domingo, 23 de abril de 2023

LOS LARGOS MOVIMIENTOS DE BRUCKNER

 


Al igual que hay personas a las que no les gusta el queso, también hay personas a las que no les gusta Bruckner y aducen como razón o causa que “sus movimientos son excesivamente largos”. No me parece una razón musical de peso para que no les guste Bruckner y, en confianza, me parece hasta una soberana tontería, pero no estaría de más que viéramos, a la pata llana, por qué los movimientos de Bruckner son tan extensos. De todos es sabido que una sinfonía se suele dividir en cuatro movimientos: el primero escrito en forma de sonata; el segundo que suele ser un adagio; el tercero, un scherzo y, el último, un allegro. Esto no es un dogma, pero los músicos lo suelen respetar.  También es sabido que cada movimiento tiene sus propios temas. En el caso de Bruckner, vemos que acostumbra a usar más de dos temas  en cuya exposición usa formas de desarrollo de estos temas que continúa en el propio desarrollo. Además, durante la recapitulación, Bruckner vuelve a desarrollar los temas por lo que la duración de los movimientos alcanza o supera la media hora. Con una buena guía de audición, no hay ningún problema y el disfrute está asegurado. Por citar un ejemplo, os propongo la Historia de la Sinfonía que podemos encontrar en la red de redes y que escribe Francesc Serracanta, un catalán de Molins de Rei. En esta guía de audición me he basado para esta humilde entrada. Os lo digo porque un filólogo tiene siempre que citar sus fuentes y para no arrogarme con méritos ajenos.

 


Se escogió el 23 de abril para celebrar el Día del Libro porque es la fecha en la que fallecieron Miguel de Cervantes, William Shakespeare y Gómez Suárez de Figueroa, renombrado como el Inca Garcilaso de La Vega. Aunque los tres ilustres autores murieron en 1616, no lo hicieron exactamente el mismo día. En el caso de Cervantes murió el 22 y el 23 fue cuando se le enterró, mientras que la fecha del fallecimiento del dramaturgo inglés corresponde al calendario juliano, pero en el gregoriano, que era el que estaba vigente en España, serían unos días después, el 3 o 4 de mayo. Lo más curioso es que el dramaturgo inglés también había nacido un 23 de abril de 1564 en Stratford-upon-Avon. Es decir, que murió el mismo día de su cumpleaños. También un 23 de abril nacieron o murieron otros personajes importantes de la literatura como Vladimir Nabokov (aunque realmente nació un 22 de abril en San Petersburgo), escritor ruso que escribió en inglés sus conocidos éxitos (Lolita, Ada o el ardor, Habla, Memoria por citar tan sólo tres y cometer una injusticia de lesa literatura); Josep Pla, uno de mis señores feudales en literatura, que murió en su masía de Llofríu (Gerona) un 23 de abril de 1981,  y Manuel Mejía Vallejo, escritor colombiano, Premio Nadal, que nació un 23 de abril de 1923 en Jericó, Colombia.

Sabido es que los catalanes celebran su Sant Jordi y que es el día de regalar un libro y una rosa. San Jorge es un trasunto medieval de Perseo liberando a Andrómeda, pero eso da para otra entrada. También, no lo olvidemos, se celebra en Aragón pues San Jorge era el santo protector de la Corona de Aragón.

Por si fuera poco, en Castilla y León, celebramos la derrota de Villalar cuando los Comuneros fueron vencidos por las tropas del “extranjero” Carlos I. Es curioso esto de celebrar una derrota, pero Castilla y yo somos así, señora.  Ortega señaló con acierto ( como siempre) que Lucano, sobrino de Séneca y, como él, cordobés, escribe su obra, primer poema épico de un hispano, sobre la derrota de Farsalia. Se conoce que eso de celebrar derrotas es algo genético por la piel de toro.

Que yo recuerde, el 23 de abril, ya no se celebra nada más. Bueno, sí, es el cumpleaños de mi tío Fernando, pero no creo que eso quede en la historia salvo en la historia personal de él y su familia que estarán gozando de las hermosas vistas del monte Louro allá por la ría de Noia, en Portosón. Los hay con suerte aunque sea inmerecida.

 

domingo, 16 de abril de 2023

JOSÉ ÁNGEL FERNÁNDEZ DE LA CALLE, EL TEÓSOFO DE CHAMBERÍ

 Cuando leo algo de Mario Roso de Luna, el teósofo de Logrosán, se me viene al recuerdo mi gran amigo José Ángel de la Calle, gran lector, extraordinaria persona y empleado de aquella maravilla expoliada por canallas que se llamó CajaMadrid. José Ángel había entrado en la Caja, como se la conocía en Madrid,  con tan sólo dieciocho años y se estuvo toda su vida trabajando en ella. Fue un gran trabajador bancario, pero,  sobre todo,  fue un gran lector que había hecho de su casa en la madrileña calle de Viriato (fuiste heroico hasta en el domicilio) una pequeña biblioteca que ocupaba habitaciones y pasillo. Mentarlo es recordar aquellas tardes de la Fuenfría en las que José Ángel, sentado al solecillo del porche del Albergue de La Fuenfría se entregaba a sus lecturas; recordarlo es andar con él la Sierra del Guadarrama, ésa a la que ahora los incultos llaman “Sierra de Madrid”; pensar en él es recordar sus chistes llenos de inteligencia, recordar a Gila, recordar su ironía elegante y blanca porque su bondad no permitía la ofensa. Se compró un pisito en El Boalo, al pie de la Maliciosa, porque una gitana le dijo que iba  tener una vejez larga y él, ¡cómo no!, la quería dedicar a la lectura. Formábamos un grupo de marchadores muy heterogéneo: él, Jesús Ocaña, el hombre que predijo el MP3 y que, aun siendo de Cuenca, se hizo radiotelegrafista y recorrió los Siete Mares de Simbad; mi padre, siempre con sus pantalones bávaros,  y un servidor. Son  días lejanos de una juventud perdida y ahora, con más años que ellos tenían entonces, recuerdo aquellos paseos,  - en lo que lo menos era hasta dónde llegábamos-,  como un oasis de paz en este agitado vivir. Hace unos meses, alguien me escribió y me dijo que José Ángel había muerto, que la p. pandemia se lo había llevado hasta ese cielo teosófico de don Mario Roso de Luna, de don Eduardo Alfonso y de Wagner. Y por esos cielos de su dios se andará con su péndulo, su cachondeo fino de chamberilero y su mostacho. Como veis, no he hablado nada de don Mario porque eso lo dejo para mejor ocasión. Tan sólo quería compartir con todos vosotros el recuerdo de un amigo, de un buen amigo que se nos ha ido para ver su Maliciosa desde lo alto.

         Por cierto y para acabar: me cisco en la gitana que te dijo que ibas a tener una vejez larga porque no ha sido así, pero, al mismo tiempo, imagino los chistes que habrás hecho sobre ella y lo que te habrá dicho Roso de Luna cuando le hayas hablado del Convento de Casarás (que nunca lo fue) o de cómo los nazis buscaron el Grial en Montserrat. Dale recuerdos al Padre Piquer, el fundador de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid y no le hables de Rato, de Rodrigo Rato, aquel que tocaba la campana para que se forraran los de siempre. No hace falta que te lo diga porque siempre fuiste un caballero de Chamberí que, cuando una vecina de tu calle Viriato te dijo muy de mañana, al verte vestido con los pantalones bávaros, tu jersey de lana y tu mochila, que dónde ibas, le respondiste con una sonrisa que te movió tu mostacho: “Señora, pues a estas horas y con estas pintas no voy a ir a un té en la embajada de Francia”. Y es que eras de Chamberí, ese barrio castizo del que se quiere apropiar esa chica que desgobierna la Comunidad de Madrid. ¡Ah! y por supuesto, que te habrás encontrado con doña Patro (como tú la llamabas), chamberilera de la calle del Castillo, con la que tan bien te llevabas porque ser de Chamberí imprime carácter. Un abrazo y ya te contaré historias del péndulo que me compré para imitarte, gran José Ángel. Ya ves, imitarte a ti que eras y eres inimitable.


TEUCRO

 


TEUCRO

                Al alba llegamos hasta aquellas riberas y desde los cantiles nos saludaron hombres con banderas al viento. El mundo era joven, revestido del azul purísimo del mar. En aquella mañana de gozo, nos gritaban “extranjeros”, “extranjeros”, pero en su voz no había rechazo, sino una cálida llamada de acogida que resonaba  en la llanura vinosa que besaba nuestras quillas. Veíamos a lo lejos sus redondas moradas y el mar por tres veces rompía en  sus playas tocadas con verdes carballeiras[1]. De pronto, una niebla misteriosa cubrió la ría como si fuera a producirse un prodigio sagrado y algunos de mis hombres vieron, agarrada a una palmera, a una joven que navegaba segura en su barca de piedra en cuyo fondo florecían con mil miradas las hortensias. Nos llegaba, ya en la tarde,  el olor de las hogueras de secos carozos y hombres de las aldeas empujaban rodando las cubas que contenía la sangre robada a terribles gigantes mientras el lastimero quejido de las carretas inundaba de luz la infancia de tantos niños que corrían por los verdes prados que parecían pañuelos de un dios cariñoso y pacífico y llenaba también el silencio de los bosques que murmuraban con sus hojas canciones tan antiguas como la vida.

         Al poner pie en tierra, una fuente canora nos ofreció su linfa helada y en ella aliviamos la fatiga del viaje, tan largo viaje desde las tierras de Troya. Hermoso era el río que del monte bajaba y algunos de mis hombres, por juego, juntaron piedras para construir un puente que enlazara los dos lados de la ría. Sonaron caracolas en mitad de la niebla y alegres cantamos nuestras viejas canciones que el mar nos devolvía desde las varadas quillas.

         Viejos carballos[2] protegían las casas en cuyas puertas las parras crecían  y almiares de oro iluminaban los prados. Pasó la mañana, pasó la tarde y el sol de poniente doró las riberas de aquella tierra que nos recibía con camelios floridos. Hermosas mujeres de morenos cabellos se llegaron a nosotros a las que llamamos “helenes” pues nos recordaban a las lejanas mujeres de Grecia. A una de ellas, que nos dio la bienvenida,  la nombramos Estribela y acercó a nuestros labios unas cuncas de vino espumoso que ávidos bebimos. Y Afrodita sonrió entre las vides que escalaban los montes hasta las moradas de los dioses.

         Ya de noche, rasgó el silencio el bravío galopar de los potros salvajes cuyas crines intonsas acariciaban los vientos que juguetones rodeaban las citanias. Las estrellas en silencio nos vigilaban y bajo ellas, muchachas desnudas seguían el camino de las luciérnagas y tres veces bañaban el marfil de sus cuerpos en la espuma del mar que rompía bravío en playas desiertas.

         ¡Qué hermoso era el puente a la luz de tus ojos, Estribela! Solitario un toro mugía en la dehesa y un pastor, acompañado de su cuerno, cantó la leda cantiga de nuestros amores. En las noches, sentados al fuego,  yo te hablé de todos los fantasmas que me acompañaban, de los muertos que dejé con mi arco del que flechas de sombra salían invocando a la muerte. Y la lumbre prendía en tus labios con cuyos besos encendías los mío, bendita Estribela de morenos cabellos, a cuya fragancia me huelen desde entonces todas las tardes de lluvia mientras un mar plomizo canta en la playa un viejo romance de espuma y arena. Me huelen estas tardes a principio del mundo, a grullas cruzando entre barcos de nubes,  a soleadas azoteas donde habita mi memoria.

         Pasaron los meses y en toscas cunas descansaban nuestros hijos al que con nuestro recio cantar acunábamos. Callados petroglifos contaban historias de mares amargos que había tallado en la noche un triste gigante de nombre Mogor. Pero nada podía arrancarnos nuestra felicidad y, como en la alegre llegada, bebimos la sangre de las viñas en cuncas[3] talladas que recogían las figuras de los dioses indígenas.

         Están ahora las casa empapadas de vida y van, ya lejos, las nubes que ensombrecieron la tarde;  sereno el río,  que turbio se revolvía. Abrazados a nuestros hijos miramos al futuro, vendimiamos las parras fecundas con el  sosiego del que sabe segura su vida y nuestro amor mira al futuro con la certeza de que aquella era la tierra que los dioses nos destinaron para vivir desde el principio del mundo.

         Ya tocan las campanas de Poio y atraca Trahamunda su barca de piedra. Tú entonces, trayendo la primavera en tus manos, me coronas de camelias. Yo te amo, Estribela, pudorosa muchacha que resguardas las palomas gemelas de tu pecho con túnica de lino inconsútil; te confieso que cada noche deseo segar el trigo maduro de tu seara[4] con la hoz que por siempre llevaba en mi vientre buscando el pozo profundo y oscuro de tu cuerpo.  Y así, cada noche,   juntos oficiamos el sacramento del amor ante las breves miradas de las mimosas florecidas de gozo porque necesitaba que tu calor encendiera mis huesos helados por tantas noches solitarias y frías, helados por el presagio de la muerte que cantaron en las islas negras sirenas.

         He dejado mi aljaba, Estribela, y mis grebas cansadas en losas que conservan aún el calor de la tarde de primavera que invitan al amor de dos cuerpos que se aman porque así era su destino, marcado por los dioses antes de que el mundo existiera. En un altar de recios carballos te ofrecí el corazón de un viejo soldado que un día partió al exilio, que erró su camino empujados por los vientos que, sin yo saberlo, repetían tu nombre y me llevaban a ti; el corazón de un viejo exiliado del gozo  que amarró su barco a los recios laureles que esperaban en la  noche el gozo de las lumbres encendidas, la cruz de tus brazos para depositar su angustia, tu clara mirada para aplacar sus temores, y tu cuerpo de nácar para coronarlo de lirios.

         Ya la noche y la niebla misteriosa envuelven a Tambo y en el poyo de la puerta he dejado las rosas que corté para ti, Estribela. Está mi corazón en brasas y te lo ofrezco, callada muchacha que me estabas esperando al final del mundo.  Con la palmera de la santa, dibujaremos las sombras en que juntos viviremos en las tardes de estío. Un alba de gloria se anuncia en un cielo que busca en el mar de tu vientre su consuelo. He elegido tus manos y a las ninfas divinas de la fuente que construimos entrego mi vida en agradecimiento. Ya en la aldea del viejo puente que construimos a nuestra llegada un sol reverbera en las altas azoteas que soñamos y casi en silencio, miña Estribela, te digo que ésta é a boa vila que da de beber a quen pasa, a boa vila à que ningúen ve que non o diga.

         Y, si alguien, al paso de los siglos, pregunta a estas piedras, a esta ciudad de soportales que cantan en las noches de lluvia, de parras que guardan los pétreos dinteles al a vera del Lérez, no tendrán miedo en contar que

         Me fundó Teucro valiente

            daqueste río en la orilla

            para que de  España fueses

de villas la maravilla.

        




[1] Robledales.

[2] Robles ( Quercus robur)

[3] Tazas en donde se bebe en Galicia el vino, especialmente o viño do país.

[4] Terreno sembrado de trigo, centeno u otros cereales. En castellano, senara.

LA CIERVA BLANCA DE SERTORIO

 


LA CIERVA DE SERTORIO

(En una tarde de primavera, en la Roma eterna, unos jóvenes escuchan, sentados en unos poyos, el relato que Hircio, veterano soldado en las filas de Sertorio, les está contando)

         La cierva era un rayo de luna en las noches de invierno, un camino de plata en las lindes del bosque, una epifanía en las tierras de Hispania. Todos los soldados sabíamos que aquella cierva había nacido en el rebaño exiguo de un pastor del campamento de Sertorio; que había nacido con otros cervatillos y que ella era completamente blanca. Quinto se quedó mirando: era un copo de nieve entre los otros cervatos, se acercó y se la puso en los brazos. La cervatilla le lamió la cara buscando la teta de la madre y Quinto se echó a reír. Le dijo al pastor que, tan pronto como la madre la destetara, volvería a buscarla y así lo hizo. La cierva, desde el momento en que el pastor se la regaló, ya no se separaba de Sertorio y ambos iban y venían por el campamento, se internaban por los bosques y hasta dormían juntos. Pero no dormía a su lado sin más, dándole calor en las frías noches de invierno, sino que recibía Sertorio en sueños lo que Ártemis le quería comunicar pues la cierva le avisaba de los peligros y hasta de la manera de ganar las batallas y, cuando las ganaba, le ponía a la cervatilla una corona de flores y la dejaba libre por el campamento. ¡Aún me parece que la estoy viendo correr entre las tiendas como un rayo de luna!

-         Hirtio, ¿nunca perdió Sertorio una batalla mientras la cierva estuvo con él?

-         No, nunca.

-         Entonces, Hirtio, cómo explicas que matara al mensajero que le informó de la derrota de Hirtoleyo en Segovia? ¿Acaso no escuchó las instrucciones de la cierva?

-         ¡Ay, jovencitos burlones y descarados que os burláis de este viejo soldado! Desconozco lo que me contáis,  pero , si vosotros, como yo, hubierais visto aquella cierva blanca, no hablaríais así. Los nativos hispanos tenían una gran devoción por los ciervos y les daban culto porque creían que traían la fecundidad y la buena suerte. Hasta se contaba que Habis, el legendario rey de Tartesos, había sido criado por una cierva.

-         ¡Claro, Hirtio! tú mismo lo estás diciendo: Sertorio, que,  aunque no había acudido mucho a la escuela del gramático, no era ningún ignorante, se dio cuenta enseguida de que se podría aprovechar de la fe que los lugareños tenían en los ciervos para poder manipularlos a su antojo. Vamos, caro Hirtio, que la cierva vaticinaba lo que Sertorio quería.

-         Me duelen vuestras palabras, jovencitos, porque vi a Sertorio entrar en éxtasis mientras la cierva le hablaba al oído. ¡Sois unos malditos descreídos, hijos de filósofos sin fe!

-         ¿Y no estaría tu querido Sertorio bajo el efecto de alguna seta alucinógena como esa roja con puntitos blancos que tanto se prodiga por las tierras de Hispania? – le dijo a Hirtio un jovencito burlón e imberbe.

-         ¡Mientes, joven petulante! La cierva era un enlace con Diana. Y te puedo asegurar, joven insolente, que Sertorio era un hombre íntegro que jamás tomó ninguna seta de esas que tanto sabéis porque quizás las tomáis vosotros y por eso decís las tonterías que me estáis diciendo.

-         Bueno, bueno, muy íntegro no. ¿Acaso no sabes que falsificó su edad para entrar en el ejército?

-         Y ¿qué me quieres decir a mí con eso, jovencito? Si lo hizo, lo hizo por amor a Roma, por ese amor que vosotros, criados entre nodrizas y haraganeando, viviendo de vuestros padres, ni podéis suponer. Aquellos hombres eran de otra sangre diferente de  la que tenéis vosotros que no valéis nada en comparación con ellos.

Los jóvenes se daban codazos y uno de ellos le preguntó con sorna:

-         ¿ Y no le avisó la cierva de que su comandante Perpenna le iba a pasar a cuchillo en Hosca?

Hirtio calló por un momento porque era difícil contestar la joven.  Pero, al cabo de un rato, tras haber tenido la cabeza entre las manos, le dijo:

-         Mira, muchacho, la cierva se le perdió a Sertorio en la batalla del río Sucro, pero un día, mientras despachaba unos asuntos, la cierva apareció de pronto, se fue a su lado y le lamió las manos.

-         Alguien la encontraría y se la llevó. Seguro que Sertorio pagó bien a los que la encontraron.

-         ¡Mientes, bellaco! – clamó Hirtio cuya cara se había enrojecido de furia . La cierva cruzó la sala dejando un aura de luna. Su pelo blanco parecía la nieve de los inviernos hispanos., esa nieve que cubre aquellas desoladas mesetas. ¿Acaso, petimetre, has visto tú alguna vez un animal como la cierva?

-         Y ¿no sería que algún bromista la había encalado? Seguro que si la cierva “divina” se hubiera metido en un charco, hubiera salido de él con el mismo color que tienen todos los ciervos.

-         ¡Maldita juventud descreída! ¿os estoy diciendo que yo la vi, que la acaricié , que en su pelaje blanco y suave no había engaño ninguno! Mirad, su pelo era tan suave como la más fina tela de oriente y sus ojos profundos y negros eran dos pozos en los que la luna se contemplaba. No os burléis de lo que no habéis visto y dejadme en paz.

Los jóvenes se dieron cuenta de que habían llegado ya muy lejos con sus bromas y dejaron tranquilo a Hirtio que recogió su cabeza entre las manos.

     El sol se iba ya poniendo en la Roma eterna y aquellos jóvenes dejaron a Hirtio, veterano soldado de Sertorio, sentado en unas piedras que iban ya perdiendo el calor que el sol de la tarde les había regalado.

     Han pasado muchos siglos y un joven sevillano, tras haber leído en la clase de latín la historia de la cierva blanca de Sertorio, empezó a bosquejar una idea que años más tarde llevaría a cabo: escribiría una leyenda cuya protagonista sería una corza blanca. En ese relato recogería ese sentido mágico de la cierva de Hispania,  pero eso ya es otra historia que, si la queréis conocer, es mejor que la leáis escrita por la pluma de tan ilustre escritor sevillano.

MARCIAL EN SU CALATAYUD

 


CAYO VALERIO MARCIAL A  JULIO MARCIAL SALUDA.

 

         Mi muy querido amigo y paisano:

         A estas tierras remotas  de Bílbilis va llegando muy despacio la primavera como si no tuviera prisa por llegarse hasta este rincón remoto de Hispania. Tan pronto como llegó febrero, querido Julio,  ya  empezaron a florecer los almendros y, ahora, pasados ya los idus de marzo, el olor de sus flores de nata llena toda la ciudad que, aunque pequeña en tamaño,  reproduce en escala una pequeña Roma.  En esta villa desde la que te escribo y que ha sido un regalo de la generosidad de Marcela, una viuda de Bílbilis que siente por mí un gran aprecio y que admira profundamente mi obra, no me falta de nada pues tengo árboles, fuentes, la sombra de un alto emparrado, los canales para el riego, los prados, los rosales que en  nada envidian a los de Pesto pues dos veces al año me florecen y más plantas que te sería prolijo si yo te las enumerara. Por si esto te pareciera poco, caro Décimo, nadan en mi alberca las anguilas y tengo un blanco palomar que del mismo color me cría los pichones. Además, con un trabajo agradable de indolente agricultor, cultivo mis propios campos. Sé bien que te voy a dar envidia, pero aquí, en esta tierra bilbilitana, duermo cuanto quiero porque, en primer lugar,  llego cansado del campo y, en segundo,  porque, al llegar la hora tertia, esa hora terrible en la que los negocios comienzan en Roma y bullen los abogados y los negotiatores por las calles con cuyo ruido es imposible prolongar el sueño, el silencio es tan sonoro como en la alta noche. Nada quiero saber de la toga y me visto con lo primero que encuentro en una silla rota. Cuando me levanto, me acoge un fuego al que corona la cocinera con numerosas cazuelas y al que   alimenta  la leña de un cercano carrascal Mis esclavos me informan de la caza que abunda por los alrededores y un joven siervo sirve  a los trabajadores. A la noche, corre el aire frío de ese pico que se yergue cerca delas tierras celtibéricas en donde estuvo Numancia, la ciudad mártir que soportó hasta su muerte el asedio romano.

         Mas tengo que confesarte, caro Julio, que a veces me viene una murria porque ya no soy joven como cuando subía al Vadaverón o nadaba en el río Salo. He leído a Lucrecio y me consuelan sus teorías sobre la muerte, pero ¡me da tanto dolor dejar estas tierras tan hermosas para ir al país de los muertos, flaca mansión de Plutón! ¡Cuánto me gustaría dar marcha atrás y volver a encontrarme con mis padres queridos cuya tumba visito con frecuencia! Fueron ellos los que me enseñaron a sentirme orgullosos de ser hispano romano, de tener todo mi abolengo en esta tierra.

         La finca que me ha dejado Marcela, mujer generosa de esta tierra bilbilitana, me llena de grandes gozos y muchas cosas te podría contar. Por ejemplo, que cuando ya ha pasado noviembre y ya se acerca el invierno, un rústico mozo me vendimia las uvas tardías que quedan en las parras; que disfruto de una turba de aves de corral, gallinas, gallo, un cisne cantarín y un irisado pavón que da culto a Hera con sus plumajes en la cola; que no me faltan los faisanes y que, en la clara mañana, resuenan en los palomares los aplausos de las palomas. Aquí el aceite se gasta en las lucernas y no en los musculados cuerpos de los gimnastas y la leche me da tiernos quesos que como con las mieles de mis colmenas. Te diré que aquí no conozco los pleitos y que, como ya te adelanté unas líneas más arriba,  pocas veces me visto la toga; que mi mesa es humilde, que la noche es sobria y sin borracheras ni vómitos; que mi lecho es alegre, pero conservando el pudor y que mi sueño me procura unas tinieblas breves; que me conformo con lo que tengo y soy y que nada más quiero; en definitiva, Julio, que al día final ni lo  temo ni lo deseo. En el verano, paseo bajo la urdimbre de sombra de mis altos emparrados, me mojo los pulsos en las acequias que llevan el agua que da vida  a los huertos y, allá al ponerse el sol, con un fiesta de morados y violetas en el cielo, me gusta llegarme hasta la alberca, la misma en que la luna se baña por las noches, y contemplar el nadar sereno de una anguila de casa. Blancos palomares me crían palomas de semejante color. ¡Qué feliz estoy, Julio, amigo! Tanto es así que si Nausícaa en persona me ofreciera los jardines paternos,  podría decirle a Alcínoo, su padre,  y quedarme tan ancho: “Prefiero los míos”.

         Amigo Julio, treinta y cuatro siegas hace que nos conocemos y, si mal no recuerdo, lo dulce y lo amargo se mezclan. Sin embargo, si todas las piedrecillas que fuimos escogiendo cada día, las dividiéramos en dos montones de diverso color, te aseguro, Julio, que el montón blanco, vencería al negro. Tan sólo tengo la pena de algunas amistades a las que entregué mi corazón con poca precaución y por eso te pongo , al final de mi carta, estos cuatro versos que te he escrito en endecasílabos falecios y que sé que serán de tu agrado.

Si vitare velis acerba quaedam

et tristis animi cavere morsus

nulli te facias nimis sodalem:

gaudebis minus et minus dolebis[1].

 

         Y ya nada más, Julio del alma. Tan sólo decirte que por nada volvería a Roma pues en estas tierras mías, en este mi pequeño reino, sic me vivere, sic iuvat perire[2].

 

Vale

        

 



[1] Los veros son del epigrama 34 del libro XII y dicen así en castellano:

Si evitar quisieras algunas pesadumbres

y evitar los tristes mordiscos del alma,

de nadie te hagas amigo en exceso:

gozarás menos y menos sufrirás.

[2] Así me gustaría vivir, así morir.

miércoles, 5 de abril de 2023

LAS "OTRAS" PASIONES DE CRISTO

 


Hoy, que es Miércoles Santo, me gustaría hablaros de algo que ya ha sido de sobra comentado por autores espirituales, pero que no conviene olvidar: la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo no fue sólo en los días del Triduo Pascual, sino que se extendió a toda su vida pública. Bastaría para afirmar esta idea con tres o cuatro pinceladas:

a)    Dolor de no verse comprendido por su propia familia que, si recordáis, lo toman por loco.

b)    Dolor porque sus propios discípulos (Pedro el primero aunque se arrepintiera) tampoco comprendieron su misión y tuvieron que ir muy poco a poco para enterarse de quién era en verdad Jesús.

c)     Dolor de verse rechazado por su propio pueblo pues judío era (y es  pues Iesus Christus heri et hodie et in saecula) Jesús y judíos los que le gritaban “ crucifícalo”.

d)   Dolor de no ser entendido por los sacerdotes de su propia religión judía.

 

Si el dolor que Cristo pasó el Jueves y Viernes Santo excede toda la comprensión humana pues su entrega voluntaria era ( y es en cada Eucaristía) por los pecado pasados, presentes y futuros de toda la humanidad, hay que añadir estos otros dolores no menores que tuvo que soportar, al menos, durante su vida pública sin olvidar cómo, siendo todavía muy jovencito, ni José mi María “entienden” que les abandonara en Jerusalén para dedicarse “ a las cosas de su padre”.

    Estos días santos son para reflexionar, para ofrecer nuestro sufrir que sirve también para corredimir con Cristo. Eso es lo verdaderamente importante para un cristiano en la Semana Santa: stare ad Crucem. Lo demás, el viajar a Benidorm, el darse el chapuzón en la playa o aprovechar las últimas nieves es perdonadme,  absolutamente contingente.