Pasaron
los años y, tal y como hemos dicho, una parte del madero santo quedó en
Jerusalén. Constantino y su madre construyeron la Basílica del Santo Sepulcro
para que la reliquia quedara guardada y para que los fieles le dieran culto. Recordemos
que aún no habían llegado los musulmanes (quedaban tres siglos) hasta Tierra
Santa. Sin embargo, no lo musulmanes, pero sí el rey persa Cosroes II llegó
hasta Jerusalén, arrasó el templo y se llevó la Cruz que puso a sus pies como
desprecio. Tras quince años de luchas, el emperador bizantino Heraclio venció a
los persas y se trajo de nuevo la Cruz a Jerusalén, entrando en la ciudad santa
en solemne procesión. Tan solemne la quiso hacer que él mismo quiso llevar la
cruz y, para ello, se cargó de riquezas y de lujo. Sin embargo, era incapaz de
levantarla ni un milímetro del suelo. Tuvo que despojarse de sus riquezas para
poder levantarla y llevarla en procesional triunfo por las calles de Jerusalén.
Este es el origen de la fiesta de la Exaltación de la Cruz que hemos celebrado
el domingo pasado. Y de esa Cruz de Jerusalén, más adelante, vendrán los
diferentes ligna crucis que hay
repartidos en el mundo, entre ellos, como es lógico, el “nuestro” de Santo
Toribio de Liébana. Y the end a esta
historia que le hubiera agradado tanto a don Antonio Ruiz de Elvira.
domingo, 21 de septiembre de 2014
INVENTIO CRUCIS
Seguimos
con esta familia romana que nos va a ocupar tres entradas. Santa Helena, la
madre de Constantino, tuvo una visión en la que se le decía que la Santa Cruz
estaba enterrada pues los discípulos no habían tenido medios para llevársela.
Helena fue a Jerusalén y, en efecto, en una labor de arqueología que la consagra
como la primera arqueóloga de la historia, Helena dio con las tres cruces, pero
no podía saber cuál era la cruz del hijo de José, el carpintero. Pidió ayuda al
obispo de Jerusalén, Macario, que le dijo que las llevara a una mujer enferma: la cruz que la curara sería la de Cristo. Y
así fue: una de las cruces curó a la enferma. Santa Helena dejó en Tierra Santa
gran parte de las reliquias y se llevó para Roma otros fragmentos. Por cierto, con
un clavo de la cruz consiguió aplacar una tempestad que se desencadenó según
iba para la Urbe. Este encuentro de la
Cruz de Cristo es el que celebramos el 4 de mayo con el nombre de Invención de
la Cruz y por el que se hacen numerosas fiestas a lo largo y ancho de la España.
Nos falta la Exaltación de la Cruz que dejo para otra entrada.
IN HOC SIGNO VINCES
DOÑA MARÍA DE MOLINA
Pues resulta que en la calle de María de Molina estaba la
mantequería de Silanes Platero, el garaje Nervión, en donde mi padre encerraba
el coche, y el viejo coche de caballos de los muebles de la esquina con Pinar. María
de Molina es una calle que nace en La Castellana, con “la” porque era una
fuente de ese nombre, y llega hasta Francisco Silvela, hasta el edificio en
cuya terraza volaba un avión de Iberia que se veía de noche desde la azotea de
mi casa. En María de Molina está la gasolinera Esmosa e ir o venir a María de
Molina era llegar, en aquella niñez mía, hasta unas fronteras lejanas. Pasaron
muchos años en que hablaba y oía hablar de esta señora, pero nada sabía de
ella. Más tarde, en Valladolid, pude comprobar que había una calle dedicada a
María de Molina y lo miré en la vieja enciclopedia Salvat de los años cuarenta
(para que no digan los listos que todo lo miro en la Wikipedia, la enciclopedia
de los tontos según los eruditos de tres al cuarto). Claro, allí, aquella vieja enciclopedia, me contó que era esposa de Sancho IV y madre
de Fernando IV y muchos datos sobre ese matrimonio en el que habían cometido
pública infamia pues su grado de consanguineidad no permitía tal matrimonio sin
el permiso del papa. Pero esto no es lo más importante de doña María de Molina
sino que, cuando le tocó gobernar como reina regente fue todo un modelo de
prudencia; hasta el punto de que don Fray Gabriel Téllez, Tirso de Molina, le
escribió su obra La prudencia en la mujer.
Ahora cuando paseo por María de Molina, breve calle vallisoletana la disfruto
más como le pasaba a Russel cuando comía melocotones tras saber su procedencia
y etimología.
lunes, 8 de septiembre de 2014
ARIADNE AUF NAXOS
Pues resulta que im Hause des reichsten Mannes in Wien , “en
la casa del hombre más rico de Viena” , se les ha ocurrido tener una velada
musical. Han llegado dos compañías musicales, una cómica, liderados por la
pícara Zerbinetta, y otra, una compañía de ópera seria que quieren representar
Ariadna en Naxos. Hay dudas en si situar antes lo cómico o lo serio y esto
provoca la desolación del pobre compositor. Pero el rico señor vienés tiene una
idea genial, una ocurrenza prelibata
que diría Fígaro: las dos obras se van a representar a un tiempo. Esto hunde en
la miseria al pobre compositor que ve como el prohombre no entiende la
profundidad y valía de su obra. Y da
comienzo la obra.
La pobre Ariadna, abandonada por Teseo en Naxos, desea ansiosamente
morirse. Zerbinetta y su compañía cómica intentan alegrar a la pobre Ariadna,
pero no lo consiguen. Entonces, Zerbinetta, tomando la delantera, se dirige a
Ariadna de "mujer a mujer".
Los hombres son infieles por naturaleza; les basta una breve noche, un día frenético
para olvidar a la mujer que aman. Los
hombres son seres a los que no merece la pena amar. Ariadna sigue con su
depresión amorosa. Los compañeros de Zerbinetta, que se toman la vida de manera
cómica, empiezan a perseguirla y la cómica se acaba marchando con Arlequín.
Pero hete aquí que tres ninfas, Náyade,
Dríade y Eco, anuncian la llegada de un forastero a la isla. Ariadna cree que
es Mercurio, el Hermes psicopompos de los griegos que viene a buscarla al
Hades. Pero no es Hermes, sino Baco que, encantado a su vez por Circe, viene a
la isla para cantar su victoria sobre la bruja.
Al ver a Ariadna, Baco se enamora locamente de ella y cree que vuelve a
estar encantado por otra bruja. Pero no hay brujas que valgan pues Ariadna se
da cuenta de que su corazón renace a la luz y ambos cantan un encendido canto
de amor:
ARIADNA
(en los brazos de Baco)
¿Qué tienen tus brazos para mí?
Oh, ¿qué tienen para mí, que me desvanezco,
atrapada por tu aliento?
¿Qué, qué queda de Ariadna?
¿Qué queda, qué queda de Ariadna?
¡Haz que mis tormentos no sean vanos!
(en los brazos de Baco)
¿Qué tienen tus brazos para mí?
Oh, ¿qué tienen para mí, que me desvanezco,
atrapada por tu aliento?
¿Qué, qué queda de Ariadna?
¿Qué queda, qué queda de Ariadna?
¡Haz que mis tormentos no sean vanos!
BACO
Por tus sufrimientos soy poderoso.
¡Ahora goza mi cuerpo del placer celestial!
¡Antes morirán las eternas estrellas
que tú entre mis brazos!
Por tus sufrimientos soy poderoso.
¡Ahora goza mi cuerpo del placer celestial!
¡Antes morirán las eternas estrellas
que tú entre mis brazos!
Y así acaba la Ariadne auf Naxos de Richard Struasuus
con ese libreto bien pergeñado de un poeta que, en nuestro país, requeriría de
más traducciones y que se llamaba de nombre completo Hugo Laurenz August Hofmann von Hofmannsthal. Pero ya nos dedicaremos a
él en otra entrada porque requiere tiempo y espacio su gran quehacer literario.
PIONEROS
Leer a Willa Cather es uno de
mis grandes placeres. Me faltaba por leer Pioneros
y lo he terminado hace unos días cuando agosto ya tocaba a su fin. Maravillosos
personajes con esa Alexandra que nos recuerda a Ántonia; buenas gentes, buenos
vecinos con los que a cualquiera le hubiera gustado vivir.
En la novela no pasa nada, salvo al final y hasta el final, final era
más que presentido. Pero es que no es necesario que en una novela pasen cosas (
para eso ya están los culebrones) y que
su final tenga que sorprendernos hasta el punto de que el libro se nos caiga de
las manos, sino que lo que pase esté bien contado y el final fluya manso como
esos ríos que mueren en la mar con la serenidad de un ocaso. Y la Cather, quizá
por esa dieta de ostras y champagne, escribía
muy bien, pero que muy bien. El que tenga dudas que lo compruebe leyendo esta
maravillosa novela.
EL TORPEDERO TUCUMÁN
Un
hombre, pese a su condición de parlamentario, está recluido en la Cárcel Modelo
de Madrid. Las autoridades (por llamarlas de alguna forma) ni se han preocupado
en juzgarlo. Por una presunta úlcera gástrica, esas mismas autoridades
consienten para que sea llevado a una clínica privada. Desde allí, disfrazado
de mujer, llega hasta la Legación de Holanda desde la que, disfrazado de
militar republicano, llega hasta Alicante en donde lo esperan su mujer y sus
hijos. Ahora, con el simulacro de que es
un marino argentino embarca en un torpedero y junto a su familia, consigue
llegar hasta Marsella. Allí se enterará de que sus hermanos, José y Fernando,
habían sido "sacados" de la cárcel de las Ventas y fusilado sine iudicio en la puerta del cementerio de Aravaca. Fue
una herida que no se le cerró en los ciento dos años que vivió. El barco que
llevó a ese hombre se llamaba el Torpedero Tucumán y era un destructor de
bandera argentina. El hombre, Ramón Serrano Súñer.
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