domingo, 28 de mayo de 2023

JACINTO HERRERO Y LOS CANARIOS FLAUTA

 


Sabéis lo mucho que quise a Jacinto Herrero, - ese que fue el gran poeta de Ávila mientras otros mindundis, dinosaurios alimentados con prebendas de Diputaciones y Ayuntamientos, le quitaban su importancia y lo tenían por curilla aficionado a hacer versos aun siendo como era un poeta mayor que todos ellos juntos-, y que ya le escribí un soneto que publiqué en este blog pecador. Vuelvo ahora  la carga con este poema en el que, una vez más, le muestro al mundo el gran cariño que sentía ( y siento pues “la muerte no interrumpe nada” como dijo don Luis Rosales) por él. El poema ya tiene algunos años, pero sigue esperando su oportunidad para saltar al terreno de juego.

 

Para Jacinto Herrero Esteban, pájaro ya

en las ínsulas extrañas.

Pues bien sé que ya tienes entre las manos

la brasa de este otoño colmado de nostalgia

en aquella tierra a la que llegué como extranjero

y como extranjero abandoné entre triste granito

cuando los ángeles cruzaban las noches prodigiosas

en las que Luis, tu hermano, alcaraván con gemido,

cruzaba las tristes rastrojeras

mientras el cielo se prendía en llamaradas

y escribía vuestros nombres en hacinas

y barbechos y el harnero se colmaba de harina

y abrevaban los mansos bueyes en la pila,

quiero decirte, Jacinto, con el contrapunto

de la roldana del pozo

que tú me devuelves los días felices

que me robaron a traición aquellos años

en que la vida se me helaba entre las manos

y en las madrugadas silenciosas, invocaba

el amor que yacía en las camas heladas.

Pero tú, como entonces, prendes mi candela

con tu llama, sacerdote de pájaros y de almendros,

amigo del alma que te perdiste en los eriales

de la nieblas tintadas con la fría ceniza de la muerte;

y con tu luz asombro la noche larga que recorro

y alumbro la mañana con la esperanza de tu vida

mientras un ángel morañego me alegra este otoño

[cargado de nostalgia

al que los membrillos perfuman con su aroma de soles

[y de siglos.

 

DOÑA ISABEL DE AVIS MUERE EN ARÉVALO

 


Comprendo que, probablemente, no sea un gran poema, pero siempre lo he tenido en estima aunque aún no ha sido publicado porque forma parte de un muy futuro libro que se llamará, Deo volente, Las parras fecundas. Trata de la muerte en el castillo de Arévalo de doña Isabel de Avis, madre de Isabel la Católica, que murió en ese castillo que, desde la N-VI se ve conspicuo en un altozano. Os lo dejo y ya me daréis vuestra opinión.

 

DOÑA ISABEL DE AVIS MUERE EN ARÉVALO

 

Quizás escuchabas el fluir del Adaja

cuando pensabas en tu dulce niña

que allá, en la mar de Laredo,

despedía los ojos de su loca Juana.

Quizás notaste que crecía la luz del otoño,

que, de pronto, los dorados trigales del verano

ya no ocupaban tu austera habitación de reina castellana.

Quizás te fundiste en la noche que bebía

en los resecos tesos tu negrura

y luego callaste

mientras Pacheco te acariciaba los ojos

que ya veían en perfecta cordura

el alba alegre de las mañanas de junio

y en perfecta comunión regresabas

a tu reino y a tu lengua de dulzura.

THOMAS BERNHARD Y SU TALA

 


 

Conocí a Thomas Bernhard, ese maravilloso autor austriaco gracias a Senén Pérez, el librero de Ávila, y a Pablo Perera, el filósofo de Saucelle. Desde hace años no lo he dejado de leer porque sus novelas son absolutamente electrizantes y parece que una corriente eléctrica las recorre desde el principio al fin. Me quedaba por leer Tala a  la que algunos críticos consideran como una de las veinte mejores obras en alemán de todos los tiempos. Y no  exageran porque Tala, con sus doscientas veintitrés páginas sin un punto y aparte, es una obra maestra en la que se describe la intelectualidad vienesa en el matrimonio Auersberger. En ese tedioso banquete, Bernhard va revisando el mundo intelectual vienés con la precisión de un cirujano y va talando, uno a uno, los árboles más altos de aquel bosque podrido. En alemán, se titula Holzfällen- Eine Erregung, Talar – Una emoción y la traducción del grandísimo Miguel Sáez es, como todas las suyas, una obra de arte. Habría que hablar de este eximio traductor de grandes autores (Sebald, Bernhard, Kafka, Brecht o Faulkner), pero lo dejamos para mejor ocasión. Mientras tanto, os podéis ir leyendo Tala.

sábado, 27 de mayo de 2023

OCASO EN BOECILLO


Mi muy querido Vicente Núñez, el grandísimo poeta cordobés, de Aguilar de la Frontera para más señas, tiene un libro bellísimo que os recomiendo y que se titula Ocaso en Poley, que era como don Vicente nombraba a su pueblo natal tomándose esa atribución que tenemos los poetas de, cual pequeños dioses, ponerle nombre a las cosas. Un servidor, que está claro que no es de Córdoba ni tan buen poeta como don Vicente, ha querido imitarlo y aquí tenéis el poema sobre los ocasos en Boecillo. Me ha dado últimamente por llegarme hasta la fuente de Boecillo convencido de que hasta allí, como dice el maestro Colinas hablando de los atardeceres de Castilla, van a morir las arias de Handel. Cosas de poetas. Voilá le poéme:

 

OCASO EN BOECILLO

 

Al gran poeta Vicente Núñez

que ya es para siempre

Ahora que vanas son las rosas

que la tarde de octubre esconde

en un no sé qué de divina hermosura

y que ya es una mentira lejana aquel muchacho

que desnudo recorría las mieses granadas

y con cuya luz aún los chopos se prenden

en este ocaso que se obstina en lo oscuro

frente a las tardes de gloria y de alberca,

te recuerdo, Vicente, allá en tu Poley del alma,

con tus papeles, tus cartas, tus libros,

mientras que con perfecta caligrafía

vas dejando tu alma en la besana blanca

que aran la pena y la alegría.

Ahora que la penumbra de la tarde

va oscureciendo salones y alcobas,

ahora que todo se apaga y pasa,

pero deja huella en los ojos del niño;

ahora que no es pecado estar triste

porque en la tristeza bebemos

la más perfecta alegría del otoño

y tus ríos me arrastran a los hondones dela vida

donde el corazón de unos brazos

sigue latiendo bajo el cielo

y tiembla en el aire

el abrazo insondable y total de la muerte;

ahora que en el mar hondo navegas

junto a las secretas criaturas

de los hondos abismos,

que la noche se enturbia con el mosto

que pisan en los lagares los corazones heridos

y ahora que sospechamos que, quizás,todo

 ha sido un sueño que el viento

nos contó en el bosque, te llamo, Vicente,

desde el fondo de la casa en cuyas camas

reposaba el sol cálido y anaranjado del ocaso;

desde el fondo de esta vida que lucha

por seguir viva con el vino

sonoro de la esperanza

y espero contigo ese tiempo mudo

cuando nada concluya. ¡Cuando todo sea eterno!

 

Por cierto, la foto que ilustra la entrada es mía.

 

 

 


EL CABRAHÍGO HOMÉRICO

 


Dedico esta entrada, con todo cariño, a mi querido maestro don Antonio Ruiz de Elvira que tanto hubiera disfrutado leyéndola y comiéndose unos higos.

 

En la anterior entrada, la de los lavaderos, veíamos esos bellísimos versos de Homero en los que nos describe los lavaderos de la ciudad de Troya: y antes os contaba, al traducir al vate de Quíos, cómo Aquiles y Héctor pasaron junto a la atalaya y al ventoso cabrahígo. Así lo cuenta Homero y así también copio de nuevo el verso:

οἳ δὲ παρὰ σκοπιὴν καὶ ἐρινεὸν ἠνεμόεντα

 

         Habría que parar mientes en estos versos porque Homero va siguiendo con su “cámara” a los dos héroes, pero, de pronto, deja de seguir a ambos héroes y “enfoca” a los lavaderos y eso nos muestra que Homero era poeta, un gran poeta porque, como decía el maestro Dámaso Alonso, “cuando se murió el poeta, se quedaron tristes las cosas pequeñas que él cuidaba”. Poeta es el que se ocupa de las minima, de las cosas pequeñas,  y cosas pequeñas – y más en un texto épico-, son unos lavaderos. También, decía Tonino Guerra, que poeta es el “que se quita el sombrero ante un almendro en flor”, otra “cosa pequeña” de nuestro mundo mágico de árboles, arbustos y hierbas. Y también son cosas pequeñas esa atalaya y ese cabrahígo que estaba en las alturas y al que agitaba el viento. Bellísimo pasaje de la Ilíada que una mujer con fina sensibilidad como Jacqueline de Romilly, fue capaz de señalar. Pero vamos con el cabrahígo.

 

         En griego, cabrahígo se dice ἐρινεόν que va aquí junto a ἠνεμόεντα que es una forma de ese dialecto de dialectos que es la lengua homérica en lugar de la forma ἀνεμοεις – εσσα-εν que, tiene la misma  raíz que ἄνεμος, viento, que nos da en castellano “anemómetro”, instrumento para medir el viento y otras muchas palabras que podéis buscar en el diccionario. El adjetivo nos lleva a “ver” al cabrahígo combatido por los vientos, solitario y señero como aquel arbolillo que veía yo todas las mañanas camino de Cuéllar, en San Miguel del Arroyo; o como aquel saúco que me perfumaba las tardes de mayo en Ávila, la bien cercada,  como decía Agustín García Calvo de Zamora. Por cierto, que Agustín en su traducción rimada en asonante y ritmada de la Ilíada pone Cabrahígo, con mayúsculas, considerándolo un personaje más de la epopeya homérica. Ambas palabras,  el sustantivo junto con su adjetivo van en acusativo como va también σκοπιήν que es la forma jónica de σκοπιά, atalaya, sustantivo de la misma raíz que el verbo σκοπέω, que significa ver y que tantas palabras nos da en castellano: microscopio,  periscopio o telescopio tan sólo por citar algunas. Fijaos también que este acusativo no es un acusativo cuya función sea la de complemento directo, sino un acusativo regido por la preposición παρά. Visto esto, resumimos y decimos que una atalaya es pues un lugar elevado, un lugar conspicuo desde el que vemos y,  junto a la atalaya,  estaba el cabrahígo que proviene para nosotros de la palabra latina caprifigus con dos componentes: capra (cabra) y ficus (higo y también higuera, que en la clasificación de Linneo es ficus carica). Pero, me diréis, todavía no has dicho lo que es un cabrahígo. Cierto es y a ello vamos.

         El caprificus se denomina en latín a la higuera silvestre en la que ramonean las cabras. Sí, pero algo más si tenemos en cuenta que, según los botánicos, hay dos tipos de higueras: dioicas, es decir, con  árboles machos y árboles hembras y las monoicas que en un único árbol producen flores masculinas y femeninas. Pues bien, a los árboles masculinos de la variedad dioica de las higueras se las conoce como cabrahígos cuyos higos masculinos se utilizan en la fecundación de las higueras hembra en un proceso que consiste en colgar racimos de higos masculinos que, por cierto, no son comestibles, cerca de las higueras hembras para que las avispas, que además de para picarnos sirven para polinizar y fructificar, yendo de un árbol a otro, las polinicen y fructifiquen. Este proceso se conoce como caprificación.  Resumiendo que es gerundio: el muy traído y llevado cabrahígo es una higuera “macho” que produce frutos no comestibles. Tampoco debemos olvidar que hay higueras llamadas bíferas o reflorecientes que son las que producen dos cosechas al año: hacia finales de la primavera, las bíferas producen las brevas (perfecta evolución fonética de bífera que significa en griego “que produce dos veces”) y los higos al final del verano o principios del otoño. Todas estas “tonterías” me gustan tanto porque un servidor iba para biólogo, pero mi tutor de 2º de BUP, Félix Larrauri, me dejó muy claro que yo veía la naturaleza con ojos de poeta y no con ojos de científico y hasta hoy. Por cierto que exquisitos eran los higos que daba una higuera que tenía mi padre en Valboa, allá por las tierras altas de O Carballiño y recuerdo comer aquellos higos maravillosos a finales de agosto. A día de hoy, no puedo decir qué ha pasado de aquellos higos pues aquel territorio está en manos de una bruja malvada que me impide llegarme hasta ellos.

         Como ya estamos empechados de higos, vamos a tranquilizarnos y a dejar de tocar los higos  no vaya a ser que nos empancemos y se nos quiten las ganas de higos por una larga temporada porque el empacho de higos es muy malo y requiere de estricta dieta que puede extenderse durante varios meses. Si alguien se tiene que empachar, que sea la bruja iza, driza y colipoterra ( Cela dixit) que aquellas tierras usurpa.  Y ya con esto, dejamos  de una vez al cabrahígo homérico en paz.

 

 

viernes, 26 de mayo de 2023

JACQUELINE DE ROMILLY Y LOS LAVADEROS DEL ESCAMANDRO

 


Estamos en el canto XXII de la Ilíada de Homero y Aquiles va persiguiendo a Héctor. De pronto, Homero nos enseña unos lavaderos que están junto a las fuentes del Escamandro, el río de Troya. La gran Jacqueline de Romilly, en su libro Homère, tan maravilloso como todo  lo suyo, nos muestra esta escena doméstica que el poeta ciego introduce en mitad de un episodio guerrero. Pero antes nos tenemos que situar dentro de la acción porque esos lavaderos no aparecen ahí sin venir a cuento, sino perfectamente engarzados. Así en Homero:

οἳ δὲ παρὰ σκοπιὴν καὶ ἐρινεὸν ἠνεμόεντα

τείχεος αἰὲν ὑπ᾽ ἐκ κατ᾽ ἀμαξιτὸν ἐσσεύοντο,

κρουνὼ δ᾽ ἵκανον καλλιρρόω· ἔνθα δὲ πηγαὶ

δοιαὶ ἀναΐσσουσι Σκαμάνδρου δινήεντος.

ἣ μὲν γάρ θ᾽ ὕδατι λιαρῶι ῥέει, ἀμφὶ δὲ καπνὸς

γίγνεται ἐξ αὐτῆς ὡς εἰ πυρὸς αἰθομένοιο·

ἣ δ᾽ ἑτέρη θέρεϊ προρέει ἐϊκυῖα χαλάζηι,

ἢ χιόνι ψυχρῆι ἢ ἐξ ὕδατος κρυστάλλωι.

 

Así en castellano:

Junto a la atalaya y al ventoso cabrahígo pasaron,

cada vez más lejos de la muralla por el camino de carretas,

y a los dos manantiales de bello caudal llegaron. Allí

manan dos fuentes del turbulento Escamandro:

de una brota el agua tibia y a su alrededor una nube de vapor

desde ella asciende, como si fuera de fuego ardiente;

la otra en el verano incluso brota parecida al granizo,

a la fría nieve o al hielo cristalino de agua formado.

         Ya estamos en el lugar de los lavaderos y así los describe Homero:

ἔνθα δ᾽ ἐπ᾽ αὐτάων πλυνοὶ εὐρέες ἐγγὺς ἔασι

καλοὶ λαΐνεοι, ὅθι εἵματα σιγαλόεντα

πλύνεσκον Τρώων ἄλοχοι καλαί τε θύγατρες

τὸ πρὶν ἐπ᾽ εἰρήνης πρὶν ἐλθεῖν υἷας Ἀχαιῶν.

 

que diría así en nuestra lengua:

 

Hay allí junto a ellas unos anchos lavaderos

hermosos, de piedra, en los que los resplandecientes vestidos

lavar solían las esposas y las bellas hijas de los troyanos.

 

         Y de pronto, se me viene al recuerdo aquel lavadero en la curva de Mogor en el que Paco Mateos, al volver de la playa de Lapamán paraba para coger agua, un agua finísima, helada en el pleno verano galaico. Y recuerdo a las mujeres con las tablas de lavar de madera hablando mientras restregaban las coladas y las aclaraban con la linfa pura. Recuerdo aquel otro lavadero de la carretera de Moaña en donde las mujeres también llevaban su ropa en  cestas que colocaban sobre sus cabezas y que, en difícil equilibrio, hacían llegar hasta los caños. Y recuerdo también el lavadero de Boecillo, aún en pie y con su agua en la fuente de Villamayor en donde hoy hay un hermoso parque en mitad de un paisaje de cuento porque también Castilla tiene hermosos lugares que las aguas convierten en pañuelos de prados y que, como decía don Miguel de Unamuno, son menos de cromo que los del norte. Y pienso que,  durante más de dos mil ochocientos años, el mundo ha visto a las mujeres ir con sus ropas a los lavaderos, fueran de donde fueran, ya de las enjoyadas Rías de Galicia, ya de Boecillo, junto al padre Duero. ¡Cuánto ha cambiado la vida en muy pocos años! Como os he contado muchas veces, he oído de pequeño los stridentia plaustra virgilianos por las carreteras orensanas o sanabresas, con el eje gimiendo como cuenta también Esopo en una de sus fábulas;  he visto arar con arado romano y lavar a las mujeres como las vieron Aquiles y Héctor. Debo de ser muy viejo.

         ¡Qué sensibilidad la de esta profesora francesa a la que debo tanto! ¡Qué sensibilidad la de Homero que tuvo este detalle con las mujeres que de seguro lo escuchaban mientras recitaba en las plazas de los pueblos de Grecia y que se sentían halagadas con esta alusión!

         ¡Qué cerca nuestros griegos y nuestros romanos que los malos políticos de turno nos quieren alejar con estúpidas leyes! Pero los humildes profesores de “lenguas muertas” seguiremos luchando por que nuestros alumnos “vean” esos lavaderos que nosotros, como Homero, vimos en nuestra infancia perdida en una ya lejana curva del camino.

         Y, por cierto, ¿qué es un cabrahígo? Os lo cuento en la próxima entrada.

 

lunes, 22 de mayo de 2023

EL EPITAFIO DE SÍCILOS


 

El epitafio de Sícilos es el texto musical completo más antiguo que se conserva. Encontrado por William Mitchell Ramsay en 1883 en  Turquía, perdido durante el conocido como Holocausto de Asia Menor o Guerra greco-turca que duró de 1919 a 1922, en la actualidad se encuentra en  Dinamarca, más exactamente en el Museo Nacional de Copenhague.

La inscripción en griego consta de tres partes: descripción, poema y dedicatoria

Texto en griego de la descripción

Texto en castellano

ΕΙΚΩΝ Η ΛΙΘΟΣ ΕΙΜΙ.

ΤΙΘΗΣΙ ΜΕ ΣΕΙΚΙΛΟΣ

ΕΝΘΑ ΜΝΗΜΗΣ ΑΘΑΝΑΤΟΥ

ΣΗΜΑ ΠΟΛΥΧΡΟΝΙΟΝ

Imagen soy de piedra

Sícilo en mí pone

allí donde estoy, de inmortal recuerdo,

señal para siempre.

 

Texto en griego del poema o epitafio.

Traducción al castellano

Ὅσον ζῇς, φαίνου,

μηδὲν ὅλως σὺ λυποῦ·

πρὸς ὀλίγον ἐστὶ τὸ ζῆν,

τὸ τέλος ὁ xρόνος ἀπαιτεῖ.

Mientras vivas, brilla,

no temas nada en absoluto.

Poco dura la vida

y el final exige el tiempo.

 

Texto en griego de la dedicatoria.

Texto en castellano

ΣΕΙΚΙΛΟΣ ΕΥΤΕΡΠ[Ηι]

Sícilo a Euterpe

 

         La melodía está escrita en modo frigio y se desenvuelve en el ámbito de una octava justa. Es un skolion o “canción de symposion”, es decir, una canción para beber en un banquete aunque, cuando la escuchamos en su transcripción, nos da una cierta impresión melancólica que resulta lógica  pues no debemos olvidar que se trata de un epitafio, esto es, una poesía escrita sobre una tumba (epi – tafos). En esta partitura moderna, vemos que está en 6/8, un compás musical de dos tiempos formados por tres corcheas cada uno siendo su unidad de tiempo la negra con puntillo

SONIDO

Voy a intentar que se pueda oír cómo sonaría en la actualidad y para ello os pongo aquí este vídeo:

https://www.youtube.com/watch?v=UqVxrArhN6A