miércoles, 7 de octubre de 2026

DE CÓMO EL VIAJERO REGRESA A CUÉLLAR Y DE LAS COSAS QUE VIO EN ELLA, EN ESPECIAL, UNOS MIGUELITOS DE LA RODA, PROVINCIA DE ALBACETE

 

Cuando el viajero llega a la Villa, ésta duerme agotada por sus fiestas patronales en las que no han faltado los toros, las dulzainas, las limonadas y los bailables de otras épocas. Por esa razón, porque la Villa, aun siendo la Villa, también se agota, está todo el comercio cerrado y, cosa insólita, hasta los bares. El viajero se mete en el primero que pilla y se toma un café con leche. Luego bajará por su calle en cuesta a la que llaman de la Morería (por algo será) y verá esa fuentecica - que mana y corre aun sin ser de noche siempre que se la accione en el grifo - a la derecha según se baja hacia la plaza Mayor. El viajero cruza la solitaria plaza y sigue por la calle de Santa Cruz allí donde sigue mirando al mundo el palacio de don Pedro I, el Cruel, porque en estas villas castellanas los reyes de Castilla tenían sus palacios y hasta venían al mundo cuando esta tierra daba capitanes y no tristes ganapanes (Machado dixit). En este palacio, que es en realidad el palacio de los Velázquez de Cuéllar, celebró don Pedro su boda con doña Juana de Castro en 1374. La tal doña Juana da para una entrada que, tan pronto como el viajero, ya en su morada, deje de tocar a Chopin, os escribirá. Ha dicho el veredero que da para una entrada y se ha quedado corto pues Juana era medio hermana de doña Inés de Castro, la Inês colo de garça de nuestros hermanos pοrtugueses, la que tuvo amores con Pedro de Portugal y a la que canta don Luis de Camões en Os Lusiadas, la magna obra del poeta de Coimbra. Parece que la desgracia recorría esta familia pues Juana  acabó sus días en el castillo de Dueñas, eso sí, proclamándose siempre reina de Castilla y Léon. La boda – se le había olvidado al veredero que se enrolla con sus amigos portugueses recordando aquel viaje que hizo hace ya unos años - se había oficiado en la iglesia de San Martín de Cuéllar. Ya os contará el senderista (así se le puede llamar ahora sin temor a ruborizarse aunque para serlo entiende el caminante que debe llevar unas botas de un precio superior a los doscientos euros, cosa que no es el caso), cuando deje el piano,  cómo y con cuántos “trabajos” llegaron Juana y Pedro a la boda.

El viajero va a pasar por alto- porque ya lo ha dicho muchas veces- que su tía Julita vivió en la calle Carchena esquina a la calle de santa Cruz y sigue hasta que le llama la atención una tienda que no había visto hacía unos meses cuando anduvo por la Villa y que tiene lleno el escaparate de Miguelitos de La Roda, pueblo de Albacete. ¿Qué hacen los Miguelitos en la Villa? – se pregunta el viajero. Para saber algo más penetra en la tienda en donde comprueba que el señor o es búlgaro o de algún otro país, pero que de ninguna manera es albaceteño. También comprueba que tiene todas las variedades de Miguelitos, pero ni los compra ni pregunta por la razón de esa afición desmedida del dueño por los dulces manchegos. ¿Será que llegó a España por el sur, se llegó a La Roda, los probó, le gustaron y decidió convertirse en embajador de los pastelillos en castellanas tierras?  El viajero, aunque había entrado a la tienda lleno de curiosidad,  no lo quiere saber porque, como Azorín con sus tres pastillas, prefiere que su imaginación fabule una posible razón para esa proliferación exagerada de pastelería albaceteña a saber la verdad que, en ocasiones, defrauda. ¿Por qué no fabular que el extranjero tiene una novia en aquel pueblo manchego? ¿Por qué no imaginar que como Tristán andaba buscando una Iseo y la encontró en la Roda como contaba don Álvaro Cunqueiro de aquel soldado gallego que encontró a su Isolda en la estación de Venta de Baños? ¿Acaso hay alguna ley o decreto que prohíba el amor  con una rodeña? Pensando en esto, el viajero coge fuerzas para subir la Morería, pasa por la fuente y las Paneras del rey y cruza el arco. A su espalda queda la Villa, la hermosa Villa que a un palacio renacentista llama castillo al igual que nuestros vecinos franceses - que tienen una expresión para formular proyectos ilusorios y que, si no mal recuerdo, dice así: bâtir des châteaux en Espagne. Sí, porque un castillo para un francés es un palacio para nosotros, salvo en Cuéllar en donde al palacio también los llaman castillo. Cosas de los cuellaranos que son hijos de tan hermosa Villa.

El viajero, prometiendo volver a Cuéllar por las fiestas próximas del Henar, se despide de La Villa y de su Tierra divida en sexmos, sexmos que se reparten entre Segovia y Valladolid pues el muy hermoso pueblo de Montemayor de Pililla pertenece a la Villa y se honran sus habitantes cuando los visitan los señores de Cuéllar. De Montemayor de Pililla hablará el viajero otro día cuando, tras una mañana buscando níscalos, se llegue a donde La Martina para deleitarse con las setas que preparan. Pero dejemos que cada día tenga su historia y no adelantemos los acontecimientos.

viernes, 2 de octubre de 2026

LAS MUJERES EN HOMERO

 


Espero y deseo que todos los que me lean hayan leído la Ilíada y la Odisea, al menos, una vez en su vida. Si no es así, veo difícil que se aclaren con lo que les voy a contar.

         De todas formas, llevo muchos años intentando explicar a mis alumnos estas historias “griegas” y creo que se me va a entender.

         En la Ilíada, las mujeres tienen papeles secundarios. Así Andrómaca, Hécuba y hasta la mismísima Helena no son protagonistas y sus personajes apenas están dibujados. Sin embargo, en la Odisea, las mujeres cobran un gran protagonismo y en ella encontramos mujeres que son casi tan protagonistas como Odiseo. Os recuerdo algunas: Penélope (coprotagonista), Circe, Calipso, Euriclea y algunas otras que se me quedan en el tintero sin olvidarnos de las cantarinas Sirenas.

         Esta presencia de mujeres le llevó a Samuel Butler, traductor de Homero al inglés y muy admirado por Jorge Luis Borges, a decir que  la Odisea la había escrito una mujer.  Butler era un victoriano que tampoco tiene una obra muy amplia y , que yo sepa, ninguna entidad de corte feminista le pagó o le sugirió esta idea. Vamos, que se le ocurrió a él solito.  En fin, el tema es tan curioso que os lo cuento en otra entrada.

viernes, 25 de septiembre de 2026

E LUCEVAN LE STELLE

 


Aunque soy casi un analfabeto musical, voy a intentar analizar esta partitura del muy conocido “Adiós a la vida” ( E lucevan le stelle) de la ópera Tosca de Puccini. Lo hago para aquellos malos aficionados que desprecian al maestro de Lucca, ciudad de la que también era Luigi Boccherini, el madrileño de Lucca, y Alfredo Catalani, el de la ópera La Wally, y dicen que era un músico barato. Hay una anécdota al respecto que contaron en Radio Clásica (Who else?) que relata cómo un compositor de tres al cuarto despreció la música del italiano en presencia de Ravel, uno de los más grandes orquestadores de la historia de la música, y el maestro de Ciboure le llevó a su casa y le tocó al piano la Tosca al completo para enseñarle a ese personajillo que de músico barato nada. Me gusta la anécdota y por eso os la cuento, pero podría decir que Puccini “adelantó” la música de cine al basar su música en las necesidades dramáticas. Si os parece, vamos con esta partitura.

Lo primero es lo primero así que miramos la armadura de tonalidad y vemos dos sostenidos que se corresponden a un Re mayor o, como en el la partitura que nos ocupa, su correspondiente relativo menor: Si menor. Esta tonalidad es una tonalidad tristona y lo es porque Cavaradosi se está despidiendo del mundo justo cuando más le gustaba vivir al lado de su Tosca. Como ya hemos visto,  Puccini adaptaba su música al contenido de la obra y no pegaría un pasodoble en momento tan trascendente. En el primer compás, vemos que el piano toca una melodía que, en la orquesta, toca el clarinete bajo. Esa melodía se extiende varias líneas incluso después de la entrada del tenor (compás 5) en donde, si os fijáis bien, no canta, hace una especie de recitativo o un parlato con un fa# que se repite siete veces y que, en el compás 7, se ve sustituido por otra nota repetida (en este caso, un si) que sigue en el compas 8 y que en el 9 pasa a un do#. Puccini, habilísimamente, ya nos ha seducido con la melodía que todos conocemos al presentárnosla con el clarinete bajo. Un golpe maestro.

        


Sigue el si en los compases 10 y 11 y, en el 12, sigue el tenor con esa  especie de parlato anteriormente aludido, pero, en esta ocasión, con un sol. Remata el tenor, en el 14 y en el 15, con ese mismo parlato que en esta ocasión es un fa#.

         Pero fijaos porque ahora el tenor comienza a cantar la misma melodía que había interpretado el clarinete bajo al comienzo de la partitura: Fa#-Do#-Re- Mi – Fa# - Mi- Re – Do #- Fa#-Si-Si. La orquesta lo acompaña y así llegamos al final con ese La que podemos leer en la penúltima línea del tenor.

        



Sin embargo, hay algo más. Por dos veces, la música quiere huir del si menor de la armadura tonal, pero no lo consigue porque el pobre Cavaradosi, protagonista junto con Tosca y el malvado Scarpia de la genial obra de Puccini, morirá fusilado aunque Tosca creía que lo podía impedir por medio de una treta que no voy a revelar para que podáis escuchar la ópera con aprovechamiento.

         Perdonad por este análisis musical que he hecho, como hago todo, con mis zapatillas de cuadros y que sale de un músico aficionado que siempre quiso vivir con la música, pero no de la música.

        

Que os aproveche. Os voy a poner, además de la partitura, la magistral interpretación de mi muy admirado José Carreras https://www.youtube.com/watch?v=F_eDI5vPi0Y o,  en su defecto, la de Plácido Domingo https://www.youtube.com/watch?v=5-AF1T4OehM&list=RD5-AF1T4OehM&start_radio=1.

jueves, 24 de septiembre de 2026

JACQUELINE DE ROMILLY

 


Soy consciente de que os he hablado mucho de Jacqueline de Romilly, pero también lo soy de que nunca le he dedicado una entrada completa a tan alta dama de la filología. No ha habido un solo libro de doña Jacqueline que me haya defraudado ni como filóloga, ni como escritora. Os cuento su vida muy por encima.

         Su nombre real era Jacqueline David ( no hace falta que os diga que el padre era judío) y nació en Chartres, un 26 de marzo de 1913. Poco conoció a su padre pues murió cuando ella tenía tan sólo un año, pero quedó al cuidado de su madre, la escritora Jeanne Malvoisin que la llevó a su devoción por Tucídides del que más tarde sería editora en Belles Letres y traductora. Jacqueline David se casó en 1943 con Michel Worms de Romilly de quien tomaría el apellido como era costumbre en las mujeres casadas. El matrimonio empezó mal pues ella era de padre judío y él, aunque católico, era judío de familia. Tanto judío no casaban bien con las leyes de Vichy y Jacqueline fue expulsada de la enseñanza y el matrimonio se tuvo que refugiar en Aix-en-Provence.

         Pasa la guerra y Jacqueline lee su tesis sobre Tucídides en la Sorbona y, a partir de ahí, una vida en la que se dedicó al estudio de los clásicos hasta su muerte en el 2010 cuando contaba con 97 años de edad.

         Los que la hemos leído mucho la recordamos no sólo como una gran filóloga (que, sin duda, lo fue), sino también como una buena escritora. Recuerdo que en el año 2006 publicó un libro maravilloso: Les Roses de la solitude. En este libro, Romilly nos cuenta cómo era la vida de una señora de noventa y tres años y, en un rasgo de humor inolvidable, nos pregunta a los lectores que si merecía la pena o no cambiar las cortinas de su apartamento. Sus libros sobre Alcibíades, sobre Héctor, sobre Homero o sobre la tragedia griega son libros de un hermoso francés, culto y preciso. Romilly era una gran lectora de los clásicos franceses y todos sus libros están trufados de citas de Racine o Corneille sin olvidar a los grandes del siglo XX como Giraudoux o Cocteau.

         Merece la pena su lectura porque, con cada libro, somos más libres, más humanos, más griegos. Como con Stefan Zweig, guardo su foto como si fuera alguien de mi familia. Ahora, mientras escribo estas líneas, la veo sonreír en blanco y negro desde la pared derecha de mi leonera.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

EL HABLA TORESANA

 


Al escribiros la anterior entrada, he dicho “fato”, una palabra que decía mucho mi abuela María que era toresana al igual que tenía el ¡to! como exclamación, hablaba de los cermeños y a alguna vecina un tanto presuntuosa la calificaba de fata. También nos decía a los nietos que teníamos berretes, que nos veía mustios y, para alegrarnos, nos atusaba aunque no en exceso para que no nos impláramos. Mi abuela María no se achantaba ni era dada a los aspavientos, pero sí que se le escurría algún plato. Lo que más que le preocupaba era que nos añugáramos y, si lo merecíamos, nos pegaba un sopapo, eso sí, siempre con cariño. Se pasaba el día la mujer entre pucheros y regando los tiestos y no quería que, por nada del mundo, fuéramos fuseros. Tampoco quería que fuéramos morugos y mucho menos, morugos con cascarrias y aún menos que acabáramos convertidos en zocotrones. Después de comer, se echaba una cabezadica en el escaño y jamás fue en piernas. Como las mujeres no fumaban, nunca pidió lumbre. Tanía el poder de detectar a los bausanes tan pronto como los veía y en el corral tenía herradas para  sacar agua del pozo.

         En fin, he intentado recoger algunas palabras que los toresanos tienen como propias. Espero que os hayan agradado y, si no ha sido así, es que sois unos cermeños, unos bausanes y unos zocotrones.

EL BIRUJI, EL RELENTE Y EL FRESCO

 


Cuando yo era pequeño y todavía no había llegado el cambio climático, al llegar la noche, venía de las huertas de Laguna de Duero lo que se llamaba “relente”, palabra que apenas escucho ya teniendo en cuento la zafiedad de vocabulario y de todo lo demás que “disfrutamos” en esta sociedad posmoderna. Relente viene del latín “regelare”, helar, y nos llegó por el francés, es decir, que es un galicismo. Mi tía Carmen Pousa Gulín, natural de Ribadavia y prima de la gran soprano Ángeles Gulín por parte de madre, siempre les ponía una chaquetita a mis primos porque decía ella que el relente de Castilla era muy malo. Es probable que el río Avia o el Arenteiro no tuvieran relente, pero ese es un dato que tendré que investigar.

Por aquellos años en que no había “noches tropicales”, la gente salía a las puertas de sus casas con la “fresca” que no era, como algún indocumentado pueda pensar, una señora un tanto desvergonzada, sino un vientecillo agradable que soplaba ya en la tarde noche. El diccionario de la RAE, en otro contexto, también recoge el de fresco como desvergonzado y el fresco era también el pescado que vendía el fresquero. No me resisto a contar la anécdota de Julio Camba que, al llegar a la fonda de un pueblo de Valladolid que recuerdo pero no quiero nombrar por recato, pidieron “fresco” para cenar y, mientras lo preparaban, se salieron a la calle para tomar el otro “fresco”. Sin embargo, cuando la posadera les avisó de que ya tenían el fresco listo, al haber olido el fato que salía de la cocina al freír el pescado, le dijeron: “Es igual, señora, ya lo estamos tomando aquí fuera”. Hermosa manera de jugar con los sinónimos por parte del escritor gallego.

         Me he ido del tema. Al relente también se le conocía como biruji, palabra ésta que hace años que no escucho. No era raro escuchar en boca de alguien: “Me he puesto la chaqueta porque venía un biruji que, sin querer, te iba dejando helado”. Me gusta esta palabra y animo a que se use sin que a nadie le dé “cringe” que es como ahora llaman algunos jovencitos con fracaso escolar a la vergüenza ajena que, en español, siempre se ha llamado alipori, otra palabra que hace mucho que no escucho.

         También, para referirse a la humedad de la noche, se hablaba del sereno que también era un vigilante nocturno que, por regla general, era asturiano.

         Pero ya no quedan serenos, no viene el biruji, ni nos reunimos con la fresca ni nos tenemos que poner la chaqueta porque llega el relente de las huertas de Laguna. El cambio climático nos ha cambiado la vida. ¡Qué le vamos a hacer!

LAS ALMADRABAS DE CONIL Y ZAHARA

 


Cuando llega el verano abrasador al centro de esta vieja piel de toro, se ven numerosos coches que alegres enfilan el camino del sur para llegarse hasta la costa atlántica de Cádiz por el aquel de refrescarse en las playas de Barbate, Conil o Zahara. Sin embargo, muchos serán de esos viajeros los que desconozcan que, hace quinientos años, también los caminos reales se llenaban de gente que acudían a trabajar a las almadrabas de los pueblos citados cuya concesión tenía el señor duque de Medina Sidonia. Si el grueso de los viajeros actuales lo componen familias, por el contrario, los que acudían a las almadrabas del duque eran la hez de España: pícaros, rapabolsas, bribones, granujas, golfos, tunantes, pillos y un largo etcétera de personajes de los que nos habla Miguel de Cervantes en su novela ejemplar La ilustre fregona, nos habla de un pícaro toledano, una tal Carriazo, que decidió tomar el camino de Cádiz para apuntarse a las Almadrabas.

         Cuando esta gente llegaba a la corta gaditana, se establecián en poblados anejos a las instalaciones pesqueras en los que no había más ley que la de Monipodio y sus secuaces. No faltaban prostíbulos para “consolar” a la flord e la canalla y eran aquellos campamentos un compendio de pecados veniales, capitales y mortales pues , armados como iban, no eran raras las pendencias y, siendo todos de parecido oficio, tampoco eran ajenos los robos. Si esta era la vida, os podéis imaginar que el lenguaje que allí se hablaba no era un ejemplo de “delicatessen” y que la germanía y la blasfemia eran lo más habitual. Por un quítame esas pajas, allí salían a relucir Dios y su santa corte celestial.

         No quiero ponerme pesado con esto, pero, hasta tal punto de envilecimiento llegó la vida en aquellos poblados que los jesuitas de Sevilla mandaban misioneros a las almadrabas para intentar “purificar” un poco el ambiente pútrido que en ellas se respiraba. El mismísimo San Francisco de Borja estuvo de misión en ellas y, según encontramos en la Historia de la Provincia de Andalucía de la Compañía de Jesús que mucho cita el padre Pablo Antón Solé S. I.  del que hemos sacado la información que os cuento, las personas que trabajan en las almadrabas eran de dos tipos:

a)    Los de Poniente: Armadores y dueños de las barcas con su legión de ayudantes.

b)    Los levantiscos: Eran murcianos, valencianos y aragoneses cuya misión era remendar las redes

¡Que trabajo el de aquella gente y  el de aquellos jesuitas sermoneando, confesando, haciendo exposiciones del Santísimo entre aquella “turba de nocturnas aves, gimiendo tristes y volando graves” (don Luis de Góngora dixit)

         Algo consiguieron los padres de la Compañía pues lograron que aquellas gentes recibieran los Sacramentos. Arrepentidos los quiere Dios.

         Pero no penséis que el resto de España era un monasterio en el que la gente orabat et laborabat. Para nada. El padre Santibáñez, en el tomo dedicado a la Historia de la Provincia de Andalucía, nos cuenta una historia que quiero que conozcáis:

         Llevado parece o arrastrado de fuerte inclinación a esta manera de vida tan poco apetecible, frecuentaba entre otros esta estación, no más a ver que a trabajar, como cualquiera de los de la xavega, un hijo de un señor y título de estos reinos.

         Ya veis, el hijo de un noble que se llegaba hasta las jábegas para trabajar en ellas. Os sigo copiando:

         Seguido de los suios por el rastro, le avían buscado por dos veces y vuelto a casa de sus padres. Mas no aprovechando para detenerlo guardas y más guardas sobre estas diligencias; no persuasiones, no castigos, se volvió por la primavera a este puesto y al infame ejercicio de tirar de las redes y sacar a ombros los atunes.

         O sea que el muchacho noble era reincidente. Veamos lo que pasó cuando se quiso confesar:

         Llegando este hijo pródigo a confesar con uno de los padres, no le quiso oír de penitencia, si primero no aseguraba que dejaría ocupación tan ajena de su persona i nobleza, reduciéndose a estar a obediencia y disposición de sus padres.

         Pero ahí aparece el santo padre jesuita Pedro de León que le escucha y el muchacho le dice:

         Padre, qué le va a su compañero en que yo no sea pícaro, que no quiere confesarme? Yo no quiero ser caballero, sino xaveguero. (…) si vuestra reverencia quiere confesarme, en buenora. Y si no, io no devo más que buscar confesor que me absuelva de mis pecados.

         Tras convencer el padre de León al padre del muchacho, le confesó al final el padre jesuita que refiere los siguiente (¡ojo a los que voy a escribir!)

         Dice el padre de León refiriendo este caso que halló una buenísima conciencia debajo de aquella mala ropa. Y que antes por evitar ocasiones i ofensas a Dios, que sobran en los palacios de los príncipes, se retirava este mozo a vida tan encontrada con las obligaciones de su nacimiento.

         ¡Toma ya, Carrasco! El chaval se iba a las almadrabas porque había menos pecado en ellas que en los palacios de los príncipes. El padre de León, al ver que con esta confesión dejaba en evidencia la moral de la nobleza hispana, añade:

         Como no es de espantar que entre tanta rotura de vicios y perdición de costumbres sepa la Divina Providencia asegurar o mejorar las de un joven de tan ilustre prosapia, así no es de aconsejar que a los que quieren aventureros salvarse que se recojan en el iermo de las almadrabas, donde ninguno de estos anacoretas se halla canonizado, siendo el trezno (¿) de estas gentes tan sin Dios, como sin ley y sin rey.

         Vamos que un grano no hace granero ni una golondrina verano por lo que el padre de León se esfuerza en no recomendar el camino de este muchacho pues, si cierto es que el Espíritu sopla donde quiere, mucho arriesgar era el marcharse a una jábega por mor de purificar los pecados.

         En fin, ya lo veis. Los pecados de la nobleza hicieron que este chavalillo se marchara a las almadrabas de Barbate, Conil y Zahara. por lo que se ve, toda España era en el siglo XVII, una jábega de vicio, corrupción y pecado. Vamos, como ahora.

jueves, 17 de septiembre de 2026

LAS ORQUÍDEAS Y LOS TESTÍCULOS

 


Me dice mi buen amigo y culto profesor Eduardo Rodríguez – Monsalve y Pastor que, si bien siempre había visto la relación entre orgía y la forma ὄρχις que en griego significa “testículo”, no encontraba esta relación con la flor llamada orquídea. Voy a darle una explicación que me pagará con un vino en la ciudad del Pisuerga.

Tanto orgía (por razones obvias) como orquídea vienen de la misma palabra griega que se usa para designar a los testículos.  Sin embargo, en el caso de la muy bonita flor, además de ὄρχις tenemos la palabra griega ἰδέα que significa “forma”. Es decir, que a la  orquídea se la llama orquídea porque, literalmente, tiene “forma de testículos”. Me he puesto a mirar orquídeas y, o bien un servidor está miope, o bien hay mucho pervertido entre los botánicos, porque no me parece que ninguna de estas flores tenga la forma de unos testículos. Sin embargo, al revisar a Teofrasto, filósofo griego que escribió el De causis plantarum (en latίn en los manuscritos medievales de botánica, pero en el griego original titulada Περὶ φυτικῶν αἱτιῶν), veo que la razón está en los tubérculos de la planta tal y como podemos ver en el grabado de botánica de Carl Axel Magnus Lindman con el que me atrevo a ilustrar esta entrada. En ese grabado, se puede ver el parecido entre estos tubérculos y los testículos.

         Espero que mi buen amigo se quede satisfecho con esta explicación aunque le recomendaría ese lema que aparece en algunas camisetas de jóvenes filólogos:

ΜΗ ΜΟΥ ΤΟΥΣ ΟΡΧΕΙΣ ΤΑΡΑΤΤΕ

Es decir ( dicho sea con perdón):

NO ME TOQUES LOS COJONES.

         La verdad, como dice mi otro, buen amigo (ya no tengo más) Paco Hernández, esta expresión es lo que constituye el segundo principio de Arquímedes. Y tiene razón porque no es de buena crianza andar por el mundo tocándole las gónadas a la gente.

lunes, 14 de septiembre de 2026

EL PUTEAL DE LA MONCLOA

 


Que nadie se me alarme ni vea segundas intenciones en esta entrada. Llamamos el Puteal de la Moncloa a un brocal que perteneció a Cristina de Suecia y que, por causa de numerosos avatares, acabó apareciendo semienterrado en los jardines de La Moncloa. Su descubridor fue Juan de Dios de la Rada que era conservador del Museo Arqueológico en donde reposa desde el feliz hallazgo de Juan de Dios.

         Este Puteal (por cierto, no os he explicado que la palabra en cuestión viene de puteus que significa pozo en latín) tiene una gran importancia por la relación que guardan sus figuras con las del Partenón. Es más, en un momento dado, se recurrió al Puteal para reconstruir el grupo oriental del frontón oriental. Al igual que el original de Atenas, se cuentan dos mitos: el nacimiento de Atenea en el Olimpo y el de las Moiras o Parcas que se encargan de tejer el destino de los seres humanos.

         Sin embargo, que nadie piense que la obra escultórica que recoge este Puteal salió de las manos de Fidias porque su realización se data hacia el siglo I d. C, es decir, cinco siglos después de los frontones originales del escultor de la Acrópolis. Como curiosidad, deciros que es más que probable que el Puteal fuera usado como florero antes de ser hallado por el bueno de Juan de Dios.

         Escribiendo esta entrada me he preguntado si algún presidente de los que han pasado por La Moncloa ha conocido esta historia. ¿La conocerá Pedro Sánchez o su santa, doña Begoña Gómez que tanto ha tenido que ver, por línea paterna,  en asuntos de “puteales”? El calor me hace contar chistes malos y voy a estropear tan hermosa entrada. Por cierto, en la Villa Romana de Almenara-Puras, en el parque para los niños, hay una reproducción que, siempre que voy, aprovecho para explicarla a mis queridos alumnos.

         Que disfrutéis del Puteal de la Moncloa.

viernes, 11 de septiembre de 2026

LA VIAJERA EGERIA

 


LA VIAJERA EGERIA

Estoy viendo estas montañas nevadas desde mi ventana. Los árboles sin hojas reciben a los pájaros en cuyas ramas se posan. Un viento frío barre el valle y anuncia la nieve, la que tanto me gustaba de joven y que ahora me parece una triste mortaja. Por la tarde, antes de que el sol se oculte tras los montes y el aire se convierta en un helado cristal, me gusta reunirme con mis dominae sorores y recordar con ellas, al amor de una lumbre que arde y que es una lengua del Espíritu Santo alentando nuestros corazones, aquel viaje que hice hasta Tierra Santa. ¡Qué lejana estaba Gallaecia de aquellos parajes apenas sin vegetación! ¡Qué diferentes estos valles ubérrimos en donde está nuestra querida Vallisbona a aquellas pobres tierras en las que tan sólo una pobre higuera se dibuja solitaria en el horizonte!¡Qué feliz hubiera sido in nostro horto sin tener que mendigar nunca la lluvia acompañada por las viejas higueras, frondosas y anchas, que nos regalan  los frutos que guardan en sus entrañas su gotita dulce y cariñosa que alivia los rigores del estío! Mas no puedo ni debo demorarme con las higueras y quiero seguir contándoos, por medio de esta carta, mi viaje a Tierra Santa. Pues me conocéis de muchos años, bien sabéis que siempre he sido muy curiosa y que siempre quise ver con mis propios ojos aquellos Santos Lugares que la Biblia describe. También sabéis que siempre quise  hacer oración en ellos pues me parecía que era la mejor manera que podíamos tener de vivir las Sagradas Escrituras. Hasta me pensaba que, al caer de la tarre, podría ver a Cristo con sus discípulos camino de una aldea, de un pozo o de un huerto con humildes sicómoros. Soñaba – bien lo conocéis- con retirarme, sí, como el propio Cristo, a un lugar desértico y hablar con el Padre mientras la noche cubre aquellos montes resecos. Por eso un día partí de esta tierra y puse rumbo al lejano puerto de Tarraco. ¡Qué largas jornadas entre el frío de los montes y las nieblas del Ebro y qué alegría al ver el Mediterráneo, nuestro mar, abrirse ante mí como un espejo! Ya en el barco que me llevaba a Alejandría, recordé el viaje de Melania, una viuda también hispana como yo, que viajó hasta Jerusalén para fundar un monasterio. También lo había hecho la italiana Paula. Las mujeres, pese a lo que dicen los Santos Padres, estamos tan capacitadas como los hombres para estos larguísimos viajes y no tenemos ninguna razón para tener que permanecer siempre en casa dedicadas a hilar lana o a tejer mientras la tarde es pura brasa en los montes y bajan los rebaños a sus tenadas.

         Cuando llegué a Alejandría, el sol del ocaso se derramaba por la desembocadura del Nilo y un olor dulce y embriagador venía de la ciudad. No quise demorarme en ella pues, aunque lugar de sabiduría, lo era también de pecado y seguí mi viaje a los lugares que tenía en el corazón.

         En mi librito, que voy escribiendo y que remataré en nuestra tierra galaica, aparece el monte Sinaí a donde fui, como siempre, guiada por las escrituras. ¡Qué alegría estar en donde Moisés, tras descalzarse de sus sandalias al entrar en territorio sagrado, recibió del mismo Yahvé las tablas de la ley! ¡Qué alegría visitar en Belén el lugar donde nació Nuestro Señor Jesucristo y llegarme hasta el Calvario en donde fue crucificado! ¡Qué alegría llegarme hasta el Monte Carmelo lleno de pequeñas ermitas en donde ermitaños de luengas barbas dan culto a la Virgen! No me faltaba la mano amiga de algún monje que, en un remoto monasterio, aliviaba mi sed con una manzana que yo me comía a la sombra de los sicómoros que habían plantado antiguos patriarcas para obtener de ellos los remedios a tantas enfermedades.

         Pero no quisiera engañaros y deciros que todo fue fácil. Ni lo fue por los caminos, ni por los bandidos, ni por las montañas. Os confieso que nunca pasé miedo aunque no son caminos fáciles para una mujer sola con sus criados. No, nunca llegué a pasar miedo y eso que, a lo lejos, divisábamos a las tribus del desierto y a que algunos árabes se llegaban hasta nosotros con sus cimitarras en la mano. Como bien sabéis, yo llevaba en mis alforjas un cursus publicus, una especie de salvo conducto que me proporcionaba alojamiento, víveres, carros o escolta militar. ¡Qué generoso  fue el emperador conmigo!

         Lo más difícil de todo mi viaje fue mi cumplir mi deseo de alcanzar la cima del monte Sinaí porque su subida fue terrible y porque no se podía alcanzar en la silla de manos en la que yo viajaba y tuve que bajarme de ella y continuar a pie haciendo zigzags como si estuviéramos haciendo bordaduras en la montaña. Aquellos bordados que hacíamos en la Gallaecia a la sombra de la higuera, sombra en ocasiones siniestra por fría y peligrosa y de la que muchos sabios dicen que no es bueno permanecer mucho tiempo. Nosotras la experimentamos in horto nostro muchas tardes cuando el relente nos hacía levantarnos por una estola. Era entonces cuando las hojas de la higuera se agitaban y algunas de vosotras, dominae meae, repetíais las palabras leídas o escuchadas de ancianos patriarcas: Numquam bona est umbra ficorum. Por eso, nos cambíabamos a la sombra de los carballos bajo la cual hemos pasado ( ¡bien lo recordaréis!) muchas tardes. A lo lejos, veíase el Paraño y unas nubes que acababan de dejar el mar y que se iban metiendo en el valle. Entonces, las ramas del carballo de nuestro vecino Iulianus, que lo había plantado cuando se llegó a Vallisbona desde las tierras que en los años antiguos habitaban los vacceos por encima del camino que lleva hasta el viejo castro celta que corona los montes de nuestros humilde pagos,  temblaban como pequeñas corderas en busca del calor de su madre. ¡Qué hermosos recuerdos me llevé en mi viaje! Pero debo seguir con esta historia mía y contaros el final de mi subida al Sinaí.  Para hacer más breve mi relato, os diré tan sólo que,  al llegar arriba, la hermosura de las vistas alivió mi cansancio y en la cima me quedé varias horas haciendo oración.

                   También recuerdo, dominae sorores, que el obispo de Batana me dijo: “Porque veo, hija mía, que por causa de la religión te has propuesto y conseguido llegar a estas tierras remotas, te mostraremos estos lugares que siempre son agradables de ver a los cristianos”. ¡Qué diferentes sus palabras a las de Gregorio de Nisa que desconfía de las mujeres y que piensa que nos entregamos, sin decoro y sin miramientos, al primer hombre con el que topamos! ¿Cómo se puede pensar así de las mujeres? ¿Hubiera pensado eso mismo Gregorio de su propia madre? ¿Acaso no viajó hasta Jerusalén Flavia Julia Elena, madre de Constantino I, y allí encontró veram crucem Iesu Christi, los restos de los Reyes Magos y los de San Matías? ¿Acaso no tuvo los redaños y el rejo suficiente para mandar derribar e incluso quitar ella misma las piedras de un templo que los paganos habían dedicado a Venus en el Monte Calvario? Por mucho humo que haya, Gregorio, los ojos no tienen por qué llorar si están limpios de pecado. Quizás tus ojos, cuando escribiste esas terribles palabras no estaban limpios. Rezaré por ti y por tus malhadadas palabras.

         Más os contaría, pero el rezo de Completas me hace retirarme a mis aposentos. Ahora repetiré esas hermosas palabras del viejo Simeón:

Nunc dimittis servum tuum, Domine, secundum verbum tuum in pace:

Quia viderunt oculi mei salutare tuum

Quod parasti ante faciem omnium populorum:

Lumen ad revelationem gentium, et gloriam plebis tuae Israel.

         No se lo digáis a nadie, pero hay días en que me tomo una pequeña licencia poética y cambio un poco el texto:

Quia viderunt oculi mei salutare tuum  terram sanctam tuam

         Espero que el Señor, de quien tan cerca de sus lugares natales estuve, no me lo tenga en cuenta y vosotros tampoco los que me leéis.

         Tan sólo soy una mujer muy curiosa que lleva en su corazón la palabra viva de la que brota el agua que salta hasta la vida eterna.

 

DÉCIMO JUNIO BRUTO, EL ROMANO QUE CRUZÓ EL LETEO

 


Había unos montes coronados por la niebla que la noche había ido recogiendo de arroyo en arroyo, de río en río, de playa en playa. Aún dormía el viento en sus cuevas, cuando las tropas romanas al mando de Décimo Junio Bruto llegaron a la orilla de un río más pequeño que aquel que habían atravesado más hacia el sur tan sólo unos días antes. Había entre los soldados un temor reverencial en aquellas tierras que estaban recorriendo pues estaban llegando a la parte más occidental de la Península Ibérica, Hispania ya para ellos, que era el final del mundo conocido. No era raro que de pronto, en mitad de la noche, se escucharan gritos en las tiendas de los soldados ni que de ellas salieran los recios legionarios con las caras desencajadas porque habían notado una mano helada que les tocaba en la oscuridad, un viento frío que recorría su cara o una sombra de hielo que vagaba por las paredes del tentorium y pensaban que estos prodigios no eran sino avisos del más allá al que se estaban aproximando a medida que subían hacia el norte y se acercaban a aquel lugar espantoso del que algún viajero que había llegado hasta él, , contaba, al volver a Tarraco,  que había llegado hasta un promontorio desde donde se veía hundirse el sol en el océano con inefables gemidos y con un denso vapor que brotaba al entrar su fuego en las aguas frías y agitadas del mar tenebroso. Por tanto, según los soldados, estaban llegando a un lugar en donde las cosas podrían no ser lo que parecen.

         El terror creció cuando, al cabo de tres jornadas, llegaron a un río del que desconocían su nombre y un centurión, que llevaba ya algún tiempo por aquellos lares, preguntó a un muchacho que miraba lleno de temor tantas lorigas, tantos cascos, tantas lanzas, tantas espadas y tantos hombres que, con las águilas al frente, marchaban por el viejo camino que recorría la comarca. El centurión, que conocía un poco la lengua de los indígenas, se acercó al muchacho, le preguntó el nombre del río y cuando éste se lo dijo, se los trasmitió al soldado que estaba más cerca y éste a su prójimo y así se fue formando una especie de sordo murmullo que se propagó, como una exhalación, de una punta a la otra de la formación militar. Por el miedo, por el ruido de la tropa en marcha o por los relinchos de los caballos, habían oído los primeros, de boca de los soldados más cercanos al centurión, algo así como Litia, palabra que, al ir pasando de boca en boca, acabó convertida en Lethes para espanto de la tropa que, formando pequeños corros se abrazaban llenos de miedo, mientras se decían los unos a los otros:

-         ¿Habéis oído? Estamos ante el Leteo, ese río del que lo poetas dicen que el que lo pasa, cuando llega a la otra orilla, ya no recuerda nada de su pasado. Sí, compañeros, estamos a las mismísimas puertas del infierno.

Y, en silencio, temblorosos, mirando las mágicas aguas del río, los soldados estaban petrificados junto a sus orillas.

Iba Décimo Junio Bruto al paso en blanco caballo y los soldados, al verlo llegar, se iban apartando. Cuando llegó a la orilla del río, todos estaban a sus espaldas inmóviles, esperando por lo que su  jefe iba a hacer. El general romano, quizás maliciándose de que sus soldados tenían miedo a cruzar por alguna razón de magia, se giró muy lentamente y, luego, clavando en ellos sus ojos, les dijo:

-         soldados, ¡Compañeros, , romanos todos! No comprendo vuestro miedo y por qué no queréis cruzar este río cuando hace tan sólo dos días hemos atravesado el que los nativos llaman Durius que es mucho más ancho y más profundo que éste y cuyo nombre sirve, entre las tribus celtas que habitan en sus orillas, para nombrar también a un dios que es su personificación y al que representan con una red de pescar entre las manos. Sé que algunos, confundiendo la palabra que ha pronunciado ese muchacho indígena, decía que, situados como estamos en el confín del mundo, cerca de donde el mar engulle al sol todas las tardes, alejados de Tarraco y de Corduba en donde algo de civilización nos hace sentirnos casi en Roma, habéis entendido que su nombre era  Leteo, el mismo que lleva ese río infernal del que dicen las leyendas de viejas y poetas que quita la memoria a todo aquel que lo cruza. Quizás lo habéis oído nombrar así y vuestro miedo pero os digo que ha sido vuestro miedo el que os ha hecho oír una palabra distinta; es más, os diría que habéis escuchado la el nombre que queríais escuchar. Pero, camaradas, este río no es el Leteo, es tan sólo un pequeño río en una tierra salvaje a la que nosotros, romanos, los dioses nos han encargado civilizar. Nunca Roma, desde que fue Remo trazó el pomoerium, ha dejado de extenderse, de crecer, de cruzar fronteras, en definitiva, de hacer de nuestra urbe un orbe. ¿Creéis que nuestros abuelos hubieran pasado de las siete colinas si hubieran tenido miedo a leyendas y cuentos? No, ellos siempre fueron más allá de aquellos lugares que los lugareños les decían que eran los límites del mundo. ¡Camaradas, para un romano no hay límites porque nuestro corazón no los tiene! Y ahora, para que veáis que no es cierto nada de lo que os habéis figurado, esperadme.

 

Picó Décimo Junio Bruto espuelas a su caballo y, con el estandarte en su mano derecha fue penetrando en el río ante el asombro de los soldados que lo miraban desde la orilla. Un terror cerval empezó a recorrer los cuerpos de aquellos bravos guerreros que habían luchado con celtíberos y lusitanos bajo el sol de fuego de las tierras de Hispania. En silencio, vieron cómo su general llegaba hasta la otra orilla. Entonces se produjo el prodigio.

Desenvainando su espada a la que bañó con su oro el sol de la tarde, Décimo Junio Bruto, fue revisando las tropas. Luego, con voz recia y viril, fue nombrando uno por uno a los soldados que miraban asombrados y cuyos nombres se sabía de memoria. Cuando pronunció el último, un silencio denso, roto tan sólo por el correr de las aguas del río, se posó en las bocas de todos. Tuvo que ser el más joven quien, con voz alegre, les dijera a sus camaradas que ese no era el río del olvido y quien, espoleando su caballo, entrar en el río para reunirse con su general que lo esperaba sonriente al en la otra orilla.    El joven soldado le hizo el saludo reglamentario a su imperator y ambos vieron cómo, dando grandes voces, los legionarios empezaban a vadear el río. Se miraron y una sonrisa iluminó sus caras. El joven soldado de Roma volvió a su puesto en el agmen y el imperator siguió sonriendo. Cuando volviera a Roma, añadiría a sus tria nomina un cognomen más, el Galaico, y siempre recordaría aquella tarde en los confines del mundo en la que la razón se impuso a la superstición en aquellas tierras mágicas del Finis Terrae.


 

 

LA HISTORIA DE MARCO BRUTO

 


BRUTO

                            Μάρκου δὲ Βρούτου πρόγονος ἦν Ἰούνιος Βροῦτος, ὃν ἀνέστησαν ἐν Καπιτωλίῳ χαλκοῦν οἱ πάλαι Ῥωμαῖοι μέσον τῶν βασιλέων ἐσπασμένον ξίφος, ὡς βεβαιότατα καταλύσαντα Ταρκυνίους.

                             El progenitor de Marco Bruto era Junio Bruto, cuya estatua de bronce pusieron los antiguos Romanos en el Capitolio, en medio de las de los reyes, con espada desenvainada, para dar a entender que fue quien tuvo el valor de arrojar de Roma a los Tarquinios.

                                                                       Plutarco – Vidas Paralelas- Bruto

 

Ha llovido toda la noche y el frío en estas tierras del norte de Grecia va llegando con su anuncio de escarcha y de muerte. No nos dejó la lluvia desde que llegamos a Filipos y, aún antes, desde que cruzamos por Sesto y Abido, aquel famoso lugar que cruzaba Leandro lleno de ánimo para ver a su Hero, la lluvia no nos ha abandonado ni una sola jornada. Negras nubes se agolpan en el cielo como un negro presagio de derrota. Hace tres días que Casio se suicidó y tres días que decidí venirme con lo que me quedaba del ejército e intentar resistir. No creo que pueda aguantar mucho a ese ejército victorioso de Marco Antonio, aquel hombre que creímos de nuestra parte, pero que tan sólo estaba de la suya.

         Yo sé que César me estimaba y que respetaba profundamente mis opiniones pese a que mi vida no fue nunca modélica. ¿De qué hombre la vida puede servir de modelo? ¿Acaso no vamos dando bandazos de un lado al otro de nuestro camino movidos por intereses u opiniones equivocadas? Siendo yo aún un jovencito ambicioso, me alié con mi tío Catón y fui su asistente mientras estuvo en Chipre. Es cierto que me enriquecí prestando dinero a altos intereses, pero ¿no se enriqueció Verres también en Sicilia hasta el punto de que las gentes decían que “Verres estuvo en Sicilia hasta que Sicilia estuvo en Verres?” Sí, me enriquecí y me uní a los optimates frente al primer triunvirato, el de Craso, Pompeyo y Julio César. Pompeyo, el Magno, había asesinado a mi padre durante las proscripciones de Sila en el año 77, pero eso no impidió que, cuando estalló la guerra civil entre él y César, me uniera yo a sus tropas y luchara a su lado. No cumplía con la memoria de mi padre, pero cumplía con mi patria. Luché por el Magno hasta el final y, cuando la derrota llegó en Farsalia, escribí a  César para pedirle clemencia. No tenía muchas esperanzas, pero César me perdonó al instante y me hizo gobernador de la Galia cuando él se marchó a África persiguiendo a Catón y a Metelo Escipión. Al año siguiente, me designó para el cargo de pretor. ¿Cómo entonces – me preguntaréis- me uní a la conjura para asesinarlo? Porque yo amaba más a la República que a César y César se estaba convirtiendo en un tirano: se había nombrado dictador perpetuo y ya era un rumor por toda Roma que, más tarde o más temprano, se acabaría coronando rey. Rey, la palabra que un romano odia desde la cuna; rey, como aquel Tarquinio, conocido en la historia como el Soberbio; rey, como los monarcas orientales, como la ramera de Cleopatra con la que había tenido un hijo, Cesarión. Porque vi que la monarquía podía volver a Roma, me uní a mi cuñado y buen amigo Cayo Casio Longino y, junto a otros senadores, decidimos matarlo en los idus de marzo. Lo asesinamos además ante la estatua de Pompeyo en el teatro que lleva su nombre.

         Las masas de plebeyos corrían alegres por Roma porque la República estaba a salvo, nos llamaban los salvadores de la patria romana, nos jaleaban cuando pasábamos, pero llegó el más canalla de los canallas y habló a la multitud. Su verbo ampuloso les iba ganando, sus palabras de miel les iban atrayendo, sus mentiras les acabaron convenciendo y las mismas masas que nos alababan empezaron a  llamarnos traidores, cuando el único traidor había sido Antonio que nos había jurado que seríamos amnistiados si confirmábamos los acta Caesaris, es decir, la legislación y los magistrados nombrados por César. Antonio se quedó con el tesoro de César y, como había querido desde un principio, se apropió del poder. Pero faltaba ese muchachito enclenque y rudo, que gustaba de decir “venemos” y “semos” y “pescao” porque así creía que se ganaba al pueblo. Antonio marchó para la Galia, pero yo me negue a entregarle el poder. El Senado le declaró enemigo público y le encargó su muerte al jovencito enclenque que se decía heredero de César por vínculos familiares. Fue derrotado en la Módena, pero recibió ayuda de otro cesariano, Lépido, y pudo rehacerse. ¡Y tanto que se rehízo! Él y Lépido pactaron con el jovencito tímido e imberbe y formaron el segundo triunvirato. Entraron en Roma e hicieron una proscripción más terrible aún que la de Sila. Todo su esfuerzo fue quitarnos de en medio a nosotros, a los verdaderos salvadores de la patria. En aquella proscripción murieron más de dos mil caballeros y ciento setenta senadores fueron ajusticiados. Cicerón, que había apoyado al jovencito imberbe, fue perseguido, capturado, asesinado y Antonio y su Fulvia le cortaron las manos y la cabeza que fue llevada a los Rostra y expuesta para escarnio público con la lengua travesada por las horquillas de esa zorra. Así le hacía pagar Antonio a tan noble y distinguido ciudadano sus Filípicas.

         Nosotros huimos hacia oriente. Yo me dediqué a recaudar dinero en Atenas para nuestra lucha, que no era sino la lucha por Roma, por la República. El muchacho imberbe y ese canalla se dirigieron contra Casio y contra mí.  El 3 de octubre, ese canalla se enfrentó contra mi cuñado y lo derrotó. Fiel a su carácter falaz, le dijo que yo me había suicidado y el pobre Casio se suicidó. Yo reuní las tropas suyas con las mías y nos retiramos al campamento y hoy, 22 de octubre del año 42, estamos esperando a esos dos impostores que no luchan más que por su ambición.

         Sigue lloviendo en esta noche de octubre en esta lejana tierra de Macedonia. Pronto llegarán las nieves, pero antes habremos derrotado a esos dos canallas. Es posible que mañana nos enfrentemos en batalla y es posible que yo muera. Si eso fuera sí quiero que sepáis que nada tuvo que ver mi madre en la conjura contra César. Cierto es que lo amó y hasta hay deslenguados que dicen que César me apreciaba tanto porque era su hijo. No los creáis.

Ya sé que cuentan que, cuando César cayó acribillado a puñaladas, dijo: Tu quoque, Brute, fili mi o Et tu Brute; es más, otros cuentan que César lo dijo en griego: Καἱ σύ, τέκνον, tú también, hijo . Os lo repito: n o les creáis porque la verdad pura es que se cubrió el rostro con la toga y murió en silencio. Así mantuvo su dignidad.

 Tengo preparada mi espada porque, si esos dos me vencieran, no iba a dejar que mi cuerpo sirviera de befa y escarnio como el de Cicerón y me arrojaré sobre su filo desnudo. Si eso ocurriere, sabed romanos, que nunca nadie amó tanto a Roma y a su república como yo; que antes prefiero la muerte que verla mancillada por arribistas sin escrúpulos; que vivo no me cogerán. Sabed, romanos, que si fracaso, mi cuerpo quedará atravesado por mi espada gritando a los cuatro vientos que nunca, desde Rómulo, hubo un romano que más quisiera a su patria que yo; que más la quisiera libre que yo; que más la amara como República que yo . Os lo dice el hijo de Sulpicia, el sobrino de Catón el Joven, descendiente de aquel vir bonus et dicendi peritus, os lo dice el hombre que defendió la República hasta el último aliento de su vida. Os lo dice Marco Junio Bruto.

 

jueves, 10 de septiembre de 2026

JOSÉ VELARDE, POETA DE CONIL

 


El viajero se ha regresado a Conil de la Frontera y, paseando por sus calles, ve una dedicada a José Velarde. Se le viene a las mientes que Velarde fue un poeta decimonónico con el que Gabriel Celaya se mete en unos versos. Así dice el guipuzcoano:





Recuerdo a Núñez de Arce y a don José Velarde,

tan retóricos, sabios,

tan poéticos, falsos,

cuando vivía Bécquer, tan inteligente,

tan pobre de adornos,

tan directo (…)

            Tampoco es que los versos de don Gabriel sean un prodigio, pero cree el veredero que es el único poeta que menciona a Velarde que ha caído el pobre en tal olvido que podría decir lo que el título de un apartado del programa de Fernando Argenta y Araceli González Campa: “Si lo llego a saber, compone tu padre”.

         El caminante mira en su teléfono para ver la Wikipedia, algo que cuando viajó de Oporto a Soria era impensable, y en ella lee que Velarde, como su padre, fue médico, pero que le tiraba más la literatura que la medicina hasta el punto de que, tras ser médico de la Beneficencia en Sevilla, lo dejó todo y se marchó a Madrid para hacer carrera que, por aquellos años y hasta hace poco, sólo se podía hacer en Madrid dándose a conocer en las tertulias, en el Ateneo y en círculos poéticos. Su idea era dedicarse al periodismo y a la literatura, pero como la cosa parecía que no le marchaba muy bien, su amigo Campoamor, poeta y Gobernador Civil, maridaje no raro en esta época y hasta bien entrado el siglo XX, le concedió una credencial de seis mil reales. Como parecía que no le llegaba al de Conil, ni más ni menos que don Antonio Cánovas le buscó un puestecillo en Hacienda. Cosas de la España pasada, presente y futura.

         Como el trabajo de funcionario no debía ocuparle mucho tiempo, Velarde tenía ratos para la escritura y ratos para las tertulias. Recuerdo que Paco Umbral decía con sorna: “¿Cómo podían escribir los escritores del XIX si se pasaban el día en las tertulias?” Galdós tuvo tiempo para todo: para escribir obras maravillosas, para acudir a las tertulias y para tener sus amoríos entre los que se cuenta a la mismísima doña Emilia Pardo Bazán. ¡Eso es saber aprovechar el tiempo! – se dice el veredero mientras se toma un café en un bar cercano a la Puerta de la Villa. Y el viajero, que sigue en la Wikipedia,  lee con sorpresa que Velarde no era él solo, no, qué va: tenía seis hijos y santa esposa a los que, como no podía alimentar como se merecían, tuvo que pedir socorro a la duquesa de Almodóvar del Río que, a su vez, le recomendó al mismísimo marqués de Comillas. Como se ve, hemos cambiado muy poco.

                            Pero dejemos que hable el poeta y, en este caso, con el poema A orillas del mar del que el viajero nos va a leer las tres primeras estrofas:

Siempre que me hallo en la tierra

hermosa donde nací,

que aún a los moros aterra,

alzada frente a la sierra

del imperio marroquí,

 

me suele el sol encontrar,

cuando declina y desmaya,

absorto viendo llegar

a la arena de la playa

las roncas olas del mar.

 

Yo sigo la blanca estela

de la bien ceñida nave

que, al dar al viento la vela,

sobre las espumas vuela

rozándolas como un ave.

 

         El viajero cree con razón que no es momento de hablar de moros y mucho menos de que la sierra de Conil los asuste no vaya a hacer el diablo que llegue a oídos del rey alauita Mohamed VI y este amante de las orgías llame a sus dos primos de Zumosol, Trump y Netanyahu, y nos acabemos metiendo en un lío. Otros tiempos eran los de Velarde en los que España era todavía un país y no una “nación de naciones”. No obstante, sigue embelesado con la lectura del poema velardiano que suena un pelín ripioso, pero no todos vamos a ser Quevedo. Así pues, no molestamos al viajero en su lectura de Velarde que se queda muy tranquilo en la playa de Los Bateles. Luego, se levanta y se sube hasta la puerta de la Villa en donde un señor con sombrero vende higos chumbos. Le compra una bolsita de suculentos higos ya pelados y continúa calle arriba.

         De lo que hizo o no hizo, ya trataremos en otra entrada porque a cada día le basta su afán.