miércoles, 24 de julio de 2019

VÁZQUEZ LESCAILLE O UN PARAÍSO DE LA INFANCIA


Hay lugares que son santuarios de mi infancia y de  ellos os voy contando poco a poco en este humilde blog. Uno de ellos es la tienda pontevedresa de Hijos de Vázquez Lescaille que era la antesala del paraíso. La recuerdo en el pasaje, a mano derecha, con escaparate a la calle. Al entrar, sonaba un carillón para indicar a los dependientes que había entrado un cliente. Arriba, según se bajaba para el piso bajo, mi paraíso en la tierra, estaban los discos de ópera y zarzuela; en el bajo, en aquella habitación alargada que cerraba por el fondo unas cortinas marrones, discos y “cintas” perfectamente ordenados por temas y cada tema ordenado de manera alfabética. Yo me perdía, se me iba la tarde viendo aquella música. Recuerdo que, recién estrenado mi Clío, compré una “cinta” de Grieg que incluía su Peer Gynt y que la fui escuchando hasta Vilagarcía. Recuerdo también un “vinilo” de Wagner en el que Baremboim tocaba al piano arreglos de Franz Liszt; tampoco puedo olvidarme de discos de música gallega y de un Falstaff que compré en las últimas visitas que hice a la tienda.  Hurgando por ahí he sabido que los hijos de Vázquez Lescaille tuvieron por padre a Enrique Vázquez Lescaille que fue el primer radioaficionado de la ciudad de Pontevedra con el indicativo EAR – VL y, a partir de 1934, EA1 BL. Esto me ha llegado al alma porque soy radioaficionado desde hace más de treinta años, primero con el indicativo EB 4 CXZ y después, ya en Ávila y en Valladolid, EB1 DRD, indicativo que sigo teniendo en la actualidad, pero del que no hago uso porque esto de la radioafición está en unas horas muy bajas con tanta informática y tanto teléfono y “guasap”.  Don Enrique era médico de profesión, pero tenía en la radio su violín de Ingres. También sus hermanos Evaristo y Vicente fueron radioaficionados y de aquella emisora de los Vázquez Lescaille surgió Radio Pontevedra cuando le vendieron a José Hermida Vidal la emisora EAJ – 40. Por cierto, que Hermida Vidal también era “radiopita” con el indicativo EA1 BI. No quiero saber qué ha sido de esta tienda porque evito pasar por allí cuando voy a Pontevedra. No quiero que nadie me destroce el pasado.


LA MÚSICA DE EUROPA CENTRAL


De Europa Central, el maravilloso libro de Vollmann, se ha escrito mucho y con razón porque es uno de los grandes libros que se han escrito y que se escribirán sobre la Segunda Guerra Mundial. Sabido es que por él desfilan von Paulus, Hitler, “mi” Shostakovich , el documentalista Karmén, el general ruso Andrei Vlaslov o Käthe Kollwitz, la artista de Könisberg. Como de eso ya han hablado gentes con más conocimiento que un servidor, he creído oportuno tratar de la música a la que se hace referencia en este libro. De Dimitri Shostakovich se “escuchan· las siguientes obras:

  • Su sinfonía nº 7, la de Leningrado, la que intentaron acallar sin éxito los cañones alemanes, mientras los músicos la interpretaban  en pleno ataque a la ciudad mártir.
  • Su Trío para piano nº2, op. 67.
  • Su Sonata para piano y violoncello, op. 40 en la que parece que “Shosta” plasmó todo su amor por Elena, su pareja secreta.
  • El Cuarteto nº 8, el famosísimo op. 110,  que compuso el músico en su visita, en 1960,  a la  Dresde destruida por las bombas aliadas.
  • La ópera de Shostakovich Lady Macbeth de Mtsensk.

Además hay que contar con Sofia Gubaidulina de la que, si puedo, hablaré en una entrada aparte.

         Esta música es fundamental para entender el libro, pero, por favor, no me lo leáis con música de fondo, aunque sea de la que trato, porque no estoy para nada de acuerdo con la lectura con música de fondo. Que ¿por qué? Pues porque no se puede hablar y sorber sopas.

LA INCÓGNITA TIERRA DE PABLO PERERA VELAMAZÁN


Me cuesta ser objetivo con Pablo Perera porque, aunque hace tiempo que no nos vemos, nos conocemos desde hace muchos años. Pablo me abrió las puertas de la modernidad en literatura y, tras sus sabios consejos, me iba a buscar los libros que él me recomendaba a la biblioteca que había entonces en un piso de la calle Núñez de Balboa. Le debía desde hacía un tiempo la lectura de su libro Incognita tierra (De Sebald) y he cumplido con esa deuda con muchísimo gusto.


         Incognita tierra es un libro cuyo protagonista principal es la muerte, esa muerte que nos ocultan cuando somos pequeños (recuerdo cómo me engañaban cuando llegaban a casa sobres con una orla negra, sobres con una esquela, sobres que enviaba la muerte) pero que un día, tarde o temprano, descubrimos como algo que no sólo ocurre a los demás, sino que también nos acabará ocurriendo a nosotros. Dice Savater que ese es uno de los momentos culminantes en la vida de un ser humano y tiene razón: tardamos muchos años en aprender a convivir con la muerte si es que aprendemos algún día.

 El libro se abre con ese "accidente doméstico" que provoca en el padre un desvanecimiento y un regreso desde esa terra incognita que es la muerte. Pero ese padre que ha regresado ya no puede ser el mismo porque ya nadie puede ser el  mismo tras haber tenido contacto con la muerte como Alcestis que, tras su estancia en el Hades, se convirtió en un “estorbo” en su propia casa;  como la desgraciada muchacha, que tras besar a su tía, siente el frío de la muerte que no es el mismo que los otros fríos conocidos.  Y es que, como dijo no sé quién, “no sabemos qué hacer con los muertos”.

         El libro continúa con la búsqueda de la tumba de Sebald y antes con la búsqueda del lugar de su muerte, una de tantas muertes que se producen en las carreteras, en las vías de los trenes (ahí Pablo hace mención velada al gran poeta Pedro Casariego Córdoba que se suicidó arrojándose al tren en la estación de Aravaca) o en los cruce  de los caminos, donde Edipo mató a su padre Layo o en donde los antiguos ponía pequeños altares para protegerse de los malos espíritus. Como en el viejo cuento de Samarcanda, la muerte nos está siempre esperando y se nos cuela por grietas de la vida. Vamos por la carretera y vemos unas flores que, con el tiempo, alguien se olvidará de renovar porque, Camus dixit, nos olvidamos hasta de la muertos. La muerte tiene la cortesía de recordarnos su existencia mediante sutiles tarjetas que nos va dejando por ahí: unas flores al lado de una vía; unas flores en un cruce; unas flores en un paso de cebra.

         Y Pablo Perera, con este material tan sencillo (en parte) escribe una gran novela, una novela que se basa en recuerdos porque es con recuerdos como escribimos las novelas tal y como proclama con mucho acierto este amigo mío de Chamberí.

         Sin embargo, no puedo terminar esta pequeña entrada de blog sin hablar de que ha sido una muerte muy especial la que le ha llevado a esta búsqueda de la muerte, a este enfrentamiento con los ojos claros de la muerte (Celaya): la muerte del padre, del “varón habitual” que decía Freud. El dolor por la muerte de su padre, - al que no conocí más que un momento, pero del que guardo un grato recuerdo porque vi que era un hombre con un sentido del humor muy especial  y del que sé por Pablo que era “currista”, algo que deja claro la validez mental y personal de un ser humano -, le hace escribir este libro hermoso del que, al final, con ese recuerdo, con esa presencia del padre en las cosas, en la casa, en los recuerdos, saco una conclusión que quizás a Pablo no le guste: el amor, al final, vence siempre y éste también es un libro de amor, de amor al padre que ya no está nobiscum, sed in nobis.

         Viven los muertos en las cosas pequeñas, en ese pequeño detalle que, un día al azar sacas de un cajón del armario; viven los muertos en  nuestros poemas, en nuestras novelas y, sobre todo, viven en nuestros recuerdos, en la memoria que, a medida que nos hacemos mayores, va siendo un cementerio.
         Gracias Pablo Perera por haber escrito este grandísimo libro. Recuerdo El silencio que nadie escucha aquella novela tuya que leí en aquel Madrid que ya es recuerdo, un Madrid de azoteas con geráneos y parras sorprendidas;  de calles ardientes y portales quejumbrosos. Cuando regreso a Madrid, ya nada queda de aquello: por eso procuro no bajar y quedarme en el Madrid del recuerdo, en el Madrid del Google Maps que recorro cuando me viene la saudade. Pablo, amigo, como los caminos de Internet son impredecibles, cualquier día nos encontramos buscando la tumba de Sebald o la tumba de nuestros muertos. Será un placer tomarnos unas cervezas en la Natur Bier que ya tan sólo vive en nuestro viejo recuerdo.


domingo, 21 de julio de 2019

VAN CLIBURN, CON SU TUPÉ, PUSO UNA PICA EN MOSCÚ


Estamos en 1958 y los soviéticos han creado el premio Tchaikovsky para que quedara claro, en plena Guerra Fría, quién mandaba en el mundo en asuntos musicales. Es entonces cuando va y se presenta al premio un chaval tejano de veintitrés años que toca tan bien que, mal que les pese, los integrantes del jurado quieren premiar con el máximo galardón. Ha tocado con una brillantez  y una musicalidad inigualable y el presidente del jurado coge el teléfono y llama al presidente: “Camarada Presidente, hay aquí un muchacho estadounidense que toca muy bien. Por unanimidad le queremos conceder el premio, pero antes queremos saber su opinión. Quizás, no siendo de nuestro país ni de ningún país satélite, nuestra decisión no le vaya a gustar.” Khrushchev, que no es recordado por su sensibilidad ni por su delicadeza, le dice: “Es el mejor?” “Sí, camarada presidente, es el mejor” – responde el presidente del jurado con un cierto recelo y algo mohíno. “Pues entonces – responde el camarada presidente – no tengan ninguna duda: concédanle el premio”.

         Y así fue como aquel chico que venía de Kilgore, en Texas, pero que había nacido en Luisiana, se alzó con tan importante premio. Los americanos se lo tomaron como haber puesto una pica en la URSS y, al regreso de Van Cliburn, lo pasearon en coche descubierto por las calles neoyorquinas. Luego el chico siguió tocando y fundó, con la ayuda de otros tejanos,  el Premio Van Cliburn.  El joven del estado de la estrella solitaria estuvo grabando y actuando durante los años sesenta y setenta, pero, en 1978, al morir su padre y su manager, se retiró y tan sólo tocó en momentos y fechas muy señaladas como cuando en 1987 el presidente Gorbachov, aquel que tenía y tiene una mancha en la calva, se reunió con Ronald Reagan, el actor que llegó a la Casa Blanca. (En Estados Unidos, al revés que en España, los malos actores se convierten en presidentes y no los presidentes en malos actores). Eso sí, tocó para todos los máximos dirigentes norteamericanos desde Eisenhower. No en vano había puesto en aquel día de 1958, tocando el Concierto nº1 de Tchaikovsky  una pica en Moscú. Y eso, amigos, no es moco de pavo. Se nos fue de este mundo un 27 de febrero del 2013 en Fort Worth, pero siempre quedará en la historia de la música como aquel joven texano que con un tupé como el de Karajan o el de Canetti les había bajado los humos a los soviéticos aunque es verdad que los humos de los rusos en música están más que justificados.


miércoles, 17 de julio de 2019

LA LEY DE VAGOS Y MALEANTES


Andamos por estas fechas de resurrección franquista con la Ley de vagos y maleantes y se la adjudicamos, con poco conocimiento o con mala intención, al ferrolano de marras. Los que tal dicen no saben que esta ley fue aprobada por el gobierno de la  República en 1933 y ni que  su aprobación se llevó a cabo por la totalidad de partidos que integraban por aquel entonces el  Congreso de los Diputados. La redacción del primer proyecto la presentó el gobierno de Manuel Azaña, pero los socialistas, con mucha visión de futuro, alegaron que esa ley, en manos de la derecha, podía ser muy peligrosa. Así es como la ley pasa a ser redactada por el socialista Jiménez de Asúa, célebre penalista, y por el también miembro del PSOE, Mariano Ruiz-Funes. A los que se condenaba, se los mandaba a campos de concentración para proceder a su reeducación. Estos campos estaban en Alcalá de Henares, Burgos y el Puerto de Santa María. También se abrió otro en la isla de Annobón, en Guinea Ecuatorial. Franco, en 1954, lo que hace es incluir a los homosexuales como personas que delinquían en contra de esta ley y así también siguió siendo en una ley casi gemela, la Ley sobre peligrosidad y rehabilitación social, que aprobada en 1970, enviaba a la cárcel o a los manicomios a los homosexuales. Como dato final, deciros que después de la llegada de la democracia, no se aplicó, pero que su derogación data de 1995 y que por tanto, continuó vigente hasta ese año que sería el penúltimo de la presidencia de Felipe González Márquez.


LOS FEOS DE VILLALPANDO




Érase una vez un pastelero que se equivocó, pero, en lugar de tirar la masa, decidió aprovecharla. Esta curiosa historia tuvo lugar en Villalpando, un pueblo de Zamora,  y el pastelero se llamaba Sinforiano Burgos. Villalpando no tiene buena prensa entre los viajeros que van camino de Asturias por la nacional VI y así, los que no saben o no pueden ver la belleza de este lugar castellano, dicen que es “esa parada infernal de media hora para que pienses con cierta desesperación por qué vivir en Madrid” o  que es un “lugar de bocadillos de goma y frío helador, donde siempre temes equivocarte de autobús y perder tu maleta, vórtice temporal donde te visitan los fantasmas de todas las Navidades con desamor”. ¡Qué poética anda la gente viajera, Señor, y qué injusta es con esta esta capital de partido judicial!  Si se quedaran un poco más, verían sus iglesias mudéjares, su puerta de la muralla, su Raso y, si hubieran entrado con tiempo en algún bar, les habrían contado las mil y una veces que Andrés Vázquez, el torero de la tierra, abrió la puerta grande de Las Ventas y cómo, con ochenta años,  le cortó dos orejas y un rabo a un toro de Victorino Martín.  Pero tienen demasiada prisa y se van buscando los prados del norte, los prados de la su tierra.
         Pero, con esta apología de Villalpando,  he dejado colgado al pobre pastelero con su masa equivocada. En fin, don Sinforiano cogió aquella masa y siguió adelante; cuando la sacó del horno, aquella masa se había convertido en unos pastelillos horriblemente feos, pero muy ricos de sabor que con el café de media tarde o con el del desayuno sabían a gloria bendita. Parece ser que don Sinforiano no paraba de repetir al verlos: “¡Pero qué feos son!” Y con feos se quedaron.
         Tan curiosa historia la cuenta, a quien se quiera acercar por la capital de la Tierra de Campos zamorana, la Intercatia romana, Luis Mi Burgos, nieto de don Sinforiano que ha dejado el negocio a sus hijas Raquel y Maite. La pastelería, por cierto, no tiene pérdida: está en la plaza mayor y responde al nombre de La Concepción pues fue  este pueblo zamorano, en 1466,  el primer pueblo que votó a favor de la Inmaculada Concepción de María muchos años antes de que se aprobara el dogma de fe.
         Otra vez me he alejado de la historia, pero esta vez con razón pues no puedo contar más sobre los feos. Quedaría saber en qué se equivocó don Sinforiano, pero ese es un secreto que pasa de padres a hijos en la familia Burgos y que no sabremos mejor jamás. Hay que conformarse con la suerte.


LAS ALMENDRAS GARRAPIÑADAS DE VILLAFRECHÓS

            
  •   Padre, no sé por qué no aprovechamos las almendras que producen todos los almendros de las fincas de Villafrechós; se las compramos a los propietarios y las garrapiñamos como hacen en otros sitios de España. Seguro que las vendemos bien en las fiestas de los pueblos de la comarca.
  •             No veo muy claro el negocio, pero voy a hacerte caso. Mucha no puede ser la pérdida.
     
    Y se pusieron a garrapiñar almendras y a perfumar el pueblo con el olor del azúcar que iba envolviendo los frutos con sus grumos y dándoles ese color dorado que preludia el sabor de las garapiñadas.
     
             Y aquella idea del joven fue ganando terreno y un buen día, en la Exposición Universal de Barcelona, allá por 1888, las almendras garrapiñadas de los Cubero Marqués ganaban un merecido premio y, desde ese día, en las cajas, aparecía la medalla que, con el tiempo, fueron varias y también fueron ocupando su lugar en la tapa.
             Se marcharon los Cubero Marqués a Rioseco, capital de aquella comarca, y allí establecieron una pastelería, en una céntrica calle del pueblo. Allí empezaron a elaborar los abisinios, llamados así por el color doradito que les hacía émulos de los habitantes de Abisinia, los helados y algunos turrones.
    Casi sesenta años después, un descendiente de aquel Cubero Marqués, Florentino Cubero, se hizo cargo de aquel negocio y, al casarse con María del Carmén Galván, que había aprendido el oficio en obradores capitalinos, se decidió a darle “un nuevo aire” al negocio familiar. Y así llegamos a nuestros días en los que la pastelería Cubero sigue siendo un referente para los que tenemos el gusto de acercarnos hasta la Ciudad de los Almirantes.
    Por cierto, si no conocéis esta pastelería acercaos y probad sus garrapiñadas y sus abisinios, redonditos y morenitos, como los habitantes de aquel país que Faetón quemó al no saber dirigir el carro del Sol.