lunes, 24 de abril de 2017

CARLOS V Y LA VILLA DE LLANES


Érase una vez un joven rey, hijo de una reina a la que llamaban “la loca” y de un playboy de la época llamado Felipe. El joven rey, desde su Flandes natal, llegó, por causa de una tempestad, no al puerto de Laredo en donde se le esperaba, sino al pueblín de Tazones, sito en el concello de Villavicuiosa. El joven rey,  que a la sazón contaba con diecisiete años, llegó a tan hermoso pueblo asturiano un 20 de septiembre de 1517 y en Villaviciosa se quedó, según cuenta Laurent Vital, el cronista oficial que lo acompañaba, cuatro noches, saliendo más tarde para Colunga, a donde llegaría el día 24. Aquí pasó dos noches y el 26 partió camino de Ribadesella y desde esta villa, en un solo día, recorrió las no fáciles cinco leguas largas que separan esta villa de Llanes. (Cuenta Vital que vadearon ríos en donde el agua casi cubría los caballos y que subieron montañas y atravesaron valles). A Llanes llegó el rey el sábado, 26 de septiembre de 1517,  con gran regocijo de la población llanisca. Se alojó  en la casa de un principal de Llanes, don Juan Pariente, en la calle Mayor, casa que hoy luce una placa en la que se nos explica que en ella moró (ojo con el verbo: no dice vivió, ni habitó, sino moró, es decir, se detuvo un corto tiempo , que pueden ser varios días,  tal y como nos revela el verbo morari en latín.) El rey,  que era católica majestad, escuchó misa el domingo y, por la tarde, los llaniscos le ofrecieron una corrida de toros con la que, pese a su desconocimiento de la fiesta, dice Vital que disfrutó mucho: “la corrida le proporcionó gran diversión porque los toros eran fieros y malos como ellos solos (sic)”. Muy entendido se le veía a Vital en tauromaquia para ser flamenco, pero aquí lo importante es que aquel joven rey, que viajaba con su hermana Leonor, partió al día siguiente, 28 de septiembre, con rumbo a Colombres, otra escala de un largo viaje que le habría de llevar hasta Tordesillas, en donde visitó a su madre Juana, y hasta Mojados en donde se encontraría con su hermano Fernando que, tiempo después, sería el Rex Romanorum y el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Pero eso ya forma parte de la historia de otros pueblos. Nosotros tenemos que dejarlo aquí, pero, como en las series, americanas ponemos TO BE CONTINUATED.



lunes, 17 de abril de 2017

SHARON OLDS Y EL BOURBON


La lectura de El padre, obra de Sharon Olds, la gran poetisa de San Francisco me ha devuelto el sabor de la poesía de alto voltaje, de la poesía de excelsa calidad, de la poesía de pata negra. No es nuevo el libro, pero hay libros que son eternos y éste lo es. Olds consigue en ese poemario ponerse la cámara portátil de su poesía en el hombro y ,con ella, contarnos la muerte de su padre. ¿Sólo esto? Pues no, mucho más porque Sharon Olds se eleva sobre el tema y se crece en unos poemas magistrales en los que lejos de lo sentimentaloide, se adentra en un texto en que reflexiona sobre la vida, la familia, el sexo, la muerte, el amor, el odio y, sobre todo, sobre la complejidad de los sentimientos amorosos, sean del tipo que sean. Libro excelente del que os dejo un poema como quien os deja un tesoro y que Juan Ramón me perdone por haberle robado un verso. Por cierto, absteneos de esta lectura débiles de corazón, ñoños y gentes de delikatessen porque la Olds no se anda con chiquitas y, aunque la veáis con trencitas en la foto y con gafas schubertianas,  debe de ser una señora de armas tomar que de las que se toma unos Bourbons sin hielo que tiemblan los misterios. ¡Joder, con las californianas y más con las rubias que, como decía el maestro Hitchcock, parecen mosquitas muertas, pero te abren la bragueta en el taxi! Quedáis avisados.

 

SU QUIETUD

El doctor dijo: "Usted me pidió que le dijera
cuando no se pudiera hacer nada más.
Se lo digo ahora."
Mi padre estaba sentado,
casi inmóvil, como siempre, sin mover los ojos.
Yo supuse que se enfurecería al saber que moriría,
que agitaría los brazos, que gritaría.
Pero se quedó sentado,
limpio con su pijama limpio,
delgado, como un santo.
El doctor dijo: "Podemos hacer algunas cosas
para darle tiempo, pero no lo podemos curar".
Mi padre le dio las gracias.
Y se quedó sentado, quieto, solo,
digno como un rey extranjero.
Me senté a su lado. Ese era mi padre:
siempre supo que era mortal. En cambio, yo temí
que tuvieran que amarrarlo. Había olvidado
que siempre se quedaba así, aguantando,
en silencio, el alcohol un modo de callar.
No lo había conocido: mi padre tenía dignidad.
Al final de su vida, su vida
empezó a despertar en mí.

YA NO ES TARDE PARA BENJAMÍN PRADO


Para Benjamín Prado voy a utilizar una técnica nueva en la escritura de mi blog: os copio el poema que de su libro Ya no es tarde es el que más me ha gustado y luego me  contáis lo que habéis sentido. Podrías deciros que el poema me ha impactado como hacía mucho que no me impactaba un poema, que me ha llegado al corazón; podría decir como aquel sesudo profesor de Oxford que, tras leer una oda de Horacio y realizar su análisis literario y métrico, confesó avergonzado a sus alumnos: “Lo siento , señores, pero me he emocionado”. Ahí os dejo este poema que hace que uno siga creyendo en lo que practica:

SU VIVA IMAGEN

Eres su viva imagen,  Me decían
sin sospechar entonces que esas cuatro palabras
iban a ser ahora mi condena.

No tengo dónde huir, dónde esconderme:
sus ojos están dentro de mis ojos;
su apellido en el mío
como el nombre de un barco en el fondo del mar.
Lo que ayer fue mi casa,
es la guarida de los tiburones.

Tú estabas a mi lado
y me has visto nadar en ríos de veneno;
has visto lágrimas
que eran cristales rotos, una lluvia de espinas,
cicatrices de agua que cruzaba la piel.

Miro su alianza de oro en mi dedo
y su rostro tallado sobre el mío,
mientas la vida sigue,
el aire mueve 
los árboles o el sol ilumina su casa
lo mismo que si no estuviera vacía.

El tiempo sólo cura aquello que se puede
sustituir y yo no siento nada
que no sintiese antes
cualquiera en cuyas venas ha bebido la muerte:
la grieta de la angustia,
la plaga de los verbos en pasado;
los recuerdos que buscan su lugar en la vida.

Es tan raro saber que no volveré a verla
y los demás
seguiremos entrando en restaurantes,
cines,
supermercados,
estaciones de tren...
Que no volveré a oír su voz pero a las nueve
será otra vez la hora de la cena,
los fines de semana iré al estadio,
mi coche rodará por la autopista
que ella escuchaba desde su jardín...

Pienso en su dios cruel, el dueño del dolor
y la mentira,
el cínico dice:
–Yo te destruyo para que descanses en paz.
Y ojalá fuese cierto lo que nunca he creído
y ella viera la soledad que deja,
cómo la echo de menos; cuánto me va a faltar;
lo que daría
por volverla a tener una vez más aquí,
un día más, tan sólo.

La mía es la tristeza del cobarde
que reúne para seguir en pie
el valor que no tuvo para ver la caída
de aquello que más quiso.

No tengo que explicártelo. Tú estabas con nosotros
y conoces
el dolor sin refugios,
las sábanas que acechan el cuerpo del herido;
conoces el enjambre feroz de las agujas,
las noches que no acaban cuando sale el sol.

Quien lo sabía todo de mí se ha llevado
el secreto a la tumba,
me he convertido en un desconocido:
el hombre que perdió el rastro de su sangre;
que se ha vuelto una sombra;
que no tiene a quién preguntar por él.

Ahora que mi madre ya no está –si eso es cierto,
si hoy no va a resolver un crucigrama,
ni a mirar los concursos de la televisión
como todas las tardes;
si ha caído en un sueño eterno del que nunca
vamos a despertar–,
guardaré sus palabras, custodiaré sus huellas;
y jamás voy a darla por perdida:
la memoria es el margen de error del olvido.

Le gustaban la nieve, los gatos, la familia;
el fuego,
cocinar,
los cumpleaños,
llorar con las películas románticas;
encender velas en las catedrales.
Le asustaban los médicos,
las llamadas nocturnas,
las tormentas,
el frío,
los reptiles...

Antes de las sirenas y las radiografías,
el miedo blanco de las ambulancias,
sus labios devorados
lentamente
por la carcoma de las oraciones.

Antes de los engaños piadosos,
el fuego amigo de las medicinas,
el esqueleto abriéndose paso hacia la luz.

Cómo puedo escribir lo inexplicable,
lo que no tiene nombre,
lo que todos callamos porque la vida sigue
y junto al cementerio hay tiendas y mercados,
jóvenes que adelantan con sus motocicletas
a los furgones fúnebres,
y avanzamos de espaldas a lo que nos espera
y llamamos silencio 
a todo lo que nadie quiere oír.

Le gustaban las fiestas,
los océanos
y creer que su dios no le daba los golpes
sino la fuerza para soportarlos.
Temía la vejez y al abandono:
pensaba que la forma más triste de marcharse
es no tener a alguien que te diga adiós.

La imagino en la época en que yo no existía,
haciendo cosas
que nunca le vi hacer: enamorarse,
bailar, romper las reglas, ser feliz;
y a veces me pregunto
si fue siempre la misma mujer que conocíamos,
tuvo tan claras sus obligaciones,
dónde estaba su sitio,
de qué infiernos no era decente escapar.

Le gustaba que habláramos
de su salud,
del clima,
de su infancia en los años de la Guerra Civil.
Le asustaban los cambios y las banderas rojas,
la libertad y el paso de los días.

Antes de la morfina y el delirio,
de que fuera quedándose sin caminos de vuelta,
sin puentes que cruzar,
sin esperanza.
No sé cómo explicarlo:
los recuerdos te siguen; pero cuando te vuelves,
nunca están ahí.

Ahora que ya se ha ido,
sólo será posible querernos a escondidas,
fingir ante los otros que no me habla por dentro,
que todo ha terminado entre los dos.
Las cosas no se pierden cuando desaparecen,
sino cuando las dejas de buscar.

Miro su anillo;
miro sus fotos
y soy yo:
puedo ver nuestra cara, nuestras manos...
Y eso que era mi orgullo, ahora es mi condena:
ser hoy que ya no está su viva imagen,
ser su eco,
su huella
el fantasma
de María Ángeles Prado, la mujer de mi vida.

******

Benjamín Prado
Ya no es tarde
Colección Palabra de Honor
Visor de Poesía


SEÑAS DE IDENTIDAD


Desde el colegio,  tenía miedo de Señas de Identidad de Juan Goytisolo. Pensaba que no la iba a leer nunca porque los Goytisolo prosistas me parecían un tipo de personas que cargan con la culpa de haber tenido unos padres de la alta burguesía barcelonesa y, para redimirse, acaban abominando hasta de la madre que los parió. De Juan,  había leído un libro que me impactó, Campos de Níjar, una descripción sublime de las tierras duras de Almería, pero no me atrevía con sus Señas de Identidad. Hasta que en este abril florido me he atrevido y no era tan fuero el león como lo pintaban. Ni tan moderno como esperaba, ni tan revolucionario en su escritura. Juan Goytisolo va narrando ese regreso de Álvaro Mendiola sin una línea cronológica, es decir, con saltos en el tiempo, pero esto, hoy en día, es algo tan habitual que hasta en los premios literarios de provincias, que siempre suele ganar algún empelado de Correos, se practica como algo normal. Vamos que es el pá amb tomaquet de la literatura actual. En la novela no faltan andanadas contra el régimen (normal) y contra una Iglesia opresora que el pobre Juan tuvo la desgracia de conocer en un colegio en donde los frailes estaban (of course) para machacar a los niños de la burguesía. Y es el complejo, la obsesión por no ser como los padres, de parecer menos franquistas que el propio Franco lo que le lleva a dar una visión un tanto sesgada de la historia en donde como es ahora también habitual los buenos son los que ya sabemos y los malos los otros. Salvo estos detalles, tengo que decir que Juan es un fantástico escritor como su hermano Luis y como su hermano José Agustín, ese gran poeta que todos hemos cantado con la música de Paco Ibáñez. Y también tengo que decir que, salvo estos detalles presumibles antes de su lectura, Señas de Identidad es una gran novela. Lo notaréis cuando la leáis.



viernes, 31 de marzo de 2017

RICARDO GIL O EL PREMODERNISTA



Nacido, probablemente, en 1855, Ricardo Gil es un poeta que ha sufrido el olvido más despiadado. Está el pobre poeta a caballo y sirviendo de puente entre los románticos Zorrilla o Núñez de Arce y el modernismo y en su obra se aprecian algunos aromas de Bécquer, pero la etiqueta con la que se le conoce ( lo poco que se le conoce) es la de “un poeta de transición y precursor del Modernismo, un poco a la manera de Salvador Rueda o Manuel Reina, tal y como lo recoge Luis Cernuda en un estudio.  Cierto es que voces como la de Cossío, el señor de Cabuérniga, Luna Guillén o Díez de Revenga hablaron en su favor, pero de nada sirvió. Yace Ricardo Gil bajo el polvo cruel de las bibliotecas. He tenido la fortuna de leer dos libros suyos: La caja de música y De los quince a los treinta y quiero dejaros aquí una pequeña muestra de su saber poético. Don Ricardo gustaba de combinaciones métricas muy al estilo modernista y sus versos están llenos de musicalidad justo lo contrario de la poesía actual.
 
 
Amar al Ser Altísimo es orar.
Amar a nuestros padres es cumplir.
Amar a nuestro prójimo es sembrar.
Amar a las mujeres es mentir.
Amar a una mujer, eso es amar.

LA ESCUELA POÉTICA DE SALAMANCA EN EL SIGLO XVIII





¡Qué mentiras nos meten en los libros de texto! No sólo en las autonomías (perdón, naciones) en donde desde hace años se hace una verdadera apología del terrorismo manipulando la historia, sino también en Literatura en cuyos libros se afirma sin rebozo que, sin la transcendencia ni las consecuencias con lo dicho anteriormente,  en el siglo XVIII, no hubo poesía en España y se quedan tan frescos. Entonces, la conocida como Escuela de Salamanca:  ¿Qué fue? ¿Un espejismo? ¿Una quimera? Por ella anduvieron poetas como Nicasio Gallego. Álvarez Cienfuegos, Meléndez Valdés, José Cadalso, José Iglesias de la Casa, José Somoza, el ilustrado de Piedrahita,  y hasta don Gaspar Melchor de Jovellanos, el patriota, y otros que usaron de una poesía elegante, bien construida, con referencias a los griegos (véase sus anacreónticas). En 1948, César Real de la Riva escribía un estudio que llevaba por nombre La escuela poética salmantina del siglo XVIII, pero, desde esa fecha, lo libros se empecinan en decir que en el siglo de las Luces no hubo poesía en España y ni las LOGSES,  ni las LOMCES ni las LODES  que Dios confunda han mejorado esta ridícula situación que es, además, injusta. Y, si no, leed este soneto de Meléndez Valdés y juzgad:


Suelta mi palomita pequeñuela,
y déjamela libre, ladrón fiero;
suéltamela, pues ves cuánto la quiero,
y mi dolor con ella se consuela.

Tú allá me la entretienes con cautela;
dos noches no ha venido, aunque la espero.
¡Ay!, si esta se detiene, cierto muero;
suéltala, ¡oh crudo!, y tú verás cuál vuela.

Si señas quieres, el color de nieve,
manchadas las alitas, amorosa
la vista, y el arrullo soberano,

lumbroso el cuello, y el piquito breve...
mas suéltala y verásla bulliciosa
cuál viene y pica de mi palma el grano.

 

jueves, 30 de marzo de 2017

JESÚS LÓPEZ COBOS O EL TORESANO DE PRO



Siempre fui mi ilusión verlo dirigir. Porque en aquellos años ochenta era director en Berlin y luego lo fue en Cincinnati; porque había dirigido para Philips una “Lucia” maravillosa con un Carreras y una Caballé cuasi divinos y un Vicente Sardinero glorioso. Siempre fue mi versión de la Lucia di Lamermoor, con ese coro maravilloso, anticipo del coro de esclavos del Nabucco de Verdi y en el que don Jesús supo darle “el punto” que no se oye en otras grabaciones. Además,  me sentí todavía más afín a él cuando supe, por medio de Juan Pascual,  un compañero de trabajo castellonense que profesaba allá en Majadahonda, que había sido compañero suyo en la Facultad de Filosofía y Letras en donde mi compañero había hecho Hispánicas y don Jesús se había licenciado (no graduado como dicen ahora en sus biografías) en eso que se llamaba Filosofía pura. Mi atracción se multiplicó cuando supe que era toresano como mi abuela María, que él también había visto la curva del río, la colegiata y el arco del sagrado Corazón durante su infancia. Y hasta lo defendí cuando algún indocumentado lo confundía con Luis Cobos, ese caballero del pelo largo que conoció las mieles del triunfo “arreglando” zarzuelas y pasodobles. Sentí pena cuando supe que había muerto su mujer y lo imaginé aliviando su dolor con Mahler, allá en mi querido Berlín. Se llama (como ya habrán podido imaginar) Jesús López Cobos y ahora tengo la suerte de verlo dirigir la OSCyL bastantes días al año. Los sueños y las ilusiones, a veces, se cumplen y, en esta ocasión, se han cumplido con creces. ¡Gracias, maestro!