domingo, 21 de mayo de 2023

DON RAMÓN CABANILLAS

 


Había en Marín, en la calle Calvo Sotelo, un estanco que también era, como el de Juan y Merche o  como el de la calle General Franco, papelería y librería. Una tarde, buscando por aquellos anaqueles de libros, encontré, publicadas en Akal, las obras completas de Ramón Cabanillas. Había sacado por entonces Juan Pardo un disco sobre él que yo tenía en forma de “cinta” y en el que, ni por asomo, aparecían las letras. Aquel libro me sirvió para leer las poesías de don Ramón musicadas por Juan Pardo y para entrar en su poesía que, a lo largo de estos años, nunca he dejado porque es una poesía de gran hermosura y de gran valor literario. Don Ramón fue el eslabón entre el Rexurdimento y los poetas del siglo XX y, perdón si me equivoco - y, si así fuere, que venga Jaime Siles a corregirme-  pero no habría existido un Celso Emilio Ferreiro sin la figura, sencilla pero definitiva, de este poeta de Cambados. A don Ramón le debemos el Canto a Roma, el  delicado poema a una “pobriña da tola”, el emocionante poema a Rosalía de Castro, el ¡En pe!, con toda la fuerza de las Hermandades da fala o, para no seguir, ese breviario de amor tan romántico en pleno siglo XX que es A rosa das cen follas. No podemos olvidar Camiños do tempo o las Paráfrasis de clásicos griegos y latinos. Fue don Ramón un excelente sonetista y un gran ritmador (fijaos que he escrito “ritmador”, de ritmo,  tal y como le gustaba decir al maestro Agustín García Calvo) y en su poesía suena el mar de Cambados, ese Cambados al que él nombró como “pobre, fidalgo e soñador”. Ya nadie se acuerda de Ramón Cabanillas, pero por eso mismo tenía que volver a traerlo a este blog de causas perdidas.


lunes, 15 de mayo de 2023

SCHUMANN EN RENANIA

 

Schumann era sajón, más en concreto de Zwickau, una ciudad que está al suroeste de Dresde, la ciudad mártir por los bombardeos aliados. En Dresde, Schumann pasó cuarenta años de su vida hasta que en 1850 estalló la revolución en esta ciudad y Schumann se encaminó a Renania. Por cierto, en Dresde, estaba otro sajón, tres años menor que Schumann,  que atendía al casi desconocido nombre entonces de Richard Wagner y que se tomó tan en serio lo de la revolución que acabó exiliado en Zúrich. Por tanto, ambos, Robert y Richard,  coincidieron en Dresde: para uno la “Primavera de las Naciones” supuso el marcharse a las tierras del Rin; para el otro, una vida de exiliado en Suiza. Vamos a quedarnos con el primero, con Robert. El viaje desde Dresde hasta las orillas del Rin son unos seiscientos kilómetros y supone un cambio de paisaje y  de paisanaje. Renania es, mutantis mutandis, la “Andalucía alemana” y Schumann provenía de las cejijuntas tierras sajonas. Su llegada a la luz renana, a los viñedos, a las torres de la catedral de Colonia le harían tanta impresión al músico de Sajonia como a un asturiano cuando llega a la luz de Cádiz. Puedo haber exagerado, pero esa idea tengo. Fue entonces cuando Robert compuso su sinfonía “Renana”, llena de la luz de esta región alemana que, como en casi todas las regiones alemanas , se habla un dialecto diferente en el que en lugar de Apfel se dice Affel para referirse a las manzanas. Es decir, que mi comparación entre el asturiano y su llegada a Cádiz cobra más fuerza al parar mientes en lo del acento distinto. Sin embargo, esa alegría desbordante le duró poco a Robert que, según algunos críticos, debido a su intenso trabajo se vio agravado en su enfermedad mental hasta el punto de que, prisionero de sus alucinaciones, se tiró al Rin en 1854, pero unos barqueros lo salvaron al recogerlo todavía con vida. Pero ya nada fue igual. Schumann, ante el agravamiento de su enfermedad, fue llevado al psiquiátrico de Endenich, cerca de Bonn, en donde murió aquejado de una neumonía. Ya el nombre del hospital no auguraba nada bueno (Ende, en alemán, es fin) y el sajón se quedó en Bonn, en una tumba en la que, algunos años después, le iría a hacer compañía su querida Clara. Una historia muy triste, la verdad.


EL CAMPANU DE ESTE AÑO

 


El Campanu del año 2023 se ha pescado en el Sella, el día 2 de abril,  a las 8.10 horas de la mañana, en el pozo El Águila que queda en las inmediaciones de la localidad asturiana de Villanueva, en el concellu de  Cangas de Onís. Tendría que haber empezado diciendo que el Campanu es el primer salmón que se captura en el Principado a principio de la temporada y que recibe este nombre porque, al pescarlo, se echaban a repicar les campanes. El pescador ha sido José Luis Vega, - que lo pescó en tan sólo ocho o nueve minutos y, por supuesto, con cebo natural- ,  y el salmón pesó 3,250 kilos y ha medido 72 centímetros, mucho más pequeño que el del año pasado que se pescó en el Narcea y que pesó 6,7 kilos y midió 84 centímetros y lejos también del pescado en 2013 por Francisco Vega en el pozo La Masona que alcanzó los 8,500 kilos. Sin embargo, el Campanu de este año 2023 se vendió por 9.200 euros y el de 2013 alcanzó 6.700 euros, es decir, 2500 euros menos. El afortunado pescador se ha llevado 2.500 euros que le ha entregado el Ayuntamiento de Cangas de Onís. Claro que lo del precio del Campanu es algo que no depende del peso, sino de la subasta y así os puedo contar que el más caro de los que tengo noticia fue el de 2007, pescado en el Narcea por Luis Miguel García que, aun teniendo tan sólo 4.400 kilos,  se vendió por 18.000 euros de nada.

Por cierto, para que los cántabros no se piquen, diré que no tengo datos del campano cántabro de este año, pero sí os digo que el del año pasado se pescó en el Pas, pesó 7,260 kilos y se vendió por 8.100 euros. El afortunado pescador fue Miguel Ángel Pereda Gómez.

Como os estaréis preguntando que quién se ha gastado esa pasta gansa en el salmón, os cuento que los “paganos” han sido los del grupo El Campanu que tienen restaurantes en Ribadesella y en Gijón. A cómo venderán el Campanu en sus mesas es algo que no me consta y que tampoco me interesa en demasía porque no me voy a ir a Ribadesella o a Gijón para pedirme una ración. No tengo ni tiempo ni dinero

         Bien sé que estas cosas es muy posible que no le interesen a nadie a o, todo lo más,  a un grupo muy reducido de personas, pero alguien lo tiene que contar porque alguien se tiene que ocupar de las cosas pequeñas y no de tan sólo  la macroeconomía.

          

miércoles, 10 de mayo de 2023

ORTEGA Y EL PAISAJE ANDALUZ

 


Cuenta don José Ortega y Gasset en su libro Viajes y países en donde se recoge su artículo Teoría de Andalucía, que, a su vez, cuenta Chateaubriand que, al llegar los cien mil hijos de San Luis a la divisoria de Sierra Morena y descubrir súbitamente la campiña andaluza, les produjo tal efecto el espectáculo que, de manera espontánea, los batallones presentaron armas a la tierra maravillosa. No necesito contar más y así convierto esta entrada en la más breve que he publicado nunca, pero en una de las más intensas.

lunes, 24 de abril de 2023

UN JOVEN CUESTOR EN GADES

 


Gadir se enjoyaba con el oro de la tarde mientras el océano, su amante, besaba enloquecido sus murallas. El viento recorría las calles de la ciudad escondiéndose en cada esquina, jugando por las calles de la Gades romana, y se llegaba hasta la estatua con la que la ciudad, en el templo de Hércules, honraba al hijo de Filipo II de Macedonia, el joven aquel que se llegó hasta el Indo, el caudillo invicto, el gran rey que, con tan sólo treinta y tres años, había conquistado la mitad del mundo conocido. Aquella estatua de Alejandro Magno moraba en aquel templo que presidía aquella ciudad  que habían fundado los fenicios con el nombre de Gadir, esa isla con otras islas en cuyas tardes de invierno se veían pasar los barcos que iban o venían del estrecho que, según los griegos, había abierto Herakles separando dos peñones, el de Calpe y el de Abila,  y en ellos había colocado aquel lema que ahora los romanos repetían en su lengua: NON PLUS ULTRA. Sin embargo, no respetó Hannón este lema y, allá por el siglo VI a. C. cruzó y tomó a Gadir como base para circunnavegar África; tampoco lo respetó Himilcón cuando por esos mismos siglos, cruzó con sus barcos y, haciendo de nuevo parada para cargar provisiones y hacer aguada en la futura Cádiz, marchó camino de aquellas islas extrañas en donde el estaño abundaba tanto que fácil era conseguirlo y llevarlo de vuelta hasta las tierras fenicias, islas que aquellos viajeros llamaron Casitérides. Al cabo de varios siglos, un griego, Eudoxio de Círico, tuvo la feliz idea de circunnavegar África y llegarse hasta la India, la tierra aquella a donde los soldados del gran Alejandro Magno temieron llegar y cuyos tesoros de oro y plata despertaban la codicia de los mercaderes, de los navegantes y de los monarcas. Eudoxo partió de Gades para esta expedición que, de llegar a las tierras de la India, les ahorraría a los griegos los aranceles exagerados que los monarcas ptolemaicos, descendientes de uno de los Diádocos, generales de Alejandro, por nombre Ptolomeo, imponían de manera abusiva en las costas del mar Rojo.

         Hasta esa ciudad había llegado hacía poco un joven cuestor con deseos de hacer fortuna y así poderse pagar un cursus honorum que lo llevara hasta el consulado porque él,  descendiente de Eneas y, por tanto, de Venus, quería llegar a ser otro Alejandro y conquistar para su urbe tantas tierras como el macedonio había conquistado para su patria.

         Este joven cuestor había llegado para ponerse a las órdenes de Cayo Antistio Veto, gobernador de la Hispania Ulterior y pronto conocería a Lucio Cornelio Balbo, un rico comerciante gaditano que, cada tarde, subía a su torre para desde ella ver si llegaban o no llegan sus barcos cargados de mercancías que, bien negociadas, se acababan convirtiendo en pingües riquezas para Balbo que había participado en la guerra entre Sertorio y Pompeyo y había sido su dinero, sin duda, el que había cimentado el triunfo del Magno. Al final de la contienda, le había recompensado, para él y para todo su clan,  con la ciudadanía romana y Balbo vio que la romanización de Gades le convenía. Así que se dispuso a que la vieja Gadir se convirtiera en Gades.

         Conocidas eran las fiestas de esta ciudad isleña  en las que no faltaban las bailarinas que alegraban con sus testudines  los corazones de los comensales. No sólo la Ulterior, sino la propia urbe se hacían lenguas de aquellas mujeres que cantaban y bailaban en aquella ciudad remota cuyas murallas besaba ese océano desconocido y oscuro, poblado de leyendas en las que se hablaba de ciudades sumergidas y manzanas de oro.

         Pero aquella tarde en que el viento refrescaba el ardor inmisericorde del sol veraniego, el joven cuestor se había ido llegando hasta la estatua de Alejandro que, con su juventud, le desafiaba pues tenía el romano por entonces la misma edad que el macedonio.

         En la soledad silenciosa que tan sólo albergaba un susurro del viento que agitaba las velas del puerto para distraer su aburrimiento, se oyó, de pronto, el llanto quejumbroso del joven cuestor. Sollozaba sin tregua mirando a Alejandro como si quisiera recibir algún consuelo de la muda estatua. Hasta algunos niños repararon en aquel llanto desconsolado que resonaba en las paredes del templo de Hércules, el Melkart de los fenicios. Un sacerdote, acercándose, le inquirió el porqué de su pena. Con palabras entrecortadas, el joven cuestor le dijo que aquel hombre de la estatua, a la misma edad que él tenía ahora, ya había conquistado la mitad del mundo, pero que él tan sólo era un humilde cuestor en una apartada provincia del imperio.

         Calló el sacerdote y pensó para sí que aquel joven tan ambicioso tenía dos caminos: o bien se convertía en el hombre que soñaba y ambicionaba ser, o bien se tenía que conformar con ser en la Urbe un humilde ciudadano desempeñando una simple magistratura. Sólo los dioses sabían el futuro de aquel joven y él no era adivino. Tan sólo por curiosidad, le preguntó su nombre y el joven cuestor, secándose los ojos y aclarándose la voz que le salía en una garganta herida por la pena y los sollozos, le reveló sus tria nomina. Y luego, saliendo del templo, se fue para el foro de aquella ciudad que cada día era menos Gadir y más Gades mientras el sacerdote del templo se volvía a sus quehaceres propios de su cargo. Un turiferario del templo se acercó hasta él y, casi sin levantar la voz, le preguntó por el nombre de ese apasionado joven cuyas lágrimas aún se veían brillar en el enlosado. El sacerdote, volviéndose al servidor del templo, le dijo en un latín pingüe y seseante : “Me ha dicho que siente pena porque,  a la edad que él tiene,  Alejandro ya había conquistado el mundo conocido. Es el nuevo cuestor y me ha dicho que se llama Cayo Julio César.

EL TRONO DE JERJES

EL TRONO DE JERJES

         A hombros de fornidos esclavos en cuya piel de ébano, abrillantada por el sudor, se reflejaba el sol de la tarde y que vistos de lejos, parecían una tropa de Hércules sosteniendo el mundo que le acabó endosando a Atlas, aquella obra de orfebres, que en oscuros talleres habían ido tallando los trozo de oro que, ensamblados uno a uno y con el adorno de los diamantes  que la tierra había criado en sus entrañas y con aljófares que el mar dejaba en las playas, playas que, por tres veces sentían el romper de las olas para gozo de mujeres que, aun siendo estériles, recibían  de las aguas que gobernaba el padre Posidón el regalo de la maternidad, iba ascendiendo hasta la cima del monte aquel trono que, por orden del gran Jerjes, iba a ser la atalaya desde donde vería cómo sus tropas acaban con los atenienses. Sabía Jerjes que necesitaba aquel trono porque el trono era el rey y no se podía, según la costumbre persa, entender un rey sin trono que lo componían diversos elementos cuya función era hacer más magnífico y grandioso el asiento del gran rey. Y así, no faltaba en aquel trono el baldaquino del que,  sujeta con recias cadenas colgaba la corona real, tan pesada que el cuello del monarca habría sido incapaz de soportarla; no faltaba tampoco el altorrelieve, toda una simbología astral cuya finalidad era dejar patente que el hombre, cuasi dios, que se sentaba en él, era el dueño del mundo sin discusión posible pues las siete esferas celestes representadas eran, a su vez, los siete tronos celestes del rey de los persas. El trono hacía al rey y el que un extraño se sentara en él suponía la muerte del osado que a tamaña acción habíase atrevido. Ya Darío, padre de Jerjes,  había observado cómo pasaban sus tropas el Bósforo desde un trono elevado en lo alto de un monte. Y Jerjes en persona, desde el monte Tmolo, había visto también pasar sus tropas desde una plataforma de mármol blanco y, en las Termópilas, de nuevo Jerjes había visto la batalla también desde un atalaya y, según Heródoto, por tres veces se levantó con el pulso alterado y con un sudor frío perlándole la frente pues no había sido todo siempre favorable para los persas en tan famosa batalla. El trono elevaba la moral de los soldados persas como cuentan los judíos en su libro del Éxodo que, mientras Moisés tenía alzadas las manos, prevalecía Israel, pero que, cuando, por cansancio, las bajaba y las dejaba caídas como palomas muertas sobre sus costados, entonces prevalecía Amalea. Y entonces – sigue el sagrado libro de los judíos- cuando los brazos de Moisés caían a sus costados, cogieron los judíos unas piedras y se las pusieron para que se sentara y su hermano Aarón y Jur le sostenían las manos, uno a cada lado. No se podía entender un rey sin trono y, por eso, lo iban subiendo hasta la cima los ebúrneos esclavos del rey, fornidos negros de las tierras de África, con cuyos músculos de hierro, el trono de Jerjes más parecía frágil pluma de ave que tan pesado sitial cuyo peso apenas podían arrastrar dos estridentes carretas en cuyos yugos iban dos bueyes como aquellos que araban para Efialtes en la lejana tierra de la Cólquide.

         Cuando los esclavos llegaron a la cima, unos obreros se aprestaron a preparar el terreno con sumo esmero para que sin las protuberancias del suelo, pudiera descansar firme en la tierra. Acabada su labor, los esclavos nubios posaron con celo el trono mientras otros esclavos del gran rey ponían una alfombra roja alrededor para que el zapato del monarca no pisara la tierra y colocaron a ambos lados de la magnífica obra sendas esculturas de pavos reales que significaban la realeza persa en todo su esplendor.

         Sentado Jerjes en el trono, pudo comprobar cómo las naves griegas, refugiadas tras la isla de Psitalea, esperaban las órdenes de Temístocles.

         Como un manto oscuro y silencioso, fue cayendo la noche y Jerjes aprovechó para descansar descabezar un sueño  en la tienda que los sirvientes le habían colocado junto al trono. Sopló el viento aquella noche sobre la cima del monte Aigaleos y la lona de la tienda real se agitaba inquieta como presintiendo que los griegos estaban tomando posiciones.

         Al amanecer, un rayo de sol entró por la juntura de las lonas y despertó al rey que, al principio, no sabiendo muy bien dónde estaba, no se movió de su lecho, mas luego de haber recordado que su trono le estaba esperando, vistióse con su túnica recamada de oro y marchó de nuevo a su sitial. Fue entonces cuando vio cómo sus barcos se iban aproximando a los de los griegos y como su peán rompía seguro el aire de la mañana en Salamina:

Ὦ παῖδες Ἑλλήνων ἴτε,

ἐλευθεροῦτε πατρίδ', ἐλευθεροῦτε δὲ

παῖδας, γυναῖκας, θεῶν τέ πατρῴων ἕδη,

θήκας τε προγόνων:

νῦν ὑπὲρ πάντων ἁγών.

 

 

Adelante, hijos de los griegos,

liberad la patria,

liberad a vuestros hijos, a vuestras mujeres,

los altares de los dioses de vuestros padres,

y las tumbas de vuestros antepasados:

es hora de luchar por todo.

 

         Luego Jerjes vio cómo los corintios izaron sus velas y comenzaron a alejarse hacia el norte, bien para reconocer la salida del estrecho, bien para simular que, entre los aliados helenos, reinaba el más absoluto desorden. Jerjes no entendía nada, pero, al poco, vio cómo los corintios volvieron a ocupar su lugar en la batalla. Se serenó un instante, pero, casi al momento, un sudor frío, como ya le había ocurrido en las Termópilas cuando sus tropas parecían flaquear, perló su frente al ver que su escuadra, al entrar en los angostos estrechos parecía desorganizarse y se juntaba sin orden ni concierto mientras que los griegos se replegaban aún más hacia el interior , casi ya tocando la tierra firme. De pronto vio que una mujer enloquecida bajaba hasta la playa y les gritaba a los griegos: “¡Locos,  malditos locos! ¿Cuántas horas más vais a seguir replegados?¿Acaso no es hora de que os lancéis contra esos bárbaros? Mirad que la salvación de la libertad está en vuestras manos y que en Atenas no queremos ser esclavos pues somos, no lo olvidéis, ciudadanos.” Quizás acuciados por los gritos de la mujer, el barco de Ameinias de Palene se adelantó y con su proa embistió a la nave persa más cercana. Después lo siguieron el resto de los barcos helenos que, atacando la primera línea persa, obstaculizó las acciones de las otras dos líneas. Arrasmenes, hermano de Jerjes, murió en el flanco izquierdo y los escuadrones fenicios, aliados de los persas, quedaron varados en las playas. Jerjes vio entonces que los barcos helenos hacían cuña a través de las naves persas y dividían la escuadra meda en dos mitades. Artemisa, reina de Halicarnaso y almirante de los carios, se vio perseguida por Ameinias de Palene y la reina, en su loca  huida, embistió a otro barco persa. Fue entonces cuando  el ateniense, pensando que era una aliada, dejó de perseguirla. Jerjes, confundiendo los barcos desde su atalaya, pensó que la reina había atacado a un barco ateniense y comentó con amargura: “ Mis hombres se han convertido en mujeres y mis mujeres en hombres”. Y luego se quedó callado durante mucho tiempo pues veía cómo su flota retrocedía hacia Falero, pero tampoco la suerte los acompañó en su retirada pues los eginetas los atacaron cuando intentaban salir de los estrechos. Era el principio del fin. Arístides, en rápida operación, lideró a un grupo de hombres hasta la isla de Psitadea en donde Jerjes había dejado un retén de tropas. Ya todo quedó en manos de los griegos y Jerjes, sumido en un profundo dolor, se tapó la cara con las manos. Loco de rabia, sus uñas se fueron clavando en su frente y un grito terrible, deformado por el dolor, salió de su boca: “¡ Han destruido mi armada!

         Pasado un buen rato, Jerjes se levantó, entró en la tienda, tiró al suelo el manto recamado de oro con el que había contemplado la batalla y comenzó a bajar en silencio el monte Argaleos. A medida que bajaba, el trono, en la cima del monte, con su baldaquino y con su pesada corona, se iba haciendo cada vez más pequeño mientras el sol del mediodía incidía sobre él con toda la fuerza de sus rayos y se iba asemejando cada vez más a una estrella lejana, quizás muerta hace muchos miles de años, pero cuya luz aún nos está llegando. Por otra parte, los soldados que se quedaron en la cima vieron cómo también la figura de Jerjes se iba empequeñeciendo con la distancia, cómo ya no era aquel rey majestuoso que parecía, en sus momentos de gloria, un gigante. Quizás no fuera más alto que cualquiera de ellos. Unos y otros, los soldados que bajaban con Jerjes y los que arriban se quedaron, llegaron a pensar que, visto con distancia, ningún hombre era más que otro ni ningún trono se elevaba al cielo ni elevaba a quien en él se sentaba; que no era más que una convención social lo que hacía que hubiera hombres superiores a otros hombres. Con este pensamiento, los soldados continuaron siguiendo a aquel hombre que empequeñecía a cada paso y los que estaba ya con él e iban bajando del por la falda del monte, vieron casi desaparecer el gran trono dorado. Se oían , como un fondo festivo, los gritos de los ateniense y sus aliados celebrando la victoria mientras del lado persas, un sonoro silencio susurraba la derrota a los montes que llevaban la noticia a otros montes y éstos a otros hasta que la triste noticia llegaba a las tierras lejanas de los persas como un ulular lastimero del viento.

         Y ya se llegó a un punto que los que bajaban ya no veían el trono ni los que en la cima se habían quedado veían al rey. Los de arriba comenzaron poco a poco a desmontar aquella magna obra de carpinteros y orfebres y los soldados que acompañaban al gran rey de los persas vieron llegar a un grupo de muchachos que se pararon y se quedaron mirando la triste comitiva que descendía del monte.

-         Mirad, ése que va entre soldados podría ser Jerjes, ese rey tan poderoso que ha sido derrotado por los nuestros – dijo uno de los muchachos.

-         ¿Ése Jerjes? Estás loco. Ése que baja entre soldados no es ni siquiera su palafrenero.- ¿No ves lo poquita cosa que es? Y Jerjes, según cuentan, es un gigante, un gigante que viste una túnica recamada de oro.

Y todos rieron la feliz ocurrencia de su camarada de juegos.



domingo, 23 de abril de 2023

EL PIYAYO Y EL CRISTU BENDITU O LOS POETAS DE NUESTROS LIBROS DE TEXTO

 


¿Qué ha sido de Gabriel y Galán? Los niños que nacimos en los sesenta lo leíamos mucho en el colegio y no nos son extrañas algunas poesías como El Cristu benditu o Varón con aquel padre que se quejaba de que su hijo se lo habían convertido en la capital, con tanto perfume y tanto melindre, en LGTBI (no puedo escribir lo que escribe Gabriel y Galán?); tampoco olvidamos El embargu, un poema en el que un pobre viudo no deja que se lleva el juez la cama en la que había estado enferma y había muerto su mujer. O, así, sin ir más lejos, La pedrada, poema  en el que un niño lanza una pedrada contra un sayón que, en una procesión de Semana Santa, iba pegando a Jesús en uno de aquellos pasos. Ya nuestros alumnos nada saben de este poeta salmantino que escribió parte de sus poemas en extremeño. Tampoco sabe nadie que da nombre a un pantano (¡lagarto, lagarto, lo del pantano!) en Cáceres. Estos poetas, como Iriarte y Samaniego, como Manuel Machado y su poema a la niña de “nuef años!” del cantar del Cid , como Manuel Benítez Carrasco y su “Perro cojo” o José Carlos de Luna con su “Piyayo”, formaban parte de la poesía de nuestros libros de texto y, al cabo de un porrón de años, sigue siendo un gozo inefable volverlos a escuchar mientras nos abren de par en par las puertas de la infancia. Tan sólo he querido tener un recuerdo emocionado para estos poetas que llenaron aquellos días azules y aquel sol de mi infancia como dejó escrito don Antonio Machado.

 Os he seleccionado el poema ya citado de El Piyayo, personaje malagueño que existió en realidad, y un fragmento de El Cristu benditu. Espero, como siempre, que os gusten.

EL PIYAYO

¿Tú conoces al «Piyayo»,
un viejecillo renegro, reseco y chicuelo;
la mirada de gallo
pendenciero
y hocico de raposo
tiñoso…
que pide limosna por «tangos»
y maldice cantando «fandangos»
gangosos? ¡A chufla lo toma la gente
y a mí me da pena
y me causa un respeto imponente!

Ata a su cuerpo una guitarra,
Que chilla como una corneja
Y zumba como una chicharra
Y tiene arrumacos de vieja
Pelleja.

Yo le he visto cantando,
Babeando
De rabia y de vino,
Bailando
Con saltos felinos
Tocando a zarpazos,.
Los acordes de un viejo “tangazo”
Y, a sus contorsiones de ardilla,
Hace son con la sucia calderilla.

¡ A chufla lo toma la gente
y a mi me da pena
y me causa un respeto imponente!

Es su extraño arte
su cepo y su cruz,
su vida y su luz,
su tabaco y su aguardientillo…
y su pan y el de sus nietecillos:
«churumbeles» con greñas de alambre
y panzas de sapos.
Que aúllan de hambre
Tiritando bajo los harapos;
Sin madre que lave su roña;
Sin padre que «afane»

Porque pena una muerte en Santoña;
Sin mas sombra que la del abuelo…
¡poca sombra, porque es tan chicuelo;
en el altozano
tiene un cuchitril
¡a las vigas alcanza la mano;
y por lumbre y por luz, un candil.

Vacía sus alforjas
Que son sus bolsillos,
Bostezando los siete chiquillos,
Se agrupan riendo.
Y entre carantoñas les va repartiendo
Pan y pescao frito,
Con la parsimonia de un antiguo rito:
¡chavales!
¡pan de flor de harina!

Mascarlo despasio.
Mejo pan no se come en palasio.
Y este pescaíto, ¡no es na?
¡sacao uno a uno del fondo del má!
¡gloria pura él!
Las espinas se comen tamié,
Que to es alimento…Asi….despasito.
¡no llores, Manuela!
Tu no pues, porque no ties muelas.
¡es tan chiquitita
mi niña bonita!..
así, despasito.

Muy remascaíto,
Migaja a migaja, que dure,
Le van dando fin
A los cinco reales que costo el festín.
Luego entre guiñapos durmiendo,
Por matar el frío, muy apiñaditos.
La Virgen María contempla al «Piyayo»
Riendo
Y hay un Ángel rubio que besa la frente
De cada gitano chiquito.

¡A chufla lo toma la gente!…
y a mi me da pena
y me causa un respeto imponente!

 

Autor: JOSE CARLOS DE LUNA (1890-1965)


 EL CRISTU BENDITU

 

¿Ondi jueron los tiempos aquellos,

que pue que no güelvan,

cuando yo juí persona leía

que jizu comedias

y aleluyas tamién y cantaris

pa cantalos en una vigüela?

¿Ondi jueron aquellas cosinas

que llamaba ilusionis y eran

a’specie de airinos

que atontá me tenían la mollera?

¿Ondi jueron de aquellos sentires

las delicaezas

que me jizun llorar como un neni,

de gustu y de pena?

¿Ondi jueron aquellos pensaris

que jacían dolel la cabeza

de puro lo jondus

y en reäos que eran?

Ajuyó tuito aquello pa siempre,

y ya no me quea

más remedio que dilme jaciendo

a esta vía nueva.

¡Ya no güelvin los tiempos de altoncis,

ya no tengo ilusionis de aquellas,

ni jago aleluyas,

ni jago comedias,

ni jago cantaris

pa cantalos en una vigüela!…