lunes, 24 de abril de 2023

UN JOVEN CUESTOR EN GADES

 


Gadir se enjoyaba con el oro de la tarde mientras el océano, su amante, besaba enloquecido sus murallas. El viento recorría las calles de la ciudad escondiéndose en cada esquina, jugando por las calles de la Gades romana, y se llegaba hasta la estatua con la que la ciudad, en el templo de Hércules, honraba al hijo de Filipo II de Macedonia, el joven aquel que se llegó hasta el Indo, el caudillo invicto, el gran rey que, con tan sólo treinta y tres años, había conquistado la mitad del mundo conocido. Aquella estatua de Alejandro Magno moraba en aquel templo que presidía aquella ciudad  que habían fundado los fenicios con el nombre de Gadir, esa isla con otras islas en cuyas tardes de invierno se veían pasar los barcos que iban o venían del estrecho que, según los griegos, había abierto Herakles separando dos peñones, el de Calpe y el de Abila,  y en ellos había colocado aquel lema que ahora los romanos repetían en su lengua: NON PLUS ULTRA. Sin embargo, no respetó Hannón este lema y, allá por el siglo VI a. C. cruzó y tomó a Gadir como base para circunnavegar África; tampoco lo respetó Himilcón cuando por esos mismos siglos, cruzó con sus barcos y, haciendo de nuevo parada para cargar provisiones y hacer aguada en la futura Cádiz, marchó camino de aquellas islas extrañas en donde el estaño abundaba tanto que fácil era conseguirlo y llevarlo de vuelta hasta las tierras fenicias, islas que aquellos viajeros llamaron Casitérides. Al cabo de varios siglos, un griego, Eudoxio de Círico, tuvo la feliz idea de circunnavegar África y llegarse hasta la India, la tierra aquella a donde los soldados del gran Alejandro Magno temieron llegar y cuyos tesoros de oro y plata despertaban la codicia de los mercaderes, de los navegantes y de los monarcas. Eudoxo partió de Gades para esta expedición que, de llegar a las tierras de la India, les ahorraría a los griegos los aranceles exagerados que los monarcas ptolemaicos, descendientes de uno de los Diádocos, generales de Alejandro, por nombre Ptolomeo, imponían de manera abusiva en las costas del mar Rojo.

         Hasta esa ciudad había llegado hacía poco un joven cuestor con deseos de hacer fortuna y así poderse pagar un cursus honorum que lo llevara hasta el consulado porque él,  descendiente de Eneas y, por tanto, de Venus, quería llegar a ser otro Alejandro y conquistar para su urbe tantas tierras como el macedonio había conquistado para su patria.

         Este joven cuestor había llegado para ponerse a las órdenes de Cayo Antistio Veto, gobernador de la Hispania Ulterior y pronto conocería a Lucio Cornelio Balbo, un rico comerciante gaditano que, cada tarde, subía a su torre para desde ella ver si llegaban o no llegan sus barcos cargados de mercancías que, bien negociadas, se acababan convirtiendo en pingües riquezas para Balbo que había participado en la guerra entre Sertorio y Pompeyo y había sido su dinero, sin duda, el que había cimentado el triunfo del Magno. Al final de la contienda, le había recompensado, para él y para todo su clan,  con la ciudadanía romana y Balbo vio que la romanización de Gades le convenía. Así que se dispuso a que la vieja Gadir se convirtiera en Gades.

         Conocidas eran las fiestas de esta ciudad isleña  en las que no faltaban las bailarinas que alegraban con sus testudines  los corazones de los comensales. No sólo la Ulterior, sino la propia urbe se hacían lenguas de aquellas mujeres que cantaban y bailaban en aquella ciudad remota cuyas murallas besaba ese océano desconocido y oscuro, poblado de leyendas en las que se hablaba de ciudades sumergidas y manzanas de oro.

         Pero aquella tarde en que el viento refrescaba el ardor inmisericorde del sol veraniego, el joven cuestor se había ido llegando hasta la estatua de Alejandro que, con su juventud, le desafiaba pues tenía el romano por entonces la misma edad que el macedonio.

         En la soledad silenciosa que tan sólo albergaba un susurro del viento que agitaba las velas del puerto para distraer su aburrimiento, se oyó, de pronto, el llanto quejumbroso del joven cuestor. Sollozaba sin tregua mirando a Alejandro como si quisiera recibir algún consuelo de la muda estatua. Hasta algunos niños repararon en aquel llanto desconsolado que resonaba en las paredes del templo de Hércules, el Melkart de los fenicios. Un sacerdote, acercándose, le inquirió el porqué de su pena. Con palabras entrecortadas, el joven cuestor le dijo que aquel hombre de la estatua, a la misma edad que él tenía ahora, ya había conquistado la mitad del mundo, pero que él tan sólo era un humilde cuestor en una apartada provincia del imperio.

         Calló el sacerdote y pensó para sí que aquel joven tan ambicioso tenía dos caminos: o bien se convertía en el hombre que soñaba y ambicionaba ser, o bien se tenía que conformar con ser en la Urbe un humilde ciudadano desempeñando una simple magistratura. Sólo los dioses sabían el futuro de aquel joven y él no era adivino. Tan sólo por curiosidad, le preguntó su nombre y el joven cuestor, secándose los ojos y aclarándose la voz que le salía en una garganta herida por la pena y los sollozos, le reveló sus tria nomina. Y luego, saliendo del templo, se fue para el foro de aquella ciudad que cada día era menos Gadir y más Gades mientras el sacerdote del templo se volvía a sus quehaceres propios de su cargo. Un turiferario del templo se acercó hasta él y, casi sin levantar la voz, le preguntó por el nombre de ese apasionado joven cuyas lágrimas aún se veían brillar en el enlosado. El sacerdote, volviéndose al servidor del templo, le dijo en un latín pingüe y seseante : “Me ha dicho que siente pena porque,  a la edad que él tiene,  Alejandro ya había conquistado el mundo conocido. Es el nuevo cuestor y me ha dicho que se llama Cayo Julio César.

EL TRONO DE JERJES

EL TRONO DE JERJES

         A hombros de fornidos esclavos en cuya piel de ébano, abrillantada por el sudor, se reflejaba el sol de la tarde y que vistos de lejos, parecían una tropa de Hércules sosteniendo el mundo que le acabó endosando a Atlas, aquella obra de orfebres, que en oscuros talleres habían ido tallando los trozo de oro que, ensamblados uno a uno y con el adorno de los diamantes  que la tierra había criado en sus entrañas y con aljófares que el mar dejaba en las playas, playas que, por tres veces sentían el romper de las olas para gozo de mujeres que, aun siendo estériles, recibían  de las aguas que gobernaba el padre Posidón el regalo de la maternidad, iba ascendiendo hasta la cima del monte aquel trono que, por orden del gran Jerjes, iba a ser la atalaya desde donde vería cómo sus tropas acaban con los atenienses. Sabía Jerjes que necesitaba aquel trono porque el trono era el rey y no se podía, según la costumbre persa, entender un rey sin trono que lo componían diversos elementos cuya función era hacer más magnífico y grandioso el asiento del gran rey. Y así, no faltaba en aquel trono el baldaquino del que,  sujeta con recias cadenas colgaba la corona real, tan pesada que el cuello del monarca habría sido incapaz de soportarla; no faltaba tampoco el altorrelieve, toda una simbología astral cuya finalidad era dejar patente que el hombre, cuasi dios, que se sentaba en él, era el dueño del mundo sin discusión posible pues las siete esferas celestes representadas eran, a su vez, los siete tronos celestes del rey de los persas. El trono hacía al rey y el que un extraño se sentara en él suponía la muerte del osado que a tamaña acción habíase atrevido. Ya Darío, padre de Jerjes,  había observado cómo pasaban sus tropas el Bósforo desde un trono elevado en lo alto de un monte. Y Jerjes en persona, desde el monte Tmolo, había visto también pasar sus tropas desde una plataforma de mármol blanco y, en las Termópilas, de nuevo Jerjes había visto la batalla también desde un atalaya y, según Heródoto, por tres veces se levantó con el pulso alterado y con un sudor frío perlándole la frente pues no había sido todo siempre favorable para los persas en tan famosa batalla. El trono elevaba la moral de los soldados persas como cuentan los judíos en su libro del Éxodo que, mientras Moisés tenía alzadas las manos, prevalecía Israel, pero que, cuando, por cansancio, las bajaba y las dejaba caídas como palomas muertas sobre sus costados, entonces prevalecía Amalea. Y entonces – sigue el sagrado libro de los judíos- cuando los brazos de Moisés caían a sus costados, cogieron los judíos unas piedras y se las pusieron para que se sentara y su hermano Aarón y Jur le sostenían las manos, uno a cada lado. No se podía entender un rey sin trono y, por eso, lo iban subiendo hasta la cima los ebúrneos esclavos del rey, fornidos negros de las tierras de África, con cuyos músculos de hierro, el trono de Jerjes más parecía frágil pluma de ave que tan pesado sitial cuyo peso apenas podían arrastrar dos estridentes carretas en cuyos yugos iban dos bueyes como aquellos que araban para Efialtes en la lejana tierra de la Cólquide.

         Cuando los esclavos llegaron a la cima, unos obreros se aprestaron a preparar el terreno con sumo esmero para que sin las protuberancias del suelo, pudiera descansar firme en la tierra. Acabada su labor, los esclavos nubios posaron con celo el trono mientras otros esclavos del gran rey ponían una alfombra roja alrededor para que el zapato del monarca no pisara la tierra y colocaron a ambos lados de la magnífica obra sendas esculturas de pavos reales que significaban la realeza persa en todo su esplendor.

         Sentado Jerjes en el trono, pudo comprobar cómo las naves griegas, refugiadas tras la isla de Psitalea, esperaban las órdenes de Temístocles.

         Como un manto oscuro y silencioso, fue cayendo la noche y Jerjes aprovechó para descansar descabezar un sueño  en la tienda que los sirvientes le habían colocado junto al trono. Sopló el viento aquella noche sobre la cima del monte Aigaleos y la lona de la tienda real se agitaba inquieta como presintiendo que los griegos estaban tomando posiciones.

         Al amanecer, un rayo de sol entró por la juntura de las lonas y despertó al rey que, al principio, no sabiendo muy bien dónde estaba, no se movió de su lecho, mas luego de haber recordado que su trono le estaba esperando, vistióse con su túnica recamada de oro y marchó de nuevo a su sitial. Fue entonces cuando vio cómo sus barcos se iban aproximando a los de los griegos y como su peán rompía seguro el aire de la mañana en Salamina:

Ὦ παῖδες Ἑλλήνων ἴτε,

ἐλευθεροῦτε πατρίδ', ἐλευθεροῦτε δὲ

παῖδας, γυναῖκας, θεῶν τέ πατρῴων ἕδη,

θήκας τε προγόνων:

νῦν ὑπὲρ πάντων ἁγών.

 

 

Adelante, hijos de los griegos,

liberad la patria,

liberad a vuestros hijos, a vuestras mujeres,

los altares de los dioses de vuestros padres,

y las tumbas de vuestros antepasados:

es hora de luchar por todo.

 

         Luego Jerjes vio cómo los corintios izaron sus velas y comenzaron a alejarse hacia el norte, bien para reconocer la salida del estrecho, bien para simular que, entre los aliados helenos, reinaba el más absoluto desorden. Jerjes no entendía nada, pero, al poco, vio cómo los corintios volvieron a ocupar su lugar en la batalla. Se serenó un instante, pero, casi al momento, un sudor frío, como ya le había ocurrido en las Termópilas cuando sus tropas parecían flaquear, perló su frente al ver que su escuadra, al entrar en los angostos estrechos parecía desorganizarse y se juntaba sin orden ni concierto mientras que los griegos se replegaban aún más hacia el interior , casi ya tocando la tierra firme. De pronto vio que una mujer enloquecida bajaba hasta la playa y les gritaba a los griegos: “¡Locos,  malditos locos! ¿Cuántas horas más vais a seguir replegados?¿Acaso no es hora de que os lancéis contra esos bárbaros? Mirad que la salvación de la libertad está en vuestras manos y que en Atenas no queremos ser esclavos pues somos, no lo olvidéis, ciudadanos.” Quizás acuciados por los gritos de la mujer, el barco de Ameinias de Palene se adelantó y con su proa embistió a la nave persa más cercana. Después lo siguieron el resto de los barcos helenos que, atacando la primera línea persa, obstaculizó las acciones de las otras dos líneas. Arrasmenes, hermano de Jerjes, murió en el flanco izquierdo y los escuadrones fenicios, aliados de los persas, quedaron varados en las playas. Jerjes vio entonces que los barcos helenos hacían cuña a través de las naves persas y dividían la escuadra meda en dos mitades. Artemisa, reina de Halicarnaso y almirante de los carios, se vio perseguida por Ameinias de Palene y la reina, en su loca  huida, embistió a otro barco persa. Fue entonces cuando  el ateniense, pensando que era una aliada, dejó de perseguirla. Jerjes, confundiendo los barcos desde su atalaya, pensó que la reina había atacado a un barco ateniense y comentó con amargura: “ Mis hombres se han convertido en mujeres y mis mujeres en hombres”. Y luego se quedó callado durante mucho tiempo pues veía cómo su flota retrocedía hacia Falero, pero tampoco la suerte los acompañó en su retirada pues los eginetas los atacaron cuando intentaban salir de los estrechos. Era el principio del fin. Arístides, en rápida operación, lideró a un grupo de hombres hasta la isla de Psitadea en donde Jerjes había dejado un retén de tropas. Ya todo quedó en manos de los griegos y Jerjes, sumido en un profundo dolor, se tapó la cara con las manos. Loco de rabia, sus uñas se fueron clavando en su frente y un grito terrible, deformado por el dolor, salió de su boca: “¡ Han destruido mi armada!

         Pasado un buen rato, Jerjes se levantó, entró en la tienda, tiró al suelo el manto recamado de oro con el que había contemplado la batalla y comenzó a bajar en silencio el monte Argaleos. A medida que bajaba, el trono, en la cima del monte, con su baldaquino y con su pesada corona, se iba haciendo cada vez más pequeño mientras el sol del mediodía incidía sobre él con toda la fuerza de sus rayos y se iba asemejando cada vez más a una estrella lejana, quizás muerta hace muchos miles de años, pero cuya luz aún nos está llegando. Por otra parte, los soldados que se quedaron en la cima vieron cómo también la figura de Jerjes se iba empequeñeciendo con la distancia, cómo ya no era aquel rey majestuoso que parecía, en sus momentos de gloria, un gigante. Quizás no fuera más alto que cualquiera de ellos. Unos y otros, los soldados que bajaban con Jerjes y los que arriban se quedaron, llegaron a pensar que, visto con distancia, ningún hombre era más que otro ni ningún trono se elevaba al cielo ni elevaba a quien en él se sentaba; que no era más que una convención social lo que hacía que hubiera hombres superiores a otros hombres. Con este pensamiento, los soldados continuaron siguiendo a aquel hombre que empequeñecía a cada paso y los que estaba ya con él e iban bajando del por la falda del monte, vieron casi desaparecer el gran trono dorado. Se oían , como un fondo festivo, los gritos de los ateniense y sus aliados celebrando la victoria mientras del lado persas, un sonoro silencio susurraba la derrota a los montes que llevaban la noticia a otros montes y éstos a otros hasta que la triste noticia llegaba a las tierras lejanas de los persas como un ulular lastimero del viento.

         Y ya se llegó a un punto que los que bajaban ya no veían el trono ni los que en la cima se habían quedado veían al rey. Los de arriba comenzaron poco a poco a desmontar aquella magna obra de carpinteros y orfebres y los soldados que acompañaban al gran rey de los persas vieron llegar a un grupo de muchachos que se pararon y se quedaron mirando la triste comitiva que descendía del monte.

-         Mirad, ése que va entre soldados podría ser Jerjes, ese rey tan poderoso que ha sido derrotado por los nuestros – dijo uno de los muchachos.

-         ¿Ése Jerjes? Estás loco. Ése que baja entre soldados no es ni siquiera su palafrenero.- ¿No ves lo poquita cosa que es? Y Jerjes, según cuentan, es un gigante, un gigante que viste una túnica recamada de oro.

Y todos rieron la feliz ocurrencia de su camarada de juegos.



domingo, 23 de abril de 2023

EL PIYAYO Y EL CRISTU BENDITU O LOS POETAS DE NUESTROS LIBROS DE TEXTO

 


¿Qué ha sido de Gabriel y Galán? Los niños que nacimos en los sesenta lo leíamos mucho en el colegio y no nos son extrañas algunas poesías como El Cristu benditu o Varón con aquel padre que se quejaba de que su hijo se lo habían convertido en la capital, con tanto perfume y tanto melindre, en LGTBI (no puedo escribir lo que escribe Gabriel y Galán?); tampoco olvidamos El embargu, un poema en el que un pobre viudo no deja que se lleva el juez la cama en la que había estado enferma y había muerto su mujer. O, así, sin ir más lejos, La pedrada, poema  en el que un niño lanza una pedrada contra un sayón que, en una procesión de Semana Santa, iba pegando a Jesús en uno de aquellos pasos. Ya nuestros alumnos nada saben de este poeta salmantino que escribió parte de sus poemas en extremeño. Tampoco sabe nadie que da nombre a un pantano (¡lagarto, lagarto, lo del pantano!) en Cáceres. Estos poetas, como Iriarte y Samaniego, como Manuel Machado y su poema a la niña de “nuef años!” del cantar del Cid , como Manuel Benítez Carrasco y su “Perro cojo” o José Carlos de Luna con su “Piyayo”, formaban parte de la poesía de nuestros libros de texto y, al cabo de un porrón de años, sigue siendo un gozo inefable volverlos a escuchar mientras nos abren de par en par las puertas de la infancia. Tan sólo he querido tener un recuerdo emocionado para estos poetas que llenaron aquellos días azules y aquel sol de mi infancia como dejó escrito don Antonio Machado.

 Os he seleccionado el poema ya citado de El Piyayo, personaje malagueño que existió en realidad, y un fragmento de El Cristu benditu. Espero, como siempre, que os gusten.

EL PIYAYO

¿Tú conoces al «Piyayo»,
un viejecillo renegro, reseco y chicuelo;
la mirada de gallo
pendenciero
y hocico de raposo
tiñoso…
que pide limosna por «tangos»
y maldice cantando «fandangos»
gangosos? ¡A chufla lo toma la gente
y a mí me da pena
y me causa un respeto imponente!

Ata a su cuerpo una guitarra,
Que chilla como una corneja
Y zumba como una chicharra
Y tiene arrumacos de vieja
Pelleja.

Yo le he visto cantando,
Babeando
De rabia y de vino,
Bailando
Con saltos felinos
Tocando a zarpazos,.
Los acordes de un viejo “tangazo”
Y, a sus contorsiones de ardilla,
Hace son con la sucia calderilla.

¡ A chufla lo toma la gente
y a mi me da pena
y me causa un respeto imponente!

Es su extraño arte
su cepo y su cruz,
su vida y su luz,
su tabaco y su aguardientillo…
y su pan y el de sus nietecillos:
«churumbeles» con greñas de alambre
y panzas de sapos.
Que aúllan de hambre
Tiritando bajo los harapos;
Sin madre que lave su roña;
Sin padre que «afane»

Porque pena una muerte en Santoña;
Sin mas sombra que la del abuelo…
¡poca sombra, porque es tan chicuelo;
en el altozano
tiene un cuchitril
¡a las vigas alcanza la mano;
y por lumbre y por luz, un candil.

Vacía sus alforjas
Que son sus bolsillos,
Bostezando los siete chiquillos,
Se agrupan riendo.
Y entre carantoñas les va repartiendo
Pan y pescao frito,
Con la parsimonia de un antiguo rito:
¡chavales!
¡pan de flor de harina!

Mascarlo despasio.
Mejo pan no se come en palasio.
Y este pescaíto, ¡no es na?
¡sacao uno a uno del fondo del má!
¡gloria pura él!
Las espinas se comen tamié,
Que to es alimento…Asi….despasito.
¡no llores, Manuela!
Tu no pues, porque no ties muelas.
¡es tan chiquitita
mi niña bonita!..
así, despasito.

Muy remascaíto,
Migaja a migaja, que dure,
Le van dando fin
A los cinco reales que costo el festín.
Luego entre guiñapos durmiendo,
Por matar el frío, muy apiñaditos.
La Virgen María contempla al «Piyayo»
Riendo
Y hay un Ángel rubio que besa la frente
De cada gitano chiquito.

¡A chufla lo toma la gente!…
y a mi me da pena
y me causa un respeto imponente!

 

Autor: JOSE CARLOS DE LUNA (1890-1965)


 EL CRISTU BENDITU

 

¿Ondi jueron los tiempos aquellos,

que pue que no güelvan,

cuando yo juí persona leía

que jizu comedias

y aleluyas tamién y cantaris

pa cantalos en una vigüela?

¿Ondi jueron aquellas cosinas

que llamaba ilusionis y eran

a’specie de airinos

que atontá me tenían la mollera?

¿Ondi jueron de aquellos sentires

las delicaezas

que me jizun llorar como un neni,

de gustu y de pena?

¿Ondi jueron aquellos pensaris

que jacían dolel la cabeza

de puro lo jondus

y en reäos que eran?

Ajuyó tuito aquello pa siempre,

y ya no me quea

más remedio que dilme jaciendo

a esta vía nueva.

¡Ya no güelvin los tiempos de altoncis,

ya no tengo ilusionis de aquellas,

ni jago aleluyas,

ni jago comedias,

ni jago cantaris

pa cantalos en una vigüela!…

 

LOS LARGOS MOVIMIENTOS DE BRUCKNER

 


Al igual que hay personas a las que no les gusta el queso, también hay personas a las que no les gusta Bruckner y aducen como razón o causa que “sus movimientos son excesivamente largos”. No me parece una razón musical de peso para que no les guste Bruckner y, en confianza, me parece hasta una soberana tontería, pero no estaría de más que viéramos, a la pata llana, por qué los movimientos de Bruckner son tan extensos. De todos es sabido que una sinfonía se suele dividir en cuatro movimientos: el primero escrito en forma de sonata; el segundo que suele ser un adagio; el tercero, un scherzo y, el último, un allegro. Esto no es un dogma, pero los músicos lo suelen respetar.  También es sabido que cada movimiento tiene sus propios temas. En el caso de Bruckner, vemos que acostumbra a usar más de dos temas  en cuya exposición usa formas de desarrollo de estos temas que continúa en el propio desarrollo. Además, durante la recapitulación, Bruckner vuelve a desarrollar los temas por lo que la duración de los movimientos alcanza o supera la media hora. Con una buena guía de audición, no hay ningún problema y el disfrute está asegurado. Por citar un ejemplo, os propongo la Historia de la Sinfonía que podemos encontrar en la red de redes y que escribe Francesc Serracanta, un catalán de Molins de Rei. En esta guía de audición me he basado para esta humilde entrada. Os lo digo porque un filólogo tiene siempre que citar sus fuentes y para no arrogarme con méritos ajenos.

 


Se escogió el 23 de abril para celebrar el Día del Libro porque es la fecha en la que fallecieron Miguel de Cervantes, William Shakespeare y Gómez Suárez de Figueroa, renombrado como el Inca Garcilaso de La Vega. Aunque los tres ilustres autores murieron en 1616, no lo hicieron exactamente el mismo día. En el caso de Cervantes murió el 22 y el 23 fue cuando se le enterró, mientras que la fecha del fallecimiento del dramaturgo inglés corresponde al calendario juliano, pero en el gregoriano, que era el que estaba vigente en España, serían unos días después, el 3 o 4 de mayo. Lo más curioso es que el dramaturgo inglés también había nacido un 23 de abril de 1564 en Stratford-upon-Avon. Es decir, que murió el mismo día de su cumpleaños. También un 23 de abril nacieron o murieron otros personajes importantes de la literatura como Vladimir Nabokov (aunque realmente nació un 22 de abril en San Petersburgo), escritor ruso que escribió en inglés sus conocidos éxitos (Lolita, Ada o el ardor, Habla, Memoria por citar tan sólo tres y cometer una injusticia de lesa literatura); Josep Pla, uno de mis señores feudales en literatura, que murió en su masía de Llofríu (Gerona) un 23 de abril de 1981,  y Manuel Mejía Vallejo, escritor colombiano, Premio Nadal, que nació un 23 de abril de 1923 en Jericó, Colombia.

Sabido es que los catalanes celebran su Sant Jordi y que es el día de regalar un libro y una rosa. San Jorge es un trasunto medieval de Perseo liberando a Andrómeda, pero eso da para otra entrada. También, no lo olvidemos, se celebra en Aragón pues San Jorge era el santo protector de la Corona de Aragón.

Por si fuera poco, en Castilla y León, celebramos la derrota de Villalar cuando los Comuneros fueron vencidos por las tropas del “extranjero” Carlos I. Es curioso esto de celebrar una derrota, pero Castilla y yo somos así, señora.  Ortega señaló con acierto ( como siempre) que Lucano, sobrino de Séneca y, como él, cordobés, escribe su obra, primer poema épico de un hispano, sobre la derrota de Farsalia. Se conoce que eso de celebrar derrotas es algo genético por la piel de toro.

Que yo recuerde, el 23 de abril, ya no se celebra nada más. Bueno, sí, es el cumpleaños de mi tío Fernando, pero no creo que eso quede en la historia salvo en la historia personal de él y su familia que estarán gozando de las hermosas vistas del monte Louro allá por la ría de Noia, en Portosón. Los hay con suerte aunque sea inmerecida.

 

domingo, 16 de abril de 2023

JOSÉ ÁNGEL FERNÁNDEZ DE LA CALLE, EL TEÓSOFO DE CHAMBERÍ

 Cuando leo algo de Mario Roso de Luna, el teósofo de Logrosán, se me viene al recuerdo mi gran amigo José Ángel de la Calle, gran lector, extraordinaria persona y empleado de aquella maravilla expoliada por canallas que se llamó CajaMadrid. José Ángel había entrado en la Caja, como se la conocía en Madrid,  con tan sólo dieciocho años y se estuvo toda su vida trabajando en ella. Fue un gran trabajador bancario, pero,  sobre todo,  fue un gran lector que había hecho de su casa en la madrileña calle de Viriato (fuiste heroico hasta en el domicilio) una pequeña biblioteca que ocupaba habitaciones y pasillo. Mentarlo es recordar aquellas tardes de la Fuenfría en las que José Ángel, sentado al solecillo del porche del Albergue de La Fuenfría se entregaba a sus lecturas; recordarlo es andar con él la Sierra del Guadarrama, ésa a la que ahora los incultos llaman “Sierra de Madrid”; pensar en él es recordar sus chistes llenos de inteligencia, recordar a Gila, recordar su ironía elegante y blanca porque su bondad no permitía la ofensa. Se compró un pisito en El Boalo, al pie de la Maliciosa, porque una gitana le dijo que iba  tener una vejez larga y él, ¡cómo no!, la quería dedicar a la lectura. Formábamos un grupo de marchadores muy heterogéneo: él, Jesús Ocaña, el hombre que predijo el MP3 y que, aun siendo de Cuenca, se hizo radiotelegrafista y recorrió los Siete Mares de Simbad; mi padre, siempre con sus pantalones bávaros,  y un servidor. Son  días lejanos de una juventud perdida y ahora, con más años que ellos tenían entonces, recuerdo aquellos paseos,  - en lo que lo menos era hasta dónde llegábamos-,  como un oasis de paz en este agitado vivir. Hace unos meses, alguien me escribió y me dijo que José Ángel había muerto, que la p. pandemia se lo había llevado hasta ese cielo teosófico de don Mario Roso de Luna, de don Eduardo Alfonso y de Wagner. Y por esos cielos de su dios se andará con su péndulo, su cachondeo fino de chamberilero y su mostacho. Como veis, no he hablado nada de don Mario porque eso lo dejo para mejor ocasión. Tan sólo quería compartir con todos vosotros el recuerdo de un amigo, de un buen amigo que se nos ha ido para ver su Maliciosa desde lo alto.

         Por cierto y para acabar: me cisco en la gitana que te dijo que ibas a tener una vejez larga porque no ha sido así, pero, al mismo tiempo, imagino los chistes que habrás hecho sobre ella y lo que te habrá dicho Roso de Luna cuando le hayas hablado del Convento de Casarás (que nunca lo fue) o de cómo los nazis buscaron el Grial en Montserrat. Dale recuerdos al Padre Piquer, el fundador de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid y no le hables de Rato, de Rodrigo Rato, aquel que tocaba la campana para que se forraran los de siempre. No hace falta que te lo diga porque siempre fuiste un caballero de Chamberí que, cuando una vecina de tu calle Viriato te dijo muy de mañana, al verte vestido con los pantalones bávaros, tu jersey de lana y tu mochila, que dónde ibas, le respondiste con una sonrisa que te movió tu mostacho: “Señora, pues a estas horas y con estas pintas no voy a ir a un té en la embajada de Francia”. Y es que eras de Chamberí, ese barrio castizo del que se quiere apropiar esa chica que desgobierna la Comunidad de Madrid. ¡Ah! y por supuesto, que te habrás encontrado con doña Patro (como tú la llamabas), chamberilera de la calle del Castillo, con la que tan bien te llevabas porque ser de Chamberí imprime carácter. Un abrazo y ya te contaré historias del péndulo que me compré para imitarte, gran José Ángel. Ya ves, imitarte a ti que eras y eres inimitable.


TEUCRO

 


TEUCRO

                Al alba llegamos hasta aquellas riberas y desde los cantiles nos saludaron hombres con banderas al viento. El mundo era joven, revestido del azul purísimo del mar. En aquella mañana de gozo, nos gritaban “extranjeros”, “extranjeros”, pero en su voz no había rechazo, sino una cálida llamada de acogida que resonaba  en la llanura vinosa que besaba nuestras quillas. Veíamos a lo lejos sus redondas moradas y el mar por tres veces rompía en  sus playas tocadas con verdes carballeiras[1]. De pronto, una niebla misteriosa cubrió la ría como si fuera a producirse un prodigio sagrado y algunos de mis hombres vieron, agarrada a una palmera, a una joven que navegaba segura en su barca de piedra en cuyo fondo florecían con mil miradas las hortensias. Nos llegaba, ya en la tarde,  el olor de las hogueras de secos carozos y hombres de las aldeas empujaban rodando las cubas que contenía la sangre robada a terribles gigantes mientras el lastimero quejido de las carretas inundaba de luz la infancia de tantos niños que corrían por los verdes prados que parecían pañuelos de un dios cariñoso y pacífico y llenaba también el silencio de los bosques que murmuraban con sus hojas canciones tan antiguas como la vida.

         Al poner pie en tierra, una fuente canora nos ofreció su linfa helada y en ella aliviamos la fatiga del viaje, tan largo viaje desde las tierras de Troya. Hermoso era el río que del monte bajaba y algunos de mis hombres, por juego, juntaron piedras para construir un puente que enlazara los dos lados de la ría. Sonaron caracolas en mitad de la niebla y alegres cantamos nuestras viejas canciones que el mar nos devolvía desde las varadas quillas.

         Viejos carballos[2] protegían las casas en cuyas puertas las parras crecían  y almiares de oro iluminaban los prados. Pasó la mañana, pasó la tarde y el sol de poniente doró las riberas de aquella tierra que nos recibía con camelios floridos. Hermosas mujeres de morenos cabellos se llegaron a nosotros a las que llamamos “helenes” pues nos recordaban a las lejanas mujeres de Grecia. A una de ellas, que nos dio la bienvenida,  la nombramos Estribela y acercó a nuestros labios unas cuncas de vino espumoso que ávidos bebimos. Y Afrodita sonrió entre las vides que escalaban los montes hasta las moradas de los dioses.

         Ya de noche, rasgó el silencio el bravío galopar de los potros salvajes cuyas crines intonsas acariciaban los vientos que juguetones rodeaban las citanias. Las estrellas en silencio nos vigilaban y bajo ellas, muchachas desnudas seguían el camino de las luciérnagas y tres veces bañaban el marfil de sus cuerpos en la espuma del mar que rompía bravío en playas desiertas.

         ¡Qué hermoso era el puente a la luz de tus ojos, Estribela! Solitario un toro mugía en la dehesa y un pastor, acompañado de su cuerno, cantó la leda cantiga de nuestros amores. En las noches, sentados al fuego,  yo te hablé de todos los fantasmas que me acompañaban, de los muertos que dejé con mi arco del que flechas de sombra salían invocando a la muerte. Y la lumbre prendía en tus labios con cuyos besos encendías los mío, bendita Estribela de morenos cabellos, a cuya fragancia me huelen desde entonces todas las tardes de lluvia mientras un mar plomizo canta en la playa un viejo romance de espuma y arena. Me huelen estas tardes a principio del mundo, a grullas cruzando entre barcos de nubes,  a soleadas azoteas donde habita mi memoria.

         Pasaron los meses y en toscas cunas descansaban nuestros hijos al que con nuestro recio cantar acunábamos. Callados petroglifos contaban historias de mares amargos que había tallado en la noche un triste gigante de nombre Mogor. Pero nada podía arrancarnos nuestra felicidad y, como en la alegre llegada, bebimos la sangre de las viñas en cuncas[3] talladas que recogían las figuras de los dioses indígenas.

         Están ahora las casa empapadas de vida y van, ya lejos, las nubes que ensombrecieron la tarde;  sereno el río,  que turbio se revolvía. Abrazados a nuestros hijos miramos al futuro, vendimiamos las parras fecundas con el  sosiego del que sabe segura su vida y nuestro amor mira al futuro con la certeza de que aquella era la tierra que los dioses nos destinaron para vivir desde el principio del mundo.

         Ya tocan las campanas de Poio y atraca Trahamunda su barca de piedra. Tú entonces, trayendo la primavera en tus manos, me coronas de camelias. Yo te amo, Estribela, pudorosa muchacha que resguardas las palomas gemelas de tu pecho con túnica de lino inconsútil; te confieso que cada noche deseo segar el trigo maduro de tu seara[4] con la hoz que por siempre llevaba en mi vientre buscando el pozo profundo y oscuro de tu cuerpo.  Y así, cada noche,   juntos oficiamos el sacramento del amor ante las breves miradas de las mimosas florecidas de gozo porque necesitaba que tu calor encendiera mis huesos helados por tantas noches solitarias y frías, helados por el presagio de la muerte que cantaron en las islas negras sirenas.

         He dejado mi aljaba, Estribela, y mis grebas cansadas en losas que conservan aún el calor de la tarde de primavera que invitan al amor de dos cuerpos que se aman porque así era su destino, marcado por los dioses antes de que el mundo existiera. En un altar de recios carballos te ofrecí el corazón de un viejo soldado que un día partió al exilio, que erró su camino empujados por los vientos que, sin yo saberlo, repetían tu nombre y me llevaban a ti; el corazón de un viejo exiliado del gozo  que amarró su barco a los recios laureles que esperaban en la  noche el gozo de las lumbres encendidas, la cruz de tus brazos para depositar su angustia, tu clara mirada para aplacar sus temores, y tu cuerpo de nácar para coronarlo de lirios.

         Ya la noche y la niebla misteriosa envuelven a Tambo y en el poyo de la puerta he dejado las rosas que corté para ti, Estribela. Está mi corazón en brasas y te lo ofrezco, callada muchacha que me estabas esperando al final del mundo.  Con la palmera de la santa, dibujaremos las sombras en que juntos viviremos en las tardes de estío. Un alba de gloria se anuncia en un cielo que busca en el mar de tu vientre su consuelo. He elegido tus manos y a las ninfas divinas de la fuente que construimos entrego mi vida en agradecimiento. Ya en la aldea del viejo puente que construimos a nuestra llegada un sol reverbera en las altas azoteas que soñamos y casi en silencio, miña Estribela, te digo que ésta é a boa vila que da de beber a quen pasa, a boa vila à que ningúen ve que non o diga.

         Y, si alguien, al paso de los siglos, pregunta a estas piedras, a esta ciudad de soportales que cantan en las noches de lluvia, de parras que guardan los pétreos dinteles al a vera del Lérez, no tendrán miedo en contar que

         Me fundó Teucro valiente

            daqueste río en la orilla

            para que de  España fueses

de villas la maravilla.

        




[1] Robledales.

[2] Robles ( Quercus robur)

[3] Tazas en donde se bebe en Galicia el vino, especialmente o viño do país.

[4] Terreno sembrado de trigo, centeno u otros cereales. En castellano, senara.

LA CIERVA BLANCA DE SERTORIO

 


LA CIERVA DE SERTORIO

(En una tarde de primavera, en la Roma eterna, unos jóvenes escuchan, sentados en unos poyos, el relato que Hircio, veterano soldado en las filas de Sertorio, les está contando)

         La cierva era un rayo de luna en las noches de invierno, un camino de plata en las lindes del bosque, una epifanía en las tierras de Hispania. Todos los soldados sabíamos que aquella cierva había nacido en el rebaño exiguo de un pastor del campamento de Sertorio; que había nacido con otros cervatillos y que ella era completamente blanca. Quinto se quedó mirando: era un copo de nieve entre los otros cervatos, se acercó y se la puso en los brazos. La cervatilla le lamió la cara buscando la teta de la madre y Quinto se echó a reír. Le dijo al pastor que, tan pronto como la madre la destetara, volvería a buscarla y así lo hizo. La cierva, desde el momento en que el pastor se la regaló, ya no se separaba de Sertorio y ambos iban y venían por el campamento, se internaban por los bosques y hasta dormían juntos. Pero no dormía a su lado sin más, dándole calor en las frías noches de invierno, sino que recibía Sertorio en sueños lo que Ártemis le quería comunicar pues la cierva le avisaba de los peligros y hasta de la manera de ganar las batallas y, cuando las ganaba, le ponía a la cervatilla una corona de flores y la dejaba libre por el campamento. ¡Aún me parece que la estoy viendo correr entre las tiendas como un rayo de luna!

-         Hirtio, ¿nunca perdió Sertorio una batalla mientras la cierva estuvo con él?

-         No, nunca.

-         Entonces, Hirtio, cómo explicas que matara al mensajero que le informó de la derrota de Hirtoleyo en Segovia? ¿Acaso no escuchó las instrucciones de la cierva?

-         ¡Ay, jovencitos burlones y descarados que os burláis de este viejo soldado! Desconozco lo que me contáis,  pero , si vosotros, como yo, hubierais visto aquella cierva blanca, no hablaríais así. Los nativos hispanos tenían una gran devoción por los ciervos y les daban culto porque creían que traían la fecundidad y la buena suerte. Hasta se contaba que Habis, el legendario rey de Tartesos, había sido criado por una cierva.

-         ¡Claro, Hirtio! tú mismo lo estás diciendo: Sertorio, que,  aunque no había acudido mucho a la escuela del gramático, no era ningún ignorante, se dio cuenta enseguida de que se podría aprovechar de la fe que los lugareños tenían en los ciervos para poder manipularlos a su antojo. Vamos, caro Hirtio, que la cierva vaticinaba lo que Sertorio quería.

-         Me duelen vuestras palabras, jovencitos, porque vi a Sertorio entrar en éxtasis mientras la cierva le hablaba al oído. ¡Sois unos malditos descreídos, hijos de filósofos sin fe!

-         ¿Y no estaría tu querido Sertorio bajo el efecto de alguna seta alucinógena como esa roja con puntitos blancos que tanto se prodiga por las tierras de Hispania? – le dijo a Hirtio un jovencito burlón e imberbe.

-         ¡Mientes, joven petulante! La cierva era un enlace con Diana. Y te puedo asegurar, joven insolente, que Sertorio era un hombre íntegro que jamás tomó ninguna seta de esas que tanto sabéis porque quizás las tomáis vosotros y por eso decís las tonterías que me estáis diciendo.

-         Bueno, bueno, muy íntegro no. ¿Acaso no sabes que falsificó su edad para entrar en el ejército?

-         Y ¿qué me quieres decir a mí con eso, jovencito? Si lo hizo, lo hizo por amor a Roma, por ese amor que vosotros, criados entre nodrizas y haraganeando, viviendo de vuestros padres, ni podéis suponer. Aquellos hombres eran de otra sangre diferente de  la que tenéis vosotros que no valéis nada en comparación con ellos.

Los jóvenes se daban codazos y uno de ellos le preguntó con sorna:

-         ¿ Y no le avisó la cierva de que su comandante Perpenna le iba a pasar a cuchillo en Hosca?

Hirtio calló por un momento porque era difícil contestar la joven.  Pero, al cabo de un rato, tras haber tenido la cabeza entre las manos, le dijo:

-         Mira, muchacho, la cierva se le perdió a Sertorio en la batalla del río Sucro, pero un día, mientras despachaba unos asuntos, la cierva apareció de pronto, se fue a su lado y le lamió las manos.

-         Alguien la encontraría y se la llevó. Seguro que Sertorio pagó bien a los que la encontraron.

-         ¡Mientes, bellaco! – clamó Hirtio cuya cara se había enrojecido de furia . La cierva cruzó la sala dejando un aura de luna. Su pelo blanco parecía la nieve de los inviernos hispanos., esa nieve que cubre aquellas desoladas mesetas. ¿Acaso, petimetre, has visto tú alguna vez un animal como la cierva?

-         Y ¿no sería que algún bromista la había encalado? Seguro que si la cierva “divina” se hubiera metido en un charco, hubiera salido de él con el mismo color que tienen todos los ciervos.

-         ¡Maldita juventud descreída! ¿os estoy diciendo que yo la vi, que la acaricié , que en su pelaje blanco y suave no había engaño ninguno! Mirad, su pelo era tan suave como la más fina tela de oriente y sus ojos profundos y negros eran dos pozos en los que la luna se contemplaba. No os burléis de lo que no habéis visto y dejadme en paz.

Los jóvenes se dieron cuenta de que habían llegado ya muy lejos con sus bromas y dejaron tranquilo a Hirtio que recogió su cabeza entre las manos.

     El sol se iba ya poniendo en la Roma eterna y aquellos jóvenes dejaron a Hirtio, veterano soldado de Sertorio, sentado en unas piedras que iban ya perdiendo el calor que el sol de la tarde les había regalado.

     Han pasado muchos siglos y un joven sevillano, tras haber leído en la clase de latín la historia de la cierva blanca de Sertorio, empezó a bosquejar una idea que años más tarde llevaría a cabo: escribiría una leyenda cuya protagonista sería una corza blanca. En ese relato recogería ese sentido mágico de la cierva de Hispania,  pero eso ya es otra historia que, si la queréis conocer, es mejor que la leáis escrita por la pluma de tan ilustre escritor sevillano.