jueves, 22 de abril de 2021

UNA EPÍSTOLA A UN LUCILIO MODERNO O SÉNECA EN LOS TIEMPOS QUE CORREN

 


Mi querido Lucilio, por el mucho cariño que te tengo y sabiendo que ya está el verano muy cerca, me he atrevido a darte estos consejos que espero te sirvan para vivir mejor.

     Lo primero, querido Lucilio, es que seas rebelde, pero no un rebelde de esos que lo son por contestar mal a sus padres o a los profesores; no, si quieres ser de verdad un rebelde, lee durante este verano unos cuantos libros, que elegidos con acierto y bien asesorado, te harán más libre. No se trata de leer mucho, sino de leer bien y, si así lo haces, harás del libro un compañero fiel para toda tu vida.

     Aprovecha el tiempo,  no lo dejes pasar en distracciones que nada te proporcionan, pero también te digo que nunca te angusties por su paso: mientras te escribo,  el presente se ha ido y ya es pasado y lo que era futuro ya es presente. El tiempo pasa, pero, si eres dueño de tu tiempo, el tiempo no habrá pasado en vano.

     Dedícate a ocupaciones que te enriquezcan, pero nunca dejes de admirar el amanecer, de fijarte en las estrellas o escuchar la música de los chopos. Si alguna vez, algún problema te atenaza, querido Lucilio, mira el mar: no hay problema que sea tan grande como su inmensidad y te sentirás aliviado. Y también al amanecer, camina descalzo por la hierba para sentir el beso de la Magna Rea.

     En los días de lluvia que te obliguen a permanecer en casa, no te deprimas y escucha  lo que cuentan las gotas de lluvia en el tejado: siempre tienen viejas historias que contar.

     Agradece a los dioses el que puedas recibir formación con el grammaticus porque hay muchos niños que no pueden estudiar y pasan su vida como esclavos o luchando en las guerras. La formación que recibes es un regalo que no debes, caro Lucilio, desaprovechar de ninguna manera.

     Escucha la voz de la naturaleza;  escucha un mirlo al amanecer o una alondra cuando el sol se ponga porque en las cosas pequeñas, Lucilio, está la felicidad y los poetas nos ocupamos de las cosas pequeñas.

     No tengas reparo en darte, de vez en cuando, un pequeño placer: como esas tortas que preparan los panaderos con harina y que llevan un relleno de queso de oveja; un sabillus, un globus, una tripatina pueden darte la alegría. Que nunca llegues a viejo y te arrepientas de haberte negado estos pequeños placeres que, como ves, nada tienen que ver con las fiestas sin tasa y la ebriedad enloquecida.

     No tengas miedo tampoco de ser una avis rara, un pájaro solitario en su rama. Es mejor serlo, que volar en bandada con el camino marcado. Desde tu rama solitaria, harás llegar tu canto al corazón de los hombres.

     En fin, querido Lucilio, perdóname si me extiendo en demasía, pero propio es de los viejos escribir muchos consejos que vosotros, los jóvenes, siempre llenos de harta prisa, escucháis con desgana porque, aunque vuestro tiempo es más largo que el de los ancianos, sin embargo todo lo queréis al momento.  Pero déjame darte algunos consejos más que a los que iré añadiendo otros, en otras cartas que te pienso escribir,  que te harán la vida más plena y más provechosa.

     Elige bien tus amistades y piensa que a un verdadero amigo le vas a contar tus cuitas como si hablaras contigo mismo. Por tanto, no aceleres la elección y date un tiempo adecuado a tan difícil cometido. Recuerda lo que decía Cicerón: El amigo verdadero se ve en las situaciones difíciles.

     No olvides nunca tu infancia y regresa a ella con frecuencia porque dice los sabios que es bueno conservar el niño que vive en nosotros. Sin embargo, te digo que, a diferencia de los niños, seas constante en tus empresas pues es la constancia la que nos hace llegar al final del camino. También te digo que no abandones nunca la cortesía ni siquiera en la lucha diaria del foro. Más hacen dos cucharadas de miel que cinco de hiel.

Cuando te veas en momentos de dificultad y no sepas bien lo que te está ocurriendo, busca una solución que no dañe a otro y sobre todo, procura la paz de tu alma. Recuerda que la vida fue creada por los dioses no para ser entendida, sino para ser gozada y que hay muchos acontecimientos en ella que no podemos, en nuestro corto entendimiento, comprender. ¡Ojalá que el padre Júpiter un día nos haga entender este tapiz que estamos viendo por la parte de los nudos!

 No pretendas, Lucilio,  gustar a todos porque no somos los hombres monedas de un sestercio que a todos agradan. Es más, el rechazo de los que te encuentres por la vida te hará más fuerte y más brillante como la monedilla que, pasando de mano en mano, adquiere el brillo de la plata.

     No viajes sin ton ni son. Es propio de un alma enfermiza querer cambiar continuamente de lugar y no parar quieto en ningún sitio. Tampoco en las lecturas, de las que antes de hablaba, andes saltando de una a otra y persiste en los libros mejores, en esos que, al acabarlos, te hayan convertido en mejor persona.

No temas a la muerte pues nada sacas con eso sino estropear la corta vida que los dioses nos conceden. La muerte llegará cuando el padre Júpiter lo crea mejor y más oportuno para ti. No temas el día último ni lo desees.

     Y ya más nada, Lucilio de mi alma. Lee estos consejos con tanto amor como están escritos  y perdona la extremada longitud  de esta epístola. Piensa, caro amigo, que este viejo que te escribe  no busca para ti sino lo mejor.

     Vale.

 

LOS HIJOS, LAS HIJAS, LES HIJES Y EL INDOEUROPEO

 


Quiero explicar por enésima vez por qué lo de los hijos, hijas e hijes es una soberana estupidez. Si ya decir ciudadanos y ciudadanas, lo de añadir “ciudadanes” denota un estado mental muy próximo a la catatonia.

         Vamos a la explicación. Según Francisco Villar, autor de un célebre libro sobre el indoeuropeo y los indoeuropeos, y mis profesores Alberto Bernabé Pajares y Julia Mendoza, en el protoindoeuropeo no existía flexión de género y los seres se dividían entre animados y no animados, seres con vida (vivientes) y seres inertes (no vivientes). Estos inanimados englobaban a seres sin vida, objetos y un largo etcétera. Estos seres se quedaron, gramaticalmente hablando, como palabras de un género inanimado en las que la diferencia entre nominativo y acusativo  no existía. (Así sigue ocurriendo en el neutro que se usa, entre otras lenguas en latín, griego clásico o alemán). Los animados sí que generaron una –s para el nominativo (agente de un proceso) y una –m/-n para los complementos directos, los que reciben la acción del proceso. Y en los seres sexuados, se utilizaba, por ejemplo, niño varón frente a niño hembra, es decir, una misma palabra que, os recuerdo, no era masculina, sino animada porque, como he dicho un poco más arriba, no existía la diferencia de género ( en lengua se habla de género y no de sexo por eso está también mal dicho lo de violencia de género que tendría que ser violencia de sexo). Acordaos que niño es,  en alemán,  neutro: das Kind. Pero la lengua fue evolucionando y, al llegar al estadio que se nombra como indoeuropeo III, se vio en la necesidad de expresar, en los animados siempre, el género femenino y el masculino. Para ello, marcó el femenino con una *-ā final que, según Villar, podría provenir de la antigua palabra indoeuropea *-gwe (mujer). Con esta *-ā final, pasó a marcar todas las palabras que designaran mujeres o animales hembra. Así nacieron palabras latinas como filia (hija) o avia (abuela). No hay por tanto, porque no la puede haber, ninguna intención machista en que este término femenino fuera el marcado. El masculino se quedó entonces como término no marcado que al no estar marcado, pudo (y puede) englobar al otro género ¿Por qué no fue el género femenino el que asumió este papel? Porque, según la gramática estructuralista, a un término  marcado no se le puede hipercaracterizar. Por si no lo entendemos, hago uso del ejemplo de Lisardo Rubio en su Gramática estructural del latín: si un militar, que viste un uniforme y es por tanto, según los estructuralistas,  un término marcado, quiere vestir de luto, se pone sencillamente una brazalete negro; por el contrario, si cualquiera de nosotros,  que no usamos uniforme, nos tenemos que vestir de luto,  usaremos prendas negras que el militar no puede usar porque es un término marcado, porque ya lleva uniforme que lo distingue como militar y no se puede poner encima otro “uniforme” que lo señale como persona de luto. Por si no está todavía claro, copio a Villar: El género femenino, en este sentido, al haber nacido como unidad referida solo a entidades femeninas, tenía un carácter distintivo y excluyente, que lo diferenciaba de géneros como el masculino o el inanimado (luego llamado neutro en latín). Esto fue lo que le brindó al masculino la capacidad de tener una función inclusiva o genérica (pues él no nació como unidad excluyente).

         Ya veis que no hay razón alguna para estar todo el tiempo diciendo hijos/hijas, diputados/diputadas o candidatos/candidatas. Y mucho menos para inventarse un hijes con su singular hije que no acabo de atinar a qué se refiere.

         Ya sé que esto no va a servir de nada, pero alguien tenía que decirlo.

 

sábado, 10 de abril de 2021

LA HUEBRA Y LOS UEBOS



Como filólogo que soy, amo las palabras y, en ese libro tan maravilloso que acabo de comentar en otra entrada, Laguna de memoria de Javier Palomar del Río, aparece la palabra huebra que es  la arada que se hace en un día y de la que  cuenta Palomar del Río que solían hacer los labradores que tuvieran animales de tiro a otros  que, careciendo de recursos, no podían ellos arar, acarrear mieses o terciar que era dar la tercera reja a las tierras una vez barbechadas y binadas. Era pues una especie de socorro mutuo que los más”pudientes” daban a los más necesitados en una economía de subsistencia. Pero vamos a su etimología que es maravillosa:

         Viene huebra del latín ŏpĕra que es un doblete, es decir, una palabra que ha experimentado un resultado culto (ópera) y un resultado patrimonial o evolucionado ( obra)

         ŏpĕra > obera (la sorda intervocálica sonoriza)> obra (pérdida de la postónica)

         Pero de esta palabra latina, si sigue el castellano en su evolución, tenemos huebra al diptongar la o breve tónica de obra > huebra.

         Es lo mismo que opus cuya p (sorda intervocálica) sonoriza en –b- y cuya o breve tónica diptonga en “ue” dando lugar a uebos, palabra en desuso que significa “necesidad” y que podemos encontrar en expresiones como “uebos me es” o “uebos nos es” que significa que tengo o tenemos la necesidad de algo. También nos queda la expresión “por uebos”, es decir, por necesidad.

         En fin, el maravilloso mundo del lenguaje.


TIRSO DE MOLINA Y LA GALICIA INSULTADA

 


Para muchos, después de la implantación de la LOGSE, Tirso de Molina es, como mucho, una estación de metro a la que canta mucho Sabina porque vive cerca, en un piso de esos del Madrid antiguo en donde el jienense ha buscado y encontrado su inspiración. Pero fray Gabriel Téllez fue un gran escritor teatral del barroco y , porque me gusta tanto el teatro, me he leído La gallega Mari-Hernández, una obra que se desarrolla por las tierras de Monterrrey, en Ourense, y por tierras portuguesas que están, como aquel que dice, a un tiro de piedra. Es divertida la obra con sus enredos ( el fraile era un maestro como lo demuestra, por ejemplo, en Don Gil de las calzas verdes), pero hay algo que no me ha gustado: esas puyas contra Galicia y los gallegos que, no por habituales en  la literatura barroca, dejan de ser molestas. Ya hablaremos de los poemas que Góngora dedica a Galicia y de los “culiseos” que el genio cordobés se dedica a versificar y de cómo, en general, la idea de lo gallego y los gallegos en la literatura castellana es una idea deformada por el desconocimiento de una tierra que estaba alejada del centro y, quien dice del centro, dice del poder y de la cultura.

         Vamos a la obra en cuestión. Así dice el portugués Caldeira:

         que son muchas gollerías

         pedir doncellez gallega.

 

         Y sigue aquí este personaje la idea que recoge Torrente Ballester en El rey pasmado de que “las gallegas o son putas o son brujas”.

         Unas líneas más adelante se lee otra “joya”.

         “antes moro que gallego”

         Dicho muy habitual en la España barroca y que, por desgracia, ha llegado hasta no hace muchos años.

         No sigo. Repito,  eso sí,  que todo este mal hábito de meterse con Galicia en la literatura castellana viene de un desconocimiento secular de una tierra que permaneció casi aislada hasta finales del siglo XX cuando, ya en plena democracia y muerto el gallego que nada hizo por su tierra, se comenzaron unos accesos a Galicia dignos de tal nombre. Otro día seguimos hablando de tan excitante tema.

LAGUNA DE MEMORIA DE JAVIER PALOMAR DEL RÍO

 


Laguna de memoria. ¡Qué hermoso título el de este libro de Javier Palomar del Río en el que se recoge el pasado de este pueblo vallisoletano al que tanto quiero! Pasan por él guarnicioneros, pregoneros, huebreros, cesteros; pasan por él las fiestas de las Águedas y los días de la Vieja, la Patarrona con sus siete patas que son las siete semanas de Cuaresma; pasan por él las noches oscuras y las cocinas bilbaínas - ¡ya sólo queda la de Paquita!-, calentando los corazones envueltos en papel de estraza. Y queda la necesidad, el hambre, la miseria que ha acompañado a España durante tantos siglos como una huésped malquerida que hizo a muchos emigrar por la vía de aquel tren que, pasando por Ariza, llegaba hasta Barcelona. Resuena en este libro la dulzaina de Jonás, la voz de Martín dando los pregones, la voz de abuelo cantando por soleares del Pinto;  hay en este libro un olor lejano de corrales amanecidos, de guitaras morenas por un verano de siega,   de escriños con salvado, de cuévanos con los pimientos de cuatro morros, de covanillas con  tomates maduros que perfumaban El pico del águila. En sus páginas está el olor al esparto de los sacos de abuelo en el pescante, de las riendas, de los collerones, de las retrancas, del francalete; el olor de las piñas en la cocina, de la colonia de Lavanda Inglesa en los vasares decorados con una cenefa de papel blanco. Laguna de memoria nos cura de esa laguna de memoria que no nos podemos permitir porque se nos va la vida en ella. Nuestra vida.