lunes, 16 de marzo de 2020

LA INDUSTRIA TEXTIL CASTELLANA


El problema de la despoblación de Castilla y de la España interior que ahora, por fin, ha empezado a preocupar a los políticos arranca de l siglo XIX. Castilla no había sido pobre; al contrario, ciudades como Segovia tenían una rica industria de tejidos  que se abastecía de la lana que se negociaba en las ferias de Medina del Campo, en su tiempo, las más importantes de Europa. Otros centros de gran actividad textil fueron Palencia, Béjar, Lumbrales, Fuentes de Nava, Becerril de Campos o, sin ir más lejos, Portillo.  En esta comarca cercana a Boecillo, se cultivaba la rubia, una planta que se usaba como colorante y todavía podemos ver algunos molinos de rubia en Portillo o en Mojados que no son sino ilustres ruinas de un pasado mejor. ¿Qué ocurrió para que aquella Castilla rica, que exportaba paños a Cataluña y Europa acabara en la lista de las regiones despobladas?

         Habría que irnos a principios del siglo XIX y a un viajero como Stendhal, el gran escritor francés, para entender lo que ocurrió. Dice este escritor y experto en la administración napoleónica: “Los catalanes quieren leyes justas- anota – de Perpiñán a Barcelona a excepción de una ley de aduana que debe de ser hecha a su medida. Quieren que cada español que necesite algodón pague cuatro francos por la vara por el hecho de que Cataluña está en el mundo. El español de Granada, de Málaga o de la Coruña no puede comprar paños de algodón ingleses, que son excelentes, y que cuestan un franco la vara”, Más claro, había que comprar los paños catalanes antes que los ingleses y antes que los castellanos por lo que toda España se convierte en un mercado cautivo del mercado textil catalán. Cataluña recibe este premio y empieza un despegue económico del que no es ajena – la verdad ante todo-, una burguesía trabajadora y emprendedora. Así, mientras España era un páramo industrial, Cataluña, más en concreto en Mataró,  contaba con el primer tren en 1848, la primera sociedad de electricidad fue catalana(1886) y Gerona fue la primera ciudad de España con alumbrado eléctrico  (1886). Que me diga alguien, por favor, dónde está el agravio de Castilla a Cataluña.

         Con Franco, Cataluña y su burguesía que cantaba el Cara al sol si era menester, siguieron teniendo un trato de favor. En 1943, Franco establece por decreto que sólo Barcelona y Valencia puedan tener ferias internacionales y así fue hasta 1979. Las primeras autopistas fueron catalanas y se construyeron por la década de los setenta. Sin embargo, por esa misma época Galicia no tenía unas comunicaciones “decentes” con el resto de España y tan sólo en el 2001 se abrió la autovía de las Rías Baixas, casi cuarenta años después.  A día de hoy, que yo sepa, todas las capitales catalanas están conectadas por AVE mientras que en Extremadura se ha comenzado este año a renovar un trazado de ¡siglo XIX! y Galicia y Cantabria esperan un AVE del que no se sabe fecha.

         No quiero hacer con esto un memorial de agravios, tan sólo decir que, en muchas ocasiones, los hijos más beneficiados son los que más pegas ponen a la vida de su familia y los que, agraviados no se sabe por qué razones (muchas nacidas del más puro egoísmo) quieren abandonar la casa paterna porque se sienten “agraviados y maltratados” mientras que otros hermanos, en verdad agraviados y maltratados, se callan y siguen arrimando el hombro a la economía familiar.

         En fin, ya me diréis qué os parece.


LAS AYAS CLÁSICAS EN LORCA


Aunque creo nunca le he dedicado una entrada, tengo por Lorca verdadera devoción tanto por su poesía como por su teatro. En parte, tiene la culpa el que Alfredo Peña Santamaría, Chacho, en COU, montó Mariana Pineda y, desde ese momento,  sentí una pasión por el teatro lorquiano que, a día de hoy, no se ha rebajado un ápice.

         Lector ávido de ese teatro, siempre me han llamado la atención las ayas de las que la Poncia de La casa de Bernarda Alba es un buen ejemplo. Si cogemos el teatro de Eurípides – la Medea, sin ir más lejos- vemos la fuerza que tiene el personaje de la nodriza o aya. Es la mujer del pueblo que aconseja a su señora a la que ha visto nacer y ha amamantado; es la mujer sabia que recoge una sabiduría de siglos; es la mujer que “ve” las desgracias y le avisa a su ama, ciega por la pasión o por el despecho. No es nuevo esto que estoy diciendo, ya lo sé, pero el aya de Lorca bebe directamente de estas obras del teatro griego clásico.

         Sin embargo, se nos plantea una duda: ¿Bebió Lorca directamente de las fuentes griegas? Los expertos en su teatro dicen que no, que Lorca no leía en griego y que conoció estas obras sublimes en traducciones bien al castellano, bien al francés. Pero, para el caso, es lo mismo: Lorca, como un servidor, se enamoró del teatro griego y, sin las tragedias griegas, no se podrían entender ni probablemente hubieran llegado a existir  grandes obras lorquianas. No es que quiere arrimar el ascua a mi sardina, pero ¡qué difícil es entender nuestra cultura sin los griegos! Es más, no diría difícil, sino que es imposible. Esto que lo ve un alumno de Cultura Clásica de 2º de la ESO no lo ven algunos políticos. Quizás es que deberían volver a la escuela.



LA RUTINA EN ÉPOCA DE DESGRACIAS



Una tarde de febrero de ya hace algunos años, me metí en el teatro Bellas Artes de Madrid, - el que regentaba José Tamayo y en el que había estrenado, por ejemplo, Alejandro Casona su Caballero de las espuelas de oro_, digo que me metí porque representaban el Calígula de Camus. La fuerza de aquel texto me produjo una especie de catarsis y, un poco deprimido por alguna nube juvenil, me hizo salir y marcharme directamente a la FNAC para comprarme el texto francés y devorarlo. Desde entonces, mis lecturas de teatro francés siempre me han proporcionado una enorme satisfacción y la lectura de la Antígona de Anouilh y la Medea de Cocteau me han hecho disfrutar de lo lindo. No voy a entrar en el argumento ideológico porque para eso ya está don Antonio Ruiz de Elvira o, si lo preferís, la “enciclopedia del pueblo”, pero sí que voy a hablar de los finales, de los maravillosos finales de estas obras. Cocteau termina su Antígona, tras ese diluvio de muertes, con ese Creonte que le pregunta a su secretario por el orden del día y que, sereno tras tanta desgracia, retoma su rutina. Anouihl, en su Medea, hace algo muy parecido: tras ese río de sangre inocente,  la nodriza, esa nodriza de las tragedias clásicas de la que tanto tomó Lorca para sus ayas ( véase  si nola Poncia en La casa de Bernarda Alba) les dice a los que quedan en el escenario que hay que volver a la rutina de todos los días. Vamos a escucharla:
LA NODRIZA. – Ni siquiera tenían tiempo de escucharme. Sin embargo yo tenía algo que decir. Después de la noche viene el día la mañana y hay que hacer el café y luego las camas. Y después de barrer, quedar un ratito tranquilo al sol antes de limpiar las legumbres. Entonces sí es bueno, cuando una ha podido sisar unos centavos, un traguito caliente en el fondo del estómago. Después a tomar la sopa y a lavar los platos. Por la tarde, la ropa blanca y los cobres, y un poco de charla con las vecinas hasta que llega despacito la cena…Entonces acostarse y dormir
 
         En ambos casos, estamos ante la rutina salvadora, ante la rutina curadora, ante ese orden del día que pone orden en nuestra cabeza y en nuestro dolor. Recuerdo que en un episodio de mi vida harto doloroso (la muerte de mi madre) no recuperé el pulso hasta que no volví a  la Facultad. El haber estado haciendo durante tan sólo dos días una vida diferente me hacía ver la anormalidad de la situación y multiplicaba mi dolor al preguntarme: ¿Qué hago aquí paseando por El Retiro? y responderme: estoy aquí porque se ha muerto mi madre.
         Bendita la rutina que nos salva y que nos cura. Un compañero mío, cuando fallecieron su mujer y sus dos hijas en un terrible accidente de tráfico, no pidió una baja para quedarse en casa rumiando una tragedia que no tenía solución sino que nos pidió que,  cuando volviera (se iba a tomar sólo un día para arreglar los papeles) no le preguntáramos nada; quería que pareciera que “la vida seguía igual”. Recuerdo lo terrible que era verlo pasar, como siempre, con sus mapas camino de clase. La rutina lo salvó.
¡Bendita la rutina que el aya de Medea nos prescribe como remedio!



martes, 10 de marzo de 2020

BÉLA BARTÓK Y LA MUERTE EN SAMARCANDA


Ya hemos visto en otra entrada cómo Béla Barytók era un hombre comprometido con la libertad. Cuando el avance nazi,  - que en Hungría fue más terrible si cabe aún por el criminal gobierno de Miklós Horthy que pactó con Hitler y que sumió al país en un baño de sangre y torturas-, , llegó hasta extremos insoportables, Bartók cogió a su mujer Ditta Pásztory y se embarcaron para Nueva York a donde llegaron en octubre de 1940. El músico húngaro no tuvo una estancia feliz en la ciudad americana pues al principio no recibía encargos ni podía dar conciertos. Todo cambió a partir de 1942, pero una leucemia le iba a dejar muy poco tiempo de vida. Sus dos últimas obras fueron su Concierto para Viola y su tercer concierto para piano escrito, como diría Cervantes, “con un  pie puesto ya en el estribo”. Según cuentan, en la última página del concierto para piano, Bartók escribió vége, fin en húngaro: era el fin de la obra y el fin de su vida de la que iba a partir, como él mismo dijo, con las maletas llenas de ideas musicales. El concierto para viola, con ese adagio religioso inolvidable, no lo pudo acabar y fue su alumno, Tibor Serly, el que lo terminó. El compositor salió de su casa, un apartamento en la calle 57,  un 22 de septiembre de 1945 y fue llevado a un hospital en el lado oeste de Manhattan. Moría en ese hospital el 26 de septiembre de 1945, cuatro días después.

         Cuando oigo estos dos conciertos, el de viola y el tercero para piano, oigo también a la muerte persiguiendo al compositor, esa muerte con la que Bartók echó una carrera enloquecida para poder acabar sus obras. Pero, sin embargo, como ocurre siempre, la muerte ya nos está esperando en Samarcanda y Bartók, como nos pasará a todos, perdió la carrera. Salvo en la novela de Saramago, la muerte no conoce “intermitencias”.


DON LUIS ROSALES EN HOMEOPATÍA


Me compré el otro día este libro del que os hablo porque  había sabido de su publicación en Facebook, en la página   de Enrique García- Máiquez, gran poeta gaditano. Es una colección de aforismos de mi muy amado Luis Rosales a quien tuve la suerte de conocer en aquellas noches irrepetibles de Cercedilla. Desayunaba don Luis con su María en la cafetería Florida que regentaban Victorino y Mercedes con la ayuda de sus hijos. Era una época feliz y la presencia del poeta con sus claros ojos lo llenaba todo de una luz especial: la luz de la juventud. No puedo negar que me acerqué a este libro con una cierta reluctancia: ¿Mi don Luis en pastillas? ¿Puede ser condensado tan excelso poeta en píldoras? Y lo leí y, mientras lo leía, sentía que en esas píldoras estaba el mejor Rosales en esas dosis homeopáticas y pensaba que quizás ese libro podía acercar a muchos a un poeta ya casi olvidado por la modernidad. Aviso que no son aforismos, sino fragmentos de poemas ordenados por libro que dan una visión nueva del poeta granadino. ¡Enhorabuena Enrique García - Máiquez por esta selección que, según cuentas, te surgió porque ibas anotando, mientras hacías la edición de sus obras, los versos que te gustaban, que se te quedaban en el corazón! Os recomiendo su lectura y, sobre todo, que llevéis estos aforismos a las entretelas del alma.  Son su sitio natural.


JEAN RACINE NO TENÍA INSTAGRAM


Me he leído con mucho gozo dos obras de Jean Racine: La Andrómaca y la Ester. Si bien es verdad que algunos pasajes de la traducción de Losada no me han gustado (por ejemplo, esa manía de traducir transport por transporte y no por delirio o arrebato que sería lo suyo) os cuento algo de la vida de Racine que saca a colación el prologuista y que os paso a relatar.

         Resulta que Racine, tras la muerte de su abuelo materno, pasó a vivir a Port Royal des Champs donde vivían retiradas su abuela y una tía. Allí Racine aprendió el griego con gran soltura y,  al poco,  ya se leía de corrido, con anotaciones de su puño y letra, a Plutarco, Platón y su Banquete, San Basilio, o Píndaro, esa piedra dura y hermosa. En las horas perdidas, como no había You Tube, ni Instagram, ni juegos on line, el chaval se dedicaba a leer  Teágenes y Cariclea. Como le sobraba tiempo, se puso a traducir al francés los himnos del Breviario y, enamorado del tierno paisaje de Port Royal, escribió un libro de siete odas para describirlo de manera poética. Luego en sus obras (Fedra, Británico, Andrómaca) se ve la huella del mundo clásico.

         A ver si el Ministerio de turno se entera que esto de la Cultura Clásica  (doble aburrimiento por Cultura y por Clásica como dijo Agustín García Calvo en Alcalá de Henares) es algo más que batallitas de romanos: nos estamos jugando nuestra propia cultura porque en la educación no hay más que dos caminos: el de la escuela o el de la barbarie. Por los últimos años, parece que hemos elegido, para nuestra desgracia, el segundo. ¡Que Dios nos coja confesados!


EL REY WAMBA Y UNAS ZAPATILLAS


De todos es sabido mi gran admiración y devoción por don José Zorrilla que, con esos versos tan musicales, tan bien ritmados, tan sencillos pero tan profundos hace mis delicias. Y no habéis leído mal lo de profundos porque la profundidad de Zorrilla hay que valorarla al final de su obra no durante el desarrollo de la misma. Si lo hacéis así, veréis que muchos de estos versos “fáciles” cobran un sentido en el conjunto de la pieza teatral. La última obra que me he leído de don José es El rey loco, sobre Wamba, ese rey godo al que tomaron por loco, pero que estaba más cuerdo que los que le llamaban orate. Malos muy malos y traidores muy traidores con un rey Wamba que, al final,  acaba en el monasterio de Pampliega. Pero no quiero hacer un spoiler y sí quiero que disfrutéis de la obra. Por cierto,  que en Valladolid, hay un pueblo que lleva el nombre de este rey y  en su iglesia alberga un muy afamado osario  y  también Wamba es una afamada marca de zapatillas que usaba mi abuela Patro y que, el otro día, en un viaje a Ourense, vi en el escaparate de una zapatería da Rúa do Comercio. Pero tengo la sensación de que me estoy yendo un poquito del tema.