domingo, 23 de noviembre de 2014
OTRA VEZ EL MARQUÉS
¡Qué hermosos los libros del Marqués de Lozoya, mi querido marqués! Si ya he hablado y mucho de ese libro que reunió su hija y que publicó en Segovia hace unos años con una antología de su obra, por fin he podido acceder a la obra por la que la Real Academia le concedió el Fastenrath. Gozoso libro de poemas que me ha hecho pasar unos días novembrinos maravillosos. Y el marqués, tan humilde, dice que se retiró de la poesía porque no era tan bueno como la generación que venía ni sus gustos coincidían con sus gustos. En eso, don Juan , quizás tenía usted razón, pero en su valía no. No le veo escribiendo un poema surrealista, pero sus versos tan sonoros, tan hermosos en el fondo y en la forma, casan bien en todas las épocas. Yo, un día lejano, vi cómo le ponían una placa en su casa de General Oraa 8, enfrente de mi casa madrileña. Allí estaban su viuda y su hija y tantos vecinos de ese barrio de Salamanca, cerca de la Castellana. Sus poemas los llevo en el corazón, don Juan, no tenga duda y algún día, en el cielo de los poetas, se los recitaré. Espero que me dé su aprobación
AVE MARIS STELLA
Ya sé que hablo mucho de Amós
de Escalante, pero el autor cántabro lo merece. Hemos hablado de sus poemas y
de su libro Costas y Montañas y nos
faltan algunos otros de los que ya os iré dando cuenta. Hoy le toca a Ave Maris Stella, una hermosa novela
histórica ambientada , como no podía ser
menos en don Amós, en su Cantabria. Escalante, como un equilibrista del
lenguaje, intenta manejar tres argumentos que, bien mirado podrían ser hasta
cuatro:
a) La
historia de los amores de don Álvaro con doña Mencía interferidos por don
Diego.
b) La
historia de los nueve valles de las Asturias de Santillana, con sus juntas y
sus leyes.
c) La
descripción del paisaje cántabro al que Amós amaba profundamente.
d) La
rivalidad entre los hermanos Pérez de Ongayo no sólo por el amor, como hemos
visto, sino por sus diferentes maneras de ser: señor feudal uno por nombre don
Diego; hombre enamorado y soldado, el segundo, es decir, don Álvaro y
religioso, don Rodrigo, el tercero. Menéndez Pelayo en su sustancioso prólogo
dice que es de las mejores novelas históricas de España, mejor incluso que El señor de Bembibre del berciano Gil y
Carrasco. A mí me ha gustado mucho en lo histórico y en lo paisajístico, sin
embargo ese final parece un tanto acelerado con la muerte de Álvaro y de Diego.
Empero, la novela merece ¡y mucho! la
pena. ¡Gracias don Amós por escribir tan hermosa obra!
FRAY ESCOBA
Reconozco mi predilección por
algunos santos y, sin duda, Fray Escoba es uno de mis favoritos. Portero en un
convento de Lima, con su escoba en la mano, llegó a santo. Se le festeja y
recuerda a primeros de noviembre y a mí me recuerda mi infancia en la que mi
madre siempre me contaba historias de Fray Escoba para que me durmiera. Echando
hilo a la cometa de mi memoria, también recuerdo a Fernando García Murga, hoy
Rector o ex Rector de la Universidad del País Vasco, que en su infancia llevaba
una estampita de San Martín de Porres en la cartera. ¡Ay, qué recuerdos! A mí
me parece un santo fantástico porque en un trabajo ordinario, sencillo, se supo
ganar su santidad e hizo endecasílabos de la prosa cotidiana como decía San
Josemaría Escrivá. Querido Fray Escoba, ora pro nobis.
DON PEDRO CASALDÁLIGA
Mi
descubrimiento de don Pedro Casaldáliga se produjo hace ya unos cuantos años y
dio como primer paso la lectura de una biografía sobre su vida en la que sus
pies pisan la tierra roja de Brasil. Hace poco, en la televisión, han puesto
una serie sobre su vida y, ahora, han llegado hasta mí unos sonetos que
responden al título de Sonetos
neobíblicos, precisamente. En estos
sonetos, don Pedro sigue fiel a sus preocupaciones de siempre: los pobres, los
marginados y los desheredados, es decir, los que nada tienen frente a los que
tienen todo. Casaldáliga se ajusta bien al soneto y se le ve su formación clásica
en la lectura de los grandes sonetistas del barroco. Me llama la atención una
cita que abre el libro junto con otras tres y que dice:
Un
soneto no lo escribe hoy casi nadie, salvo irónicamente
y que es del gran poeta
extremeño José María Valverde. Habría que decir a Valverde o a Casaldáliga que
Carmen Jodrá Davó ganó el Adonais con un libro de sonetos y que Joaquín Sabina
escribió su Ciento volando de catorce.
El soneto es de todas las épocas y no hace falta llamarse Garcilaso o
Gerardo Diego para practicarlo y ejercerlo con acierto. Hasta un servidor le ha
dedicado uno a su cuñado en el día de su cumpleaños. Pues nada más. Los sonetos
del obispo de San Félix de Araguaia están llenos de Dios y de Verdad, de ansia
de Vida y de Justicia, en definitiva, de AMOR. No perderéis nada si, dejando
vuestros quehaceres cotidianos, les echáis un vistazo. Mientras, os dejo una
muestra.
Cuerpo es
Comida
Mis manos, esas manos y Tus manos
hacemos este Gesto, compartida
la mesa y el destino, como hermanos.
Las vidas en Tu muerte y en Tu vida.
Unidos en el pan los muchos granos,
iremos aprendiendo a ser la unida
Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos.
Comiéndote sabremos ser comida,
EI vino de sus venas nos provoca.
El pan que ellos no tienen nos convoca
a ser Contigo el pan de cada día.
Llamados por la luz de Tu memoria,
marchamos hacia el Reino haciendo Historia,
fraterna y subversiva Eucaristía.
jueves, 6 de noviembre de 2014
LACTARIORUM DELICIOSORUM TEMPUS
Desde
muy pequeño, cuando llegaba noviembre, era el tiempo de los nícalos. Ya sé que
para los gourmets a la violeta, esos que se saben las añadas de los vinos de
memoria y las distintas variedades de aceite, los que rechazan los vinos
embocados o gordos del Hoyo de Pinares o de Toro o los que nunca han comido el
jamón serrano en tacos se rasgan las vestiduras y, para que quede clara su
enorme cultura micológica, dicen que a ellos les gustan más las setas de cardo,
el boletus edulis o las trufas sin ir más lejos aunque no han salido nunca al
campo y les son tan extrañas como la cara oculta de la luna. Yo le recuerdo a
mi abuelo Luis haciendo una alabanza de la seta de cardo, una de las más finas
que he comido, o a Mariano Villafruela, mi difunto suegro, haciéndome degustar
la lepista nuda o pie azul en aquellas tardes en que
previamente las habíamos ido a buscar, casi poniéndose el sol, junto a la casa
de los toros en el Raso Portillo. Sin embargo, el nícalo, nízcalo o níscalo que
de las tres maneras se puede y se debe decir me recuerda a mi infancia, a las
tardes de noviembre con olor al ajo que se va dorando en la cazuela a la espera
de los trozos anaranjados del nícalo. Luego ya hay dos caminos: el camino de
los que lo prefieren cargado con jamón en tacos y chorizo - que, dicho sea de
paso, es un camino de gran sabor, pero que desvirtúa el del nícalo que queda
enmascarado por las chacinas- y el camino sencillo de un ajo arriero en el que
el níscalo va soltando su jugo y queda al final una salsa espesa, con su poquito
de aspecto viscoso que me lleva a tardes de otoño en La Pedriza. Como
acompañamiento, y que los gourmets a la violeta me perdonen, le va bien un
tinto recio, fuerte, gordo de los que se vendían en las ventas de Castilla como
aquella que mi tatarabuelo, Luis Villafruela tenía en el puente de Boecillo y
en donde por una peseta, a comienzos del siglo veinte, ponía en las rústicas
mesas, pan vino y queso de la leche del atajo de ovejas que tenía en un pequeño
corralillo. Ahora no vendería nada, el pobre, en este mundo light hasta en el
amor al prójimo. Pero así nos va, hermanos, así nos va.
TAMAYO Y BAUS
Tamayo y Baus era para mí la calle del teatro María
Guerrero y en donde estaba la gran librería Miessner que antes había estado en
Ortega y Gasset y cuya sección de clásicas fomentó mi carrera de Filología
Clásica. Debía de correr el año ochenta y dos y yo estaba en el colegio cuando
fui a comprar allí una libro de etimologías del mexicano Agustín Mateos Muñoz que
usaba Felipe Albaina García, el fraile que nos enseñaba latín. Todo esto viene
a cuento porque me he terminado La locura
de amor, la obra teatral en la que se basó Juan de Orduña para su magistral
Locura de amor. Teatro histórico de
este autor que llevaba el escenario en sus venas y que estrenó, a finales de
los siglo XIX numerosas obras interpretadas por aquellas actrices que han
pasado a la historia de la interpretación española. Debía ser todo un
espectáculo verla en gestos y boca de doña María Guerrero, con la gente
llorando al final del emotivo tercer acto. Quizás ahora, cuando prevalece el
estilo sencillo y llano, estas grandes interpretaciones nos parecieran rimbombantes,
pero ahí quedaron para la historia como esta obra en la que el amor de una reina de a de lado las
obligaciones del trono. Una gozada.
MI AMIGO PUMBY
Cuando yo era pequeño, mi gran héroe de los tebeos
era Pumby, un simpático gato que corría numerosas aventuras en compañía de sus
amigos. Se vendía semanalmente y el quiosco de la calle Martínez Campos, cerca
ya de la plaza de Emilio Castelar, en donde me compraban habitualmente los
tebeos, para mí era la casa de los Pumbys. Creo que cada mes se publicaba un
especial encuadernado en cartoné que incluía varias historietas y que yo me
devoraba especialmente cuando estaba enfermo y cuando, por la tarde, mi abuelo
me traía un Madelman antes de que llamaran a la puerta y apareciera la srta.
Pilar, aquella buena mujer que tenía como oficio el que para mí era el más
terrible y mortificante: practicanta. En aquellos días largos de fiebre y migas
en la cama, Pumby fue mi gran amigo. Ya no tengo ninguno en casa, pero su
recuerdo está tan cercano y tan vivo que recuerdo el título de un especial: ¡Viajeros al tren! que era mi favorito. Me
hubiera gustado decirle al padre de Pumby, José Sanchís, el dibujante valenciano
que falleció en el 2011, que siempre seguí sus cómics hasta que ya me hice
mayor y le dejé en mala hora. Confieso que ya no leo nada de cómics, pero en
aquellos años de la infancia, con aquellos días largos en los que había tiempo
para todo, Pumby ocupó mis días de
colegio y de tardes en casa. ¡Gracias, Pumby!
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