miércoles, 7 de octubre de 2026

DE CÓMO EL VIAJERO REGRESA A CUÉLLAR Y DE LAS COSAS QUE VIO EN ELLA, EN ESPECIAL, UNOS MIGUELITOS DE LA RODA, PROVINCIA DE ALBACETE

 

Cuando el viajero llega a la Villa, ésta duerme agotada por sus fiestas patronales en las que no han faltado los toros, las dulzainas, las limonadas y los bailables de otras épocas. Por esa razón, porque la Villa, aun siendo la Villa, también se agota, está todo el comercio cerrado y, cosa insólita, hasta los bares. El viajero se mete en el primero que pilla y se toma un café con leche. Luego bajará por su calle en cuesta a la que llaman de la Morería (por algo será) y verá esa fuentecica - que mana y corre aun sin ser de noche siempre que se la accione en el grifo - a la derecha según se baja hacia la plaza Mayor. El viajero cruza la solitaria plaza y sigue por la calle de Santa Cruz allí donde sigue mirando al mundo el palacio de don Pedro I, el Cruel, porque en estas villas castellanas los reyes de Castilla tenían sus palacios y hasta venían al mundo cuando esta tierra daba capitanes y no tristes ganapanes (Machado dixit). En este palacio, que es en realidad el palacio de los Velázquez de Cuéllar, celebró don Pedro su boda con doña Juana de Castro en 1374. La tal doña Juana da para una entrada que, tan pronto como el viajero, ya en su morada, deje de tocar a Chopin, os escribirá. Ha dicho el veredero que da para una entrada y se ha quedado corto pues Juana era medio hermana de doña Inés de Castro, la Inês colo de garça de nuestros hermanos pοrtugueses, la que tuvo amores con Pedro de Portugal y a la que canta don Luis de Camões en Os Lusiadas, la magna obra del poeta de Coimbra. Parece que la desgracia recorría esta familia pues Juana  acabó sus días en el castillo de Dueñas, eso sí, proclamándose siempre reina de Castilla y Léon. La boda – se le había olvidado al veredero que se enrolla con sus amigos portugueses recordando aquel viaje que hizo hace ya unos años - se había oficiado en la iglesia de San Martín de Cuéllar. Ya os contará el senderista (así se le puede llamar ahora sin temor a ruborizarse aunque para serlo entiende el caminante que debe llevar unas botas de un precio superior a los doscientos euros, cosa que no es el caso), cuando deje el piano,  cómo y con cuántos “trabajos” llegaron Juana y Pedro a la boda.

El viajero va a pasar por alto- porque ya lo ha dicho muchas veces- que su tía Julita vivió en la calle Carchena esquina a la calle de santa Cruz y sigue hasta que le llama la atención una tienda que no había visto hacía unos meses cuando anduvo por la Villa y que tiene lleno el escaparate de Miguelitos de La Roda, pueblo de Albacete. ¿Qué hacen los Miguelitos en la Villa? – se pregunta el viajero. Para saber algo más penetra en la tienda en donde comprueba que el señor o es búlgaro o de algún otro país, pero que de ninguna manera es albaceteño. También comprueba que tiene todas las variedades de Miguelitos, pero ni los compra ni pregunta por la razón de esa afición desmedida del dueño por los dulces manchegos. ¿Será que llegó a España por el sur, se llegó a La Roda, los probó, le gustaron y decidió convertirse en embajador de los pastelillos en castellanas tierras?  El viajero, aunque había entrado a la tienda lleno de curiosidad,  no lo quiere saber porque, como Azorín con sus tres pastillas, prefiere que su imaginación fabule una posible razón para esa proliferación exagerada de pastelería albaceteña a saber la verdad que, en ocasiones, defrauda. ¿Por qué no fabular que el extranjero tiene una novia en aquel pueblo manchego? ¿Por qué no imaginar que como Tristán andaba buscando una Iseo y la encontró en la Roda como contaba don Álvaro Cunqueiro de aquel soldado gallego que encontró a su Isolda en la estación de Venta de Baños? ¿Acaso hay alguna ley o decreto que prohíba el amor  con una rodeña? Pensando en esto, el viajero coge fuerzas para subir la Morería, pasa por la fuente y las Paneras del rey y cruza el arco. A su espalda queda la Villa, la hermosa Villa que a un palacio renacentista llama castillo al igual que nuestros vecinos franceses - que tienen una expresión para formular proyectos ilusorios y que, si no mal recuerdo, dice así: bâtir des châteaux en Espagne. Sí, porque un castillo para un francés es un palacio para nosotros, salvo en Cuéllar en donde al palacio también los llaman castillo. Cosas de los cuellaranos que son hijos de tan hermosa Villa.

El viajero, prometiendo volver a Cuéllar por las fiestas próximas del Henar, se despide de La Villa y de su Tierra divida en sexmos, sexmos que se reparten entre Segovia y Valladolid pues el muy hermoso pueblo de Montemayor de Pililla pertenece a la Villa y se honran sus habitantes cuando los visitan los señores de Cuéllar. De Montemayor de Pililla hablará el viajero otro día cuando, tras una mañana buscando níscalos, se llegue a donde La Martina para deleitarse con las setas que preparan. Pero dejemos que cada día tenga su historia y no adelantemos los acontecimientos.

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