viernes, 26 de octubre de 2012

LA VIEJECITA DE LA BIBLIOTECA
         Hace unos días os hablaba de una viejecita que leía en la biblioteca de Nueva York  a la que Truman Capote tuvo la suerte de conocer y tratar. También os colocaba en mi blog una fotografía. Ahora, vuelvo a poneros la fotografía y os digo algo que muchos ya sabíais: que esa mujer era la gran escritora Willa Cather. Para los que no la conocéis, tan sólo os puedo decir que la leáis, que la disfrutéis y que la gocéis. Tiene mucho escrito y de toda su obra es muy difícil deciros por qué obra empezar. Quizás os recomendaría empezar con Mi Ántonia, la vida de esa emigrante checa en el medio oeste norteamericano. En sus libros hay muchas gentes buenas, sencillas, de esas que te puedes encontrar todos los días al salir de casa. No busquéis grandes héroes. La cantante de ópera que protagoniza otra de sus grandes novelas, El canto de la alondra, llevaba siempre en su corazón, como vara de medir, la torre del agua de su pueblo y con ella medía los edificios de las ciudades que visitaba. Nunca, pese a su éxito, había olvidado quién era y de dónde venía. Hace unos días, he terminado sus cuentos y, entre ellos, me gustaría destacaros uno: El vecino Rosicky. Este relato breve es la vida de un hombre bueno, de un vir bonus quizás no dicendi peritus, pero sí diligendi peritus Para que os hagáis una idea os copio un fragmento de este cuento sensacional:
         Era como si Rosicky tuviera un don especial para amar a la gente, como quien tiene oído para la música o vista para el color. Era algo tranquilo, discreto, algo que simplemente estaba allí.
            Me gustaría tenerlo por vecino, saludarlo, encontrarlo por las calles y, una tarde de otoño,  al cabo de mucho, mucho tiempo, llevarle unas flores a ese cementerio que tanto le gustaba:
         Era un cementerio bonito, pensó Rosicky, cómodo y hogareño; ni apartado ni luctuoso, con una gran extensión a su alrededor. Un hombre podía descansar entre las hierbas altas y ver el arco completo del cielo por encima de su cabeza, oír pasar los carros y, en verano, el traqueteo de la segadora hasta la alambrada. Y estaba tan cerca de casa.
            También me gustaría ver caer la nieve desde la ventana de su casa:
         En fin, era una bonita nevada; un hermoso espectáculo ver la nieve caer tan serena y gratamente sobre el ancho campo abierto. Caía ligera, delicada y misteriosa sobre el sombrero y los hombros, sobre el lomo y las crines de los caballos, y liberaba en el aire una seca y fresca fragancia.
            Cuando uno termina de leer estos cuentos, se siente, como ocurre cuando lees a otro gran maestro, a Chejov, mejor persona. Y tenemos mucha necesidad de buenas personas en este mundo de hoy.

1 comentario:

  1. Lo más parecido a eso de "sentirme mejor persona" me ha sucedido a mí con Lope, tal vez con Cervantes.

    ResponderEliminar