Cuando
el viajero llega a la Villa, ésta duerme agotada por sus fiestas patronales en
las que no han faltado los toros, las dulzainas, las limonadas y los bailables
de otras épocas. Por esa razón, porque la Villa, aun siendo la Villa, también
se agota, está todo el comercio cerrado y, cosa insólita, hasta los bares. El
viajero se mete en el primero que pilla y se toma un café con leche. Luego
bajará por su calle en cuesta a la que llaman de la Morería (por algo será) y
verá esa fuentecica - que mana y corre aun sin ser de noche siempre que
se la accione en el grifo - a la derecha según se baja hacia la plaza Mayor. El
viajero cruza la solitaria plaza y sigue por la calle de Santa Cruz allí donde
sigue mirando al mundo el palacio de don Pedro I, el Cruel, porque en estas
villas castellanas los reyes de Castilla tenían sus palacios y hasta venían al
mundo cuando esta tierra daba capitanes y no tristes ganapanes (Machado dixit).
En este palacio, que es en realidad el palacio de los Velázquez de Cuéllar,
celebró don Pedro su boda con doña Juana de Castro en 1374. La tal doña Juana
da para una entrada que, tan pronto como el viajero, ya en su morada, deje de
tocar a Chopin, os escribirá. Ha dicho el veredero que da para una entrada y se
ha quedado corto pues Juana era medio hermana de doña Inés de Castro, la Inês
colo de garça de nuestros hermanos pοrtugueses, la que tuvo amores con
Pedro de Portugal y a la que canta don Luis de Camões en Os Lusiadas, la magna
obra del poeta de Coimbra. Parece que la desgracia recorría esta familia pues
Juana acabó sus días en el castillo de
Dueñas, eso sí, proclamándose siempre reina de Castilla y Léon. La boda – se le
había olvidado al veredero que se enrolla con sus amigos portugueses recordando
aquel viaje que hizo hace ya unos años - se había oficiado en la iglesia de San
Martín de Cuéllar. Ya os contará el senderista (así se le puede llamar ahora
sin temor a ruborizarse aunque para serlo entiende el caminante que debe llevar
unas botas de un precio superior a los doscientos euros, cosa que no es el caso),
cuando deje el piano, cómo y con cuántos
“trabajos” llegaron Juana y Pedro a la boda.
El
viajero va a pasar por alto- porque ya lo ha dicho muchas veces- que su tía
Julita vivió en la calle Carchena esquina a la calle de santa Cruz y sigue hasta
que le llama la atención una tienda que no había visto hacía unos meses cuando
anduvo por la Villa y que tiene lleno el escaparate de Miguelitos de La Roda,
pueblo de Albacete. ¿Qué hacen los Miguelitos en la Villa? – se pregunta el
viajero. Para saber algo más penetra en la tienda en donde comprueba que el
señor o es búlgaro o de algún otro país, pero que de ninguna manera es
albaceteño. También comprueba que tiene todas las variedades de Miguelitos,
pero ni los compra ni pregunta por la razón de esa afición desmedida del dueño
por los dulces manchegos. ¿Será que llegó a España por el sur, se llegó a La Roda,
los probó, le gustaron y decidió convertirse en embajador de los pastelillos en
castellanas tierras? El viajero, aunque
había entrado a la tienda lleno de curiosidad, no lo quiere saber porque, como Azorín con sus
tres pastillas, prefiere que su imaginación fabule una posible razón para esa
proliferación exagerada de pastelería albaceteña a saber la verdad que, en
ocasiones, defrauda. ¿Por qué no fabular que el extranjero tiene una novia en
aquel pueblo manchego? ¿Por qué no imaginar que como Tristán andaba buscando
una Iseo y la encontró en la Roda como contaba don Álvaro Cunqueiro de aquel
soldado gallego que encontró a su Isolda en la estación de Venta de Baños?
¿Acaso hay alguna ley o decreto que prohíba el amor con una rodeña? Pensando en esto, el viajero
coge fuerzas para subir la Morería, pasa por la fuente y las Paneras del rey y
cruza el arco. A su espalda queda la Villa, la hermosa Villa que a un palacio
renacentista llama castillo al igual que nuestros vecinos franceses - que
tienen una expresión para formular proyectos ilusorios y que, si no mal
recuerdo, dice así: bâtir des châteaux en Espagne. Sí, porque un
castillo para un francés es un palacio para nosotros, salvo en Cuéllar en donde
al palacio también los llaman castillo. Cosas de los cuellaranos que son hijos
de tan hermosa Villa.
El
viajero, prometiendo volver a Cuéllar por las fiestas próximas del Henar, se
despide de La Villa y de su Tierra divida en sexmos, sexmos que se reparten
entre Segovia y Valladolid pues el muy hermoso pueblo de Montemayor de Pililla
pertenece a la Villa y se honran sus habitantes cuando los visitan los señores
de Cuéllar. De Montemayor de Pililla hablará el viajero otro día cuando, tras
una mañana buscando níscalos, se llegue a donde La Martina para deleitarse con
las setas que preparan. Pero dejemos que cada día tenga su historia y no
adelantemos los acontecimientos.













