jueves, 21 de diciembre de 2017

MI NOCHEBUENA (PIJOSPROGRES, ABSTENEOS DE LEERLO)




Frente a tanta maldad disfrazada de respeto a otras religiones, frente a tanto intento y acto de borrar lo cristiano de la Navidad y frente al regreso a la barbarie de los solsticios que muchos intelectualoides de moda pasada aprovechan en estas fechas para lanzar desde sus poltronas mediáticas, me gustaría recordar, urbi et orbi, que las Navidades existen porque nació un niño en Belén – no entro en que si no nació ahora sino que nació en mayo y que la Iglesia adoptó la fecha del solsticio de invierno y la fiesta del Dios Mazda  porque eso ya lo ha dicho, mucho mejor que yo, Joseph Ratzinger, la gran bestia negra de los intelectuales de tres al cuarto y por no dar una alegría a los pijoprogres- que cambió el mundo. Sí, como lo oís, cambió el mundo porque desde entonces el calendario se cuenta desde ese año cero del universo; porque, en medio de una civilización esclavista, el mensaje de ese niño hizo que el hombre cobrara la dignidad de los hijos de Dios; porque el mensaje de ese niño hizo que, entre muchos errores (que también los hay) surgieran figuras como Teresa de Calcuta, como San Juan de la Cruz, como Santa Teresa, como el santo cura de Ars que son enamorados de Cristo; porque el mensaje de aquel Niño han hecho que muchos, relictis omnibus, es decir, dejándolo todo, lo siguieran y así nos encontramos con personas como el padre Ángel  que lucha, desde hace más de cincuenta años, contra la injusticia del mundo; como el padre Llanos, el  hijo de una familia de buena posición y consejero espiritual de Franco, que lo dejó todo para irse a vivir al Pozo del Tío Raimundo. Y como él, el padre Gamo o el cura Paco, viviendo, como su maestro entre los pobres, en aquel Madrid de los sesenta en que los constructores se forraban construyendo casas con tabiques como papel de fumar. ¿Cuántos de esos politicastros que se quejan de que haya un Belén o que hayan puesto un ángel “porque puede ofender a otras religiones” lo dejarían todo  (prebendas, chanchullos, comisiones, sueldazos y un largo etcétera) para irse con los más pobres? Ya lo decía Dostoievski: “es muy fácil amar a la humanidad entera, pero muy difícil amar a una persona en particular”. Y no hablo de situaciones lejanas porque, en nuestro Boecillo, una persona que proviene de una familia acaudalada lo ha dejado todo - otra vez el relictis omnibus - y está de párroco en una de las parroquias más pobres de Buenos Aires, una parroquia como las que salen en esa película magnífica que se llama El elefante blanco. Otros, como decía San Josemaría, se han quedado en el ómnibus (un ómnibus es un autobús que comunica la estación con la ciudad. Explico esto para los que no han cursado el BUP) y no quieren ni pueden salir de él porque el ómnibus es el paradigma de nuestra comodidad, de nuestra indolencia, de nuestro egoísmo.
         Por todo lo expuesto, mi Nochebuena fue, es y será una Nochebuena tradicional, con su Misa del gallo y con sus turrones; con la alegría que reflejan las escrituras en estos días; con la alegría plena, expansiva de saber que en Belén, hace más de dos mil años, nació un niño que cambió el mundo por mucho que les duela a los que son incapaces de cambiarlo entre otras cosas, porque son incapaces de cambiarse a sí mismo. ¡Feliz Navidad!

No hay comentarios:

Publicar un comentario