martes, 27 de noviembre de 2018

VOLVER A LA PERLA DE CÁDIZ



Aunque hablé de ella en una entrada de hace más de tres años, tengo la necesidad imperiosa de volver a la Perla, a la gran Perla de Cádiz porque, cada cierto tiempo, tengo que regresar a su cante como aquel peregrino que salió de su tierra y, al ponerse el sol en las aguas alunadas de la alberca, la añora. La Perla cantaba mucho y bien y, a la guitarra, la acompañaba en este disco que tanto sobo y manoseo, Manuel Morao, el guitarrista de los alzapúa, - es decir, de tocar pasajes con los pulgares- , y de ese embrujo gitano que tenía su fastuosa guitarra. Oír a la Perla es volver una tarde de otoño a Puerta Tierra y desde allí, a paso lento, llegarse hasta el barrio la Viña para cantar por alegrías mientras el sol se pone en la cúpula de la catedral y deja bañada de oro la playa de la Victoria, una de las playas más hermosas del mundo. Oír a la Perla es subirse a una terraza, a un mirador de Cádiz,  para ver venir los barcos de América; escuchar a la perla es  escuchar una guitarra en una madrugada desvelada de celos; escuchar a la perla es oír un caballo que entra a galope corto por una calle empedrada mientras una reja se apaga de pronto. Hijos, si un día alguien os pregunta de qué conocéis a la Perla de Cádiz, decidle que vuestro padre, - que siempre vivió queriendo volver a aquella ciudad que conoció en su adolescencia-, un día de noviembre en Castilla, mientras ibais en el coche, os ponía un disco de esa mujer que de puro arte no cabía en su Cádiz. Con eso me basta.

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