lunes, 31 de julio de 2017

ELENA MEDEL O UN BOCADILLO DE SPAGHETTI CON TRUCHA


Resulta que la poeta, poetisa o como la queramos llamar, se presentó a un concurso de la Junta de Andalucía, el Premio Andalucía Joven, patrocinado por el Instituto Andaluz de la Juventud (excuso decir qué idea tendrá de la juventud y de lo andaluz ese Instituto) y lo ganó. Tenía entonces la interfecta diecisiete años de nada. Ya en 2014, se presenta al premio de Poesía Loewe, en su faceta de creación joven, y lo gana. La chica ya tiene veintinueve tacos y, como es preceptivo, Juan Visor, el grande editor de poesía, le publica el libro. Además, como de perdidos al río y además hay que aprovechar el tirón mediático, pues le publica sus poesías completas que abarcan desde 1998, cuando la rapaza tenía trece años (¿serán poemas a su Barbie?) hasta el presente en que la rapazuca ya anda por los treinta y dos. Por si fuera poco, Túa Blesa (¡Joder, qué nombre tan extraño¡!) le dedica unas páginas y la avala con su saber. Que ¿quién es Túa Blesa? Pues un catedrático de Zaragoza cuyas aficiones son ver el Salvame de luxe  y llegar tarde a los exámenes porque tiene que sacar a la perra a mear; un tío que critica  a la casta, pero que vive de cojones en ella,  dando aprobado general y no pegando un palo al agua. Este tío tan friki,  que seguro que se hace bocadillos de spaghetti con trucha como el Tito Yayo, es el avalista de la poeta porque es un tío moderno y guay con los alumnos y porque además se tiñe el pelo con mechas infames. ¡Ah, se me olvidaba! Este fulano es catedrático de una materia de la que no ha impartido  una clase en condiciones en su puta vida, pero al que sus alumnos no tienen las gónadas de denunciar porque siempre es bueno que te aprueben sin currar y así aprovechamos el tiempo para recorrer los bares.  De puta pena.

         La poetisa,  que ¿cómo es la poetisa? Pues una chica de cara redonda, con los labios pintados de un rojo chillón al estilo de Charlie Rivel, que debe de ser un poco rarita porque dice que se le masturba el pecho izquierdo (una cosa es buscar la imagen poética y otra muy distinta decir gilipolleces) y que, en la portada de su primer libro, aparece una pibita a la que se le ve la “hucha” (hay que ganar lectores al precio que sea). También hay algún orgasmito de la Señorita Pepis por aquí, un pene por allá y una vulva viajera, es decir, los ingredientes necesarios para que la casta de los premios, que viven del cuento gracias a la modernidad, cumplan con su función premiadora. Y luego vienen el salir en el Babelia y en El Cultural, largar alguna obviedad (“la poesía no es la hermana pobre de la literatura) y asistir a cócteles y reuniones de mucho canapé y poco seso ( de la otra palabra con x ni hablo porque no merece la pena) y ponerse muy en plan feminista que siempre da puntos como salir en una gala pidiendo justicia para los asesinados por el franquismo, algo que pedimos todos, pero sin tanto teatro, sin tanta comedia y sin tanta mentira, (¡Ay, cómo se os ve el plumero, gauche divine ) pero, eso sí,  llevarse la pasta a paraísos fiscales y que se jodan los pobres si no tienen escuelas.

         Y ¿esto es la poesía como algo divino, sagrado, voz de los antiguos vates? Y ¿ésta es la poesía como curación, heilen, como palabra que te acerca a lo sagrado?; y ¿esto es la poesía como comunión con la belleza?

         Como diría un castizo de Lavapiés, de los pocos que quedan: ¡No me jodas, que me incomodas!

EL ETERNO MARIDO




Decía Stefan Zweig, mi gran señor feudal en literatura, que Dostoievski ganaba en las novelas breves y creo, sinceramente, que tiene razón. Frente a los grandes buques como Los hermanos Karamázov, Crimen y castigo, El idiota o Los demonios surgen estas nouvelles que revelan el maravilloso oficio del novelista ruso. El eterno marido es una de esas novelas que te dejan tras su lectura una profunda huella, un perfait roman que dirían los franceses. Velchaminov, el típico pleiteador en una justicia rusa eterna en sus pleitos como muy bien nos describe Gogol en sus Almas muertas frente a Trusotski, el eterno marido, “el hombre que ha venido al mundo para ser marido y que crece únicamente para casarse y que, una vez casado, se convierte en un complemento de su mujer” nos dice el autor de la novela con un acierto psicológico incuestionable. Al lado del eterno marido está una mujer infiel que el “eterno marido” soporta con estoica resignación. Sí, me diréis que la novela es políticamente incorrecta porque la debilidad del marido que no sabe “poner a ralla” a la mujer desemboca en unos hermosos cuernos que el cónyuge lleva con elegancia. ¿Estamos diciendo que si no hay potestas por parte del marido, la mujer se vicia y se desmanda? La cuestión es más complicada porque el asunto de los cuernos es , en palabras del joven Alexander Lobosv, otro joven inteligente como Dolguruki, una venganza de la mujer que se ha visto sometida al matrimonio no como un acto de amor entre los conyugues, sino como un contrato social. Si me casan con quien no quiero y con quien les interesa a los demás, es normal que me vengue coronando a mi “eterno marido”.

Pero es que todavía hay más: porque podemos pensar que por qué el amante no echa con cajas destempladas al “eterno marido”, que con eso bastaría para que pudiera vivir a gusto. Y la razón de esa contención reside en la culpa: no lo echa porque Velchaminov actúa coaccionado por la culpa, esa gran modificadora de las conductas humanas. Y , para remate, este eterno pleiteador, cuando se encuentra con esa niña tan bien descrita y detallada por don Fiodor -  que es un maestro en crear niños- , cree que son los hijos los que pueden redimir a aquél cuya vida ha estado plagada de errores (evito decir pecado por si hay alguien que le da un soponcio esa palabra)

         Junto a esto, Velchanínov acaba pensando que quizás veía en su amante, Natalia Vasilievna, virtudes que tan sólo estaban en su cabeza en un proceso de idealización en que todo amante acaba cayendo tal y como reflexiona el Swann de Marcel Proust cuando dice que quizás ha malgastado su vida por una mujer que no era su tipo.

         Espléndida novela corta de Dovstoievsky que recomiendo a los enamorados de la buena lectura.

 




MARIA DO ROSÀRIO PEDREIRA


Creía que ya lo había leído todo (es un decir) en poesía portuguesa actual cuando me aparece Maria do Rosàrio Pedreira y me funde los esquemas. Su poesía es tan portuguesa que me sabe la boca a fado cuando la leo, que me tomo una ginginha no Rossio y que me subo en el tranvía ao barrio alto mientras veo el castillo de San Jorge, fiel guardián de la ciudad que tanto quiero. Maria Rosário Pedreira es una maravilla en forma de poemas que llenan de emoción; es poesía de muchas atmósferas, es poesía que merece tal nombre. Os dejo con el emocionante poema que se titula Devagar.

 



Nada entre nós tem o nome da pressa.
Conhecemo-nos assim, devagar, o cuidado
traçou os seus próprios labirintos. Sobre a pele
é sempre a primeira vez que os gestos acontecem. Porém,

se se abrir uma porta para o verão, vemos as mesmas coisas –
o que fica para além da planície e da falésia; a ilha,
um rebanho, um barco à espera de partir, uma palavra
que nunca escreveremos. Entre nós

o tempo desenha-se assim, devagar.
Daríamos sempre pelo mais pequeno engano.

Maria do Rosário Pedreira

 

SOBRE LA GAITA SANABRESA


Ahora que hay que templar tantas gaitas, os voy a hablar de la gaita sanabresa y le dedico esta entrada a mi querido Javier Celada Quintanilla, o gaiteiro. Ante todo, quiero decir y digo que la gaita sanabresa no es una gaita “desafinada” sino que su afinación es distinta del resto de gaitas. Si la gaita gallega y asturiana está afinada en do, la gaita sanabresa está afinada en mi, lo que le hace tener un repertorio prácticamente único para ella.

Esta gaita, también conocida como gaita de fole, parte de un tronco común con las gaitas gallegas y asturianas, pero en un determinado momento, la sanabresa se para en su evolución – hechos geográficos y socioculturales lo explican, pero no podemos entrar en ellos- y se queda tal y como la conocemos en la actualidad.

Las diferencias principales con las otras gaitas estriban en que el fole es mucho mayor y lo es hasta el punto de que algunos gaiteros hábiles cantan y tocan a la vez;  en  la afinación a la que ya hemos hecho mención y en la  doble palleta que es mucho más basta que la de la gaita gallega hasta el punto de que algunos gaiteros la humedecen en vino, truco usado también por algunos dulzaineros castellanos.

         Ángel Vicente Pérez, en su muy documentado artículo para la Fundación Joaquín Díaz, nos dice:

Pero la gaita de fole no se explica sin la gallega o la asturiana. Partiendo del mismo tronco común, se desgajó de él en el momento en que estas dos comenzaron a evolucionar, y la gaita de fole continuó anclada en las mismas formas y maneras que desde su mismísimo origen. Los modelos con los que actualmente se está tocando y otros más antiguos que han llegado hasta nuestros días, no se les sabe asignar muy bien desde cuándo no han evolucionado. Algunos datan este hecho en torno al siglo XVI o XVII, otros en los siglos XIV o XV. Lo que sí es cierto es que se pueden encontrar reproducciones iconográficas de la gaita de fole (que no gallega o asturiana) en las ilustraciones de las Cantigas de Alfonso X El Sabio, en el pórtico de la Colegiata de Toro de mediados del siglo XIII, o en una de las sillas talladas de la Catedral de Zamora.

Al par que este instrumento se ancló en el tiempo, se consolidó en una misma área socio-étnicocultural. Siguiendo las fronteras "políticas" actuales (que no culturales) la gaita de fole en sus cuatro estilos (sanabrés, alistano, braganzano y mirandés) se halla, en cuanto al lado español, en las comarcas Zamoranas de Sanabria, La Carballeda, los valles más occidentales de Benavente, Aliste, Tábara, Tierra de Alba, y en menor medida en el sureste de la provincia de Ourense (Concellos de A Mezquita y A Gudiña), así como en el suroeste de la provincia de León. Por el lado portugués se halla localizada limitando con estas comarcas en lo que es el Trás-os-montes tanto en el planalto Braganzano como Mirandés.

 

Espero que os haya gustado esta entradilla sobre la gaita sanabresa y os emplazo a oír las grabaciones de Los gaiteros de Pedrazales en donde escucharéis ese sonido telúrico de la gaita más antigua de España y Portugal.

CÉSAR MEDINA - BOCOS O LA HIDALGUÍA DEL POETA


César Medina-Bocos fue un hidalgo poeta o un poeta hidalgo, tanto da que da lo mismo. Con su caballo, iba el poeta con la tranquilidad violeta, como dijo Juan Ramón en unos versos. Con su caballo, recorría las tierras y se llenaba del olor de los rastrojos. Con su caballo, el alba lo encontraba en los pinares redescubriendo el mundo. César Medina – Bocos nació en Pedrajas de San Esteban, pero se casó en Serrada y hasta la casona de Serrada se fue y en ella, como parra fecunda, alimentó a sus muchos hijos. Medina –Bocos escribe con elegancia, no habla de penes ni de vulvas, ni nos cuenta un orgasmo en vivo y en directo porque es un caballero, un poeta que, todas las tardes, recorre los caminos mientras el sol se va poniendo por los tesos. A mí, como soy un tío antiguo, su poesía me gusta y disfruto con ella. Que fuera un hidalgo no me parece bien socialmente porque esa idea del hidalgo de que trabajen los romanos que para eso tienen el pecho de lata ha sido la ruina de España, pero la estética del hidalgo me gusta. Pero, claro,  el hecho de ser hidalgo te convierte en un elemento políticamente irrecuperable para la izquierda de este país cuya estética ha sido siempre de sobaquina, pana y lana y eructos tabernarios. Si el hombre tenía sus tierras, era medianamente rico y además montaba a caballo, es decir, lo más parecido a un señorito que ha de ser pasado a cuchillo pues no iba a ser de Podemos. Vamos, digo yo. Espero que me crucifiquéis por lo que he escrito y que me lluevan los comentarios airados, pero como nadie me lee, ni siquiera voy a darme ese gustazo.

Puso esta décima en su tumba, porque Medina – Bocos, por si no eran pocos sus defectos, también era católico:

Si eres cristiano, sé fuerte

y en este lugar sagrado

piensa en Dios y odia el pecado,

pero no temas la muerte.

Alza la vista y advierte

que tu victoria pregona

esa cruz que le corona,

prenda de infinito amor

del Divino Redentor

que resucita y perdona.

 



jueves, 27 de julio de 2017

EL PARAÍSO DE FRANCISCO BEJARANO



Érase un vez un niño que vivió en un paraíso (¿Qué niño no vive en un paraíso?) y era feliz, tan feliz como se puede ser en un lugar así, ajeno de la muerte y del dolor. Pero el niño perdió su paraíso porque el tiempo, ese ángel con espada de fuego, lo expulsó al mundo y, desde entonces, el niño anda perdido buscando su paraíso mediante la palabra, la gran sanadora de las cuitas del hombre. Pero el niño no encuentra su camino de regreso; no hay manera de volver a ese paraíso del que lo expulsó ese ángel cruel que cumple con su encargo, con su cometido. Y el niño se pregunta por aquélla casa, por aquélla luz, por aquéllos amaneceres en el paraíso en donde todo era esperanza y, para su desgracia, los compara con los actuales en la tierra de exilio y brota la pena que también cura las heridas del tiempo y de la vida. Aquel niño quiere volver al paraíso y hace su invocación poética para que ese viaje puede darse y hasta no le pone condiciones al regreso: quizás en la otra orilla o desde la otra orilla se puede volver a aquel territorio perdido. Aquel niño es un grandísimo poeta que con tan sólo cuatro libros publicados (no le hacen falta más) nos ha  preparado la medicina para los que también andamos buscando paraísos; ese niño ya es un hombre de más de setenta años que se llama Francisco Bejarano.

VIDA RETIRADA

Nada tengo para vosotros, nada.
¿Estos versos, quizá? No son ya míos
y no se puede dar lo que no es propio.
Qué son los versos sino la manera
de engañarnos a solas, de decirnos
que fuimos inmortales como dioses
en un reino guardado en la memoria.

No quise escribir versos porque oigo
en cada uno el nombre de una lágrima,
el nombre de una pérdida, el sonido
de una voz que deseo, como un eco
que juega con nosotros y responde
desde lejos, desde el lugar contrario
donde estuve seguro de encontrarla.

Pero una tarde me dejaron solo
con el dolor oscuro de una herida
que no podía restañar. No estaba
visible en parte alguna de mi carne,
pero sé dónde están las cicatrices:
en estos versos sin deseo escritos
en suaves palabras que no curan.

El regreso, 2002.

EL CANTO DEL PICO



En una entrada anterior, os he contado cómo don Antonio Maura murió en el palacio de El Canto del Pico y cómo este palacio era propiedad del conde de las Almenas. Merece la pena que nos paremos un poco en este edificio singular. Don José María del Palacio y Abárzuza, conde de las Almenas, decidió construirse una casa de estilo neogótico en lo alto del paraje conocido como Canto del Pico. Él mismo diseñó los planos y las obras duraron desde 1920 a 1922. Una mañana de diciembre de 1925, don Antonio Maura, que estaba en la finca de su hijo Gabriel, llamada El Pendolero, se acercó a pintar a la casa de su amigo el conde y, bajando las escaleras, falleció. En el lugar del óbito del político, don José María puso una placa que reza: Bajando por esta escalera, ascendió al cielo don Antonio Maura.  No voy a entrar en detalles, pero el conde, que ya había gastado toda su fortuna y que estaba sumido en una depresión por la muerte de su único hijo en la Guerra Civil,  acabó regalando la finca a Franco que le dio un uso muy particular del que ya hablaremos. La fina fue vendida por Carmen Franco Polo a un consorcio hotelero para construir un hotel de lujo, pero, como nuestro Colegio de los Escoceses, sigue esperando tiempos mejores. Llenos de maleza están sus jardines románticos y casi en ruinas el palacio que albergó la colección de arte del conde. Algún día - esperemos.- antes de que se caiga a pedazos, alguien se hará cargo del Canto del Pico.