trabar combate con ellos.

         Formaron las filas delante de los persas. El viento se quedó parado y guardó silencio. Se pararon  expectantes los caballos salvajes que pastaban no muy lejos del lugar y las aves que iban volando se pararon para ver el encuentro entre ambos ejércitos: el de Darío, en perfecto orden, una máquina de guerra perfecta a la que controlaba la ciega obediencia al gran rey; el de los escitas, por el contrario,  un ejército de hombres libres que luchaban por seguir siéndolo en las infinitas estepas. Darío al frente de sus tropas, comprobó el perfecto estado de las mismas y pensó que no tardarían mucho en masacrar a aquellos pastores nómadas que nada sabían del arte de la guerra. Miró a sus hombres y se sonrió para sus adentros.

         Mas de pronto algo ocurrió en las filas escitas: los soldados corrían sin orden ni concierto, dando gritos; se empujaban y se caían; se reían a carcajadas como unos niños que estuvieran jugando a las puertas de sus cabañas. Nada entendía Darío y, finalmente, envió a un soldado para que les contar lo que estaba pasando en las tropas escitas.

         Cuando volvió el soldado, Darío no daba crédito a sus palabras: “Una liebre, gran rey, están persiguiendo una liebre. Apenas la han visto. Todos se han puestos a perseguirla como si fueran niños”

         Darío, entristecido, mirando al soldado y a Gobrias dijo:

         “En verdad que estas hordas de escitas, hijos salvajes de las estepas, en muy vil concepto nos tienen pues se toman a broma nuestro ataque. Ahora veo que Gobrias tenía razón en la interpretación de sus regalos. Estos bárbaros se burlan de nosotros como si fuéramos unos muchachos imberbes en su pubertad. Que se queden jugando con su liebre que nosotros nos volveremos cuando llegue la noche dejando, eso sí, los asnos para que con sus rebuznos crean los escitas que todavía permanecemos aquí. Por la misma razón, dejaremos, al partir con las sombras, los fuegos encendidos y con ellos los viejos y los inválidos que de nada nos sirven sino de carga. Seguro que, por la mañana, cuando se vean solos, alzarán sus brazos pidiendo socorro a los escitas, pero ya será tarde cuando éstos vengan y descubran que nos hemos marchado. Nada quiero saber de bárbaros para quienes una liebre es más importante que Darío I, hijo de Histspes y Rodoguna, soberano de Persia, Elam, Mesopotamia, Egipto, el norte de la India y de las colonias griegas de Asia Menor.

         Y volviendo su caballo, se llegó hasta el campamento a esperar que el sol se ocultara tras los tesos lejanos que conversan con la tierra y con el cielo y que también tratan con ellos de las lluvias y los vientos, de las escarchas y los rocío, de la nieve y las tormentas.

DARÍO JURA ODIO ETERNO A LOS ATENIENSES

 


Os presento este otro relato en el que es protagonista el rey Darío que, al igual que Aníbal algunos años más tarde, también juró odio eterno a los que eran sus enemigos. Sorprende lo parecidas que son las historias aunque medien un par de siglos y los lugares y culturas sean distintos. Como el anterior, espero que os guste.

 

εὖ εἰδότα ὡς οὗτοί γε οὐ καταπροΐξονται ἀποστάντες, εἰρέσθαι οἵτινες εἶεν οἱ Ἀθηναῖοι, μετὰ δὲ πυθόμενον αἰτῆσαι τὸ τόξον, λαβόντα δὲ καὶ ἐπιθέντα δὲ ὀιστὸν ἄνω πρὸς τὸν οὐρανὸν ἀπεῖναι, καί μιν ἐς τὸν ἠέρα βάλλοντα εἰπεῖν [2] «ὦ Ζεῦ, ἐκγενέσθαι μοι Ἀθηναίους τίσασθαι,» εἴπαντα δὲ ταῦτα προστάξαι ἑνὶ τῶν θεραπόντων δείπνου προκειμένου αὐτῶι ἐς τρὶς ἑκάστοτε εἰπεῖν «δέσποτα, μέμνεο τῶν Ἀθηναίων.»

Heródoto

 

 

         En  los pebeteros de oro en donde se quemaba el incienso que perfumaba aquella habitación que, tapizada con ricas telas traídas por camellos que con su paso en ambladura parecían bailar un baile extraño que hacía mecerse a la sombra que la luna se entretenía en dibujar en la arena del desierto, ocupaban el centro del palacio y del imperio que gobernaba, con mano segura y firme, aquel hombre que, sentado en ricos cojines de Damasco y bebiendo el vino de las islas que le habían servido esclavos nubios en cuyos blancos ojos se reflejaba la muerte del sol tras los montes bermejos que un platero ignoto trabajaba cada tarde, tenía en sus manos la vida y la muerte de casi medio mundo, desde el Asia de estepas de fuego, hasta el Ponto Euxino que, con su falso nombre, atraía a los navegantes que en sus leños, llevando la contraria a la paz del hogar, en cuyo centro ardía la lumbre a la que se calentaban las mujeres y los niños, se aventuraban a llegar a las tierras del Vellocino de Oro y de la maga Medea, tierras de altas montañas por siempre canas, y que aquella noche cenaba en silencio aguardando noticias.

         Entró el mensajero temeroso de su señor y quedóse a su espalda temiendo molestarlo. El humo del incienso envolvía al rey como una niebla misteriosa que lo hacía aún más lejano e inaccesible. Sin embargo, la figura del mensajero se reflejó en la copa de plata que reposaban en la mesa y tuvo el rey un sobresalto que le hizo derramar unas gotas de vino en el mantel que aquella misma tarde, en mula de grave andar, habían venido desde las tierras lejanas del otro lado del Bósforo. Se volvió mientras que con su mano derecha echaba mano al puñal que, enfundado en rica vaina y sujeto por aún más rico tahalí en cuyas piedras preciosas la luz de las velas jugaba a esconderse, le protegía de los malos sueños con que la noche embustera le acosaba. “Qué quieres?”- le dijo al mensajero y éste, poniéndose de  rodillas, como era costumbre entre los persas, le dijo con leve tartamudeo: “Mi rey, Sardes ha sido tomada e incendiada por atenienses y jonios”. Y calló escondiendo su cabeza en el pecho aguardando quizás la orden del rey que lo condenaba a ser decapitado pues no gustaba Darío de tristezas ni de derrotas de su ejército. El rey, afligido por la noticia, devolvió el puñal a la vaina y se dirigió al mensajero: “¿Quién era el jefe de esa coalición?” – dijo casi sin voz. “Aristágoras, mi rey, un milesio” – le contestó el mensajero casi temblando. Una ola de ira hizo palidecer el rostro de Darío. Les daría su merecido a esos jonios que se habían rebelado contra su imperio; quemaría sus ciudades y pasaría a cuchillo a sus gentes, pobres emigrantes venidos del otro lado del mar. Pero ¿quiénes eran los atenienses?

         Nunca había oído hablar de ellos y, ahora que la noche con su cohorte de sombras misteriosas ocupaba la amplia sala comenzando por los rincones y deteniéndose en el círculo tembloroso de las velas, aquel nombre le perturbó de extraña manera y tuvo que mitigar la sequedad de su garganta con el agua que los siervos  habían traído aquella misma tarde desde la fuente que cantaba en la tarde viejas canciones de amor mientras las muchachas soñaban con amores y su piel adolescente se llenaba de un rubor semejante a la roja púrpura que teñía el manto del rey. ¡Los atenienses! Y pidió su arco al mensajero que, al punto, se lo acercó tembloroso con el miedo habitando en sus ojos azules, recuerdo del mar que lo acunó   hasta que soldados persas lo arrancaron de los brazos de su madre. Darío, con el arco en la mano derecha, sacó con su mano izquierda una flecha del rico carcaj, cuero negro con solecillos ponientes de ámbar, y la colocó  en el arco. Luego, apuntó hacia el cielo y, al tiempo que disparaba al aire, gritó con voz potente haciendo temblar las febles maderas que habían usado los mejores ebanistas del reino para hacer, obra suprema de sus manos, el rico biombo que separaba al monarca del misterio de la noche que se desplegaba, tachonado de estrellas, al otro lado de la ventana. “¡Zeus de los griegos, permíteme vengarme de los atenienses!” Se clavó la flecha en el rico artesonado del techo, firmamento de estrellas talladas por la mano de artistas venidos desde las tierras del Caspio y quedóse temblando unos instantes como esperando la respuesta del padre de los dioses y de los hombres.

         Tan sólo el silencio, espeso y denso como las mieles que Darío se hacía traer desde el Himeto, resonó en la sala y el siervo, tembloroso, hizo intención de marcharse. “No te vayas, desgraciado, y escúchame! A partir de este día, siempre que algún compañero tuyo venga con la comida hasta mi mesa que nunca, ¡óyeme bien, desgraciado!, nunca me deje de repetir estas palabras que te voy a decir yo ahora: ¡Señor, acuérdate de los atenienses! ¿Lo has escuchado bien, miserable?” Asintió el pobre siervo y haciendo una reverencia salió de la sala en silencio.

         Aún ciego de ira, hizo venir a Histieo, un milesio al que Darío retenía en su corte desde hacía mucho tiempo. Con Histieo postrado a sus pies, el monarca aqueménida le increpó porque ese tal Aristágoras había encendido un fuego que tan sólo se apagaría con la sangre de los jonios. Histieo, tembloroso, le juró y perjuró que nada había tenido él que ver con esa revuelta y le aseguró que ese hombre, al que era verdad que el mismo había nombrado, había actuado por cuenta propia.

         Un turbio silencio se escuchó en la sala y Darío, mirando su flecha clavada en el artesonado, proclamó que muy pronto aquel desgraciado milesio y todos los malditos atenienses iban a  pagar muy caro su levantamiento.

         De pronto, el viento de la noche cargado de negros presagios apagó las velas y atizó el rescoldo del incienso que se quemaba en ricos pebeteros de oro.

         Darío se tomó un sorbo de un licor dorado que tenía junto a su lecho y cerró los ojos. Se quedó esperando al sueño que, de seguro, lo iba a sorprender maldiciendo a aquel pueblo de malditos hombres libres que habían tomado Sardes y cuyo nombre ya por siempre no olvidaría: los atenienses.