viernes, 23 de diciembre de 2022

PATRO, LA DE CHAMBERÍ

 


Hoy se cumplen dieciséis años de la muerte de mi abuela Patro, tantas veces citada en este blog, que murió un veintitrés de diciembre porque le dio la gana, porque los de Chamberí se mueren dónde, cómo y cuándo quieren, más o menos como nacen los de Bilbao. Nadie puede alegar un pedigree más chamberilero pues naciste en la calle de San Bernardo, viviste en Fernández de los Ríos y pasaste la guerra en la calle del Castillo, casi en la esquina de Raimundo Lulio que es como llaman los de Chamberí a Ramón Llull. En tu juventud, ibas a la kermés de la plaza de los Chisperos o a la del solar que más tarde ocuparía el mercado de Alonso Cano adonde tantas veces fui contigo a comprar. Durante la guerra (la puta guerra), dejabas la kermés con tu  hermana Carmen para ir a ver si estaba tu padre entre los muertos que gentes sin alma iban amontonando en el conocido como “campo de las calaveras” que después fue el estadio Vallehermoso y ahora me dicen que son pisos. Patro era un ciclón de la naturaleza que le paraba los pies a todo bicho viviente: a un cartero que se quiso propasar y se llevó un par de “yoyas”;  a una señora que se quiso colar en el puesto de Julio, el frutero del mercado;   a un carterista que le quiso robar el bolso sin saber que a una de Chamberí no se la toca o, para no alargarme en demasía, a un portugués que  quiso ocupar el sitio que ella me guardaba,  en el centro de Vila Real,  para que yo aparcara ese Clío que todavía anda lozano por la estepa castellana. Dotada de una inteligencia natural, no pudo estudiar más que hasta los doce años que fue cuando su padre la puso a trabajar en la imprenta que regentaba. Eran otros tiempos y Patro había ido a un colegio, cerca del Homeopático de San José, en Eloy Gonzalo,   a estudiar las cuatro reglas y a que le enseñaran "sus labores" para lo que llevaban - aquellas niñas de los años veinte- , metidito en una bolsa, un pucherito de porcelana. Pero aquel padre también la llevaba a los estrenos de las zarzuelas y a ver a la Xirgu y así Patro vio algunos estrenos de Lorca en Madrid. Ahora comprenderéis por qué mi afición desmedida por Lorca y su teatro: por los recuerdos de aquellas noches lorquinas en el Madrid de los treinta de las que tanto me contaba.

Vivir con ella me enseñó que a los problemas hay que plantarles cara con decisión, que no valen las medias tintas, que a la vida hay que echarle redaños porque si no, como a los camarones, te lleva la corriente.

Cuando se cansó de estar por este mundo, se marchó al Chamberí celeste para encontrarse con su Luis, al que había conocido en el Campo del Moro, con su padre, con su hermana Carmen y con su hermano Antonio. Allí seguirán hablando de los veranos en Titulcia, en aquel viejo molino en donde desayunaban tomate con pan y de aquel arroyo en donde iban a lavar la ropita de las muñecas. Un día, en aquel verano del 36, vieron a su padre venir en un burro desde la estación de Ciempozuelos y cruzar el puente de hierro sobre el Tajuña. Les extrañó tanto que fueron corriendo a buscarle y el pobre José María, lleno de rozaduras por el viaje asnal, les contó que había empezado la guerra, la puta guerra de la que todavía seguimos hablando como si el tiempo se hubiera detenido en aquel puente de hierro que unía el infierno de las bombas con el paraíso del río y el molino.

         Hoy hace ya dieciséis años que te fuiste, pero no porque te lo mandaran, sino – como ya he dicho antes-, porque te dio la real gana, porque a ti, que habías ido con tu padre a ver cómo se proclamaba la República en la Puerta del Sol, que habías escuchado, forzada por una vecina que era “chivata” del PCE, a la Pasionaria y que habías oído decir al general  Miaja por la radio  que “ no pasaba nada y que, si pasaba, no importaba”, nadie te daba órdenes; porque con tu dialéctica parda habrías parado en seco a esa chica que dice que es de Chamberí y a la que los madrileños, que nunca confiesan que la votan, le acaban regalando la presidencia de la Comunidad.

         Sé con certeza y os aviso a todos porque sé que puede eso y más,  que el día que se le ponga entre ceja y ceja, se vuelve al Chamberí terrenal y pone un poco de orden en este caos que es esta España llena de aprovechados que en un bando y en el otro hacen el agosto llenándose la boca y el bolsillo con el pobre pueblo. Ya no quedan chamberileras de verdad y estás haciendo mucha falta, Patrito, para decirle cuatro cosas al lucero del alba. No tardes que esto va  a peor.

LA BLANDA Y DULCE GUERRA DEL POLVORÓN

 


Este año he descubierto los polvorones Carlos I y, después de llevar muchos años haciendo loa y alabanza de los de Felipe II, me he dicho que debería comprar unos cuantos para comprobar la calidad (y antigüedad) que los fabricantes alegan en sus respectivas páginas web. Puestos  a la tarea, se ve como los más   lo curioso es que ambos alegan ser de gran antigüedad y  merece la pena leer cómo argumentan uno y otro su “estirpe regia”.

         Los de Carlos I argumentan que el Emperador se llevaba un buen acopio de polvorones que repartía como alimento a sus oficiales antes del combate y también como premio después de la batalla.  Item más, que, cuando Carlos I se retiró a Yuste, se llevó la fórmula de los polvorones y eran los monjes Jerónimos los que se los preparaban. La receta queda en los Jerónimos pero – no lo explican los del polvorón Carlos I de ninguna manera-, pasó a otras órdenes religiosas. Así fue como llegó, hacia 1780, al convento de Santa Clara de Estepa (Sevilla) y, del convento, pasó a algunas familias como la que , a mediados del siglo XIX, formaban Eusebio Olmedo Galán y Dolores Barrionuevo Lara que rescatan – tampoco nos dicen cómo, se supone que del obrador de las clarisas-, la receta original de Carlos I

         A su vez los de Felipe II, que son alaveses, dicen que el polvorón Felipe II ya lo degustaba el rey en El Escorial. Ya, me diréis, pero Carlos I va antes de Felipe II pues normal es que los padres precedan a sus hijos y no al  revés. ¿Cómo ganar esta blanda guerra del polvorón? Pues diciendo que “el origen del polvorón Felipe II se remonta, posiblemente, a tiempos de la Reconquista. (El resaltado en negrita es mío) Es decir, que ya en siglos anteriores al XVI, supuesto origen del de Carlos I, se tomaban estos polvorones. Es más, aseguran en su página web que “se tomaban antes del Descubrimiento de América”. Por si fuera poco, los vitorianos recurren a las “autoridades” y citan, ni más ni menos,  que a José María Pemán, el cual en su libro “Felipe II en el Escorial” define a los polvorones como “buque insignia” de la repostería y como apoteosis de la confitería. En fin, citar como  autoridad, en estos tiempos que corren,  a Pemán me parece un tanto suicida y no descarto que, por memoria histórica, les hagan abjurar de tan monárquica y franquista autoridad. Pero no contentos con esto, siguen los de Gasteiz:

“Existen referencias literarias y tradiciones que muy posiblemente recogen que este mantecado era el suculento manjar que ofreció en señalada ocasión el Conde de Benavente a su Señor Don Felipe II "El Rey más famoso de las Españas" y a su augusta esposa Isabel de Valois (el Gran Amor de Felipe II).

Después, en un salto de casi cuatro siglos, dicen lo siguiente:

“Y así se presenta, ya en los albores del siglo XX, a la Exposición Internacional de Madrid de 1903. Es allí donde alcanza el preciado premio de la "Medalla de Oro" junto con Diploma de Honor de 1ª clase”.

         Y como buenos vascos, se cogieron y se fueron a la oficina de patentes y marcas del Ministerio de Industria, Comercio y Turismo y lo registraron. Fue el primer polvorón registrado y el más antiguo de los que se producen hoy en España.

         Los alaveses aducen además numerosos premios que reciben desde que los empezaron a producir y que están a disposición de quien los quiera ver en su página web.

         Lo que en verdad no se explica es cómo la receta llegó hasta Blancanieves Tejedor que es la que, a día de hoy, los produce en su fábrica vitoriana y cómo los fabricaron sus antepasados desde hace más de un siglo.

         Querido lector: ¿quién tiene la razón en esta guerra? Si nos atenemos a las pruebas legales, doña Blancanieves tiene pruebas fehacientes de la antigüedad de los polvorones desde finales del XIX, pero ni uno ni otro combatiente pueden aportar pruebas de que sus polvorones ( o al menos, esa fórmula que utilizan) fueran comidos o vendidos en la Reconquista (Felipe II) o consumidos en las batallas por las huestes de Carlos I (polvorones del ídem).

 

 

         Un servidor va a echar su cuarto a espadas y, tras probar uno y otro, les da la máxima nota a los de la vitoriana Blancanieves Tejedor. El tostado de la harina es exquisito, el toque de canela el justo, no están saturados de manteca y su firmeza que no destierra la blandura en el mordisco, proverbial. Para mí, los polvorones Felipe II, son los mejores de España, lo diga el autor de El divino impaciente” o su porquero, que me da igual.

         Me queda otra duda. ¿Comieron los Siete Enanitos del cuento estos polvorones cuando Blancanieves entró en su casa? No os puedo decir, pero lo que sí os digo es que, en esta Navidad que llega, si podéis, os comáis uno. Seguro que me daréis la razón.

domingo, 11 de diciembre de 2022

EL JINETE VACCEO

 



Quod nihilominus inventum constat a Parthis,

quibus consuetudo est, equorum gressus ad delicias dominorum

hac arte mollire. Non enim circulis atque ponderibus praegravant crura, ut tolutim ambulare

condiscant sed ipsos equos, quos vulgo trepidarios,

militari verbo tottonarios vocant, ita  edomant ad levitatem

 et quaedam blandimenta vecturae ut astorconibus similes videantur.

Vegetius- Digesta artis mulomedicinae. 1.56.37

 

Por lo demás, consta que esto fue inventado por los Partos

 para los que es costumbre

dulcificar por medio de este arte

 el paso de los caballos para deleite de sus dueños.

Pues no les cargan las patas con anillas y pesas

para que aprendan a andar en ambladura,

sino que doman a los caballos que vulgarmente

son conocidos como trepidarios y en lenguaje militar como totonarios

para ser ligeros y de monta suave

 de manera que se parezcan a los asturcones.

Vegetius- Digesta artis mulomedicinae. 1.56.37

 

 

Un jinete galopa en su caballo, cuyo pelaje refleja la luz de plata de la luna, entre un bosque de encinas y retamas. La noche y los árboles lo ocultan de sus perseguidores. El jinete ha llegado hasta un río. Ve sus aguas crecidas, revueltas, del color ocre de la tierra que arrastra, del color de la sangre que ha entrenan visto en los cuerpos inertes de sus camaradas. Ve el peligro, pero no duda porque, en la duda está la muerte , porque en ese peligro de cruzar el río estriba su salvación. Siente a su espalda los cascos de los caballos que lo persiguen; siente las voces de los jinetes; siente casi el viento que provocan los caballos a galope tendido. Y baja a lacorriente.

Cuando el agua del río le llega a las piernas, siente que el frío y el miedo le paralizan el corazón. Sus perseguidores ya tienen que haber llegado a la orilla – piensa como si un rayo le atravesara la cabeza. La fuerza del río es tan grande que nota cómo lo arrastra la corriente, cómo el caballo, pese a ser un animal joven y fuerte, no puede resistir el embate   feroz  de las aguas heladas y turbias; nota con espanto que él y su caballo son arrastrados por la fuerza brutal de las aguas heladas y turbias sin que ni uno ni otro puedan hacer nada. No quiere mirar atrás; no quiere ver cómo sus perseguidores ya están como él luchando con la corriente. Cierra los ojos y espera lamuerte.

Mas de pronto surge una isla en mitad del río, una isla que está separada tan sólo por un pequeño canal que su caballo saltará como salta los arroyos cuando va con él a cazar ciervos allá por la tierra de los pelendones. Nota cómo el caballo hace pie en la tierra de la isla y cómo ambos salen de las gélidas aguas del río. Cruzan la isla nacida en mitad de la corriente y el caballo, como si anduviera por tierras pelendonas y un venado intentara librase de las lanzas delante de sus ojos de azabache, salta el arroyo con un salto limpio, hermoso, que huele a libertad. ¡Ya están en la otra orilla! ¡Ya puede mirar a sus perseguidores que, contra lo que temía, se han quedado clavados ante la oscura corriente! Los ha mirado con rabia, con ansia de venganza, pero él, librado de sus manos, ya galopa por la tierra del otro lado del río. Sonríe cuando su caballo, con su paso en ambladura, se aleja de la noche y de la muerte.


 


 

EL CAFÉ DE CHINITAS PARA ALEMANES

 


Decía mi abuela Patro, a la que tanto nombro en este humilde blog, que “cuando el diablo no sabe qué hacer, mata moscas con el rabo”. No es que me sobre el tiempo, pero, como llevo estos meses tan lorquiano, tan “enlorquecido” como dice en su disco el gran Miguel Poveda, mientras oía esas canciones que grabó  La Argentinita con Federico al piano, me he dicho: “Tate, y ¿por qué no traducir la famosa copla del Café de Chinitas al alemán? Y en esas me he metido. La verdad es que te partes de risa con el resultado y espero que nadie se moleste porque esto es tan sólo una broma para un domingo de diciembre. Que Goethe, Heine y mi muy admirado Stefan Zweig me perdonen por este crimen de lesa germanidad. Ahí va:

 

En el Café de Chinitas

dijo Paquiro a su hermano:

"Soy más valiente que tú,

más torero y más gitano".

 

En el Café de Chinitas

 dijo Paquiro a Frascuelo:

"Soy más valiente que tú,

más gitano y más torero."

 

Sacó Paquiro el reló

y dijo de esta manera:

"Este toro ha de morir

 antes de las cuatro y media."

 

Al dar las cuatro en la calle,  

se salieron del Café

y era Paquiro en la calle

un torero de cartel.

 

Que en mi alemán de andar por casa viene a decir:

 

Im café de Chinitas

sprach Paquiro zu seinem Bruder:

“Ich bin mutiger als du,

ein besserer Torero und besserer Zigeuner”.

 

Im Café de Chinitas

sprach Paquiro a Frascuelo:

“Ich bin mutiger als du,

ein besserer Zigeuner und besserer Torero.”

 

Zog Paquiro die Uhr

und sprach so:

“Dieser Stier muss sterben

von halb fünf.”

 

Als es auf der Strasse vier schlug

gingen sie aus dem Café,

und Paquiro war auf der Strasse

ein Torero aus dem Plakat.

 

¡¡¡Olé!!!

jueves, 8 de diciembre de 2022

EL OPTATIVO GRIEGO Y LA PURÍSIMA CONCEPCIÓN

 


Hoy es el día de la Purísima, como le gustaba decir a mi abuela Patro, y no estaría de más que le echáramos un vistazo al texto de Lucas que la Iglesia nos propone para hoy como lectura evangélica de la que me voy a fijar tan sólo en el final:

εἶπεν δὲ Μαριάμ, Ἰδοὺ ἡ δούλη κυρίου· γένοιτό μοι κατὰ τὸ ῥῆμά σου. καὶ ἀπῆλθεν ἀπ᾽ αὐτῆς ὁ ἄγγελος.

La traducción (que casi nos la sabemos de memoria) dice así: Y dijo María: he aquí la esclava del señor; hágase en mí según tu palabra. Y la dejó el ángel.

         Como filólogo, me llama la atención la forma γένοιτό μοι κατὰ τὸ ῥῆμά σου que en latín es el archiconocido fiat mihi secundum verbum tuum del que mucho podríamos hablar, pero quiero detenerme en la forma verbal  γένοιτό que es la tercera persona del optativo aoristo segundo de γίγνομαι “llegar a ser”. Fiat, sin embargo, es la tercera persona del singular del presente de subjuntivo del verbo “fio” que tiene en latín el mismo significado pero que en griego, al usar el optativo,  tiene un matiz añadido que Lucas, que era médico y buen helenista, utiliza. ¿Por qué? Pues muy sencillo: porque era el modo en que en griego se construían los deseos posibles. Es decir, que la Virgen tiene el deseo de que lo que le ha dicho el ángel se cumpla y no sólo eso: es que cree que ese mensaje es posible.

         Ya veis que el griego y el latín sirven para bastante más que el andar con los indicadores de logro y otras zarandajas de las leyes de los pedabobos.

 

EL TEATRO DE LORCA Y LA TRAGEDIA GRIEGA

 

He leído en varias ocasiones  que el teatro de Lorca se basa en la tragedia griega y esta afirmación, la mayoría de las veces,  se sustentaba en  tres razones:

a)     a) La aparición en él de personajes – sirva como ejemplo la Poncia de La casa de Bernarda Alba-, que son herederos de la figura de la nodriza en el teatro griego. Nadie pone en duda esta influencia de las lecturas de la tragedia griega por parte  de Lorca - lecturas que siempre, por cierto,  leyó en castellano en  traducciones de la época en las que no voy a entrar a considerar su calidad -, pero, con una pata, no sustentamos una mesa así que vamos a ver las otras dos razones que argumentan  los que hacen esta afirmación.

b) b) La aparición de episodios líricos en el teatro de Lorca que guardan un notable parecido con el coro griego. Recordemos algunos cantos o canciones que entona un grupo (el canto de los segadores del que se hablará más tarde) o algunas canciones en solitario que aparecen en la ya mencionada La casa de Bernarda Alba, o en otros “dramas rurales” como Yerma o  Bodas de Sangre (hay en esta obra maravillosa la aparición de la luna como un personaje más que la lleva a un lirismo de una magia suprema).  Sin embargo, leyendo el magnífico prólogo de Joaquín Forradellas, gran lorquiano y catedrático de Instituto en San Sebastián, que demuestra que también desde la Enseñanza Media y no sólo desde la Universidad se puede investigar, encuentro las razones que Forradellas aduce para que el supuesto coro  de Lorca no sea como el de la tragedia griega, sino que, muy al contrario, sea opuesto a éste. Forradellas se basa en un punto principal:

El coro lorquiano se usa para  “para poner de relieve dialécticamente momentos que conciernen a la diégesis o a subrayar algo vivido por los personajes, nunca a la participación coral asertiva o compasiva (simpatética); la canción de los segadores no cumple una función distinta a la de los golpes del caballo garañón en los muros de la cuadra”. Introducción de Joaquín Forradellas. pág. 39 Es decir, que el coro en Lorca tiene una, si se me permite, “función amplificadora” de los momentos más dramáticos, pero no actúa, como el coro en la tragedia griega que es, no lo olvidemos, un personaje más dando la razón o solidarizándose con los protagonistas.  Vamos con la tercera razón que, según sus defensores, relaciona el teatro lorquiano con el teatro griego.

c)   c) 
Un final supuestamente catártico de las obras lorquianas, es decir, un final en el que el público asistente, como aquellos que asistían en Atenas o en Epidauro, siente una purificación, un perdón de sus pecados (que eso es lo que significa en griego catarsis). Una vez más viene Joaquín Forcadellas con su atinado prólogo para decirnos que " en “el teatro de Lorca no se da la catarsis porque no se trata de purificar al público, sino de inculparlo”(señalo en negrita esta razón tan fundamental para que el “coro” lorquiano nada tenga que ver con el coro griego). Lorca se quejaba – con razón-, de ese teatro que se escribía en España para un patio de butacas que escuchaba lo que quería oír y detestaba el granadino el servilismo de gran parte de los autores de su época por el público. Por eso Federico escribió El público, obra que también, en mejor ocasión, comentaré.

Que hay personajes lorquianos arrastrados por la hybris ( la soberbia) es absolutamente  innegable, y ahí tenemos a la Bernarda Alba mandando en aquella casa con su bastón ( por cierto y para que sirva de nota de humor, los “intérpretes freudianos” de la obra consideran el bastón de Bernarda - ¡cómo no!-, un símbolo fálico incuestionable. En fin…),  pero ¿en cuántas obras de teatro no griegas aparecen personajes llenos de soberbia o de pasiones incontroladas o desordenadas y no por eso tienen que ser herederas directas de Esquilo de Sófocles o de Eurípides? Herederas directas, no, pero tampoco podemos olvidar que nuestra cultura hunde sus raíces en la de los antiguos griegos por lo que tampoco es raro que haya detalles que nos recuerden a las grandes tragedias clásicas.

     Tal y como os he intentado explicar, este “humilde profesor aragonés” de Instituto, que desarrolló toda su vida profesional en San Sebastián”,  pone las cosas en su sitio y aclara que no es griego todo lo que reluce por más que lo que reluzca sea el casco del mismísimo Agamenón.

martes, 6 de diciembre de 2022

AGAMENÓN EN LA N-601 (ADANERO - GIJÓN)

 


El otro día, volviendo en su coche de Olmedo,  mi compañera de Latín en el Alfonso VI, Belén Hernández, me preguntaba por esas torres que se ven cuando se viaja por la N-601, conocida también como la carretera “Adanero – Gijón”. Esas torres son los restos de un sistema de telégrafo óptico que se instaló a mediados del siglo XIX. Cuando yo era pequeño y viajaba en el Madrid - León, (llamado León – Madrid por los que lo cogían en Valladolid o en Laguna como  mis abuelos Julio y María), le iba diciendo a mi abuela Patro que en esos castillos estaban los franceses, en aquel otro los ingleses y en el de más allá , los cubanos a los que nombraba no por amor a Fidel Castro (del que nada sabía) sino porque me había tocado un soldadito cubano en un paquete del detergente Ariel  que era compañero de franceses, ingleses o americanos en mis solitarias y blandas guerras infantiles.  En mi libro Boecillo con el corazón cuento algunas cosas sobre los telégrafos ópticos y me remonto al Agamenón de Esquilo en el que , versos 10 al 15, se le escucha decir al vigía:

Y ahora aguardo el signo de la antorcha,

la llama esplendorosa que de Troya

ha de traernos nuevas y el anuncio

de que al final ha sido conquistada,

pues así lo ha mandado de una esposa

el varonil e impaciente pecho.

 

(Traducción de José Alsina Clota)

 

         El telégrafo tenía un sistema de códigos cifrados que tan sólo tenía el Comandante de Línea y permitía un ángulo de visión de 45º. Un mensaje desde Madrid a Irún o viceversa podía llegar en menos de seis horas mientras que un correo a caballo, cambiando de caballo y jinete en las postas y teniendo buen tiempo, no bajaba de los tres días.

         Si os gusta el tema, deciros que en Adanero, pegando a la N-601, podéis contemplar una torre reconstruida por una empresa de telefonía móvil. Si no tenéis mucha prisa, en algún viaje hacia el sur, paráis y le echáis un vistazo. Merece la pena.

         No puedo acabar sin deciros que Pereda y Galdós hablan de este telégrafo y que un servidor , tal y como he dicho al principio, le dedica cuatro páginas de su libro sobre Boecillo que, si no tenéis, ya os estáis haciendo con un ejemplar. ¡Faltaría más!