Mi primer
recuerdo de una zanfona es la que tocaba Spencer Tracy en Capitanes intrépidos haciendo el papel de Manuel, el pescador
portugués que le enseña los “valores” de la vida a un señorito londinense mucho
antes de que llegaran la LOGSE y la LOMCE y nos quedaran a todos, especialmente
a los profesores, sin ningún valor.
Aquel pescador, con el tronco segado por las cuerdas, moría como un valiente.
Más adelante, el genio del maestro Mateo en el Pórtico de la Gloria me reveló
la antigüedad de aquel instrumento que por aquellos años del Medievo lo
llamaban organistrum. Junto con mi
amigo Ángel Valeriano, leí que el
maestro Menéndez Pidal la llamaba viola
de rueda en Poesía juglaresca y juglares,
obra que leímos y trabajamos en aquellas clases de literatura de Chacho, el
gran profesor de literatura al que tanto debo. Andaba yo entonces cerca de Soutelo de Montes
y había allí un constructor que tenía su
taller en tan maravilloso lugar como es A Terra de Montes. No hace falta decir
que Soutelo es, además y por si fuera poco, la tierra de Avelino Cachafeiro, el gran
gaiteiro soutelán. Por aquellos mismos años, descubrí a Amancio Prada con su Caravel de caraveles y a Joaquín Díaz y
mi gozo fue cada vez a más. Me gustaba
aquel instrumento que solían llevar los ciegos en las pinturas barrocas de
George la Tour y que me recordaba tanto a la Terra de Montes. Tanto me gustaba
la zanfoña que quería tener una a toda costa, pero los precios que tenían le
impedían a un pobre chico de dieciséis años darle a la rueda y a las teclas de
su tan añorado instrumento. Un día, el hijo de una prima, que es un manitas y
un gran músico y un artista, se puso a construir
instrumentos y, con la madera de una caja de fruta, se construyó una.
Emocionado, le dije que por qué no me hacía a mí otra, pero la vida nos separó
y, aunque el bueno de Luis Fernando me prometió que me la haría, han pasado muchos
años y sigo sin tocar una zanfona. Luis Fernando era seguidor de Germán Díaz,
sobrino de Joaquín, y de Ana Alcaide, una toledana que la toca con mucho gusto.
Por mi parte, había conocido a Paco Díez y su museo de Cigales y lo había oído
tocar en numerosas ocasiones. Me seguía gustando cada vez más el sonido de ese
cordófono frotado, pero mi deseo de tocarla seguía insatisfecho, generando
oscuros traumas freudianos. Andando el tiempo, un día llegó hasta Boecillo un grupo que se
llama Divertimento Folk y allí estaba Ramiro González tocando “mi zanfona” del alma.
Ramiro es también gaiteiro como mi amigo del alma Javier Celada con quien canté
en el Coro de Caja de Ávila cuando yo era un joven profesor de latín y él un
chavalillo que estudiaba primero de bachillerato. Me compré el disco que lo
escucho con deleite y devoción aunque con pena porque, perdido ya el contacto con
mi querido primo Luis Fernando, ya no podré nunca poner mis manos en una
zanfona. Y es una pena porque sí que he tocado gaitas (y sobre todo las “he
templado”), ocarinas y mil flautas raras, pero nunca, nunca, nunca mis dedos se
han colocado sobre las teclas de una
zanfona. No se puede tener todo en la vida.
lunes, 19 de marzo de 2018
domingo, 18 de marzo de 2018
JESÚS Y LOS GRIEGOS
En el Evangelio del V domingo de Cuaresma, hay un detalle
curioso que lo podemos ver en el texto de Juan:
Ἦσαν δὲ Ἕλληνές τινες ἐκ τῶν ἀναβαινόντων
ἵνα προσκυνήσωσιν ἐν τῇ ἑορτῇ· οὗτοι οὖν προσῆλθον Φιλίππῳ τῷ ἀπὸ Βηθσαϊδὰ τῆς
Γαλιλαίας, καὶ ἠρώτων αὐτὸν λέγοντες, Κύριε, θέλομεν τὸν Ἰησοῦν ἰδεῖν.
Había algunos griegos entre los que habían venido a celebrar la fiesta.
Éstos se acercaron a Filipo, el de Betsaida de Galilea y le decían: Señor,
queremos ver a Jesús.
Ya
es harto encomiable que esos griegos quisieran ver a Jesús, pero el sentido que
Jordi Vilá i Borrás ve en este pasaje es muy sugerente: estos griegos provenían
de la diáspora y le ofrecían a Jesús, sabedores de que ya estaba condenado a
muerte por los mandamases de los judíos, la posibilidad de que se fuera con
ellos y así librarse de una muerte segura. Pero Jesús sabe para qué ha venido
y, cuando Felipe se lo dice a Andrés y ambos van a decírselo a Jesús, la
respuesta de Cristo es tajante:
ὁ δὲ Ἰησοῦς ἀποκρίνεται αὐτοῖς λέγων, Ἐλήλυθεν
ἡ ὥρα ἵνα δοξασθῇ ὁ υἱὸς τοῦ ἀνθρώπου.
Jesús les responde diciéndoles: “ Ha llegado la hora para que el
Hijo del hombre sea glorificado (δοξασθῇ)”
La gloria de Jesús y nuestra propia gloria estaba y está en la
Cruz y es el propio Cristo el que lo explica al final de la lectura de este
domingo:
κἀγὼ ἐὰν ὑψωθῶ ἐκ τῆς γῆς, πάντας ἑλκύσω πρὸς ἐμαυτόν.
Y cuando sea elevado desde la tierra, arrastraré todo conmigo.
No
podemos entrar en estas palabras de Jesús que tanto y tan bien comentó Teillard
de Chardin, pero dan para muchos momentos de oración. Que así sea.
jueves, 15 de marzo de 2018
LAS CEREZAS DEL CEMENTERIO
De nuevo, vuelvo a la prosa maravillosa de Gabriel Miró
del que, poco a poco, quiero ir releyendo las obras que tengo en casa desde
hace ya muchos años. En el pasado mes de febrero, le tocaron a Las cerezas del cementerio, esa obra en
la que un ingeniero vuelve a la tierra en la que pasó su infancia ( nuestra
única patria) y la redescubre en toda su hermosura. Miró es el gran cantor del
paisaje levantino al igual que su paisano y defensor en la Real Academia,
Azorín. A Miró lo propuso Martínez Ruiz, pero los académicos, esa tropa tan
terrible, no quisieron que ese hombre bueno y sensible entrara en la santa
casa. En Las cerezas del cementerio,
Miró vuelve, una vez más, a desplegar esa prosa llena de sinestesias, de
belleza, de luz y, con esa prosa nos lleva de su mano por las tierras de
Alicante. Ahora que ya es el tiempo de la relectura, me engolfo en los libros
de Miró para navegar por ese mar agradable y dulce como las tardes de septiembre
en la que siempre llega un hombre con fuego entre las manos, el fuego que nos
alumbrara en el otoño y en el invierno hasta que los mirlos canten en la
esquina de febrero y los jacintos florezcan en las praderas de los sueños.
Justo hasta entonces, beberé a Miró con el deleite que guarda el corazón dorado
de la mistela, con la paz de mis hijos pegando los cromos de la liga en su
álbum, con la seguridad de que la luz llenará las barrancas en donde los
almendros se visten de nata para consolar a reinas nórdicas que recuerdan la
nieve. Gracias, don Gabriel, por devolvernos la vida que dura por siempre, la
belleza eterna de lo pequeño, la voz del viento en las montañas de La Marina
alicantina.
lunes, 12 de marzo de 2018
UN SONETO A CARLOS CANO
Un poco antes o por ahí, conocí a Carlos Cano en
aquel programa de Radio España que se dedicaba al Folk y que se llamaba Leña.
Oí la voz de Cano interpretando al Salustiano y luego vivieron muchas más canciones,
todas de exquisito gusto y alejadas folklorismo barato y del flamenquito que
impera en nuestros días. Sentí su muerte y lo sigo escuchando mucho porque su
sensibilidad en las letras y en la música me es un referente.
A Carlos Cano le he
dedicado ha poco este soneto:
CARLOS
CANO
Rafael de
León y el Salustiano;
un fado
que, sin rumbo, anda perdido.
Miguel
que entre rosas se ha dormido,
La Tani
con su garbo tan gitano.
Antonio,
con su vara de la mano,
por
fandangos a Gerald le ha seguido.
La Lirio
con duquelas, sin sentido,
llenando
de claveles el verano.
Se pirra
Chamberí por sevillanas;
loca está la monja en su alacena
rezando
su oración por colombianas.
y un
poeta en Granada ríe su pena
con un
fondo de nieves y campanas,
con un
aire embriagado en hierbabuena.
AMANCIO PRADA, CHICHO Y GARCÍA CALVO
Por estas mismas épocas conocí al Nuevo Mester de
Juglaría y a Candeal que me siguen acompañando. Fue mi época de “dulzainero” y
no faltaron entonces discos de Los Silverios, Agapito MArazuela o el Tío
Cerillas, un dulzainero de Lastras de Cuéllar que me presentó Gregorio Santos,
el peluquero que lo mismo afeitaba al Marqués de Villaverde que a Fernando
Morán. Sin embargo, muy pronto surgiría en mi vida un cantautor que me llegó a
lo más profundo del alma: yo tenía dieciséis años y apareció un disco en el que
un señor del Bierzo ponía música a mi San Juan de la Cruz. El disco me lo
aprendí de memoria y, hasta ahora me dura la fiebre que me produjo ese Cantar
de los Cantares del poeta de Fontiveros. Pero es que además, Amancio Prada, se
puso a musicar poemas de Agustín García Clavo y de Chicho Sánchez Ferlosio y
andaba un servidor por aquellos años con las ideas de Bakunin e intentando
conquistar el pan ( y en ello sigo). Recuerdo que le decía a mi compañero José
Luis Estruch: “Jose, si un día, saliendo por el bar de la Facultad ( en la Universidad,
siempre hay que salir por el bar) veo en una mesa a García Calvo, Amancio Prada
y a Sánchez Ferlosio, me da un ataque. En fin… ¡luego dicen de las niñas que
enloquecen con los triunfitos!
A Amancio lo sigo desde entonces. Tienen una voz
sensacional y un gusto exquisito. Me lleva alegrando la vida muchos años.
SERRAT, LA BSO DE MI VIDA
LUIS CARANDELL O EL PERIODISMO PARLAMENTARIO
Luis Carandell era de Barcelona y era un periodista
de raza, de esos que ya van quedando pocos. Recuerdo sus telediarios y sus anécdotas
del parlamento. También recuerdo su Celtiberia
Show, lleno de un humor inteligente y mordaz. Ahora he leído su libro se Abre la sesión que abarca sesiones
parlamentarias desde las Cortes de Cádiz a los gobiernos de Aznar y su lectura
me ha hecho pasar muy buenos ratos y también me ha producido un amargo sentir
al leer esos discursos de hombres cultos, inteligentes, buenos políticos y
pensar en los rufianes que mancillan el Congreso con su verborrea y sus
palabras soeces. Había, por aquellos tiempos, lo que llaman la cortesía
parlamentaria que, en estos tiempos revueltos, está ya perdida, tan perdida
como poner el intermitente al hacer una maniobra que no deja de ser, antes que
una norma de tráfico, una norma de cortesía. Pero no nos andamos en estos años que corren con mucho
finuras florentinas y, más que lo italiano, se lleva lo mostrenco. O tempora, o
mores!
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